La encuadernadora de Oxford Capítulo 40
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Capítulo 40

y estaba segura de que tanto mi bebé como yo íbamos a morir…, pero se detuvo. Puede que se debiera a que no se atrevía a tocarme. O porque aún veía en mí una sombra de mi madre, a quien, aunque a su manera, había amado .

No me pegó, no me tiró por las escaleras, aunque tampoco lo había visto nunca tan enfadado. Nunca me había dado tanto miedo. Me llamó cosas muy feas y salió airado de mi dormitorio. En el pasillo, le oí hablar con uno de los criados .

«¡No saldrá de su habitación hasta que yo lo diga! ¡Solo su criada, el doctor y yo podemos entrar! ¿¡Entendido!?» .

El criado, aunque no sabía de quién podía tratarse, murmuró una respuesta y, a continuación, oí los pasos de mi padre escaleras abajo, pisando con fuerza .

El criado se acercó al dormitorio con pasos tímidos, apenas audibles, cerró la puerta… y echó la llave .

Estaba atrapada en mi habitación y solo veía a Daisy, que me traía la comida, y al doctor, que venía a comprobar mi estado de salud y el del bebé .

Mi padre no dejaba de dar largas a lord Beauchamp –durante meses– mientras mi tripa crecía y se hinchaba, y por fin el viejo sapo se cansó y rompió el enlace porque mi padre se negó a permitir la inspección que pretendía de mi persona .

Yo estaba a punto de llegar al final del embarazo y, aunque me sentía muy cansada, todo iba bien.

Daisy, cuando podía, me traía dulces y noticias del exterior: pasteles y gelatinas envueltas en papel de periódico y, a veces, una carta tuya.

Te escribía cada vez que Daisy conseguía colar algo de papel o rasgaba páginas de mis libros y subrayaba palabras para que tú extrajeras lo que quería decirte.

Tú me respondías con tus propios rompecabezas.

Los únicos momentos buenos eran cuando llegaba una de tus cartas.

Sentía cómo se movía nuestro hijo, ansioso por salir.

Estaba convencida de que era un niño, porque oía tu corazón fuerte latir dentro de mí .

Un día, Daisy me trajo noticias aciagas .

«He oído hablar a su señor padre y a su señor tío» .

«Pues lo normal, ¿no?» .

«Es que estaban hablando de usted, señorita. Acerca de su situación. Su tío, señorita, quiere casarla con una persona a toda prisa para reparar tanto su desgaste en la sociedad como el de él» .

Recuerdo que me sentí fatal en ese momento .

«¿Con quién?» .

Daisy bajó la mirada y movió los pies a un lado y a otro como un niño al que estás a punto de castigar .

«¿Con quién, Daisy?» .

«Con el señorito Julian, señorita» .

Sentí que me mareaba y busqué la jofaina. Daisy fue más rápida y me trajo un cuenco en el que vacié lo poco que tenía en el estómago .

«¡Con Julian! ¡Pero si es mi primo!» .

Daisy dejó el cuenco junto a la puerta .

«Eso es lo que les gusta de la idea, señorita, que todo queda en la familia, tal y como ha dicho el señor» .

Julian era un matón, como bien sabes. Un joven carente de moral y más cruel, si cabe, que mi padre. Casarme con él me condenaría a una vida de pena y dolor. Me sentí más desamparada que nunca .

Al día siguiente, mi padre vino a verme y me confirmó lo que Daisy me había dicho.

Me casaría con Julian en verano, una vez que el bebé hubiera nacido y pudieran esconderlo, enviarlo a un orfanato o lo que fuera.

Nosotros seguiríamos mintiendo al respecto, mostrándonos inocentes, como si ese bebé no hubiera existido y con eso fuera suficiente para que la sociedad se olvidase de los rumores…

, en unos años. El matrimonio con Julian aceleraría ese olvido, porque nadie más querría casarse conmigo, dado que hasta los nobles menores me consideraban un bien dañado y, cuanto más tiempo permaneciera soltera, peor para todos nosotros.

Julian conocía mi situación y había sido muy amable por prestarse a salvar lo que quedaba de mi reputación .

Mi padre ni siquiera me miró mientras dictaba mi sentencia .

En cosa de dos días, nuestro enlace se anunció en el Looker-On.

Silas era dueño de la mitad del periódico y les obligó a publicar un magnífico reportaje que exponía lo enamorados que estábamos para que, así, mi fracasado enlace con Beauchamp cayera en el olvido.

Julian y yo nos casaríamos en julio, una vez que el niño hubiera nacido, y podríamos volver a presentarnos en sociedad.

En el anuncio se decía que yo me encontraba en el extranjero, tomando los aires en Francia y planeando la boda en casa de una tía que, en realidad, no existía .

Leíste el periódico. Viniste a casa. Te vi a los pies de mi ventana, pero la habían clavado al marco y no podía sino mirarte.

Nunca te había visto tan desaliñado, tan vencido por la preocupación.

Yo me sujetaba el pesado vientre mientras te miraba y pensaba en nuestro bebé y en cómo podía entregártelo para que estuviera a salvo con su padre .

Estabas fuera de ti, yendo de un lado a otro, y empezaste a chillar y no paraste hasta que se abrió la puerta principal y tuviste que huir .

No supe de ti durante varios días, pero no podía relajarme. Le imploraba noticias a Daisy, pero no llegaba ninguna. Escribí una carta tras otra, pero no me respondías .

