Capítulo 31 #2
–Buenos días, señor Fane –le dije nada más llegar, y él levantó la vista y me sonrió. La mesa ya estaba preparada con té para dos personas.
–Señorita Delaney, llega usted tarde. –Fane miró el reloj de la pared, que indicaba que pasaban diez minutos de la hora.
Aquello me recordó enseguida la habitual broma del señor Caxton y algo en el tono de Fane me hizo pensar que él también intentaba tomarme el pelo, igual que mi antiguo maestro. Me senté enfrente de él mientras este dejaba el periódico.
Fane se me quedó mirando con los ojos entornados.
–Está usted diferente.
–Ah, ¿sí?
Adelantó la mano y movió los dedos arriba y abajo, indicando mi rostro.
–Como más oscura. ¿Qué tal está su padre?
–Sigue vivo…, al menos por ahora, pero ha necesitado una operación y aún no ha despertado.
–Siento oír eso.
Aquella conversación –que denotaba la buena educación de Fane– me estaba irritando.
–¿Cómo me ha encontrado? ¿Por qué me ha hecho venir?
–Es una encuadernadora en una ciudad de hombres. No ha sido nada difícil dar con usted. –Se inclinó hacia delante y puso los codos en la mesa–. Dígame, ¿qué sacó usted del libro?
Apreté los dientes.
–No sé de qué me habla.
Se me quedó mirando un momento, tras lo que se recostó y sirvió el té para ambos.
–Bueno, pues si no me cuenta usted qué sabe, tampoco le contaré lo que yo sé.
–¿Ha venido hasta aquí para jugar?
Sonrió.
–¡Me encantan los juegos! ¿Tan raro le parece? Por cierto, le pido disculpas por la manera en que tuvimos que despedirnos la otra vez. No me encontraba en mi mejor momento y espero que me perdone.
Me dio la sensación de que se sentía realmente avergonzado y la tensión en la que estuve desde que recibí su nota empezó a remitir.
–Ya ni lo recuerdo.
–Me alegro. En ese caso, vayamos al grano –dijo mientras exprimía una rodaja de limón en su té y, luego, se lamía los dedos–.
Usted cogió algo de mi libro. Encontré una mancha de su sangre en la guarda, que, además, estaba suelta.
En un primer momento me enfadé…, no, estaba rabioso porque había dañado mi propiedad, pero esa rabia no tardó en convertirse en curiosidad.
En intriga. Me intriga usted, Lilian, así que me gustaría ayudarla.
–¿Ayudarme?
–Tengo cierta información que podría interesarle y, a cambio, tan solo quiero saber qué se llevó del libro y por qué. La verdad.
Me quedé mirando los pedacitos de hoja de té de mi taza.
–Si se lo cuento, dejaría de estar a salvo.
Enarcó las cejas.
–¿Que dejaría de…? ¿Por el hombre ese del bombín marrón del que me habló?
–Es peligroso.
–¿Es quien le ha hecho ese sorprendente moretón que con tanta habilidad ha ocultado usted con polvos? –me preguntó amablemente y bajando la voz.
Me llevé la punta de los dedos a la mejilla. Hasta el más suave roce me producía dolor.
–Estuvo a punto de matar a mi padre.
–Entiendo. En ese caso, creo que debería decirle que el hombre en cuestión vino a visitarme.
Me quedé tan sorprendida que casi no podía hablar.
–Y ¿le…?
Fane apartó mi preocupación con un gesto de la mano.
–No hace falta que se preocupe. Bentham fue campeón de boxeo.
En cualquier caso, este hombre fue bastante cordial.
Por cierto, se llama Devlin, un caballero caído en desgracia que intenta vivir de las clases de esgrima y boxeo que recibió en el internado.
Yo diría que enseguida se dio cuenta de que a mí no iba a atemorizarme, como hace con usted.
Quería comprarme el libro y me ofreció una suma descabellada, así que acepté.
Me quedé boquiabierta.
–¿¡Le ha vendido el libro!?
–Después de ver lo que hizo llegué a la conclusión de que el valor que pudiera tener usted ya se lo había arrebatado, así que, sí, se lo vendí. ¿Cree que el tal Devlin sabe que los libros esos esconden secretos?
–No estoy segura, pero ya tiene cuatro de los seis y me ha dado una semana como máximo para encontrar los demás.
Fane le dio un sorbo al té.
–Entonces, espero que se emocione cuando le diga que sé dónde hay uno más.
Casi se me cae la taza al oír aquello.
–¿¡En serio!? ¡Por favor, Ambrose, tiene que decirme dónde!
–Como ya le he dicho, se lo contaré todo a cambio de que usted me revele qué ha descubierto en mi libro.
Me quedé observándolo un momento; mirando a aquel hombre delgaducho y elegante al que le encantaban los juegos y las intrigas. Era evidente que se aburría en su día a día, pero, en realidad, su petición no tenía nada de malo.
Solté un largo suspiro. Fane sabía dónde estaba uno de los dos libros que me faltaban. Merecía la pena compartir lo que yo sabía a cambio de esa información y, además, me caía bien y empezaba a pensar que cabía incluso la posibilidad de que pudiera confiar en él.
–En esos libros hay páginas escondidas. Lo primero que encontré fue una carta de una mujer a su enamorado.
