La encuadernadora de Oxford Capítulo 30 #3
62%

Capítulo 30 #3

Quería creerle; quería creerle desesperadamente…

, pero no podía. Eran muchas las cosas que estaban pasando al mismo tiempo, que habían pasado y que tendrían que pasar antes de que mi vida regresara a la normalidad y volviera a sentirme segura.

Ojalá el doctor Ashburn no me hubiera pedido que fuera, ojalá nunca hubiera olido aquel libro quemado y ojalá no me lo hubiera llevado a casa.

Ojalá, de hecho, no hubieran sucedido muchas de las cosas que habían sucedido en las últimas semanas.

Aunque, de no haber sido así… –miré a Harry y le cogí la mano–, no habríamos vuelto a reunirnos.

–A ver, Lilian –dijo el señor Caxton con cierta brusquedad en el tono–, no pretendo ser cruel, pero tiene usted un aspecto horrible. ¡Terrible, de hecho! Tiene los ojos hinchados, está despeinada y su aliento apesta a uno de mis licores favoritos.

Hizo una pausa y yo me puse colorada. Enseguida continuó:

–Váyase a casa, aséese y descanse. Yo cuidaré de su padre, porque, al fin y al cabo, es un buen amigo y le he traído un buen volumen de Tennyson para leer.

No podía dejarlo allí. ¿Y si despertaba? ¿Y… si no? No obstante, cuando estaba a punto de protestar, el señor Caxton levantó la mano.

–Si algo cambia, la avisaré.

–Tiene razón, Lily –dijo Harry con amabilidad.

Me di cuenta de que no iba a ganar aquella batalla si ambos hacían frente contra mí.

–¿Tú también crees que tengo un aspecto terrible?

Harry abrió los ojos de par en par, como si le aterrorizara ofenderme, y me pregunté si esa sería la cara que yo ponía cuando el señor Caxton me hacía sus bromas. No pude evitar sonreír.

–De acuerdo –dije, y me llevé la mano de mi padre a la cara. Besé aquella piel fina como el papel y sujeté la mano con fuerza–. Padre, tengo que irme, pero volveré más tarde.

Él seguía tendido, sin moverse, tal y como llevaba días. Dejé su mano en su sitio y le puse bien la manta…, una y otra vez…, hasta que Harry me cogió por los hombros y me sacó de allí.

Miré hacia atrás y vi cómo el señor Caxton se sentaba al lado de mi padre y le daba unas palmaditas en la mano.

Luego, abrió el volumen de poesía y empezó a leer.

A mi padre le encantaba Tennyson y sus poemas cortos y agudos, y, si algo podía sacarlo de la oscuridad en la que estaba sumido, era el canto rítmico de «Media legua, media legua, media legua por delante».

Harry y yo salimos del hospital y vagamos sin rumbo por la ciudad durante un rato.

El sol brillaba, pero ya estaba bajo y sus rayos recortaban los chapiteles y las torres de los colegios universitarios.

Llegamos a una cafetería y quise entrar porque necesitaba un café, dado que el exceso de whisky que aún recorría mi torrente sanguíneo y la falta de comida –exceptuando los dos mordiscos que le había dado al pan durante el desayuno– empezaban a pasarme factura.

Comimos, aunque no recuerdo qué, y bebí mucho café; café caliente y amargo, lo suficientemente fuerte para despertar a un marinero la mañana siguiente de un permiso para bajar a tierra.

Harry me hablaba de su nuevo trabajo en la prensa de la universidad y de lo nervioso que estaba por empezar el lunes.

Me contó que su madre tenía que trabajar muy duro y me habló también de su hermana, que vivía en Kent y estaba casada con el capataz de una fábrica.

Intenté prestarle atención, pero mi pensamiento estaba en otro sitio.

Harry pagó y volvimos a la librería. Oxford a media tarde acostumbraba a estar ajetreada y se había formado un gentío a los pies de la torre Carfax.

Había alguien hablando encima de una caja, agitando unos panfletos y diciendo no sé qué de unas reformas sociales.

Carros y carruajes traqueteaban por la calle Cornmarket y la brisa hacía aletear los toldos, anchos y blancos.

La torre Saxon se alzaba al fondo, antigua y anacrónica al lado de los modernos edificios que la rodeaban.

Harry y yo tuvimos que abrirnos paso entre la gente, dado que tanto estudiantes como residentes habían salido a disfrutar del último sol del día.

Caminaba por mi ciudad como si estuviera mareada y cada paso me costaba un gran esfuerzo. Quería estar en mi casa, entre sus paredes, lejos de la gente y, por fin, después de lo que me pareció un siglo de sortear aquella marea de personas, lo conseguimos. La librería estaba como la habíamos dejado.

Harry hizo ademán de entrar conmigo, pero le puse la mano en el pecho para impedírselo.

–Creo que necesito estar sola un rato.

Su hermoso rostro mostró un gesto de inquietud.

