Capítulo 38
Después de apresurarme por Londres a medianoche, un tazón frío de sopa y cuatro incómodas horas en un banco de la estación de Waterloo entre palomas y carteristas, subí al enésimo tren de la semana –o eso me pareció– y ya estaba camino de Weymouth.
Me prometí que, cuando aquello acabara, no volvería a coger un tren en la vida.
Por fin llegué a Swanage y di con una tienda local que vendía dulces. Cuando le pedí al tendero que me indicara cómo llegar a Casa Rosemark, donde residía Abel Bell, el hombre miró los dulces y sonrió.
–¿Conoce usted la dirección? –le pregunté.
–¡Cómo no voy a conocerla! –dijo el tendero con un tono que me hizo pensar que cabía esperar cualquier cosa cuando llegara allí. Me indicó cómo llegar y me dio la sensación de que, a pesar de ser una persona huraña y solitaria, al autor lo conocían bien en la zona por su pasión por los dulces.
Resultó que tuve que hacer una caminata de una hora para llegar hasta la casa de Bell, que estaba junto a los acantilados.
El frío era tonificante, no desagradable, y la brisa marina traía consigo un rico olor a sal.
Después de llevar tanto tiempo sentada, me alegraba de estirar las piernas y de respirar aire puro.
Además, tuve tiempo para pensar en qué le diría a Bell.
Las indicaciones que me habían dado me alejaron del pueblo –calmado sin duda en invierno, pero preparándose para la arremetida del verano– y me llevaron al campo, ascendiendo poco a poco.
Las vistas de la campiña y del mar eran espectaculares y tenía la sensación de que los conservadores muros amarillos de Oxford estuvieran tremendamente lejos.
La pista de tierra que seguía pasó a convertirse en un camino con frondosos árboles a los lados, tanto que parecía que entraras en un túnel y, al mismo tiempo, en otro mundo.
En un momento en que el sol fue capaz de internarse por entre las nubes un breve instante, el túnel pasó de ser un lugar lúgubre y frío, cubierto por el mantillo creado por las hojas caídas el año anterior, a convertirse en un caleidoscopio.
Los árboles cortaban la luz del sol y la diseminaban como lentejuelas por el suelo.
Pero las nubes volvieron a taparlo y la luz desapareció tan rápido como había aparecido y, si antes el túnel me había parecido lúgubre, ahora me lo parecía mucho más.
Por fin salí de entre los árboles. El camino seguía colina arriba y, en lo alto de esta, asomando orgullosa por encima de las copas de los árboles, como si estuviera en una isla, se encontraba la casa.
Teniendo en cuenta su nombre, Casa Rosemark, había imaginado que se trataría de una vivienda pintoresca, no sé, con el techo de paja, situada en medio de un jardín bien cuidado…
, pero aquella era una mansión de piedra que se alzaba sobre una colina.
Me acerqué nerviosa porque no sabía qué tipo de persona iba a encontrarme al otro lado de la puerta.
La casa era antigua, yo diría que tenía varios cientos de años, al menos, parte de ella.
Frente a la fachada contaba con un jardín formal que habían dejado que se deteriorara.
El jardín y el camino de entrada a la casa lo enmarcaban árboles altos y puntiagudos.
Era de imponente estilo Tudor con dos grandes gabletes a cada lado y uno central más pequeño, el de la puerta principal.
Los tejados eran de teja y la piedra estaba besada de líquenes.
Olía a melisa, pero era un olor a podrido, pungente, con un toque de romero.
Las ventanas eran estrechas y estaban encajonadas, con gruesas bandas de piedra alrededor. No se veía movimiento.
Me acerqué a la puerta, respiré hondo y tiré de la campana.
Dentro se oyó un fuerte tañido metálico, pero, durante un rato…, no sucedió nada.
Pasé de apoyar el peso del cuerpo en una pierna a apoyarlo en la otra y, de pronto, me embargó el miedo de que me hubiera presentado en la casa equivocada…
o en el momento equivocado y que quizá no hubiera nadie.
La idea hizo que me echara a temblar –incluso la barbilla me temblaba–, como si el mar de lágrimas que amenazaba con derramarse de mis ojos no lo contuviera sino un papel de seda; un mar de lágrimas que hasta el menor contratiempo fuera a liberar y como si, una vez liberado, no fuera capaz de controlarlo.
–¡Hola! –me llegó una voz dulce por la izquierda.
Dejé el porche y rodeé la casa y, entre uno de los altos árboles y la piedra, vi a una mujer. Llevaba guantes de jardinería, en una mano sujetaba unas tijeras de podar y en la otra, un puñado de malas hierbas. Parecía mayor que yo, pero no mucho.
–Hola –respondí, sin más, porque me sentía un poco superada por la situación.
–¿Eres la encuadernadora?
–Sí, soy Lilian. Estoy buscando a Abel Bell.
La mujer sonrió y me dijo:
–¡Pues ya la has encontrado! ¡Ven, acompáñame!
La sorpresa me dejó muda por un momento, mientras me acercaba al borde del jardín y seguía a la mujer por el césped…
¿¡Cómo iba a ser ella Abel Bell!? La joven me miró por encima del hombro, sin dejar de sonreír, mientras recorríamos el jardín, cruzábamos un seto por un hueco que había en él y llegábamos al jardín trasero, al huerto.
