La encuadernadora de Oxford Capítulo 35
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Capítulo 35

La mañana llegó acompañada de una lluvia torrencial.

Las cortinas de agua habían hecho que el pavimento estuviera gris y resbaladizo, lleno de charcos y de adoquines que salpicaban cuando los pisabas.

El sonido de la ciudad había cambiado; se oían mucho más las ruedas de los carros y las pisadas de quienes corrían bajo la lluvia, junto con las quejas murmuradas y el ¡clic! mecánico de los paraguas.

Llegué al Hospital Radcliffe calada hasta los huesos y tiritando. El frío de noviembre mordía con ganas a medida que el otoño iba haciéndose fuerte. Las recepcionistas me miraron compasivas y algo se dijeron la una a la otra antes de indicarme dónde podía colgar el abrigo.

Fui hasta el ala donde estaba mi padre. Allí vi a una de las enfermeras que lo había atendido estos días y le sonreí, pero ella me miró con el gesto grave y se acercó a mí a toda prisa.

Al instante supe lo que había pasado.

La enfermera me cogió por el brazo y me llevó a una zona apartada, lejos del pasillo principal.

Empezó a hablar, pero yo apenas la oía. Mi cerebro se había cerrado a cal y canto porque sabía lo que iba a decirme y lo supe desde que me desperté esa mañana con la lluvia golpeando con fuerza mi ventana…

, en cuanto entré en el hospital y el aire me olió diferente…

, y, ahora, aquella cara: la tristeza, el ceño arrugado, la boca constreñida…

, compasión y nervios ante lo que tenía que decirme.

–Se nos ha ido por la noche –me dijo la enfermera.

Y lo dijo de tal manera que lo primero que pensé es que mi padre se había dado a la fuga. Lo vi con la bata blanca, arrastrándose por los pasillos.

–¿A qué se refiere? –me vi obligada a preguntar porque, en aquel momento, lo que acababa de pensar era lo único que se me ocurría: que se había ido, literalmente. Había despertado y se había marchado.

–Alguien debería haberla avisado. –Se frotó las manos, preocupada.

–Pero nadie lo ha hecho. ¿Qué ha sucedido?

Suspiró.

–Lo siento, señorita Delaney, pero su padre ha muerto durante la noche. La enfermera de servicio ha informado de ello por la mañana. Dice que su padre ha muerto en paz.

Me quedé pálida… Luego fue el mundo lo que palideció.

–¿Está… –no podía seguir– está segura de que era él?

Asintió.

–Andrew Delaney. Llevo días atendiéndolo.

No era capaz de pensar. Apenas podía respirar. Se me estrechó la garganta y sentí que la bilis me subía a la boca.

–¿Ha llegado a despertar?

La enfermera negó con la cabeza y se miró las manos, que tenía cogidas por delante.

–He rezado una oración por su alma cuando me he enterado.

Un repentino acceso de ira se abrió paso entre mi confusión:

–¿De qué sirven ahora sus oraciones? ¡Mi padre está muerto! –Noté que se me doblaban las rodillas–. Mi padre está muerto. Mi padre…

–Lo siento, señorita.

Entonces me agarró por los hombros, porque yo me tambaleaba mientras repetía aquellas terribles palabras, mientras miraba a la nada, mientras una ira pura e irrefrenable construía un muro a mi alrededor y las lágrimas y la pena no dejaban espacio sino para el odio.

Odié a la persona que había hecho aquello y a quien se lo había ordenado.

–¿Dónde…? ¿Puedo…? –Aunque no era capaz de acabar las frases, la enfermera entendió a qué me refería.

–Está en el depósito de cadáveres, señorita. Yo la acompaño.

Noté que sus manos me movían y le permití que lo hiciera.

Me había pasado el brazo por el hombro y me guio por aquel hospital, que parecía un laberinto, hasta un piso inferior en el que había un pasillo largo y frío.

Al final del mismo había una puerta pintada de negro y, a medida que nos acercábamos, tuve la sensación de que las paredes se retorcían a mi paso y a punto estuve de caerme, pero la enfermera lo impidió.

El depósito de cadáveres estaba frío, tenía las paredes de ladrillo pintado de blanco y ventanucos que apenas dejaban pasar la luz.

Las lámparas estaban encendidas y había camillas metálicas a un lado, algunas ocupadas, pero solo algunas.

Un hombre con camisa y las mangas remangadas estaba encorvado sobre un cadáver al fondo de la estancia.

El hombre levantó la vista cuando entramos.

–Aquí no se puede estar –nos dijo.

–Esta señorita quiere ver a su padre. Delaney. Lo han traído esta mañana.

El hombre se puso recto.

–Oh. Está aquí. –Se acercó a una de las camillas. El cuerpo que había en ella estaba cubierto con una sábana blanca. Ocupaba tan poco…

Levantó la sábana hasta los hombros y allí estaba mi padre, con el vendaje aún en la cabeza, la piel gris, la cara vacía.

Parecía que estuviera relajado; más, desde luego, de lo que lo había estado en vida.

Era mi padre y… y, al mismo tiempo…, no lo era.

No sabía cómo hacer que ambas imágenes encajaran.

