Capítulo 39
Encontré a las mujeres en una estancia enorme y confortable llena de sillones, divanes y almohadones.
En la chimenea ardía un pequeño fuego, las ventanas estaban abiertas para que entrara el fresco aire de la mañana y en una mesita humeaba una tetera acompañada de un juego de té.
Una de las paredes estaba ocupada por completo por libros.
La mayoría de ellos eran del mismo tamaño, con alguna variación en la tela de la cubierta cada decena, más o menos.
Di por hecho que aquellas eran las copias que las autoras recibían de sus propios libros.
Frente a las ventanas había un par de escritorios de madera oscura, con una máquina de escribir en uno de ellos y una pila de papeles y cuadernos de notas en el otro, todo ello dispuesto de tal manera que las ocupantes de los escritorios pudieran verse la una a la otra.
Cuando entré, Agnes y Deidre charlaban con un té en la mano.
Me recibieron, como había sido el caso en todo momento, con una sonrisa.
–¿Qué tal has dormido? –preguntó Deidre.
–Mejor que en mucho tiempo –respondí mientras la nube del sueño me abandonaba rápidamente.
Agnes me señaló el té con la cabeza.
–Sírvete.
Y, agradecida, así lo hice, y devoré también una galleta porque no había cenado nada. Mientras comía y bebía, la pareja se miraba.
–Hemos tomado una decisión… –empezó a decir Deidre, y miré enseguida a Agnes.
La joven me observó como diciendo: «¿Ves?, te lo dije».
–Te creemos.
Me detuve a medio mordisco.
–¿Que me creéis?
Agnes cogió del escritorio un objeto que me resultaba familiar y se acercó a mí.
Se me aceleró el corazón. Encuadernado en un púrpura oscuro, con rayones en los bordes…
, me tendía otro de aquellos libros falsos de Bell.
A punto estuve de caerme de la silla al estirar la mano para cogerlo.
Agnes me lo dio y se sentó en un sillón frente a mí y Deidre se unió a nosotras.
Aunque yo no dejaba de mirar el libro, notaba que ellas me miraban a mí.
Ninguna de las dos decía nada. Pasé las manos por la cubierta, comprobé el lomo.
El título estaba en unas letras doradas que habían empezado a desdibujarse: Amor que en el olvido acaba .
La primera página era como las anteriores, pero estaba rasgada a la altura del lomo, por abajo, y como una tercera parte.
Un rasgón limpio, casi como si la hubieran cortado justo donde se unía al libro.
Ansiaba ponerme con las guardas…, ¡arrancarlas de la encuadernación!
–Adelante –me dijo Agnes–, busca. Sabemos que te mueres por hacerlo.
Sentí que me ponía colorada y me obligué a no apartar la vista del libro.
Hice lo mismo que había hecho con los otros que encontré y fui directa a la contracubierta; en busca de los puntos.
Giré ligeramente el libro para que le diera la luz del sol, un sol que brillaba sin que hubiera asomo de nubes por ningún lado. Allí estaban.
* *
* *
*
Aquel era el sexto libro. Me quedé sin aliento.
Era la conclusión de la historia de la joven, una historia cuyo inicio no había leído todavía.
Ya solo me quedaba encontrar otro ejemplar para poder dejar a un lado todo aquel calvario.
Sentí un atisbo de esperanza, pero sabía que era mejor que no permitiera que aquella chispa se convirtiera en fuego todavía.
Las mujeres me observaban. Le di la vuelta al libro y abrí la cubierta. Pasé la mano por la guarda y fruncí el ceño. Volví a pasarla. No notaba la elevación que indicaba que había páginas por debajo. Sentí que el miedo se apoderaba de mí y miré a Agnes y a Deidre.
Ambas sonreían.
–¿No te has preguntado todavía por qué dos autoras solitarias como nosotras íbamos a invitar a casa a una completa desconocida? –me soltó Deidre.
El miedo se hizo aún mayor. ¿Dónde me había metido?
–A decir verdad, me sentía tan aliviada que ni siquiera caí en la cuenta.
–Encontramos las páginas hace años –comentó Agnes.
–Por cómo hablabas de la historia de la joven en tu carta, enseguida nos quedó claro que Abel Bell, el autor, no te interesaba especialmente, sino esos libros falsos –añadió Deidre–.
Sentíamos curiosidad. Queríamos conocerte y que nos contaras el resto de la historia…
, porque da para una novela maravillosa, ¿no te parece?
No pude por menos que asentir.
–¿Qué pretendes hacer con las páginas? –me preguntó Agnes.
–Evitar que alguien las pueda dañar y pensaba devolvérselas a su dueña. Bueno, a la joven, si es que sigue viva, o a su amante, a William, si es que sigue vivo. Y, si no lo logro, al menos conoceré su historia y los recordaré.
Agnes y Deidre se miraron y esta asintió.
Agnes fue al escritorio de su abuela y regresó con un sobre.
Me lo dio. No estaba cerrado y dentro se hallaban las páginas, dobladas.