Lo llamaba «granuja». En el siguiente libro encontré cinco o seis páginas de…
Bueno, lo cierto es que no sé cómo llamarlo…
, de una declaración. En cada uno de esos libros de Bell con título falso hay páginas escondidas.
–Y ¿qué se cuenta en ellas? –Se acercó a mí, arrobado.
–La historia de amor entre la hija de un lord acaudalado y cruel y un joven caballero que no tiene un penique.
Se conocen por casualidad en el teatro y vuelven a verse en la regata de Henley.
Se enamoran. Se habla de la herencia de ella, de que no podrá reclamarla si no tiene un heredero varón.
A la muchacha la prometen con un viejo al que desprecia.
Parece ser que se produce un duelo en el que alguien muere y que el padre de la muchacha la encierra en casa.
Los jóvenes amantes se casan en secreto y ella se queda embarazada, aunque todavía no sé qué fue del bebé.
El nombre del caballero es William Heathfield, pero el de ella aún es un misterio.
Tiene un tío que se llama Silas y un primo que se llama Julian, aunque no se menciona su apellido en ningún momento, así que no tengo forma de dar con ella.
Fane esbozó una gran sonrisa.
–Lo cierto es que parece una novela de Bell. ¿Está segura de que no es ficción?
–Sí.
Fane entornó los ojos.
–¿Por qué? Sinceramente, todo lo que me ha contado suena a un invento de algún escritor aburrido y de su editor para aumentar las ventas.
–Nadie estaría dispuesto a matar por algo así –dije fríamente–. Además, cuando quise saber algo de William Heathfield y busqué en los archivos del Looker-On , no encontré nada.
–¡Ahí lo tiene!
–No encontré nada porque las páginas que contenían la información habían sido arrancadas de los periódicos de los archivos.
Sabía que habían estado en Henley ese año, todas las semanas anteriores al acontecimiento aparecían en los periódicos y se hablaba con fervor de la regata, de los tiempos que se obtendrían y demás, pero la página correspondiente a la semana de la regata había sido recortada.
Y lo mismo ocurría con algunas de varias semanas más y del año siguiente.
Habían arrancado del recuerdo de la alta sociedad a aquel joven y quiero saber por qué. No es ficción, Ambrose.
Fane, pensativo, se pasó el dedo por los labios y tardó un rato en decir algo, pero, en esta ocasión, sin tono desdeñoso.
–¿Tiene todas las páginas de los libros que ha encontrado hasta ahora?
–Todas excepto la carta. El hombre del bombín marrón…, Devlin…, me atacó en Londres y me la robó de la cartera.
–Menudo matoncillo. Y ¿dónde las guarda?
Sonreí.
–Buen intento, pero están a salvo… y eso es lo único que voy a decirle.
Él también sonrió.
–Bien. Muy bien. –Y se sentó recto, acabó el té de un trago y se apartó de la cara unos mechones rebeldes–. A ver, ha cumplido usted, así que ahora me toca a mí contarle lo que sé.
Me dio un vuelco el corazón.
–Lo cierto es que tengo muchas preguntas, pero es posible que, cuando encuentre usted los otros libros, pueda contestármelas.
No creo que compartir esto con usted le haga daño a nadie, dado que, si yo no puedo conseguir el libro, dudo mucho que usted pueda.
La cuestión es que una subastadora de Sotheby’s, con la que me acosté en una ocasión, me habló de un Bell «perdido» que habían tenido en su catálogo hacía unos años.
Le llamó la atención, porque la mujer esperaba que el libro se vendiera por una suma modesta, unas cuantas libras como mucho, aunque no fue el caso.
Dos compradores pujaron por él ofreciendo centenares de libras.
Al parecer, fue como un partido de tenis, pujando uno primero, luego el otro…
, hasta que quien se lo llevó ofreció una suma astronómica y el otro tuvo que retirarse.
Lo escuchaba con el aliento contenido.
–Y ¿quién lo compró?
–Un coleccionista del que nunca he oído hablar: Fahig Peal. Es un nombre tan curioso que es imposible olvidarlo.
–Y ¿qué aspecto tiene? ¿Dónde vive?
Fane negó con la cabeza.
–El postor era un agente del comprador. Nadie vio a Peal y, que yo sepa, no ha vuelto a participar en ninguna subasta.
–Y ¿quién era su agente?
–Un librero: Edmund Grieves.
El nombre me arrolló como un tren.
–¿Grieves? ¿Está usted seguro?
–Ya he tratado con él en alguna que otra ocasión; así que, sí, estoy seguro.
–¿Sabía usted que Grieves tenía la misión de conseguir estos libros de Bell?
Fane levantó una ceja.
–Pues no, no lo sabía.
–Él encontró tres, pero algo sucedió, algo trágico, y se negó a seguir buscando. Además, dispersó los tres que tenía a los cuatro vientos, que es como llegué a dar yo con el primero.
–Eso lo desconocía, pero lo de la tragedia sí. Hace unos años su amante murió…, aunque Grieves nunca creyó que fuera un accidente.
Pobre hombre. Normal que solamente con mirar aquellos ejemplares sintiera el odio más absoluto.
–Devlin… –dije–. Tuvo que ser él.
–Oficialmente, se trató de un allanamiento de morada que acabó mal, pero podría estar usted en lo cierto.
–Y ¿cómo sabe usted eso? –le pregunté.
–Como ya le he dicho, durante un tiempo, Edmund y yo hicimos tratos.