Capítulo 37
El día después de enterrar a mi padre, subí a un tren con destino a Mánchester con el dinero de Ambrose Fane.
Antes había ido a casa de Harry para recoger las páginas que le pedí que escondiera.
Me sentía mejor llevándolas encima. Además, así Harry estaba más seguro.
No le dije adónde iba y él sabía que era mejor que no me lo preguntara.
Se limitó a darme un beso de despedida y esperé que no fuera el último.
Me prometí que no lo sería y metí la mano en la cartera.
Allí estaba la chifla. Después del robo la llevaba siempre conmigo y esta vez no iba a ser diferente.
Llegué a Mánchester a última hora de la tarde y cogí un cabriolé directa a la oficina de Montague y Cliff. En las ventanas de arriba aún se veían algunas luces y albergaba la esperanza de que alguna de ellas fuera suya.
Subí las escaleras y di con la puerta que tenía al lado la placa de bronce con el nombre de la editorial.
Me quedé esperando. Los oí hablar y olí el aroma del tabaco floral de la pipa de Dotty salir por debajo de la puerta.
Seguí allí unos segundos más, armándome de valor para entrar.
Sabía que, si llamaba, era posible que no respondieran; si me anunciaba, era posible que me pidieran que me fuera…
y no podía arriesgarme a lo uno ni a lo otro.
Así, con el corazón tamborileando en el pecho y en la cabeza, tomé aire un par de veces, me preparé…, abrí la puerta y entré.
Montague y Dotty, sentados cada uno en su escritorio, levantaron la vista. Dotty me vio y frunció el ceño y Montague empezó a boquear como un pez que acabas de sacar del agua.
–Señorita Delaney –dijo Dotty con la pipa en la boca.
–Tengo que saber dónde vive Abel Bell. Tengo que hablar con él –les dije intentando que no me temblara la voz y que no se trasluciera en ella mi miedo.
–Pero es que Bell no quiere verla a usted –contestó Montague muy enfadado, tras lo que se puso de pie y rodeó su escritorio sin dejar de señalarme como si su dedo fuera una pistola–. Márchese. Le envié su carta a Bell y Bell se niega a verla. ¿¡Cómo se atreve a venir aquí con exigencias!?
Apreté la mandíbula, los puños.
–Me da igual. No pienso marcharme sin su dirección.
Montague resopló.
–Dotty, por favor, ve a buscar a la policía.
Dotty no había dejado de mirarme en todo momento y no se levantó.
–¿Está usted de luto, querida? –me preguntó.
Me miré. El vestido negro, la chaqueta negra. De pronto sentí que me desequilibraba.
–Mi… mi padre murió la semana pasada.
El rostro de Dotty adquirió la misma expresión que habían tenido todos los que fueron a darme el pésame a la librería o asistieron al funeral.
–No sabe cuánto lo siento.
Las mejillas de Montague estaban rojas.
–Sí…, bueno, es muy triste…, pero eso no le da derecho a irrumpir aquí con exigencias.
–A mi padre lo asesinaron por estos libros –le espeté a Montague–, y la cuestión es que el autor tiene uno y lo necesito. ¿Lo entiende? Lo necesito.
–Me da igual lo que usted necesite, ¡lárguese de aquí! –La voz de Montague se había vuelto estridente y el hombrecillo vino hacia mí.
Como pude, peleándome con la correa con manos temblorosas, abrí la cartera y saqué la chifla. La adelanté como para protegerme de Montague y él se detuvo en seco y levantó las manos.
Empezaron a caérseme las lágrimas.
–Necesito su dirección.
–¡Dottyyy! –gritó Montague–. ¡Está loca, ve a buscar a la policía!
Dotty se puso de pie y suspiró.
–¡Cállate, Henry! Es evidente que la chica está alterada. Dale la dirección.
El hombrecillo la miró sorprendido, con los ojos abiertos de par en par.
–¡¿Pero es que te has vuelto loca tú también?! ¿Ahora pretendes enviar a una mujer inestable, peligrosa y con una navaja, a la puerta de nuestro autor más vendido?
–Por favor –insistí, tensa y con una especie de calor fluyéndome por el cuerpo, con la mano temblorosa.
Vi el miedo de Montague en sus ojos, el mismo que sentí yo las veces en que el hombre del bombín marrón me amenazó con la navaja.
¿En eso me había convertido? ¿Tan desesperada estaba para rebajarme a amenazar? ¿A hacer daño? ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar? ¿Me había transformado en Devlin y en su jefe? Había dicho que haría cualquier cosa por aquellos libros…, pero ¿aquello también? ¿Sería capaz de matar por ellos?
Jamás.
Dejé caer la chifla, que traqueteó en el suelo.
