La encuadernadora de Oxford Capítulo 30 #4
63%

Capítulo 30 #4

Se acuclilló a mi lado y me acercó la navaja a la mejilla que me había golpeado con el libro. Intenté apartarme de la hoja, pero me cogió por la nuca y me obligó a acercarme. Su aliento era cálido y lo noté en la cara.

–Voy a preguntárselo amablemente una vez más: ¿dónde están los otros libros?

Como no respondí de inmediato, me tiró del pelo.

Noté el dolor en todo el cráneo y que me arrancaba mechones.

Al mismo tiempo, me apretó la mejilla con la navaja.

Estaba convencida de que aquel hombre bien podía matarme y también a Harry y, luego, sencillamente, darían con otra pobre alma que buscara los libros por ellos.

Mi padre, si es que sobrevivía, se quedaría solo.

–Ambrose Fane –solté de golpe–. Él tiene uno, pero no pude hacerme con él.

El hombre del bombín redujo la presión de la navaja y dejó de tirarme del pelo con tanta fuerza.

–¿Ve? No ha sido tan difícil, ¿verdad?

Me empujó hacia atrás mientras me soltaba y me golpeé el codo con el suelo. Contuve un grito y añadí un nuevo dolor a la larga lista.

–¿Y los demás?

Sentí ira en mí.

–¡Solo han pasado unos días! ¡Necesito más tiempo! ¡Encontraré los malditos libros!

Sonrió y de inmediato fui consciente de cuánto odiaba aquella sonrisa.

–Buena chica.

Volvió a ponerse el Jano debajo del brazo y, cuando estaba a punto de salir de la librería, empezó a silbar.

En la puerta se volvió y me dijo:

–Nos veremos pronto.

Luego se fue y la puerta se cerró con el sonido de la campanilla.

Los diversos dolores pudieron conmigo. Me abracé y dejé escapar el terror que había sentido en aquellos minutos en forma de fuertes y agitados sollozos.

Tenía hinchados los ojos, la cara, la cabeza…

Me atreví a tocarme y sentí un dolor… como si tuviera una terrible quemadura solar.

Me sentía como si toda yo fuera un enorme moretón, por dentro y por fuera.

Me levanté poco a poco. Aún veía puntos blancos.

Me tambaleé y me apoyé en una estantería para no caerme.

Noté un sabor raro en la boca y, cuando hice por tragarlo, regresó a esta con fiereza y urgencia.

Corrí a la cocina, al fregadero, y vacié el estómago en la porcelana.

La bilis teñida de sangre salpicó el blanco y se deslizó hacia el desagüe.

Sentí que el pecho se me agitaba, se me cerró el estómago y se me endureció.

Me toqué la boca y vi que tenía un corte sangrante en el interior de la mejilla.

Noté la sangre en la lengua y el estómago dio otro respingo.

Busqué un vaso y lo llené de agua, que sorbí poco a poco para ir quitándome aquel sabor metálico y acre.

Permanecí junto al fregadero…, no sé cuánto tiempo, pero me parecieron horas, sentada en el suelo, con la cabeza pegada a él.

Me llevé el vaso al pecho, lo sujetaba con fuerza, le daba sorbitos y esperaba a que las náuseas se me pasaran y a que el estómago se me relajara.

Solo una vez en la vida me había sentido tan mal como en aquel momento…

, el día en que perdí a Harry, el día en que le dije lo que había hecho. Al recordarlo, me eché a llorar.

Cerré los ojos y vi de nuevo aquel día. Habían pasado siete años y aún era capaz de recordar cada detalle, cada paso que había dado, cómo olía el aire… Yo tenía dieciocho años y era tozuda y se me había metido en la cabeza que iba a trabajar con libros, pero no vendiéndolos, como mi padre.

Harry y yo llevábamos medio año siendo novios y éramos amigos desde la infancia.

El recuerdo de cuando nuestro amor había pasado de ser platónico a ser romántico me hizo sentir nostalgia de aquella época, mucho más sencilla que esta.

Bajo el sol, tumbados en la hierba florida de Puerto Meadow.

Todo parece posible en verano, en especial, enamorarse.

El beso que nos dimos fue tan perfecto, tan sincero, tan certero, que parecía que estuviera escrito en una novela.

Los meses siguientes fueron muy felices, un verano de un amor que incluso aumentó cuando cambiamos de estación.

El tiempo invernal, la nieve y la oscuridad del invierno no consiguieron enfriarnos.

Él era el ojo calmado de mi tormenta…, y fui yo quien lo estropeó todo.