Estaba claro que era allí donde se concentraban los cuidados del jardín, en el huerto.
Había filas de hortalizas de invierno, un invernadero, un grupo de manzanos y herramientas y equipo para atender aquel vergel.
Otra mujer, que llevaba la cabeza envuelta en un pañuelo, estaba de rodillas sacando maleza de un calabazar.
–¿Has traído los dulces? –me preguntó esa otra mujer, toda embarrada. Esta era más mayor; fácilmente tendría los sesenta bien vividos, pero se le iluminó la mirada cuando me vio. Su respiración se convertía en vaho mientras hablaba, aunque no parecía que el frío molestase a ninguna de las dos.
Asentí.
La mujer más joven se acercó a la otra y la ayudó a levantarse.
–Se esperaba un hombre, abuela.
La más mayor se echó a reír.
–Siempre pasa.
–Lo siento –les dije cuando por fin recuperé la voz–. Admito que estoy confusa.
–Bebamos algo y te lo explicamos –comentó la más mayor sin dejar de sonreír en ningún momento. La mujer tenía la cara profundamente arrugada, que era uno de los rasgos que indicaba lo rica que había sido su vida.
Se quitaron los guantes y se sacudieron la ropa. Ambas llevaban botas y mono de hombre. Me guiaron hasta la casa, hasta unas enormes puertas dobles que estaban abiertas a pesar de lo frío que soplaba allí el aire.
Las seguí al interior de la misma, a la cocina, donde se lavaron las manos en un amplio fregadero y empezaron a preparar una bandeja.
–Vamos a tener que esperar una eternidad a la tetera –comentó la más joven–. ¿Te apetece una sidra templada? La hacemos con nuestras manzanas.
–Por mí, perfecto –respondí.
La joven sonrió ampliamente, atizó el fuego del fogón y puso una sartén encima.
En mitad de la cocina había una mesa cuadrada y la mujer mayor se había sentado a ella. Me indicó que me sentase a su lado y así lo hice. En la mesa, cerca de nosotras, había una hogaza de pan medio cubierta con un trapo y en la parte más alejada, un cuenco con manzanas.
–Bueno –empezó la mayor–, seguro que te estás preguntando quién es Abel Bell.
–Lo cierto es que sí.
–Bien, eso significa que nuestro secreto sigue a salvo. Yo soy Abel Bell –me dijo la mujer mayor y, acto seguido, le arrancó un pedazo al pan.
Pero… no podía ser.
–Lo siento… –empecé–, pero ella me ha dicho lo mismo –le dije a la más mayor refiriéndome a la más joven.
Ambas se echaron a reír y la joven, que estaba junto al fogón, me explicó:
–Ambas somos Bell. Dependiendo del día. Yo soy Agnes.
–Y yo Deidre.
–Es un placer conoceros, pero… los libros de Bell empezaron a publicarse en los años cincuenta y, ya me perdonarás, Deidre, pero tú no pareces tan mayor.
–Me halagas. Por desgracia, soy mucho mayor de lo que aparento.
¡La brisa marina y el huerto me mantienen joven!
Tengo setenta y cuatro años y empecé a escribir esos libros cuando tenía dieciocho.
Elegí ese seudónimo porque…, bueno, pues porque una jovencita que escribiera de aventuras no iba a llegar muy lejos por aquel entonces.
–Ahora soy yo quien los escribe porque mi abuela ya es demasiado mayor –dijo Agnes.
–¡Tú sí que eres demasiado mayor! –exclamó Deidre, y le tiró un pedazo de pan a su nieta.
Agnes se echó a reír y me di cuenta de que no había oído tantas risas, de que no había visto tanta alegría, en mucho tiempo.
Dejó tres tazas de sidra humeante en la mesa, una delante de cada una de nosotras.
El embriagador olor alcohólico de la sidra me llegó de pronto y me recordó las mañanas de Navidad.
La calidez de ese pensamiento, no obstante, lo apartó de golpe una fuerte punzada de pena.
Ahora que mi padre había muerto, las navidades no volverían a ser lo mismo.
–¿Estás bien? –me preguntó Deidre al tiempo que me ponía una mano en el brazo.
–Sí, sí…, es solo que he tenido que hacer un camino muy largo para llegar a vosotras.
Se miraron. Deidre me dio unas palmaditas en la mano.
–Bueno, pero ya estás aquí y, por lo visto, tenemos que hablar de cierta intriga.
Deidre miró a su nieta y esta se apoyó en la encimera con los brazos cruzados.
–¿Te ha sorprendido encontrarte con nosotras? –me preguntó Deidre.
Me permití relajarme lo suficiente como para que incluso aflorara una sonrisa a mi gesto.
–No sé, ya no me sorprende nada.
Deidre entornó los ojos. Su rostro era tan expresivo, con tantas arrugas alrededor de los ojos y de la boca; era como el mapa de una vida feliz.
–Eso es una pena para alguien tan joven.
Tenía toda la razón. Y a pesar de mi anhelo por descubrir la historia de la joven, seguía deseando no haber olido nunca aquel libro quemado, porque, a decir verdad, no sabía ahora más de lo que había sabido entonces, pero había perdido mucho por el camino.