Capítulo 32 #2
Grieves empezó a jurar y oí sus pisadas en la madera. Instantes después abrió la puerta de golpe y lo vi, allí, sin afeitar, con las gafas mal puestas y una manta sobre los hombros. Me miraba con los ojos muy abiertos.
–¿Qué es lo que quiere? –Me ladró la pregunta a regañadientes y se tosió en el brazo.
–Señor Grieves –empecé a decir y, entonces, vi que dejaba de fruncir el ceño como si por fin me hubiera reconocido–, tengo que hablar con usted.
–Usted otra vez… ¡Márchese! –Intentó cerrar la puerta, pero puse el pie y el hombro para evitarlo.
–Por favor. Es importante.
Se esforzó por cerrarla, pero mi desesperación me daba fuerzas y no lo consiguió.
–¡Sé lo que le pasó a su amigo!
Al oír aquello dejó de empujar y, de pronto, le dio un ataque de tos. Decidí arriesgarme, entré en el apartamento y cerré la puerta. Grieves me miró con mala cara mientras tosía y sacaba un pañuelo de la manga y se tapaba la boca.
El apartamento consistía en unas pocas estancias sombrías.
Tenía las cortinas echadas, aunque no es que las ventanas fueran a dejar entrar mucha luz con la parte trasera del teatro a medio terminar justo enfrente.
La estancia olía a enfermedad y a sudor y la fuente –el hombre que había conocido bien vestido y con esa mirada acerada– no era ahora sino una pobre criatura.
El señor Grieves tenía los ojos rojos y llenos de ira y fuego…
, y cabe la posibilidad de que también hubiera algo de miedo en ellos.
Se dejó caer en un sillón y la tos fue remitiendo.
Su respiración se había convertido en un resuello agudo.
Busqué la cocina con la mirada y, en cuanto la encontré, me dirigí a ella, cogí un vaso, lo llené de agua y se lo acerqué. Se me quedó mirando un instante, pero acabó aceptándolo y le dio unos sorbos.
–Quiero… quiero… que se marche –me dijo entre tos y tos y con esa respiración sibilante.
–Lo sé, pero no voy a hacerlo –le contesté mientras me acercaba a una pared y negaba con la cabeza–. No puedo marcharme sin la información que he venido a buscar.
El señor Grieves se movió en el sillón.
–Vuelva cuando me encuentre mejor… o cuando haya muerto.
Me estremecí de pies a cabeza.
–Para entonces será demasiado tarde.
–Me da igual. –Y volvió a toser.
–Por favor, señor Grieves, escúcheme. Si no lo hace por mí, hágalo por su amigo, que murió por este mismo asunto.
Se giró con los ojos echándole chispas.
–¿¡Cómo se atreve?! –Se levantó y se acercó a mí con malas intenciones.
–Sé que su amigo era más que eso –dije a toda prisa, pero él siguió acercándose a mí–. Sé que era más y que Devlin, el hombre del bombín marrón, el que anda buscando los libros, lo mató porque usted se negó a seguir buscando.
Grieves se detuvo. Tenía el bigote sin peinar y se le movían las puntas.
–Pues ahora me está pasando a mí –continué–. El tal Devlin atacó a mi padre, que lleva varios días inconsciente… y puede que nunca despierte, por culpa de esos libros. Por favor, se lo imploro…, ayúdeme.
–Ya le dije… –le sobrevino otro ataque de tos– que esos libros eran peligrosos. Debería haberme hecho caso.
Me dio la sensación de que ya no se oponía a mí, de que la enfermedad que lo acuciaba le resultaba más molesta. Volvió al sillón.
–Sí, en efecto, ojalá se lo hubiera hecho.
Grieves echó mano a una botellita marrón que había en la mesita donde había dejado el vaso de agua y le dio un trago largo. Esbozó una mueca, supuse que por el mal sabor del líquido que contenía. Luego levantó la botellita como pidiéndome que siguiera hablando, tras lo que dio otro trago.
Respiré hondo antes de empezar a hablar.
–Hace un tiempo, usted fue el agente empleado por un comprador en la subasta de un libro de Bell.
–¿Cómo sabe eso?
–No importa. La cuestión es que ganó la subasta, ¿verdad?
Se aclaró la garganta.
–He ganado muchas.
–Pero esta era especial. El libro alcanzó una suma descomunal, muchísimo más alta que su verdadero valor, porque hubo una guerra entre pujadores, su cliente y otro.
Grieves se encogió de hombros.
–Yo me alegré. Fue un encargo con el que pude comprarme un traje nuevo.
Su actitud empezaba a irritarme, pero hice lo imposible para que no se me notara el enfado.
–¿Quién era su cliente? ¿Quién tiene el libro?
–Si sabe usted todo esto, seguro que sabe también el nombre del cliente.
–Fahig Peal, sí, pero sospecho que es un nombre falso.
–Y hace bien en sospecharlo, y ¿sabe usted por qué es falso? ¿Sabe lo que significa?
Fruncí el ceño.
–¿A qué se refiere?
–Tiene usted toda la información que necesita, señorita Delaney, así que, por favor, sea tan amable de marcharse.
–¡No dispongo de ninguna información!
Se puso de pie y acompañó el movimiento de un gruñido. Aún tenía el botecito marrón en la mano.
–Tiene usted el nombre, si es que se digna a entresacarlo. Puede que los libros escondan verdades, pero las palabras son embaucadoras.
«Las palabras son…».
–Se refiere…
Le di vueltas al nombre hasta que fui partiéndolo en pedazos y las letras empezaron a moverse de sitio y a reordenarse. No obstante, no llegaba a nada.
–Márchese, señorita Delaney, o tendré que llamar a la policía.
–Pero… es que no lo entiendo.
–En ese caso, no puedo ayudarla.
Me cogió por el hombro, me llevó hasta la puerta y, acto seguido, me sacó al pasillo.
–Señor Grieves…
Pero ya estaba cerrando e, instantes después, la cerró del todo y oí cómo echaba el cerrojo.
Notaba las mejillas calientes y tuve que esforzarme por no ponerme a aporrear la puerta.
Cerré las manos con fuerza, tanta que se me pusieron los nudillos blancos y me dolieron las palmas.
Aquello había sido inútil. Maldije la testarudez de Grieves, su resentimiento.
El hombre sabía dónde se encontraban al menos cuatro de los libros y se había negado a dárselos al tal Devlin… y a ayudarme a mí.
Salí a la calle, el aire era frío. El pasaje de San Martin estaba en calma, pero el mundo bullía a cada lado. No sabía en qué dirección ir…, en qué corriente de gente sin rostro sumergirme. Y es que ¿adónde dirigirme?
Me obligué a calmarme, abrí las manos y repasé lo poco que me había dicho Grieves.
Aseguraba que ya tenía el nombre, que tenía todo lo que necesitaba y que las palabras eran embaucadoras.
¡Pero qué va! ¡No tenía nada en absoluto y él era un hombrecillo despiadado!
No me había acercado a ninguna respuesta, pero mi ruina no dejaba de acercarse.