La encuadernadora de Oxford Capítulo 33
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Capítulo 33

Fui a una cafetería y me senté en una mesa del fondo, donde había más tranquilidad. Estaba furiosa por la actitud de Grieves, por el hecho de que no me hubiera dado nada y porque sentía una desesperación que empezaba a superarme.

–¿Qué le traigo, querida?

Levanté la vista y me topé con el gesto agradable y amistoso de una camarera. Tenía un ligero acento que no era capaz de situar, las mejillas sonrojadas y una abundante melena blanca. Me esforcé por no pagar con ella cómo me sentía.

–Un café, por favor… –Vi una vitrina con un pastel en el mostrador y me di cuenta de que no había comido nada en todo el día–. Y un pedazo de ese pastel. Un pedazo grande.

Me guiñó el ojo.

–¡Marchando!

–Ah, y… –empecé a decir justo cuando se marchaba–, no tendrá algo de papel, ¿verdad?

Arrugó el ceño unos instantes y respondió:

–A ver qué encuentro.

Tamborileé en la mesa con los dedos mientras esperaba y, aunque apenas tardó unos minutos en volver, me pareció una eternidad.

La cafetera llegó echando una columna de humo por el pitorro.

El pastel era de almendra y me sirvieron una buena porción.

Además, la camarera me trajo una hoja de papel encerado.

–Es cuanto tenemos –me dijo.

–Gracias, con esto me vale.

Le di un mordisco al pastel muy poco digno de una dama y enseguida sentí que el azúcar me hacía efecto y me levantaba el ánimo, ayudado por el licor de almendra, embriagador y profundo, que contenía. Deglutí el pastel en tres bocados y me puse manos a la obra.

Grieves había dicho que las palabras eran embaucadoras y que ya tenía el nombre.

En lo alto del papel escribí «FAHIG PEAL» con grandes letras mayúsculas.

Acto seguido, empecé a cambiar de posición las letras.

half paige

felipa hag

fail phage

al half peg

heap if lag

Y una decena más de posibilidades sin sentido. Dejé el lápiz de golpe. ¡Nada! Bebí el café enfadada. Se había quedado tibio y estaba amargo. ¿¡Qué significaba aquel nombre…, aquel estúpido nombre!?

–¿Es un rompecabezas?

La camarera estaba a mi lado y tan concentrada me hallaba yo en lo mío que ni me había percatado de su presencia. Señaló el papel con la cabeza.

–Sí…, supongo que sí. Es un nombre que es otra cosa también, pero no alcanzo a descubrir el qué.

La camarera se inclinó un poco sobre la mesa para ver mejor.

–Y ¿tiene alguna pista?

Negué con la cabeza.

–Ninguna.

–Qué curioso. ¿Qué tipo de rompecabezas carece de pistas? A ver… –Sacó unos anteojos del delantal y se los puso en la nariz–. Fahig Peal. «Fahig» no se parece a ningún nombre que haya oído en la vida. A mi entender, suena extranjero. Y eso de «Peal». Peal… ¿Como Peelers?

Me quedé mirando las palabras.

–No, eso se escribe diferente… «Peal» como un toque de campanita, pero ¿qué significa «Fahig»?

–Es alemán, querida –dijo una mujer que había sentada en una mesa cercana. Era una anciana, una dama, con un magnífico vestido de color púrpura. El mapa de arrugas de su rostro dejaba ver lo mucho que había disfrutado de la vida.

Fue entonces cuando me di cuenta de que las conversaciones de la cafetería se habían apagado y los clientes que tenía cerca estiraban el cuello para escuchar lo que decíamos.

–¿Alemán? –le pregunté.

La señora se giró un poco para estar frente a mí y me explicó:

–Mi esposo es austríaco y habla alemán con los criados. Yo hago como que no le entiendo para que sea él quien tenga que tratar con ellos.

–Pero lo entiende.

–Sí. –Sonrió, satisfecha de sí misma y divertida por engañar así a su marido.

–Y ¿qué significa?

Arrugó la frente y entrecerró los ojos como si estuviera buscando la respuesta en los rincones de la cafetería. El resto de los clientes permanecía en silencio, a la espera. La camarera y yo nos miramos.

–Si no me equivoco, fahig –y pronunció la palabra con un fuerte acento alemán– significa «capaz».

–«Capaz»… –repetí al darme cuenta de repente–, y ¿podría ser «hábil»?

La señora asintió:

–Sí, claro, podría ser «hábil».

