Capítulo 34
Frank Karslake se mostró sorprendido en un primer momento, pero luego me pareció que agradecía verme en su oficina.
–¡Señorita Delaney! –exclamó por encima del ruido de martilleo del taller de encuadernación.
La joven que me había llevado hasta donde se encontraba Karslake, y me había abierto la puerta de su oficina, inclinó la cabeza ante su jefe y se marchó.
–Me alegro de verle –le dije–; en especial, teniendo en cuenta que me presento sin invitación.
El hombre se levantó del escritorio y me estrechó la mano.
–¡Una encuadernadora con tanto talento siempre es bienvenida en mi humilde taller!
Hizo un gesto para que tomara asiento y mientras me sentaba me fijé en que la pila de libros tan bien encuadernados que había allí la vez anterior se había convertido ya en dos, ambas prácticamente de la misma altura.
Karslake se dio cuenta de lo que estaba mirando.
–Se acerca una emocionante subasta. Las chicas están ilusionadísimas.
Sonreí.
–Los libros son muy bonitos. Seguro que obtienen una alta suma por ellos.
Karslake abrió las manos.
–Bueno, y ¿en qué puedo ayudarla? ¿Ha venido a firmar el papeleo y unirse a nosotros?
En aquel momento fui consciente de que no había llegado a enviar mi educado rechazo a su representación. Esbocé una sonrisa tímida, la mejor que pude después de todo lo que había sucedido, y respondí:
–Lo cierto es que he venido a por información sobre otro encuadernador, un caballero mayor que incluso podría haber muerto.
Me pareció que se mostraba confundido por mi respuesta, pero se recuperó enseguida.
–A ver, ¿de quién se trata?
–Se llama Felix Fidelius Gauch y firma sus encuadernaciones como «FFG». He encontrado un libro suyo de los años cincuenta.
Karslake juntó las manos y se las llevó a la boca antes de responder:
–Sí, lo conozco.
Lo dijo de una manera rara…, como si el encuadernador en cuestión no tuviera buena reputación.
–Y ¿sabe dónde puedo encontrarlo?
–Me temo que falleció hace muchos años. Coincidí con él en un par de ocasiones, cuando yo empezaba.
–Y ¿podría contarme qué sabe de él?
Karslake se me quedó mirándome un rato, como si estuviera decidiendo qué era apropiado decir.
–Se trataba de un buen encuadernador. Disponía de la habilidad técnica, pero carecía de imaginación.
No obstante…, era un fanfarrón. Ya me entiende, si insiste una y otra vez en que algo es valioso, llegará un momento en que alguna gente empezará a creerle.
Pues resulta que Felix tenía mucha capacidad de convicción.
Los nuevos coleccionistas y los nuevos ricos le creían cuando les decía que podía construir una biblioteca entera para ellos con las mejores encuadernaciones, las más modernas, cuando, en realidad, eran diseños de lo más sencillos y poco originales.
–Y ¿sabe para quién trabajó?
–¡Puf!, para muchos. Buscaba clientes en sitios de lo más desaconsejables.
Trabajó para los Brandling, una familia cuyo dinero provenía de la esclavitud; para lord Chatton, que estaba metido en asuntos muy turbios; para Erskine, que hizo fortuna con prisiones y asilos.
¿Para quién más…? Para Dalrymple…, para Coins.
¡Ah!, y para Aloysius Fane. Desde luego, yo no recuerdo a más.
Ninguno de aquellos apellidos me decía nada –exceptuando el de Fane, claro, pero en este caso se refería al padre–, así que aquella pista de inmediato se convirtió en una vía muerta.
–Y ¿había algún cliente con el que trabajara más?
Karslake se encogió de hombros.
–Eso lo desconozco.
–Y ¿tiene familia o algún socio con el que pueda hablar?
–Su socio lo abandonó antes de que Felix muriera y no creo que el hombre tuviera familia.
–Y ¿cómo murió?
Al oír aquella pregunta, los ojos de Karslake se iluminaron, como si estuviéramos hablando de conspiraciones o algo así.
–Lo asesinaron.
–¿¡Cómo dice!?
Karslake asintió.
–Lo asesinaron. Nadie conoce la verdadera razón, pero sé de buena tinta que lo mataron porque, aunque en aquella época yo no era sino un joven aprendiz, fue la comidilla del mundo del libro. Al parecer, algo tenía que ver con una serie de libros que encuadernó.
Sentí un escalofrío por la columna.
–Pero… ¿quién iba a matar a alguien… por la encuadernación de unos libros?
Aunque conocía muy bien la respuesta. La cara de Devlin se apareció en mi mente, sus ojos diabólicos, aquel bombín marrón, el jefe en la sombra que le hacía los encargos…
Aunque Devlin era demasiado joven para haber matado a Gauch, teniendo en cuenta que el encuadernador murió cuando Karslake aún era aprendiz.
–El rumor por aquella época, y perdone que no lo recuerde bien, pero es que esto sucedió hace treinta años…
, es que, un tiempo antes, Felix había aceptado el encargo de la hija de uno de sus clientes, aunque él no sabía que era para ella.