Yo había empezado a trabajar en la prensa de la universidad y veía ante mí una brillante carrera en el mundo de la encuadernación; una carrera con la que podría escapar de mi padre, pero sin tener que irme lejos, con la que podría ganarme una reputación y aprender unas habilidades que me servirían de por vida.

Nos reíamos, nos besábamos, nos amábamos; era como si la ciudad nos perteneciera. Qué arrogante es la juventud…

No esperamos al matrimonio, como suele pasar con los jóvenes y hambrientos nuevos adultos que no pertenecen a las clases altas…

, y no habían pasado ni dos meses cuando me di cuenta de mi estado.

Harry estaba emocionado. Me cogió en brazos, me dio vueltas y empezó a hablar de matrimonio.

Él ansiaba tener una familia, muchas bocas que alimentar, como un nido de pajarillos recién salidos del huevo.

Empezó a hacer planes de cómo sería nuestra boda, de cómo sería nuestra casa…

, a decirme que tenía que cuidarme, que ya no era yo sola…

, que ahora era un recipiente, la anfitriona de un ser que crecía.

Yo, sin embargo, quería dedicarme a la encuadernación.

«Tendrás la carrera más importante de todas –me dijo sonriendo–: ¡serás madre!», como si eso fuera lo único que debieran desear las mujeres.

Pero no era lo que yo quería. No era lo que yo quería…

Me pasé semanas sin poder dormir, presa del pánico.

Semanas en las que notaba a esa criatura creciendo dentro de mí; una criatura por la que no sentía ningún aprecio.

Empecé a tener dolores y no había un día en el que no me encontrara mal.

A cada día que pasaba estaba más cerca de dar a luz a una vida que no quería y de la que no podría escapar.

Pero, claro…, había una solución. Y, aunque era una solución terrible, no se me ocurría ninguna otra.

Mi vida se extendía ante mí como una gran línea, una carrera, la libertad, la emoción de ser libre…

, pero la línea giraba bruscamente al pensar en el cuidado de los niños, en el cuidado de la casa…

, en un marido para el que no estaba preparada…

y en que me habían arrebatado mis opciones.

Y no lo soportaba. Por mucho que amara a Harry, y de verdad que lo amaba, no podía echar mis necesidades por la borda por él.

Encontré a una mujer. Una casa ordenada en la calle Iffley.

Me dijo que me iba a doler. Me dijo que, a raíz de aquello, cabía la posibilidad de que no pudiera volver a quedarme embarazada.

Me preguntó si estaba segura y le dije que sí.

Fue un proceso rápido, pero muy doloroso.

Grité todo el tiempo que duró y la mujer me abrazó cuando acabó.

Me aseguró que aquella había sido la decisión acertada para mí.

Estaba pálida y mareada y no me levanté de la cama en días. Harry se temía lo peor y llamó a su madre a la cabecera de mi cama. La mujer me miró y enseguida se dio cuenta de que el niño ya no estaba. Y creo que también vio… el sentimiento de culpa en mis ojos.

Harry estaba devastado, pero se rehízo rápidamente, dado que no eran ni su cuerpo ni su cabeza, y empezó de nuevo con los planes para casarnos y con que volveríamos a intentarlo una y otra vez, una y otra vez…

, hasta que fuéramos una familia; hasta que los planes que él había hecho y las ideas que él había tenido se hicieran realidad.

«No –le dije–. No puedo. No es lo que quiero».

«¿Qué es lo que no quieres?».

«Tener hijos. No quiero tener hijos. No quiero casarme y no quiero llevar la vida que llevó mi madre».

«No eres tú la que habla, Lily, sino el dolor y la pena. En unas semanas te sentirás mucho mejor».

«No, ni mucho menos. No quiero tener hijos. Nunca he querido tenerlos… y puede que nunca quiera. Por eso…».

Y entonces se dio cuenta. Debió de ser por mi cara, por la vergüenza que me embargaba, por mi dolor, por mi pena…

«Lo siento, Harry».

Me disculpé, pero le había partido el corazón.

Discutimos durante horas. Nos lanzamos insultos crueles y abrimos cada herida que nos habíamos hecho en el pasado, destacamos cada error…

, y la irritación se convirtió en una montaña imposible de escalar.

Se marchó pasada la medianoche y estuvimos semanas sin hablarnos.

Nos habíamos destrozado. Nuestro futuro había cambiado y ahora era incierto.

Nuestro amor había muerto antes de tiempo.

En cualquier caso, no me desdije. Me negaba a arrepentirme. Había tomado la decisión adecuada para mí y volvería a hacerlo.