El hombre frágil pero feroz que se había movido por la librería como si fuera su reino, que me había puesto retos para que diera con el valor de pilas de mero papel y cartón…

, era ahora aquello, aquella cosa quieta, fría y vacía.

Tenía ganas de sacudirlo, de ordenarle que despertara, de cogerlo de la mano y sacarlo de allí, de volver a casa con él para que estuviera de nuevo entre sus libros.

–Si quiere, puede tocarlo –me dijo la enfermera amablemente.

Levanté la mano para ponerla en la suya, pero no pude hacerlo. Sabía cómo sería y no quería conservar aquel recuerdo. Negué con la cabeza.

No sé cuánto tiempo estuve mirándolo. Es probable que no fueran sino unos momentos…

, pero más que suficiente. Ya había visto cuanto había que ver.

Me di la vuelta y me dirigí a la puerta.

Caminaba, aunque no sentía que aquellas piernas fueran mías.

Temblaban. Oí que la enfermera le decía algo al hombre, pero no me detuve a escuchar de qué se trataba; quería salir de aquel lugar cuanto antes…

, aunque odiaba tener que dejar allí a mi padre.

En el pasillo me apoyé contra la pared, sintiendo en la mejilla lo fría que estaba, mirando a la nada.

Entonces, la enfermera me cogió de nuevo por los hombros y volvió a dirigir mi caminar.

De pronto estábamos de nuevo en la brillante y ajetreada recepción, donde los visitantes iban y venían, sonriendo, con flores y cestas de fruta.

A una mujer embarazada la llevaban en una silla de ruedas; a otra la empujaban, también en una silla, si bien esta llevaba un bebé en brazos.

–No se podrá enterrar el cadáver hasta dentro de uno o dos días. Tendrá que hacer usted los preparativos –me dijo la enfermera, y me di cuenta de que había impaciencia en su voz.

–Sí –musité.

Salí del Radcliffe, a la lluvia, y mis pies me llevaron a donde sabían que necesitaba ir.

La puerta se abrió momentos después de que hubiera llamado y el señor Caxton me miró sorprendido en un primer instante, pero enseguida su semblante cambió al de la preocupación.

–¡Lilian! Pero ¿qué hace por la calle con este día? –Y frunció el ceño–. ¿Y su abrigo?

–Mi padre ha muerto.

Al señor Caxton se le descompuso la cara y, al verlo, la presa se rompió dentro de mí, empecé a llorar, las lágrimas se mezclaron con la lluvia y no pude parar hasta que el señor Caxton me introdujo en el taller.

Lo primero que me impactó fue el olor del lugar y me di cuenta de pronto de lo mucho que lo echaba de menos.

El papel, el cuero, la cola, el fuego. Estaba en casa y era justo en ese momento cuando más lo necesitaba.

–Va a tener que volver en otro momento –dijo el señor Caxton, y pensé por un instante que me estaba hablando a mí, pero entonces vi que, sentado en la silla que había frente a su mesa de trabajo, había un joven con las mejillas rosadas y un traje marrón que le quedaba demasiado grande.

El joven se puso de pie aferrando su sombrero.

–Pues…, sí, claro. –El joven dio un paso hacia el señor Caxton y le tendió la mano para estrechársela–. Espero que me tenga en cuenta para el puesto.

Me dio un vuelco el corazón. ¡Me estaba reemplazando! Por supuesto que lo estaba haciendo. Necesitaba ayuda y yo había dimitido. Sabía que era cuestión de tiempo, pero no había llegado a imaginar que fuera a dolerme tanto.

El señor Caxton le hizo un gesto al joven para que se marchara.

–Ya sabe dónde está la salida.

El joven asintió, aunque dudó un momento, probablemente por el estado en que me encontraba, chorreando, con el pelo pegado a la cara, pálida como un fantasma…, pero acabó yéndose.

El señor Caxton me llevó delante de la chimenea, donde ahora solo había un sillón. Acercó también el otro y me sentó.

–Primero, a entrar en calor.

Asentí despacio, y en cuestión de unos diez minutos tenía una manta sobre los hombros y una taza de té en las manos. El señor Caxton se sentó a mi lado, en el borde del otro sillón.

–Lo siento… –le dije. Mi voz era una sombra de la real–. He interrumpido su reunión.

El señor Caxton frunció el ceño como si hubiera olvidado que allí había habido alguien más.

–Bah, no se preocupe por eso.

Era evidente que el hombre le ponía al mal tiempo buena cara. Intentó sonreír, pero se quedó a medias. Parpadeó una y otra vez para evitar que se le saltaran las lágrimas mientras las mías iban secándose al calor del fuego.

–¿De verdad está…? –empezó a preguntarme el señor Caxton.

Asentí y con el gesto apareció una nueva oleada de lágrimas. Me llevé una mano a los ojos, como si fuera a ser capaz de mantener el dolor por dentro a base de fuerza.

–¿Cómo se ha ido?

Contuve un sollozo.

–En paz, por lo que me han dicho. Mientras dormía.

El señor Caxton dejó caer los hombros, relajado.

–Eso es lo mejor que cabía esperar.