La encuadernadora de Oxford Capítulo 32
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Capítulo 32

Ambrose insistió en que viajara en primera clase, porque, al fin y al cabo, para él no había otra, y me dio el dinero suficiente para que así lo hiciera.

No obstante, viajé en tercera y me guardé el resto.

No sabía lo que me esperaba y tener la cartera llena de monedas y billetes me daba una sensación de seguridad que hacía tiempo que echaba en falta.

Dejé una nota para Harry en la librería para decirle que tenía que ir a Londres.

Eso sí, no le explicaba por qué. Lo haría más adelante y esperaba que lo aceptara.

Me daba la sensación de que estaba llegando a las etapas finales de aquella pesadilla.

Me sentía como un libro en una prensa: me habían martillado, cosido y ahora iban a apretarme bien fuerte; pasaría un tiempo hasta que me liberaran y pudiera respirar de nuevo.

Cuando el tren se puso en marcha, empecé a pensar en lo que podría suceder una vez hubiera encontrado los libros que faltaban, descubierto lo que había sido de William y de la pobre chica, y le hubiera dado los libros a Devlin y, por ende, a su jefe.

¿Me dejarían en paz cuando acabara con la búsqueda…

o me quitarían del medio para no dejar cabos sueltos o testigos de sus crímenes?

Intenté no pensar en lo que sucedería entonces y concentrarme en lo que tenía por delante; es decir, en Edmund Grieves y en Charlie.

Pensar que iba a ver de nuevo a Charlie me emocionaba y, a un tiempo, me daba pavor.

Apenas habían pasado unas semanas desde nuestro encuentro carnal, pero parecía que hubiera pasado toda una vida.

De hecho, habían sucedido tantas cosas desde entonces que en un momento dado llegué a preguntarme si me reconocería… , dado que yo misma apenas lo hacía.

Me había tapado el moretón de la mejilla con más polvos, pero no estaba acostumbrada a llevar maquillaje y me tocaba la cara constantemente sin darme cuenta, por lo que me quitaba el polvo que me ocultaba el golpe, que se me quedaba pegado en los dedos y acababa en la chaqueta.

Cuando el revisor vino a pedir los billetes, cerca ya de Londres, me miró alarmado y me preguntó si me encontraba bien.

Después de eso me retoqué el maquillaje y me esforcé por dejar quietas las manos.

Miré por la ventanilla los campos llanos que dejábamos atrás.

La escarcha hacía que la hierba adquiriera un color verde pálido y la niebla matutina, como un manto de lana, iba asentándose sobre la tierra.

El aire era frío y se notaba la diferencia después del día anterior, que había sido templado.

A medida que pasaban las horas, el sol empezó a brillar y la niebla a desvanecerse.

El tren llegó a Paddington después de mediodía y me dirigí al pasaje Cecil con cierta inquietud.

La vez anterior, como quien dice, había salido huyendo de Charlie y no se podría decir que Grieves hubiera sido agradable o amistoso conmigo cuando hablé con él, así que no sabía qué tipo de recibimiento me dispensarían uno y otro.

Sería como buscar agua en el desierto mientras me defendía de un lobo.

El pasaje Cecil me pareció, como siempre, un refugio para los libros y sus vendedores en el apabullante Londres.

Miraba cada puerta y esquina esperando ver al hombre del bombín marrón, Devlin, listo para asaltarme de nuevo.

Pasé por el lugar en que me atracó, cuando me dio el codazo en la frente con toda esa gente mirando, aunque sin hacer nada por ayudarme…

, excepto Charlie. Ahora, oculto por los polvos, tenía otro golpe de Devlin y me dolía.

La librería de Grieves estaba igual, pero parecía distinta…

, porque ya no la veía con los mismos ojos.

Me acordaba de esa joven inocente que entró allí con el libro quemado y un aluvión de preguntas.

Me sentí consternada por la actitud de Grieves, pero ahora lo comprendía; aquellos libros estaban malditos.

Eran peligrosos. Había hecho bien advirtiéndome, igual que advertiría yo ahora a cualquiera de que se apartara de aquellos títulos.

En cualquier caso, ojalá Grieves hubiera sido más claro conmigo y me hubiera explicado los detalles.

Resignada a toparme con una mala recepción, abrí la puerta. No sonó ninguna campanilla y la puerta se cerró tras de mí con un suspiro como de cansancio.

No me paré a ver qué libros había en las estanterías ni esperé a que me preguntaran qué quería.

Fui directamente al mostrador, donde Charlie se afanaba en desempaquetar un envío.

Yo lo vi a él antes de que él me viera a mí.

Sacaba los libros de la caja y leía los lomos de esa manera que indica que estás perdiendo vista.

–Necesitas gafas –le dije, y levantó la mirada.

Su hermoso rostro se iluminó con una amplia sonrisa.

–¡Vaya, vaya, a quién tenemos aquí!

–Hola, Charlie.

–Señorita Delaney, ¿en qué puedo ayudarla? ¿Va a robar usted en una biblioteca esta vez?

Me eché a reír.

–No, hoy no. He venido para ver a tu jefe.

Su sonrisa se desvaneció.

–El señor Grieves no se encuentra bien. Está en casa.

