La encuadernadora de Oxford Capítulo 36
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Capítulo 36

Pasé días presa de la ira. Me di al alcohol y escrutaba cada lista de subasta o catálogo de biblioteca que encontraba en busca de algún Bell que no tuviera que existir.

Recorría las calles por la noche en busca de Devlin, en busca de un enfrentamiento que no llegó a producirse por mucho que la fecha tope que me había puesto aquel hombre se hubiera cumplido.

La noticia de la muerte de mi padre empezó a extenderse y venía gente a verme a la librería para expresarme sus condolencias.

Otros libreros venían –¡falsos!– a ofrecerme su pésame, pero lo que querían era ver qué libros tenía por si acaso decidía liquidar nuestro inventario.

En un momento dado, cerré la puerta y dejé de responder a las llamadas.

Envié una carta a Randolph para contarle a Ambrose Fane lo que había ocurrido y ese mismo día vino a la librería.

Aunque era más bajito que yo, parecía demasiado grande, magnífico, para el lugar. Esperaba que mirara el humilde establecimiento de mi padre con desdén, pero no fue así. Al contrario, se mostró curioso y recorrió las estanterías sacando aquellos títulos que lo intrigaban.

–¿Quiere hablar de su padre? –me preguntó mientras dejaba un libro en su sitio.

Él habría sabido de qué libro se trataba solo por el lugar que ocupaba, pero para mí no era sino otro ejemplar más.

–No.

Asintió y se volvió hacia mí.

–Bien, en ese caso, dígame por qué he venido.

–Devlin estuvo aquí y me robó las páginas que había conseguido…, lo que significa que conocían su existencia.

–Menudo inconveniente. Tenía ganas de leerlas.

–Pienso recuperarlas.

Fane asintió despacio.

–Y ¿cómo va a hacerlo?

–Daré con el siguiente libro y los esperaré con una pistola.

–Vaya, vaya…, ¡eso será digno de ver! –Se dio un paseo por la librería. Era evidente que no estaba tan convencido como yo de mi valentía–. Y ¿qué tal va la caza de esos libros?

–La subasta de la que me habló usted. He descubierto quién es realmente Fahig Peal, el comprador.

Levantó una ceja.

–¡Bravo! Y ¿de quién se trata?

–De Abel Bell.

Fane frunció el ceño y, como si estuviera desentrañando un rompecabezas de atrás para delante, al cabo de unos instantes puso los ojos en blanco:

–¡Pues claro, del alemán! Ay, ¿cómo es posible que no me diera cuenta en su día?

–Escribí a Montague para que le reenviara al señor Bell una carta que yo misma le escribí, pero han pasado varios días y no he obtenido respuesta.

–Bell es un solitario.

–Me da igual, tengo que hablar con él. Porque…, no sabrá usted dónde vive, ¿verdad? O ¿podría descubrirlo?

–No crea, lo he intentado. En cualquier caso, yo diría que tiene usted asuntos más importantes en los que concentrarse. ¿Acaso no es mañana el funeral de su padre?

Crucé los brazos.

–Le he dicho que no quiero hablar del tema.

–¡Bien, bien! Pero al menos podría lavarse. –Y movió la mano por delante de la nariz–. Llevo una década buscando a Bell y no he tenido éxito. ¿Qué hay de los otros libros? ¿Alguna idea de dónde podrían estar?

Suspiré con más petulancia de la que pretendía.

–He estado buscándolos en catálogos, pero hasta el momento no he encontrado nada. No he visto ni un solo Bell.

–Pues tendremos que esperar… o entrar por la fuerza en la oficina de Montague y buscar la dirección. –Los ojos le brillaron al oírse a sí mismo decir aquellas palabras.

–¿Y que también la policía venga a por mí?

–¡Bah! La policía es tan inútil como un coño en una reunión de maricas.

–¡Ambrose!

Fane bajó la cabeza y me miró con una sonrisa irónica.

–No me diga ahora que va a sonrojarse. Soy consciente de que no es extraña a los placeres carnales, me lo contó usted misma. Aunque cabe la posibilidad de que tenga razón. Voy a ver si sacudo otros árboles… y cae de ellos algún autor. Eso, sin embargo, me llevará unos pocos días.

Unos días con los que no contábamos, porque Devlin iba a volver antes o después y, en esta ocasión, seguro que ponía en práctica alguna de sus amenazas anteriores.

Enterraron a mi padre en el camposanto de San Giles el último lunes de noviembre.

Permanecí junto a la fosa mientras el pastor leía unos versos y hablaba de él.

Contó una historia sobre un hombre jovial, un amante de los libros, un narrador.

Los que me rodeaban asentían, sonreían, pero aquellas palabras no encajaban con el hombre que yo conocía.

A un lado tenía a Harry, que me cogía de la mano, y al otro al señor Caxton.

Ambrose Fane se había marchado de la ciudad…

, hablando de árboles. El señor Caxton se llevaba a menudo el pañuelo a los ojos.

El mío, en cambio, mi pañuelo, permaneció seco incluso cuando eché el primer puñado de tierra sobre el féretro.

Mientras me alejaba de la fosa, vi a Devlin en la otra punta del camposanto. Le apreté la mano a Harry con fuerza y él también lo vio.

Harry me miró y me susurró:

–No es el momento.

Mientras abandonábamos el camposanto, Devlin me sonrió con suficiencia y me saludó tocándose el ala del bombín.

Presa de la furia, apreté tanto los puños como la mandíbula. No era el lugar.

El resto del día se me pasó como visto y no visto.

El señor Caxton se encargó de todo, tal y como había prometido; e incluso colgó una corona de laurel en la puerta de la librería, cubrió los espejos y repartió galletas envueltas en papel blanco.

Harry se mostró estoico y estaba muy guapo vestido de negro.

La gente fue amable, me estrechaba la mano y me decía lo maravilloso que había sido mi padre.

En todo momento me sentí como si aquello le estuviera sucediendo a otra persona; como si estuviera leyendo acerca de ello en una novela en vez de viviéndolo en persona.

No podía dejar de pensar en lo que iba a tener que hacer para dar con Bell y con los otros dos libros.

En aquel momento estaba dispuesta a arriesgarlo todo…

, porque era muy poco lo que me quedaba.