La encuadernadora de Oxford Capítulo 40 #2
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Capítulo 40 #2

El doctor Ashburn regresó y me contó que su esposa estaba cuidando de Isaac. Estaba en su casa, sano y salvo, y allí lo tendría hasta que encontrara la manera de cuidarlo de forma permanente, lejos de mi padre y de mi tío. Para ese momento, yo ya había decidido lo que iba a hacer .

«¿Puedo confiar en usted, doctor Ashburn?» .

El doctor me miró raro .

«Sí…, yo diría que sí» .

«Necesito que me haga un favor» .

«A ver» .

«Sé dónde está William. ¿Le llevará usted a Isaac? Si mi hijo no puede estar conmigo, solo podré seguir viviendo si sé que está con su padre» .

El doctor Ashburn se me quedó mirando largo rato, pero yo no era capaz de entender su expresión facial, típica de los médicos, tan acostumbrados a dar malas noticias sin poner mala cara .

«Lo haré. Se lo prometo» .

«Y otra cosa» .

«Dígame» .

«Quiero que avise a un abogado o a un notario, para verlo en un par de días. Alguien en quien usted confíe. Quiero que actúen de testigos de mi testimonio, porque no sé qué va a ser de mí en esta casa. También voy a necesitar un carruaje. Ese mismo día, a mediodía» .

«Señorita Chatton, eso es…» .

«Tiene usted a mi hijo, doctor. Me lo arrebató de los brazos. Me debe esto y mucho más» .

El hombre dejó caer la cabeza, claramente avergonzado por su participación en todo aquello .

«Me encargaré de organizar lo que me ha pedido» .

Le di tu dirección y el doctor Ashburn se marchó. Por primera vez en muchos días, un fino rayo de esperanza alejó la oscuridad que me rodeaba .

Isaac heredaría la fortuna de mi padre de acuerdo con el testamento de este, pero necesitaba la manera de demostrar que no era un hijo bastardo.

Yo guardaba oculto en el dormitorio nuestro certificado de matrimonio y, en cuanto hubiera un certificado de nacimiento y un registro de nuestras circunstancias, estaba convencida de que sería suficiente.

No obstante, aún había muchos obstáculos; como que yo siguiera confinada en mi habitación; si bien, desde el nacimiento de Isaac, mi padre a menudo olvidaba cerrar la puerta con llave.

Aun así, me vigilaban y contaba con recursos limitados .

Y he de mencionar, claro está, el asunto de Julian .

Encontraron su cadáver una mañana en el parque de Osterley.

Le habían pegado un tiro en el abdomen, pero no encontraron pistola alguna y nadie quería hablar de cómo había fallecido.

Así empezaron los rumores del duelo, pero Silas usó su influencia en los periódicos para acabar con aquellos ataques contra la persona de su hijo.

Silas estaba, qué duda cabe, devastado. Lo embargó una ira tal que lo vi capaz de asolar la ciudad.

Mi padre intentaba calmarlo cada vez que iba a visitarlo, pero, día tras día, Silas estaba más trastornado e imaginaba todo tipo de teorías.

La tensión de la casa aumentó terriblemente y se retorcía, como una serpiente, y, el mismo día en que el doctor Ashburn me dio su palabra, esa serpiente estaba preparada para atacar .

Me había acostumbrado a mirar por la ventana, lo más lejos que podía, y me imaginaba allí con vosotros, con nuestro hijo y contigo; ese día, sin embargo, miraba la calle.

Una hora después de que el doctor Ashburn se marchara, un carruaje se detuvo frente a la casa.

Era el carruaje de mi tío, pero no reconocí al cochero .

Silas bajó del carro y levantó la vista directamente hacia mi ventana. Su gesto era lóbrego, sus ojos parecían los del diablo. Por instinto, me aparté de la ventana, pero enseguida oí la puerta y un aterrador grito de mi tío .

Me acerqué a la puerta y la abrí un poco, nada. La voz de mi tío resonaba en el salón y no tardó en unírsele la de mi padre .

No debería reproducir aquí el lenguaje tan terrible que utilizaron, pero, en cualquier caso, lo que sucedió durante aquella discusión lo cambió todo .

«¡Ha sido el muchacho ese! –gritó Silas–. ¡El canalla que se acostó con la puta de tu hija!» .

«No tienes pruebas de ello», respondió mi padre .

«¿¡Qué más pruebas quieres!? ¡Anunciamos su enlace y, acto seguido, asesinan a mi hijo! ¡Voy a dar con él!, ¿me has entendido? ¡Tengo a gente buscándolo y, antes o después, alguien lo encontrará!» .

«Pues, si lo hallan, que lo maten», la calma de mi padre resultaba exasperante, mientras que era evidente que mi tío Silas estaba cada vez más furioso .

«¡Pienso matar a todo el que estuviera al corriente! ¡A todo el que lo ayudara!» .

«Cálmate, Si. Lo estás llevando demasiado lejos. Ten otro hijo. ¿Qué más da?» .

«¿¡Que qué más da!? ¡Mi hijo está muerto, Malcolm!», hablaba a gritos .

«Y ¿qué más te da? Lo considerabas un imbécil y es lo que era. No era digno de llevar nuestro apellido» .

«¡¿Pero… cómo te atreves?! ¡Habría heredado nuestra fortuna! ¡Habría llevado nuestro apellido a lo más alto de la sociedad!» .

Fue entonces cuando mi padre cometió el peor de sus errores… y se rio:

«Él no iba a heredar nada. El dinero va a permanecer en mi línea, como bien sabes» .

«Tu línea está muerta. Tu hija es una puta» .

«Pero me dará un heredero, que es para lo único que la he necesitado siempre» .

«No si está muerta» .