Había muchas más que en ninguno de los otros volúmenes, todas ellas con esa caligrafía limpia que tan bien conocía ya.
El miedo empezó a desaparecer. Las tenía en las manos…
, ¡por fin! El alivio era tan potente que me pareció que bien podía echarme a llorar.
–Confiamos en ti, Lilian la encuadernadora –comentó Deidre–, porque las historias, aunque sean preciosas, hay que compartirlas.
Nuestra conciencia no nos permite escondértelas; sin embargo, te pedimos a cambio que regreses cuando todo haya pasado y estés a salvo y nos permitas leerlas todas.
Una historia a medio terminar es como una comida a medio terminar: no dejas de sentirte hambriento hasta que das buena cuenta del plato.
–Conozco muy bien esa sensación –les dije, y sujeté las páginas con fuerza–. ¿Puedo quedarme también el libro? La persona que me amenaza, su jefe, los quiere.
Las mujeres volvieron a intercambiar una mirada y debieron acordar decirme que sí, porque Agnes asintió.
Devlin sabía lo de las páginas, pero cabía la posibilidad de que no supiera dónde buscarlas. Esperaba ganar algo de tiempo ahora que tenía otro de los volúmenes.
Con las páginas en la mano, me di cuenta de pronto de que me estaba costando un esfuerzo titánico no ponerme a leerlas de inmediato. No obstante, había otro tema que quería tratar con ellas.
–¿Podría pediros ayuda con otro asunto relacionado con los libros?
–Adelante –dijo Deidre.
–La subasta en la que adquiristeis este –empecé y, de inmediato, ambas mujeres reaccionaron asintiendo y resoplando. Sin duda, era un asunto delicado para ellas–, me contaron que fue una guerra de pujas.
–¡Qué subasta! ¡Nos costó trescientas libras esterlinas adquirir una copia falsa de uno de nuestros libros! ¿¡Te lo puedes creer!? –Deidre negaba con la cabeza y resoplaba.
Agnes, más calmada, claramente la más cerebral de las dos, añadió:
–Fue absurdo.
–Y ¿podríais decirme quién era el otro pujador?
Deidre sonrió y vi que le brillaban los ojos, muy probablemente por lo intrigante que era todo aquel asunto.
–Yo estaba sentada atrás del todo mientras Edmund, nuestro agente, pujaba en nuestro nombre.
Al ver la vehemencia del otro pujador me acerqué un poco más y, cuando vi de quién se trataba, no me lo podía creer.
¡Era la niña de Silas Chatton! Bueno, que ya no era una niña, que andaría por los cuarenta, pero estoy segura de que era ella.
Aquel nombre hizo sonar una sirena con fuerza en mi cabeza. El «tío Silas» era Silas Chatton.
–Y ¿sabéis cómo se llama?
Deidre frunció el ceño y miró a Agnes.
–¿Margaret? ¿Meredith?
Agnes puso cara rara.
–Estás perdiendo la memoria. Se llama Julia.
Julia… ¿¡Julia!? Julian era el hijo de Silas y ahora aparecía una Julia, que era la hija.
–Los Chatton… He oído ese apellido, pero solo una vez.
El encuadernador que hizo estos libros –toqué la cubierta del de Bell– trabajaba para familias ricas, incluidos los Chatton.
No puede ser una coincidencia que la hija de Silas Chatton anduviera detrás de este li…
–Me di cuenta de pronto–. Es ella la que los está buscando.
Ella es la jefa de Devlin. No queda otra. ¿Quién más podría ser?
–Eso no lo sé, pero lo que sé es que no es una mujer que se ande con chiquitas. No creo que crecer en esa familia fuera fácil.
Pensé en la joven, prisionera, con su amante apaleado presentado ante ella…
, y me recorrió un escalofrío. La joven era la prima de Julia Chatton.
Puede que Julia estuviera intentando ayudar, que quisiera encontrar las páginas para hacer justicia de alguna manera.
Deseé que así fuera…, pero sus métodos, las amenazas, los ataques… , me impedían creerlo.
–¿Podríais hablarme de los Chatton? –les pregunté.
Agnes puso los ojos en blanco.
–No empieces hablándole de cuando eras joven o tendrá que quedarse aquí toda una semana.
–Chist, que la muchacha ha hecho una pregunta y el narrador ha de narrar.
–Deidre se recostó en su sillón–. Cuando era joven, vivía en Londres con la idea de ganarme la vida como escritora.
Pensaba que recorrer las mismas calles que Dickens me proporcionaría su mismo éxito…
, pero aquí me tienes. Estaba obsesionada con las páginas de sociedad, pues consideraba que las historias más jugosas estaban entre aquellos tan ricos que no necesitaban trabajar para vivir.
Los Chatton eran una de esas familias. Increíblemente adinerados, pero carentes de simpatías.
Nuevos ricos, ya me entiendes. El mayor problema era que su dinero provenía de la explotación de los demás.