Montague la cogió a toda prisa y me amenazó con ella, pero casi ni me di cuenta. Se me nubló la vista por las lágrimas y me dejé caer contra la pared con las manos en la cabeza.
–Por favor, necesito la dirección –insistí en voz baja, esforzándome por hablar, sintiendo que se desvanecía toda esperanza.
–¡Dotty, ve a buscar a la policía ahora mismo!
Oí que Montague se me acercaba, pero no me quedaban ganas de pelea. La vergüenza había reemplazado a la furia. ¿Cómo había caído tan bajo?
–Ve a buscarla tú –le respondió Dotty.
Montague resopló y le oí pasar a mi lado a toda prisa, abrir la puerta y correr por el pasillo.
–Señorita Delaney…
Levanté la vista y vi a Dotty de pie junto a su escritorio. Estaba abriendo un cajón. Sacó una carta.
–Henry es muchas cosas y, desde luego, es un mentiroso. Me temo… que no llegó a enviarle su carta a Bell.
Aquello me dejó boquiabierta. Tanta espera… y Abel Bell ni siquiera había recibido la carta.
–Yo, en cambio, sí que lo hice –dijo Dotty con una sonrisa que me confortó.
Se acercó y se arrodilló delante de mí–.
Me avergüenza decirle que, cuando Henry leyó su carta, la rompió y la tiró a la papelera.
Me temo que perdí el sobre en el que estaba su remite, pero conseguí rehacer la carta para Bell.
Se la envié y, en cuestión de días, respondió.
Dotty me tendió la misiva, dirigida a mí pero enviada a esta dirección. Ahora todo tenía sentido.
–Me preguntó si era usted una de esas seguidoras, ¿me entiende?
Asentí. Dotty no dejó de sonreír en ningún momento.
–Cuando le dije que no, me escribió esta otra. No la he abierto.
La carta estaba sellada con cera azul, con un conejo, o quizá una liebre, en el sello.
El animal tenía cara de pocos amigos, como si estuviera molesto de antemano con el lector porque iba a romper el sello.
Pasé el dedo por debajo de la solapa, el sello se agrietó y el conejo quedó decapitado. La saqué; era una sola hoja.
Querida señorita Delaney:
Su carta me ha intrigado. Dotty me dice que debería tomarla a usted en serio y, después de tantos años, sé que es inteligente hacerle caso. Venga a visitarme cuando pueda. Le adjunto mi dirección más abajo. Y tráigame algún dulce; salgo poco y los dulces son mi debilidad y se me gana con ellos.
Hasta pronto,
A. B.
Me llevé la mano a la boca y reí y lloré a un tiempo.
–Gracias.
Dotty me cogió una mano y volvió a poner la cara de compasión.
–Ay, querida chica… Yo perdí a mi padre cuando tenía dieciocho años y habría hecho lo que fuera por no tener que vivir aquello a esa edad. Incluso recorrer medio país, como está haciendo usted.
–Sí…, pero la sensación no me abandona… –Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano.
–Mejor, querida, porque el dolor es lo que nos ayuda a seguir respirando. A partir de ahora tendrá que vivir por él, aunque no con él. Para algunos eso es una carga, pero yo creo que usted sabrá cómo sacarle provecho.
La miré a los ojos, a aquella desconocida que, no obstante, me había mostrado tanta amabilidad a pesar de no tener razones para hacerlo…
–Mi padre siempre tenía un penique para aquellos que de verdad lo necesitaran –me dijo, como si se estuviera explicando– y yo intento mantener viva esa filosofía suya lo mejor que puedo, incluso después de tantos años.
Henry llega a ponérmelo muy difícil en ocasiones, pero siempre hago cuanto está en mi mano.
Espero que la carta sea lo que necesitaba.
Asentí, incapaz de hablar debido a las emociones que me embargaban.
La abracé y la atraje hacia mí con fuerza, como si estuviera volviendo a abrazar a mi padre.
No se inmutó, ni hizo ademán de apartarse, y el aroma que la rodeaba, a tabaco dulce y a algo más, el perfume de la edad, a libros y a papel, llenó mis pulmones.
Aquel era el olor de mi padre, o el olor más parecido a él que volvería a oler en la vida.
No sé por qué, pero no me lo cuestioné…, me mantuve abrazada a aquella mujer tanto tiempo como pude.
Y aunque no quería separarme de ella, los pasos apresurados de Henry Montague me devolvieron de golpe al mundo real.
–¡Dotty! ¡Por amor de Dios! ¿¡Te está estrangulando!?
Dotty me soltó y nos ayudamos a ponernos de pie la una a la otra. Escondí la carta para que el hombrecillo aquel no pensara que se la había robado a Dotty.
Ella miró a Henry y suspiró.