No sabía nada de lo que había pasado en aquellos días y, entonces, una noche, puede que una semana después de haberte visto debajo de mi ventana, empezaron los dolores .

Nunca había sentido nada así y mis alaridos despertaron a toda la casa. Daisy llegó a mi lado en un instante e incluso vino mi padre, que llamó al doctor de inmediato y se quitó de en medio .

El parto fue lento y doloroso. El doctor Ashburn llegó con los ojos medio cerrados –dormía cuando fueron a buscarlo–. Me examinó con tanto cuidado como pudo y dijo que iba a tardar horas en dar a luz. Esas horas pasaron cargadas de dolorosas contracciones cada pocos minutos .

Me quedaba dormida, me despertaba y sentía que nuestro bebé se estaba preparando para llegar al mundo .

El doctor Ashburn me pidió que empujara, Daisy me cogió la mano y el bebé llegó antes del amanecer .

El doctor sonrió al verlo. Era un niño, como bien supe desde un primer momento.

Ashburn se lo entregó a Daisy, que lo envolvió en una manta y me lo puso en los brazos.

Nunca había visto nada tan hermoso. Tenía la carita regordeta, pero arrugada, y lloré y lo acuné y le dije cuánto lo querían sus padres: tú y yo .

El doctor Ashburn nos miró mientras se lavaba las manos .

«¿Dónde está el padre?», preguntó amablemente .

«Esperándonos» .

El hombre asintió y salió a ver a mi padre, que aguardaba en el pasillo .

Me encontraba como en un capullo de luz suave y miraba fervientemente a nuestro hijo que, allí, en mis brazos, era lo que más quería en el mundo. No había oído hablar a los hombres hasta que empezaron las voces .

Daisy me cogió con fuerza por el brazo y me susurró con aquella vocecilla suya:

«¡Señorita!» .

Levanté la vista y vi al doctor Ashburn y a mi padre. La cara de este último era una máscara de furia .

«Lléveselo –le dijo a Ashburn–. Lléveselo y acabe con él» .

Aquellas palabras fueron como balazos .

«Señor, no puede hablar usted en serio… –probó el doctor Ashburn–, es su nieto» .

«Es un bastardo, eso es lo que es. Lléveselo o yo mismo lo estrellaré contra el suelo» .

Nunca había visto tanta oscuridad en él…

, tanto odio hacia alguien tan inocente.

A punto estuve de gritar que no era ningún bastardo, sino que había nacido dentro del matrimonio y que había sido concebido con amor, pero sabía que eso solo empeoraría la situación.

No iba a permitir que se llevaran a mi hijo. Lo abracé tan fuerte como pude .

«Señor, al menos al principio, lo mejor para el niño es que permanezca con su madre», dijo el doctor .

Mi padre lo cogió por el cuello e insistió:

«Mátelo, que, como tenga que hacerlo yo, no seré tan cuidadoso como usted» .

El doctor Ashburn, con los ojos como platos, horrorizado, no pudo sino asentir. Mi padre se marchó y él se volvió hacia mí .

«Lo siento, pero no sé qué hacer», me dijo .

«No se lo voy a entregar» .

«¿Dónde está el padre?» .

Miré a Daisy .

«No lo sé –respondí–. Mi padre mataría a William si supiera dónde se encuentra» .

El doctor Ashburn se sentó a mi lado en la cama y yo cogí a nuestro bebé con más fuerza. El niño empezó a llorar .

«Démelo. Lo sacaré de aquí y le doy mi palabra de médico de que nadie le hará ningún daño» .

El hombre extendió los brazos y, aunque la idea de entregarle a nuestro hijo me parecía aborrecible, la alternativa era muchísimo peor. El doctor parecía tan horrorizado como yo. Me aferré a nuestro niño, lo cubrí de besos y lo olí cuanto pude, lo respiré .

«Se llama Isaac. Isaac William», le dije al doctor .

«Un buen nombre para un buen niño. Este no es el fin, señorita Chatton. Pronto volverá a verlo» .

«¿Va a hacerle un certificado de nacimiento? ¡Prométame que se lo hará!» .

El hombre asintió .

«Me encargaré de ello, sí» .

No me quedaba otra que confiar en él, y aun hoy sigo haciéndolo y tú también has de confiar en él, amor mío. Le entregué nuestro hijo y lloré y lloré…, lloré tanto que pensé que iba a morir .

«Volveré en uno o dos días para ver qué tal se encuentra y le traeré todas las noticias que pueda», me aseguró Ashburn .

Me quedé mirando cómo se llevaba al niño y mi corazón se hizo pedazos… Grité, aullé… Mis brazos estaban vacíos cuando deberían tenerlo a él… Me dolía todo y decidí hacer algo; no, decidí hacer lo imposible para que los tres estuviéramos juntos. Seríamos una familia .

No quiero seguir con ese tema porque el dolor que sentí fue tan grande…

, como si se me fuera a partir en dos el corazón…

No me moví, no hablé durante días ni pensaba que aquello fuera a mejorar jamás.

En mi fuero interno, no obstante, ardía un odio profundo hacia mi padre y en ocasiones sentía que aquel odio era lo único que me mantenía con vida .

Entonces me llegó tu carta, una misiva llena de amor en la que me decías dónde te alojabas .