Se me heló la sangre, cogí con fuerza el picaporte y me dispuse a cerrar de golpe la puerta .

«No voy a permitir que la toques» .

«En ese caso, puede que vaya a tener que meterle un heredero dentro. Si no puedo tener un hijo, tendré todo lo demás… ¡y no vas a impedirlo, Malcolm!» .

«¡Silas, contrólate!», oí cómo mi padre levantaba la voz y me pareció notar cierto miedo en su tono .

Entonces escuché unos ruidos raros, como gruñidos, ruidos como de pelea, y un golpe sordo, como si algo duro hubiera golpeado algo blando. Me asomé al pasillo, hasta el descansillo, y miré por entre los balaustres de la barandilla .

Mi padre tenía a Silas cogido por el cuello, pero este se retorcía y le pegaba puñetazos en el estómago sin parar. Aunque parecía que mi padre tuviera ventaja, Silas era más grande, más fuerte y había sido boxeador de joven. Gruñían como dos leones viejos .

Silas se liberó y le pegó un puñetazo en la cara a mi padre, que trastabilló, sangrando por el labio .

Mi padre sacó una pequeña pistola del bolsillo de la chaqueta, pero no fue lo bastante rápido. Silas se la quitó de un golpe, se lanzó contra él con el hombro por delante y lo tiró al suelo, donde empezó a pegarle un puñetazo tras otro sin dejar de gritar .

Vi, horrorizada, cómo la cara de mi padre se cubría del rojo de la sangre y cómo su cuerpo iba quedándose quieto…

, aunque Silas no dejaba de golpearlo. Los puñetazos sonaban como húmedos; era un sonido aterrador.

Mi tío siguió golpeando y golpeando…, hasta que mi padre dejó de moverse por completo.

Su cara ya no parecía tal. El ruido de la pelea había atraído a los criados .

El ama de llaves empezó a chillar y fue aquello lo que devolvió a mi tío Silas a la realidad. Entonces se quedó mirando lo que había hecho…, a mi padre tendido en el suelo…, a los testigos que lo rodeaban. Levantó aún más la vista… y me vio a mí. No recuerdo haber notado tanto odio en nadie .

Silas salió huyendo de la casa y yo bajé las escaleras a todo correr hasta donde estaba mi padre .

Respiró durante un momento, tosió sangre… y falleció .

Pasé el resto del día como si estuviera mareada. Me sentía horrorizada, pero también aliviada… y aterrada. Mi tío había matado a mi padre. Lo había visto con mis propios ojos y los criados también lo habían visto. La noticia correría como un reguero de pólvora .

La policía llegó y nos tomó declaración a mí y al resto de los que habían visto lo sucedido. Les contamos que había sido Silas, pero, al oír aquel nombre, el inspector y el agente se miraron y el inspector dejó de escribir .

«Tenemos suficiente», dijo el inspector, y el forense se llevó el cadáver .

Los criados limpiaron el suelo y el asesinato de mi padre se borró de la casa en cuestión de horas .

Los criados huyeron esa misma noche por miedo a lo que Silas pudiera hacerles.

Incluso Daisy se marchó, aunque me prometió que volvería para ayudarme.

Había hombres fuera de casa, vigilando. Miraban a mi ventana y me saludaban con la mano.

Eran esbirros de Silas. No podía escapar de allí sin miedo a que me siguieran.

Por esa razón no he ido contigo. No quería guiarlos hasta ti .

El doctor Ashburn preparó el carruaje, tal y como le había pedido, y los matones de Silas me siguieron a cierta distancia hasta el despacho del doctor, donde nos esperaba el notario .

Puede que haya sido demasiado precavida.

Podría haberte enviado todo este testimonio en un sobre…

, pero, si Silas lo hubiera descubierto, habría ido a mataros a ti y a nuestro hijo.

Tenía que dar con una manera de que él no fuera a encontrarlo nunca, pero tú sí.

Era necesario que él lo pasara por alto, no fuera a dar contigo antes de que tú y yo lográramos escapar.

Puede que esté paranoica, pero, si esto funciona, me dará igual.

Durante mi confinamiento, yo también hice un rompecabezas para que pudiéramos reunirnos en secreto.

He elegido algo que tiene que ver con campanas para que sepas enseguida la fuente del rompecabezas.

Piensa, amor mío. El doctor Ashburn cuidará de Isaac por nosotros hasta que resolvamos este asunto .

Puedes confiar en él, amor mío, entre otras cosas, porque no tenemos alternativa .

Te escribo estas últimas palabras en presencia del doctor Ashburn y del notario Harold Pierce, del bufete de abogados Pierce, Harrow y Weald, que han puesto sus iniciales en cada una de las páginas de este testimonio .

Esto servirá de declaración contra Silas si es que la justicia lo sienta en el banquillo, aunque las personas como él suelen salvarse.

Temo por mi vida, por lo que Silas pueda hacerme, y, si desaparezco, deberás llevarle esta declaración a la policía.

Saber que este testimonio está en tu poder me da fuerzas para afrontar lo que los próximos días o semanas puedan depararme .

Este es un documento legal y lo que se adjunta con él demostrará que estamos casados y que, nuestro hijo, Isaac William Heathfield, nacido el 15 de mayo de 1852 dentro del matrimonio, es el legítimo heredero de la fortuna de los Chatton, sujeta a fideicomiso por voluntad de mi padre.

Cuando se lea su testamento, aunque es posible que a los abogados ni siquiera les hayan comunicado todavía su fallecimiento, tú y yo presentaremos este testimonio y demás documentos y la ley fallará a nuestro favor.

Si llegas a donde te he indicado, me quedará claro que somos libres.

Te esperaré allí tanto tiempo como sea necesario y, cuando vengas a mí, adoptaré tu apellido y seré para siempre la señora de William Heathfield .