Capítulo 31 #3
Hasta el punto de que le contara algo tan personal…
Fane añadió:
–Y cuando digo «amante» no me refiero ni a una esposa ni a una prometida ni a una novia.
–¿Quiere decir que se trataba de un hombre?
Fane asintió ligeramente.
–Llevaban juntos más de una década. Esto sucedió antes de la subasta de la que le he hablado. Supongo que es normal que, si fue Devlin, por orden de quienquiera que lo tenga contratado, quien mató al bueno de Percy, Edmund no quisiera ver los libros ni en pintura.
–¿Por eso se enfrentaría al empleador de Devlin en la subasta? A menos que sea Fahig Peal quien tiene contratado a Devlin.
Fane negó con la cabeza.
–No lo creo. Le escribí expresándole mi interés por el libro porque yo ya tenía otro igual, pero me escribió para decirme que no tenía ninguna intención de venderlo. Y nunca han intentado entrar en mi casa para robarme el volumen ni me han enviado a nadie que me coaccione para que se lo entregue.
–¿Le escribió? ¿Tiene usted su dirección?
–Me temo que todo se hizo con la intermediación de Edmund.
Sentí como si me desinflara. Acabé el té, me serví otra taza y pensé que ojalá se tratara de algo más fuerte.
Apenas me di cuenta, pero Fane le indicó algo al camarero y, en cuestión de momentos, este nos trajo una bandeja de pequeños y exquisitos emparedados.
Cuando el camarero se marchó, Fane miró a uno y otro lado para comprobar que nadie veía lo que estaba a punto de hacer y sacó una petaca del bolsillo interior de la chaqueta.
Con premura se puso un poco del licor espirituoso en la taza y, antes de que le diera tiempo a guardar la petaca, levanté la mía para pedirle un poco.
Esbozó una sonrisa demoníaca mientras me lo servía.
Bebí con ganas y noté la calidez del whisky haciendo su efecto camino de mi estómago.
–¿Tiene usted idea de quién podría ser el otro pujador?
–Me temo que no.
Permanecí sentada, interiorizando lo que me había contado con la intención de encontrarle alguna lógica.
La pista del siguiente libro era muy buena, pero para seguirla iba a tener que volver a ver a Grieves…
, y también a Charlie, a quien había dejado de manera tan abrupta la última vez.
Pensar en aquello hizo que sintiera que tenía el estómago lleno de piedras.
–Le van a salir arrugas como se esfuerce tanto cada vez que piensa –me dijo Fane.
–Debo volver a Londres, pero no tengo dinero ni para coger el tren, y he de que convencer a una persona que me odia para que comparta conmigo la información que tiene y ver a otra con quien… con quien…
–¿Con quien qué, querida?
Suspiré, avergonzada.
–Con quien coqueteé…, a pesar de sentir afecto por otra.
–¡Vaya, es usted una caja de sorpresas! Estoy convencido de que sería bienvenida en mis veladas.
Intenté sonreír.
–Gracias, pero declino la oferta.
–Está usted en un buen aprieto, ¿eh?
–Es una forma de verlo.
Fane volvió a pasarse los dedos por los labios y me di cuenta de que se trataba de un movimiento nervioso.
–Yo le pagaré el tren.
–No, Ambrose. Gracias, pero no. No voy a aceptar caridad.
Fane frunció el ceño exageradamente y soltó:
–¡Caridad! ¿¡Acaso le parezco una persona caritativa!
? No, señorita Delaney, lo que estoy haciendo es emplearla para que le entregue esto…
–cogió el librito de poesía que tenía sobre la mesa– a Edmund Grieves.
Y también quiero que descubra qué información tiene él acerca de todo este asunto, porque ahora anhelo enterarme de lo sucedido.
Y, para acabar, antes de que vuelva a acusarme de caritativo…
–levantó la mano para callarme cuando hice ademán de objetar–, cuando encuentre los libros y lo descubra todo, quiero leer esas páginas ocultas.
Esas son mis condiciones. Invertiré en que me ponga usted al corriente de este terrible romance para que pueda deleitarme con él.
Voy a quedarme en Oxford varios días para asegurarme de que cumple usted con su contrato.
Decidí no protestar, porque de repente sentí como si me estuviera protegiendo.
No le había enseñado las páginas a nadie, solo la carta.
Fane me parecía invasivo y estaba claro que esta historia, que había sido mía durante tanto tiempo, iba a convertirse en algo que tendría que compartir y sobre lo que habría de dar explicaciones.
No obstante, sin la ayuda de Fane me resultaría imposible dar con los otros dos libros.
–¿Haría usted eso por mí? –le pregunté.
–Considérelo un patrocinio temporal.
–Y ¿eso es lo único que quiere, leer las páginas? ¿No quiere quedárselas?
–Leerlas y disfrutar. Puede hacer usted con el papel lo que le plazca.
Pero tenía la sensación de que algo no encajaba. No era capaz de ocultar mi confusión, mis sospechas.
–¿Por qué lo hace? ¿Para qué ha venido?
–Siento debilidad por las buenas historias y, desde que apareció en mi casa sin invitación, ha demostrado ser usted una buena historia. De verdad que no quiero nada de usted, Lilian, aparte de saber cómo acaba todo esto.
Puede que fuera una inocente o que estuviera desesperada, pero le creí.
Vi sinceridad en sus ojos, a pesar de su reputación y de su forma de ser, tan poco ortodoxa.
Fane llamaba la atención de todas las mujeres del salón, mientras que de los hombres recibía miradas tanto de curiosidad como de desdén.
Ambrose Fane era exactamente como quería ser y tenía el dinero y el apellido necesarios para ignorar las miradas y los susurros que hablaban de escándalos.
Tenía el dinero y el apellido «para ser libre», pensé.
–Acepto –le dije–. En contra de toda lógica, voy a confiar en usted y a aceptar su mecenazgo. Por ahora.
–¡Qué buena noticia! –exclamó, tras lo que cogió un emparedado de pepino y se lo comió de un bocado.
Me sentía ligera y pesada al mismo tiempo.
Ligera porque tenía una pista y dinero para seguirla, pero pesada por las nuevas expectativas que conllevaban lo uno y lo otro.
Ahora tenía que responder ante dos señores: uno, por lo visto, amable, y el otro, en cambio, evidentemente peligroso.
Solo esperaba estar en lo cierto con mis suposiciones sobre el primero.