–Pero ¿quieres tranquilizarte? –le dijo–. La muchacha no es peligrosa; está afligida y metida en un lío.
–¡Pretendía matarme! –Montague aún sostenía mi chifla, pero no había vuelto acompañado de la policía.
–No lo pretendía –dije sollozando y sorbiéndome los mocos–, se lo juro.
–Ves, ahí lo tienes. Y ahora vuelve a tu silla y quédate calladito, que nuestra invitada está a punto de marcharse. Y devuélvele lo que es suyo.
Si las miradas matasen, la que el señor Montague le echó a Dotty en aquel momento la habría dejado seca en el acto.
–No lo dirá usted en serio, señora… –le dijo.
Dotty enarcó una ceja, Montague se dio cuenta de inmediato de que se había pasado y adoptó una postura dócil pero desafiante, como un niño al que han echado una bronca, y me devolvió la chifla.
–Será mejor que se vaya, querida; Henry y yo vamos a mantener una conversación. –Dotty me dio unas palmaditas en el brazo y sonrió.
Montague se puso rojo como un tomate.
No necesitaba que me lo dijeran dos veces y, de hecho, me alegré de marcharme de allí, de estar en el pasillo con la carta en la mano y una nueva esperanza.
Leí de nuevo la misiva, en el pasillo, junto a la puerta de la editorial, oyendo cómo Dotty reprendía al menguante Montague con voz calmada.
Memoricé la dirección de Bell y, aunque estaba contentísima de tenerla, mi emoción no podía echar a volar debido a que el autor vivía en la costa de Dorset, cerca de Swanage.
La cuestión es que no tenía ni idea de cómo llegar allí; ni siquiera de qué tren tenía que tomar o cuánto tardaría en llegar.
No obstante, tenía que seguir adelante, no podía detenerme, pasara lo que pasara, dado que, si lo hacía, temía que el peso de las últimas semanas me pudiera por fin y que no me quedaran fuerzas para levantarme de nuevo.
Volví a la estación de tren, que a esa hora estaba concurrida.
Las nubes cubrían la zona en la que esperaban los trenes y los mozos conseguían propinas con sus rápidas piernas y sus fuertes espaldas.
El jefe de estación hacía sonar el silbato y las grandes máquinas de metal desaparecían envueltas en su propio vapor.
Me puse a la cola de la ventanilla de venta de billetes y, mientras esperaba, conté el dinero que me quedaba.
Deseaba que fuera suficiente. Llegó mi turno, guardé el dinero en el bolsillo a toda prisa y avancé hasta la ventanilla.
La mujer que la atendía me sonrió como sonríen quienes han de tratar con gente continuamente, hasta que su cara se convierte en una máscara borrosa a lo largo del paso de la jornada.
–He de ir a Swanage, en Dorset –le dije.
Enarcó las cejas.
–A Swanage… Vaya, eso está lejos.
La mujer sacó un libro de debajo del escritorio y lo abrió.
Este se abrió por la mitad con facilidad porque estaba muy usado e incluso las cubiertas estaban reblandecidas.
Enseguida vi que se trataba de un libro de rutas ferroviarias.
Con evidente experiencia, la mujer fue encontrando las diferentes páginas que buscaba y calculando los distintos cambios de línea que tendría que hacer para cruzar el país.
–¿Tiene usted prisa? –me preguntó.
–Sí.
–Lo más rápido es que vaya a Londres y que allí coja la línea de Weymouth, el número 68, que sale de Waterloo. –Se acercó la página para ver mejor–. Tendrá que bajarse en Wareham y allí tomar la línea que va a Swanage.
Solo de pensar en el viaje ya me sentía cansada, pero, por lo menos, era posible.
–Y ¿cuándo sale el siguiente tren para Londres?
La mujer consultó el reloj que tenían en la pared.
–En cuestión de diez minutos. Es el lento, pero tampoco saldrá ningún tren a Weymouth hasta mañana por la mañana.
–Pues deme un billete, por favor.
–Yo solo puedo darle un billete hasta Paddington y desde allí tendrá que ir usted a Waterloo, que es la única estación desde la que se puede ir a Weymouth. ¿Clase?
–¿Cuánto cuesta uno de segunda?
La mujer dijo una cifra que sabía que podía permitirme y, dado que iba a ser un tren lento, por lo menos quería ir cómoda.
–Uno, por favor.
La mujer cortó un billete de un libro, lo selló y escribió el precio, que pagué al instante.
–Andén ocho.
–Gracias.
Llegué al tren sin problema y me alegró ver que no había muchos pasajeros en mi vagón.
Cuando el tren se puso en marcha y empezó con su bamboleo rítmico, los acontecimientos de los últimos días me pasaron factura de golpe y me quedé profundamente dormida.