La encuadernadora de Oxford Capítulo 31
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Capítulo 31

Mi padre no despertó al día siguiente de la operación, y al siguiente tampoco.

El doctor me dijo que debía estar preparada y las enfermeras me miraban con cara de pena.

Yo me pasaba sentada a su lado tantas horas como me permitían, pero sentía que se me escapaba.

Ya no se parecía a mi padre. Los vendajes le habían cambiado la cara y la cama hacía que pareciera que su cuerpo se había encogido.

Estaba frío y el olor a papel y a forro de libros había desaparecido, sustituidos por el del ácido carbólico y el de la enfermedad.

Hacía casi una semana que no comía nada sólido y resultaba evidente que el fluido que le bombeaban por las venas no estaba surtiendo el efecto deseado.

Yo había dejado de pedir noticias, de preguntar cuándo despertaría, porque el doctor se limitaba a mirarme con cara de pena y a decirme que hacían todo lo que estaba en sus manos.

Me sentía desamparada, inútil, y cuando no estaba en el hospital me quedaba en la cama… y cada vez veía menos razones para abandonarla.

Harry me traía comida e intentaba que saliera, pero yo me negaba. Y aunque no dejaba de intentarlo, bien es cierto que sus esfuerzos fueron a menos y que acabó conformándose con permanecer a mi lado hasta que le pedía que se fuera.

Había conseguido algo de tiempo con el banco, pero el hombre del bombín marrón no tardaría en volver y dudaba mucho que fuera a aceptar que no tenía los libros.

En cualquier caso, tampoco había forma posible de encontrarlos.

No tenía pistas. Ni ideas. Lo único que me quedaba era el encuadernador, Felix Fidelius Gauch, y la noción de que tenía o había trabajado en un taller de encuadernación en Londres.

De todas formas, lo más probable era que el hombre llevara tiempo muerto y, además, los talleres de encuadernación abrían y cerraban con la facilidad con la que corres o descorres una cortina.

Y así, lamentándome, pasé aquella noche, en la que apenas dormí.

Y, cuando llegó la mañana, con ella llegó también un nuevo problema.

Con el correo venía una carta del señor Caxton.

Me dolió que el hombre no viniera en persona a contarme lo que fuera que quería decirme, pero lo cierto es que era yo la que había dejado el trabajo y que él no me debía nada.

Querida Lilian,

Ayer por la mañana recibí la carta del señor Ambrose Fane que le adjunto.

Incluía una nota en la que decía que quería encargarle a usted una encuadernación y las instrucciones están en esta carta.

Como sabrá, es un individuo desagradable con una reputación escandalosa, pero, dado que ya no es usted mi aprendiz y dirige ahora su propia nave, me ha parecido que debía reenviarle la carta.

Resulta que está en Oxford y que quiere reunirse con usted.

Espero que se encuentre bien a pesar de las circunstancias. Esta tarde pasaré a visitar a su padre.

John Caxton

La nota, que aún estaba cerrada, decía:

Lilian, extraña e intrigante criatura, por fin he dado con usted. Venga al Hotel Randolph para tomar el té a la una del lunes. Tenemos mucho de lo que hablar.

El corazón me latía a toda prisa. Fane sabía –no podía ser otra cosa– que le había hecho algo a su libro.

¿Lo habría dejado en el lugar que no era?

¿Se habría despegado la guarda? El hombre tenía más dinero que escrúpulos, de eso estaba convencida, pero seguro que no tenía miedo de esgrimir contra mí lo uno y lo otro.

No debía ir, qué duda cabe, pero, si había dado conmigo una vez, seguro que podría afinar mejor y que ya no tendría tanta paciencia como antes de que le hubiera dado plantón. Si había encontrado al señor Caxton, daría con la librería, que, al fin y al cabo, llevaba mi apellido.

Tenía que ir. Puede que fuera razonable…, porque parecía que hubiera en él una hebra de amabilidad oculta por debajo de tanto libertinaje.

Consulté el reloj. Pasaban unos minutos de las diez. Tenía tiempo para prepararme.

Me miré en el espejo y no me reconocí. Era como si aquella no fuera mi cara, aún hinchada, con los ojos hundidos pero con bolsas…

Y eso no era lo peor. El moratón que me había salido en la cara estaba negro y púrpura e iba desde la mejilla hasta la mandíbula.

Era como si me hubieran atacado con tinta y no se pudiera hacer nada para borrarla.

Tenía el pelo enredado, tras días sin cepillármelo y haciéndome un moño rápido para ir a visitar a mi padre al hospital.

Había estado evitando mirarme al espejo porque sabía que aquello que veía ahora o algo similar era con lo que iba a encontrarme, pero es que, si pretendía entrar en el Randolph, el lugar favorito de los ricos de Oxford, tenía que arreglarme lo mejor que pudiera.

Me bañé, me cepillé los nudos, me puse varias capas de polvos en la cara y no paré hasta que volví a parecerme mínimamente a mi verdadero yo; aunque para nada me sentía como tal.