La joven le había mentido en las cartas y no habían llegado a hablar en persona.
La cuestión es que él hizo el trabajo y, cuando el padre de la chica, o el hermano, vaya usted a saber, se enteró, a Felix le dieron una paliza de muerte y lo arrojaron al Támesis.
Me llevé la mano a la boca:
–¡Dios bendito!
–No, Dios no tuvo nada que ver con aquello. No obstante, eso no fue todo. El hombre sobrevivió, aunque acabó en Southwark…, y volvió a su casa, a su cama, donde, una semana después, alguien le disparó en la cabeza.
Estaba conmocionada, tanto que casi no podía hablar. Unas semanas antes no habría creído que alguien fuera capaz de llegar tan lejos por unos libros…, pero ahora sabía muy bien que podía ser así.
–Eso es… terrible.
Karslake asintió.
–Alguien quería matar al pobre Felix y no paró hasta que lo consiguió.
–Y ¿no se descubrió quién fue?
Karslake negó con la cabeza.
–Pues no, pero es que aquellos con las más horribles tendencias suelen ser quienes más dinero tienen y, en ocasiones, incluso cuentan con algún que otro inspector de policía a sueldo.
Me recosté en el sillón.
–Y ¿no hubo rumores sobre quién podría haber contratado al asesino o quién era la hija de ese lord?
–Poco más se hablaba al respecto, pero recuerdo que la primera vez que estuve con Felix me explicó que la joven era una gran belleza a la que su padre tenía encerrada; si bien no sabía por qué.
Yo sí que lo sabía. Lo del matrimonio, lo del bebé, lo de la furia de su padre…
Era ella, la joven de las páginas ocultas.
Le había pedido a Gauch que encuadernara seis libros de Bell y aquello había hecho que mataran al encuadernador unos veinte años después.
Ahora bien, ¿por qué habrían esperado tanto?
¿Qué podría haber desencadenado aquello y quién lo habría hecho, si no había sido Devlin?
Cabía la posibilidad de que quien empleaba a Devlin llevase buscando los libros mucho más tiempo del que yo imaginaba.
Cada información que descubría sobre este misterio no hacía sino plantearme más preguntas y empezaba a temer que aquello no tuviera fin y que no fuera a desvelar a tiempo lo que sucedía.
Era evidente que las páginas ocultas en los libros solo representaban la mitad de la historia.
–Gracias, señor Karslake. Le agradezco muchísimo el tiempo que me ha dedicado y su franqueza.
–Debo confesar, señorita Delaney –empezó a decir con una sonrisa–, que me gustan los cotilleos. He olvidado gran parte de ese periodo de mi vida, así que ha sido, en realidad, un placer recordar todo esto. Una buena distracción en una tarde gélida. En cuanto a lo de su contrato…
–Me temo que voy a dejar un tiempo la encuadernación; de hecho, ya no estoy empleada con el señor Caxton. –Todavía me dolía decir aquello, porque me costaba creérmelo.
–¡Oh! Pues no sabe cuánto lo siento. Si cambiara de opinión, nuestra puerta sigue abierta para usted.
–Se lo agradezco –respondí, y, aunque apenas había pensado en la propuesta de Karslake, sus palabras encendieron una chispita de esperanza en lo referente al futuro que me esperaba…, si es que vivía para verlo.
Regresé a Oxford en el tren de la noche.
Mi vida se había convertido en constantes viajes en tren, viajes apresurados y bajo una constante sensación de pánico, como si mi cuerpo estuviera permanentemente preparado para salir huyendo o pelear.
Mientras iba a casa desde la estación noté cuánto me dolían los pies y se me encogió el alma al pensar que había llegado demasiado tarde para ir a visitar a mi padre.
La librería estaba a oscuras y vacía y me alegré de que así fuera.
Lo último que me apetecía, después de aquel torbellino de día que había vivido, era que Harry estuviera allí, ya fuera con preguntas o con malas noticias.
Fui directa al piso de arriba y encendí una lámpara.
La casa me resultaba inquietante sin la presencia de mi padre, sin oír cómo arrastraba los pies o cómo refunfuñaba por lo mucho que tardaba en hervir el agua de la tetera.
Me sentía como una intrusa en mi propia casa.
Me senté a mi escritorio, cogí los dos grupos de páginas del bolsillo oculto que había abierto en la cartera y los puse sobre la mesa.
Las ordené: primero, las páginas del libro de Fane, Nana para el zarévich , y luego las del Jano en el ballet .
Las leí una y otra vez. La historia me atraía sin remedio.
No dejaría aquel tema hasta que supiera todo lo que había sucedido.
Pensé en el pobre encuadernador, el tal Gauch, que se había cruzado en el camino del padre de la joven, o de su tío, según dijo Karslake.
¿Sería uno de ellos el que había contratado a Devlin?
Pero no encajaba por la época; habían pasado demasiados años.
Curiosamente, no me encontraba más cerca de obtener respuestas y la historia de Gauch me había metido aún más miedo en el cuerpo.
Ojalá no acabara compartiendo su destino…