–«Fahig Peal» es… hábil y el toque de la campanilla… y campana en inglés es bell …, vamos, que bien podría ser ¡Abel Bell! –De pronto no podía creer que no lo hubiera comprendido antes.

¡Abel Bell! ¡El propio autor era el otro postor!

¡Él tenía el quinto libro! Me levanté de un salto y cogí la cartera y el papel.

Le di un abrazo a la camarera y le estreché la mano a la señora.

El resto de la cafetería empezó a reírse por lo bajo y a cotillear acerca de lo que acababa de pasar, pero me daba igual.

–¡Gracias! ¡Gracias a ambas!

–¿Y qué significa? –me preguntó la camarera mientras yo dejaba unas monedas, demasiadas, sin duda, pero ¿qué más daba ya?

–¡Es una respuesta! ¡No me lo puedo creer! –dije mientras corría hacia la puerta.

Fuera, la barahúnda de Londres no pudo conmigo.

Tenía que escribir una carta de inmediato.

Corrí por Charing Cross hasta que encontré una papelería.

Era una de mucha calidad, demasiado cara para mí de no haber sido porque llevaba el dinero de Ambrose Fane.

Compré papel, sellos y dos sobres con cola en la solapa y, en una de las mesas, me puse a escribir.

Queridos señor Montague y Dotty:

Seguro que me recuerdan porque me presenté en su oficina preguntando por unos libros de Abel Bell que no están en su catálogo.

Les imploro su ayuda porque tengo buenas razones para creer que el propio Abel Bell tiene uno de ellos y que lo compró con el seudónimo de «Fahig Peal».

He de hablar con él, es cuestión de vida o muerte.

Por favor, ¿podrían reenviarle lo antes posible la carta que les adjunto?

Saludos cordiales,

Lilian Delaney

En la otra hoja escribí la carta para Bell.

Querido señor Bell:

Soy una coleccionista y encuadernadora que ha tenido en sus manos varios de los volúmenes de su obra que no están listados en el catálogo de su editor.

También he sido víctima de terribles ataques por parte de una persona que quiere conseguir dichos libros.

Sé que usted tiene uno y, aunque no pretendo alarmarlo, me veo en la obligación de advertirle de que podría estar en peligro.

Dudé… ¿Cómo podía convencer a aquel hombre huraño y, sin duda, anciano ya, para que se reuniera conmigo? No me salían las palabras y el dependiente de la papelería, que seguía detrás del mostrador, no dejaba de mirarme.

Sé que valora usted enormemente su privacidad y le aseguro, con toda sinceridad, que no pretendo comprometerla.

¿Sabe que estos libros que tienen títulos erróneos contienen todos ellos un secreto?

¿Sabe que son seis y que, en su interior, se incluye una historia tan dramática que parece una de sus propias novelas?

Por favor, permítame que me acerque a visitarlo y que examine su libro y se lo explicaré todo.

Quedo a la espera de su respuesta.

Sincera y desesperadamente suya,

Lilian Delaney

Escribí mi dirección y cerré el sobre. Añadí un sello y el nombre «Fahig Peal» por fuera, pero dejando el espacio suficiente para que Montague escribiera la dirección. Luego lo guardé todo en el otro sobre y escribí la dirección del editor.

–¿Ha acabado? –me preguntó con brusquedad el dependiente de la papelería.

Lo cierto es que no le oí bien, porque estaba enfrascada en terminar aquella misiva y enviarla, así que no le respondí, me marché y me centré en buscar el buzón más cercano.

Mientras dejaba la carta en el buzón, tanto mis esperanzas como mi emoción se desinflaron.

Ahora, lo único que podía hacer era esperar una respuesta…

, que cabía la posibilidad de que nunca llegara.

El pánico se apoderó de mí y me apoyé en una pared que tenía al lado tras abrirme paso por entre una masa de peatones y evitar caerme redonda allí mismo, entre ellos.

Si Bell no respondía…, si no accedía a reunirse conmigo y a entregarme su libro…

, no sabía lo que sería de mí. No me atrevía a pensar más allá de los próximos días…

, porque ni siquiera sabía si seguiría viva dentro de una semana.

Yo… o las personas a las que amaba. Aquel último pensamiento me hizo temblar.

Me subí el cuello de la chaqueta con ambas manos como si pretendiera protegerme de una navaja…

y solo se me ocurrió un sitio al que ir. No me quedaban más ideas.