Capítulo 38 #2
–Decías en tu carta que eres encuadernadora –empezó Deidre, consciente de mi dolor y queriendo cambiar de tema–. Debe de ser una profesión fascinante.
–Hay pocas cosas que me gusten más que los libros, si es que las hay; los libros y darles una nueva vida. Mi padre siempre decía que estos perduran, que nos sobreviven, y, para mí, haber tenido algo que ver en su proceso de fabricación supone mi pequeño granito de inmortalidad.
Deidre sonrió; de hecho, parecía que la mujer siempre estuviera sonriendo.
–Sé lo que es amar tu vocación. Ojalá todos estuviéramos así de bendecidos.
A esas palabras les siguieron unos momentos de un silencio tenso en los que anhelé preguntarles por su libro, acelerar todo aquel procedimiento para cerrar aquel asunto tan feo de una vez por todas.
Como si me estuviera leyendo los pensamientos, Agnes dijo:
–Tenemos un libro con nuestro nombre, pero con un título que no es nuestro. El texto del interior es el de La maldición de El Dorado , uno de los primeros de mi abuela, una de las historias que más ha gustado. En el 49 la escribiste, ¿verdad?
–En el 48 y se publicó al año siguiente –la corrigió Deidre–. Pero tú ya sabías que el título no tenía nada que ver con el texto, ¿verdad, Lilian? En tu carta hablabas de un secreto. Pues bueno, es hora de que compartas con nosotras lo que sabes.
No es que necesitara que me lo pidieran dos veces, porque estaba cansada, desesperada y, por alguna razón, empezaba a confiar ciegamente en aquellas dos mujeres, así que se lo conté todo.
No tenía ningún sentido esconderles nada.
Estaba tan cansada de verdades a medias y de tener que estar pensando en quién sabía qué…
Me sentía como uno de aquellos libros, con el exterior ocultando el interior y con el interior ocultando incluso más.
Les conté cómo había dado con el primer ejemplar, lo del hombre del bombín marrón, lo de su misterioso jefe, lo de mi padre…
, lo de su muerte. Deidre me cogió la mano en ese momento, aunque ninguna de las dos me interrumpió.
Les conté todo lo que ponía en las páginas que había encontrado, lo de los amantes, lo del matrimonio y lo del bebé, lo del confinamiento de la joven y lo del padre tan cruel que tenía.
Les conté cómo había dado con cada uno de los libros. No me dejé nada.
El sol hacía tiempo que se había puesto para cuando acabé.
Seguíamos en la cocina, sentadas a la luz de una vela.
Cuando llegué al final, me sentí como si estuviera vacía por dentro, exhausta por todo lo que había contado.
Mientras esperaba su respuesta, me sequé los ojos y apuré la sidra, que ya estaba fría.
Cuando la respuesta llegó, no era la que esperaba, pero, a decir verdad, nada de esa situación lo había sido.
Deidre y Agnes se miraron. Agnes resopló y se encogió de hombros y me pareció que estaban pasándose un mensaje la una a la otra.
–¿Te parece que tomemos algún dulce? –me preguntó Deidre sin que su sonrisa llegara a arrugarle la comisura de los ojos.
Parpadeé y me sentí como una malísima invitada. Saqué la caja de la cartera y la dejé sobre la mesa. Ambas mujeres cogieron un dulce.
La cocina estaba en silencio excepto por el chasquido del azúcar contra los dientes.
–Bueno, pues yo diría que es hora de acostarse –comentó Deidre levantándose nada más acabar su dulce–. Seguiremos con esto por la mañana porque, a mi edad, cuando el sol se esconde, yo también he de hacerlo.
–Pero… –intenté, si bien Agnes negó con la cabeza.
Ella también se levantó y me dijo:
–Te llevaré a la habitación para invitados.
Me rehíce, sintiéndome terriblemente expuesta de repente.
Les había abierto mi corazón, sangrante y latente, y lo había dejado sobre la mesa de aquella cocina ¡y a ellas lo único que les había interesado eran los dulces!
No tenía muy claro lo que sucedía, pero seguí a Agnes como ida, con la cartera en la mano.
Ella me acompañó arriba sin decir nada. La casa estaba a oscuras y solo nos alumbraba la vela que sujetaba en la mano.
Por delante de nosotras, una luz similar oscilaba; era Deidre, que iba camino de su habitación.
Yo no veía nada más que lo que alumbraba el halo de la vela; todo lo demás estaba en sombras.
Giramos un pasillo y no tardamos en llegar a una puerta. Agnes me dio la vela.
–¿He… he ofendido a tu abuela? –le pregunté en voz baja.
Agnes sonrió.
–Es complicado ofenderla. Sencillamente, está tomando una decisión.
–¿Tomando una decisión?
Agnes se inclinó por delante de mí y abrió la puerta.
–Que duermas bien, Lilian.
Y se marchó. Desapareció en la oscuridad. Por un momento, antes de entrar en la habitación, me quedé allí, escuchando sus pasos sobre la alfombra.
Cuando entré en el dormitorio, lo primero que vi fueron las ventanas.
Eran grandes y anchas a pesar de lo vieja que era la casa.
Las nubes habían desaparecido y la luna entraba por el cristal y lo bañaba todo con una luz monocroma.
Dejé la vela y me acerqué a una de ellas y la vista, a pesar de que hubiera caído la noche, me pareció extraordinaria.
Se veían los árboles más abajo, como un manto, y, más adelante, la tierra se precipitaba hasta el mar…
¡y, ay, el mar! La luna colgaba por encima de él como una moneda brillante en una noche negra, eclipsando incluso las estrellas con su luz.
El mar chispeaba, negro y argénteo, cambiante e infinito.
Se extendía más allá de la vista, más allá del mundo, tan abierto y vasto que debería provocar un miedo insondable, pero, en cambio, no me transmitía nada sino una gran paz.
El mundo era mucho más que las agresivas paredes de las ciudades y las preocupaciones que estas contenían.
Me sentía tan lejos de todo aquello…, escondida entre los árboles, entre tanta grandeza…
, y, por primera vez en muchas semanas, me hallé verdaderamente a salvo.
Abrí la ventana y noté cómo el frío entraba y, con él, el aroma del océano, el sonido de las olas. Después de oír aquel murmullo, no quise cerrarla. Esa noche me acunó el rumor del mar y dormí muy bien.