La encuadernadora de Oxford Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

–Habrá un funeral. Voy a tener que… No sé, el servicio, un sacerdote…

–El pánico me ascendió por la garganta y se aferró a mi voz–.

¡Ay, Dios, el banco! ¡Se van a quedar con la librería y con la casa!

No sé… no sé qué hacer. –Dejé el té y me incliné hacia delante, con las manos en la cara, respirando entrecortadamente, como en pequeños estallidos–. No sé… ¿Qué hago? ¿¡Qué hago!?

El señor Caxton puso sus manos sobre las mías y me las quitó de la cara.

–Tiene que encontrar usted esos libros.

Lo miré a los ojos y mi respiración se fue relajando.

–¿Cómo dice?

–Si encuentra usted los libros, se liberará de esta carga, se trate de lo que se trate. No se preocupe por los preparativos del funeral, yo me encargo. He enterrado a varios buenos amigos y a familiares a lo largo de la vida y será un honor ayudar a que Andrew descanse en paz.

Parpadeé.

–¿Haría usted eso?

Me puso la mano en la mejilla. Olía a papel, a hogar.

–Es usted como de la familia, señorita Delaney, dentro y fuera de estas cuatro paredes, e incluso cuando se comporta como una condenada imbécil.

Sé que está implicada en algo y siento mucho que estos últimos días no me haya mostrado más comprensivo con usted y no le haya dado el tiempo que necesitaba.

Empecé a negar con la cabeza para que no siguiera hablando, pero no me hizo ni caso.

–Ahora, en cambio, la situación es diferente. Porque entiende usted que la situación es diferente, ¿verdad?

–Es culpa mía. Todo esto es culpa mía. Si le hubiera hecho caso cuando me dijo…

Sonrió.

–Ay, querida, el mundo sería un lugar mucho mejor si más gente me prestara atención, pero no soy más que un humilde encuadernador que se esfuerza por ganarse la vida.

–Me apretó las manos y su tono de voz se volvió serio–.

No es responsable de las acciones de los demás.

No hizo que ese hombre atacara a su padre; fue él quien decidió hacerlo y pagará por ello.

Permanecí en aquel momento tanto tiempo como pude, sintiendo una amabilidad que no merecía por parte de un hombre al que había mentido y herido.

–Ojalá pudiera retirarla –dije en voz baja.

–¿Retirar el qué?

–Mi dimisión. Yo no quería dejarlo, pero ahora ya sabe por qué tuve que hacerlo. No quería que corriera usted aún más peligro. Tengo… tengo que arreglar esto.

El señor Caxton sonrió.

–Pues arréglelo y, cuando lo haya hecho, ya hablaremos de las condiciones para que sea usted socia del taller.

Me tembló la barbilla. No podía hablar. Me limité a asentir.

El señor Caxton me acercó el té.

–Beba, que lo siguiente va a ser un buen escocés. Quédese aquí tanto tiempo como necesite, querida, y yo avisaré a Harry para que venga a buscarla.

–Gracias.

Sorbí el té mientras el señor Caxton regresaba a su mesa de trabajo y a sus encuadernaciones.

Me quedé mirando el fuego y dejé que las horas pasaran.

A veces lloraba. A veces me sentía como si no formara parte de mi propio cuerpo.

Recordé momentos con mi padre, antiguos y recientes.

Los azotes que me dio por pelar el cuero de un Don Quijote de 1780; su sorpresa cuando le conté lo del volumen raro de Shelley y el orgullo que había visto en sus ojos cuando me entregó mi parte de las ganancias por su venta.

La manera en que mi madre y él reían, bailaban y hablaban de libros.

Que me diera poesía para leer cuando él no era capaz de encontrar las palabras adecuadas.

Y ahora… estaba muerto. Los recuerdos que tenía en ese momento de él eran todos los que tendría en adelante… y muchos los había olvidado. Ojalá tuviera un libro de su vida que pudiera leer una y otra vez.

El cielo estaba muy oscuro y vi cómo el señor Caxton encendía las lámparas.

Me había preparado un té, me había traído unas galletas, pero tenía el estómago cerrado y la comida me producía rechazo.

De vez en cuando le daba un sorbo a ese escocés del que me había hablado y, así, el alcohol fue limando las aristas y el mundo se apartó un par de pasos de mí.

O quizá fuera yo la que se apartó de él.

Harry llegó justo después de las cinco. Yo no tenía energía para contarlo todo otra vez y el señor Caxton lo sabía, igual que sabía tantas otras cosas sin necesidad de que se las explicaran.

Harry quiso venir directo a mí, pero el señor Caxton lo detuvo en la puerta. Ni los oía ni tenía interés alguno en hacerlo. Nadando en el escocés, me concentré en las llamas.

Harry se me acercó.

–Ven, te llevaré a casa. ¿Dónde está tu abrigo?

Entonces me di cuenta de que lo había olvidado en el hospital. No obstante, yo solo era capaz de negar con la cabeza, así que Harry se quitó el suyo y me lo puso sobre los hombros.

Me acompañó a la librería y yo agradecí que siguiera lloviendo, porque complicaba mucho el hablar o el pensar más allá de dar el siguiente paso. Me quedé frente a la puerta. No podía moverme.

Levanté la voz por encima de la lluvia:

–No quiero pasar aquí la noche.

–Podemos ir a mi casa.

Empecé a caminar con él y entonces lo recordé: la noche anterior había dejado las páginas en el escritorio. Tenía que llevármelas, no podían quedarse tan expuestas.

–¡Tengo que coger algo de ropa! –le dije a Harry, porque no quería que me lo cuestionara.

Entré en la librería mirando al suelo y los escalones mientras subía las escaleras…, y me negué a observar el resto por miedo a los recuerdos que me pudiera traer.

Una vez en mi habitación, fui directa a por las páginas…, ¡pero habían desaparecido!

Se me paró el corazón.

–¿Dónde…?

Todo lo demás estaba en su sitio. Todo, menos las páginas.

Alguien había apagado un cigarro en la madera. De pronto, el olor estaba por todos lados. Conocía aquel olor; lo odiaba. El hombre del bombín marrón había estado allí…, ¡en mi habitación! ¡En mi espacio! Y lo peor era que se había llevado las páginas.

La ira se apoderó de mí. Empecé a respirar someramente.

Sentí que se me tensaba cada músculo del pecho.

Mi corazón no solo volvía a latir, sino que tronaba en mis oídos.

Ansiaba destruir algo. Matarlo a él… y a quienquiera que le pagara para hacer aquello.

Me había arrebatado a mi padre y, ahora, las páginas.

En mi corazón se encendió un fuego tan descontrolado que dudaba que alguna vez fuera a ser capaz de extinguirlo.

Una cosa me quedó clara momentos después de ver la colilla y era que había otros indicios de que alguien más había estado allí: la puerta del armario no estaba cerrada del todo, los cajones no se hallaban bien cerrados, la cama estaba ligeramente arrugada…

Un pensamiento se me metió en la cabeza como un martilleo: sabían lo de las páginas.

Los libros no les importaban lo más mínimo; ellos lo que querían era la historia que había escondida en las encuadernaciones… , pero ¿por qué?