Estaba vacía por dentro y tenía una molestia constante en las tripas que parecía que nunca fuera a desaparecer.

Me vestí con lo mejor que poseía: un vestido y una chaqueta verdes.

Me abotoné la chaqueta hasta el cuello. Me peiné con un moño alto, pero me dejé unos rizos sueltos por delante para esconder el corte de la frente –que no se había curado del todo aún– y distraer así la vista un poco de los polvos.

Me miré en el espejo. Esperaba que con aquello valiese, porque no lo podía hacer mejor.

Para cuando me había preparado, aunque solo por fuera, era cerca de la una y me dirigí al Randolph.

El hotel de estilo gótico se alzaba orgulloso en la cabecera de San Giles, enfrente del Memorial de los Mártires y de cara al Museo Ashmolean, la joya neoclásica de Oxford.

El Randolph era el hotel más majestuoso de la ciudad, o eso se decía.

Era un edificio imponente de piedra dorada con decenas de ventanas arqueadas.

Las barandas de hierro negro de los balcones corrían a lo largo de dos de los lados con el nombre del hotel fijado en altas letras blancas.

Fuera esperaban carruajes, unos se marchaban, otros llegaban.

La gente que se veía por allí iba muy bien vestida.

Por las ventanas de la planta baja, que estaban abiertas, se oía el sonido del servicio de té.

Me sentía claramente fuera de lugar, algo que quedó confirmado en cuanto me acerqué al hotel.

El portero, un joven mejor vestido que yo, me miró de arriba abajo no sin cierto desdén que no consiguió ocultar –si es que lo pretendía–.

No me quedaban fuerzas para ofenderme; al fin y al cabo, vivía en Oxford, donde la separación entre la ciudad y la toga era grande en todos los aspectos.

El portero dio medio paso hacia mí cuando vio que me acercaba a la puerta.

–¿Puedo ayudarla, señora?

Resoplé por la nariz.

–He quedado aquí con una persona.

Volvió a mirarme, de pies a cabeza, sin ocultar que me estaba evaluando.

Instantes después, supongo que porque había llegado a la conclusión de que era mejor no provocar la ira de un cliente si me impedía el paso, me abrió la puerta para dejarme entrar; aunque pensé que la soltaría mientras pasaba para que me alcanzara –con la mala suerte que tenía… –, pero no lo hizo.

Dentro, la recepción estaba al otro lado de un arco pintado de azul y, por detrás de él, estaban las escaleras que daban a las habitaciones.

De las paredes, que estaban empapeladas, colgaban estandartes heráldicos en los que se veían águilas rojas, leones rampantes y muchas otras criaturas de todo tipo y color.

Tras la recepción, de pie, con un uniforme pulcro y cursi, había un hombre delgado y atractivo, con cara de duendecillo, que supuse que rondaría mi edad.

Llevaba el cuello tan apretado que me sorprendía que pudiera respirar.

–Bienvenida al Hotel Randolph –me dijo a medida que me acercaba, pero evidentemente confundido porque no sabía qué podía estar haciendo yo allí–. ¿En qué puedo ayudarla?

–He venido a reunirme con un amigo, el señor Ambrose Fane, pero no tengo claro dónde hemos quedado.

Los ojos del hombre se iluminaron al oír aquel nombre.

–Por supuesto. El señor Fane me ha comunicado que estaba esperando a una invitada. Está en el salón. Sígame.

El hombre mantuvo la espalda completamente recta y los brazos a los lados del cuerpo hasta el salón.

En la entrada, hizo una ligera reverencia y me indicó la zona izquierda de la estancia.

Vi a Fane de inmediato. El recepcionista se fue y yo avancé entre las mesas –llenas de hombres adinerados y de alguna que otra mujer– hasta una cerca de una ventana.

Me fijé en que había unas pocas mesas para tres en las que me pareció que había sentados siempre un hombre y una mujer más mayores junto con un joven –todos estos con una buena cabellera– y di por hecho que se trataba de estudiantes acompañados de sus padres.

Todas las madres parecían preocupadas y los padres, decepcionados; que es lo que suele pasar con los estudiantes.

El salón era grande, pero íntimo, con el techo abovedado y paneles de madera.

Allí también había estandartes heráldicos, que supuse eran los símbolos de los diferentes colegios universitarios.

Ambrose Fane estaba allí tan fuera de lugar como yo, pero por otra razón.

Se hallaba apoltronado confortablemente tal y como lo haría en su casa, solo que con más ropa.

Vestía una chaqueta negra de un corte diferente al más tradicional que llevaban los demás hombres del lugar.

Llevaba el pelo recogido, pero no hacía ningún esfuerzo por esconder su volumen o largura.

El cuello de la camisa, abierto. Un brazo lo había pasado por detrás del respaldo de la silla y con la otra mano sujetaba un periódico.

Su aspecto destacaba enormemente en aquel salón tan rancio.