–Oh…, pues lo siento. –Mi plan se fue al traste y las esperanzas de resolver fácilmente aquella empresa se desvanecieron–. Y supongo que no irás a decirme dónde vive, ¿verdad?

Charlie frunció los labios antes de responder.

–Lo siento, pero no voy a decírtelo.

Tenía que ocurrírseme algo o debería esperar a que Grieves se recuperara y para eso podían pasar días; tiempo con el que no contaba.

Di un paso hacia Charlie y me puse justo enfrente de él.

–Siento mucho cómo me comporté la última vez que nos vimos. La situación se ha complicado más de lo que imaginaba.

Negó con la cabeza.

–No pasa nada, Lilian.

–Sí, sí que pasa. No he sido una buena persona. –Le cogí la mano–. Siempre te estaré agradecida, tanto por ayudarme con los libros…, como… como por el tiempo que compartimos.

Me acarició la mano con el pulgar y sentí un escalofrío que me subía por el brazo. Luego sentí un calor por el cuerpo y tuve que esforzarme por combatirlo.

–No quiero que me lo agradezcas –me dijo en voz baja.

Aquella marea que se alzaba entre los dos no era sino puro deseo. Se elevaría, chocaría contra las rocas y desaparecería, como una ola más. Charlie era un momento glorioso…, pero Harry era el océano.

–Pero te lo agradezco de todos modos. Aunque no me arrepiento, no puedo permitir que se repita.

–Sí, lo imaginaba.

–Pero tengo que ver a Grieves. Hoy. Así que he de implorarte que me ayudes una vez más.

Charlie suspiró e hizo ademán de apartar la mano de la mía, pero se la sujeté.

–Sé que el amigo que murió no era solo eso, sino que era su amante. Y también sé que no es que muriera sin más…, sino que lo mataron. Y fue la misma gente que intentó asesinar a mi padre… –se me quebró la voz– y puede que lo hayan conseguido, porque lleva días inconsciente y quizá nunca despierte.

Charlie rodeó el mostrador, de forma que ya no había nada entre nosotros.

–No sabes cuánto lo siento, Lilian.

–Esa gente… no va a dejar de hacer daño a otros hasta que consiga lo que quiere. Destruirá todo lo que tengo y a mis seres queridos por estos libros, y Grieves sabe dónde puedo encontrar uno. Por favor, Charlie, haré lo que me pidas.

Él se quedó callado un rato, apoyado en el mostrador, con los brazos cruzados como si pensara que podía romperse en pedazos y se estuviera sujetando.

–Tiene un apartamento a la vuelta de la esquina –Charlie cogió un pedazo de papel, me escribió la dirección y me dibujó un mapa sencillo–, pero yo no te he dicho nada.

Me miró a los ojos y vi tristeza en los suyos. Cogí el papel y mis dedos se enroscaron alrededor de los de él más tiempo del conveniente.

–¿Significó algo para ti…? Nuestra noche –me preguntó.

–Más de lo que imaginas.

–Pero no lo suficiente.

Negué con la cabeza.

–Lo siento, pero es que no puedo darte lo que mereces.

Charlie apartó la mano y volvió a cruzar los brazos, aunque no por enfado o impaciencia, sino por desilusión.

–Será mejor que te des prisa –me dijo.

Asentí.

–Gracias.

Salí de la librería, miré por el escaparate y lo vi de nuevo detrás del mostrador, esforzándose por leer lo que ponía en otro lomo.

Si le había partido el corazón, desde luego lo ocultaba bien.

Aunque así era mejor, y lo sabía, parte de mí quería entrar corriendo en la librería y decirle que me había equivocado y que era a él a quien quería.

Porque lo quería. Quería que la ola se me llevara a donde quisiera, quería perderme alzándome con ella, en su intensidad.

Sin embargo, sabía que aquello no duraría. Era imposible.

Aunque…, ¿de verdad lo era?

Me obligué a dejar de lado esos pensamientos invasivos que solo servían para liarme. Era una distracción este ir y venir entre hombres, cuando en aquellos momentos solo había una cosa que importaba.

Seguí el mapa hasta la calle de San Martin y, luego, hasta el pasaje de San Martin.

Aquella callecita estaba enmarcada por teatros; el Wyndham a un lado y el nuevo que estaban construyendo al otro.

Entre el pub Salisbury –donde había estado con Charlie en una ocasión– y la fachada recién pintada de rojo del restaurante J.

Sheekey, había una puerta. Comprobé el número en el papel.

El apartamento de Grieves estaba en el 9 de ese edificio, un bloque largo con la parte delantera de piedra clara.

Pasada la pequeña puerta hacía frío y el aire sabía a humedad. Subí la escalera y empecé a buscar el apartamento de Grieves. Lo encontré en el segundo piso, como hacia la mitad del pasillo.

Me quedé frente a la puerta, una puerta de madera mate porque casi había perdido todo el barniz, preguntándome qué recepción me aguardaría. Si me recordaba, lo más probable era que no me dejara entrar.

Después de respirar hondo unas cuantas veces, llamé.

–¿Quién es?

No respondí, sino que me limité a llamar de nuevo, aunque con más fuerza.

–¿Qué quiere?

Me preparé… y llamé por tercera vez.