Capítulo 39 #2
»Eran dos hermanos: Silas, que era el mayor, aunque no por mucho, y Malcolm.
Malcolm Chatton era el que tenía encanto.
Era atractivo y vestía muy bien, aunque carecía de gusto.
Lo único que le interesaba era el poder.
Lo nombraron lord gracias a sus contactos y a sus sobornos y, si los rumores eran ciertos, al chantaje.
Silas era un sapo en comparación con su hermano, no tenía su chispa ni su aspecto.
En una ocasión se publicó una viñeta cómica acerca de él en una de las páginas de cotilleos en la que se lo mostraba como un cerdo babeante al lado de su hermano, que era un león.
El periódico que publicó la viñeta cerró dos meses después y dudo mucho que fuera una coincidencia.
»No sé bien lo que fue de ellos, pero, un año después, más o menos, partieron peras y…
, si hacemos caso de los rumores…, fue por culpa de la hija de Malcolm.
La joven entró en sociedad y, así, sin más, desapareció.
Pretendían desposarla con alguien importante, pero no llegó a casarse con ninguno de los pretendientes.
Durante un tiempo pareció que se anunciaba un nuevo enlace para ella cada mes.
¿Qué sería, el verano del 51? Escribían sobre la joven en varios periódicos y, de repente…
, ¡puf! Fue como si nunca hubiera existido.
¡Y, ay, los rumores! Solo de oírlos te hervía la sangre.
Decían que tenía sífilis, que se le había caído la nariz, que se había quedado embarazada del jardinero, del mozo de cocina…
¡e incluso de su propio padre! Tuvo que ser terrible para la pobre chica.
»No sé lo que sucedería realmente, no sé cuál sería la verdad, pero creo que Silas y Malcolm eran dueños de muchos periódicos, por lo que tenían la capacidad de contar su versión de lo sucedido.
Y, al parecer, lo sucedido era que Malcolm y su hija habían emigrado a América en busca de un nuevo comienzo.
El hijo de Silas murió y Silas se quedó solo.
El hombre se casó un tiempo después y de ese matrimonio nació Julia, pero era una niña enfermiza y no tardó en retirarse de la vida pública.
»Y tú, Lilian, ¿nos estás diciendo… que esas páginas hablan de los Chatton?
Asentí.
–Eso creo, sí, y más después de escuchar tu historia.
En las páginas se menciona a un tío Silas y a un Julian.
Sé de buena tinta que el encuadernador de estos libros trabajó para la familia.
Lo que has contado de que la hija de Malcolm desapareció de la vida pública…
se debe a que se quedó embarazada de William Heathfield, el joven del que estaba enamorada.
En otras páginas, la joven cuenta cómo su padre decidió cambiar el testamento para que sus bienes solo pudiera heredarlos un nieto varón, si es que ella llegaba a darle uno legítimo.
Deidre negó con la cabeza.
–Los hombres y el poder –dijo–. No hay duda de que tienen demasiado.
–No es el momento para eso, abuela –le dijo Agnes con una sonrisa.
–Y ¿sabes su nombre? –le pregunté a Deidre–. El de la hija de Malcolm.
La anciana asintió:
–Isabel.
Isabel Chatton. «I. C.». ¡Las iniciales al pie de las páginas! La declaración era suya. Le devolví la sonrisa a la anciana porque, por primera vez, tenía la sensación de que me estaba acercando a aquella joven… a la que habían olvidado y a la que tan mal habían tratado.
–Gracias. Ahora estoy segura de que Isabel Chatton escribió las páginas…, aunque lo que no tengo claro es el papel que tuvo su prima Julia en todo esto –comenté–. ¿Sabéis dónde podría encontrarla?
Ambas negaron con la cabeza y Deidre dijo:
–Y te aconsejo que no la busques. A nada que se parezca a su padre, dará contigo si es eso lo que quiere.
–Por lo que me ha contado mi abuela de la manera en que actuó esa mujer cuando perdió la puja…, lo mejor sería que no te acercaras a ella –añadió Agnes.
Fruncí el ceño.
–¿Cómo actuó?
–Cuando cayó el mazo, la mujer se levantó y le lanzó todo tipo de improperios al pobre Edmund. Se puso a chillar y lo amenazó una y otra vez. Dos hombres tuvieron que sacarla de la sala y no dejó de gritar en ningún momento.
Mal carácter junto con la posición para dejarlo aflorar. El tipo de persona que sería capaz de contratar a un matón para que le hiciera el trabajo sucio, para que me robara en plena calle, para que me intimidara y para que diera un susto de muerte a mi padre.
–No creo que vaya a poder evitarla. Estoy convencida de que es quien anda detrás de todo este asunto. –Negué con la cabeza–. Los Chatton… Nunca había oído hablar de ellos.
Deidre asintió:
–Es como si provinieran de la antigua Roma.
Una gran casa maldita y caída en desgracia.
Escribí sobre ellos en los años sesenta: La caída de la casa de Octavio .
A ver, lo adorné todo un poco…, como se hace siempre, porque ninguna historia es del todo verdad o del todo mentira.
No es uno de mis mejores relatos, lo sé, pero se vendió bastante.
Me quedé pensando en aquella información por un momento, porque tenía tanta a aquellas alturas que debía esforzarme por ordenarla.
Ahora, en cualquier caso, contaba con los nombres.
Una familia caída en desgracia y una joven atrapada en tamaña situación.
Su único delito, amar a la persona equivocada.
Y ahora podía estar en América. Eso estaba muy lejos…
, pero tenía sentido. Ahora bien, ¿qué habría sido de William y del bebé de ambos?
Miré las páginas.
–El bebé… ¿vive?
Deidre negó con el dedo.
–No pienso destriparte la historia.
–Vamos a preparar el desayuno. Ven a la cocina cuando hayas acabado de leer –me dijo Agnes mientras se ponía de pie y le tendía una mano a su abuela para ayudarla a levantarse.
La anciana le cogió la mano y, con esfuerzo –los sillones eran profundos–, consiguió ponerse en pie. Mientras pasaba por mi lado, Deidre me puso una mano en el hombro, me lo apretó y me guiñó el ojo. No tenía claro qué significaba aquello, pero le sonreí.
Cerraron la puerta y me dejaron a solas con la historia, una que había adquirido otra profundidad, dada la familia que estaba involucrada. Respiré hondo, me serví otra taza de té y empecé a leer.