–¿Estás segura? Me preocupa que te quedes sola.

–No va a pasarme nada. Han ocurrido muchas cosas… y necesito algo de tiempo para aclarar mis ideas. Lo comprendes, ¿verdad?

Asintió.

–Vendré a ver qué tal estás dentro de unas horas.

De repente me sentí agobiada por su preocupación.

–Por favor, déjame sola esta noche. Mañana iré yo a verte.

Me pareció que iba a empezar a argumentar de nuevo que no estaba a salvo y lo cierto es que estaba cansada de preocuparme por mi seguridad. Abrió la boca para hablar, pero…

–Por favor, Harry, quiero que te vayas.

Suspiró.

–Vale, pero, si me necesitas…

–Sé dónde estás. –Me incliné hacia delante, le di un beso en la mejilla y añadí–: Nos vemos mañana.

Y se marchó.

Le cerré la puerta al mundo y, por un dichoso instante, todo permaneció en silencio, calmado…, y me sentí a salvo.

Necesitaba conseguir cierto control sobre la situación en la que me encontraba, aunque tampoco es que supiera bien cuál era esa situación.

Empecé por lo más importante: la deuda de mi padre.

Me puse cómoda en su oficina, con un sorbito de ginebra a mano –porque no teníamos nada mejor– y busqué todas las cartas y demandas del banco.

Unas horas después, cuando la luz empezaba a escasear, oí la campanilla de la puerta principal y me di cuenta de repente de que me había olvidado de cerrarla con llave. Guardé los papeles en un cajón, salí de la oficina y la cerré.

–¿Puedo ayudarle en algo? –dije mientras doblaba la esquina que daba a la librería.

–Eso espero –dijo una voz fría que hizo que me detuviera de golpe. Me llegó el olor a tabaco…, aquel olor fuerte, turbio, que tanto odiaba.

El hombre del bombín marrón estaba junto a una estantería, tamborileando en la madera con los dedos.

–Está mucho más ordenada que la última vez que la vi.

–¿Se refiere a cuando agredió a mi padre?

Movió el dedo como un metrónomo, chistando con cada movimiento.

–A ver, a ver, dejémonos de calumnias, que yo tengo muy buena disposición.

–Márchese –le dije. Mi enfado había superado a mi sentido común.

Aquella sonrisa de engreído se le congeló en los labios.

–Esa no es manera de tratar a un cliente y, por cómo creo que está la situación, yo diría que usted no puede rechazar a ninguno.

Me dolían los dientes de apretarlos. Tenía ganas de abalanzarme sobre él, sacarle los ojos y gritar hasta que le reventaran los tímpanos.

–Dijo usted dos semanas y apenas han pasado unos días. ¿Qué quiere?

–Mi jefe ha decidido cambiar el plazo.

Mi ira dio paso a la sorpresa y al miedo más genuinos.

–¿A qué se refiere?

Poco a poco, el hombre del bombín marrón sacó la navaja del bolsillo y desdobló la hoja. Se presionó la punta contra la yema del dedo.

–Mi jefe está impaciente y quiere sus artículos antes. Una semana. Y como ya ha pasado la mitad del tiempo, considere esta una visita para ver qué tal lo lleva.

Di un paso atrás.

–No puede…

Me lanzó tal mirada que me heló la sangre.

–Claro que puedo. Dígame, ¿dónde están los libros?

Me dije a mí misma que eso no era lo importante, sino las páginas que contenían ocultas y esas las tenía guardadas…, aunque no especialmente bien en aquellos momentos.

–He encontrado uno.

El hombre dio un paso hacia mí, despacio, con la navaja en los labios.

–… Uno.

–Solo han pasado unos días.

–Démelo.

Fui a la cartera, que estaba junto a la puerta de la oficina, para coger el Jano .

Por el rabillo del ojo, horrorizada, vi que las páginas asomaban por el corte que había hecho en el forro de seda.

Con la esperanza de que no me viera, hice un movimiento con el que saqué el libro al tiempo que empujaba las páginas para esconderlas mejor.

Cuando me volví, el hombre me miraba con aquellos ojos lobunos y la navaja reluciendo a la luz.

Me lo arrebató de las manos y comprobó el nombre del autor y el título. La sonrisa volvió por fin a sus labios y se puso el libro debajo del brazo.

–Faltan tres, señorita Delaney.

–No sé dónde están.

Con un movimiento rapidísimo, el hombre cogió el libro y me abofeteó con él. El golpe hizo que cayera al suelo a cuatro patas. Noté un dolor cálido y pulsante en la mejilla, un dolor que iba volviéndose agudo y serrado. Veía puntitos blancos y enseguida noté el horrible sabor metálico de la sangre.

–¿Dónde están los libros? –El hombre se encontraba delante de mí y limpiaba mi sangre de la cubierta del ejemplar con un pañuelo prístino.

Me llevé la mano a la mejilla, que ya se me estaba hinchando.

–No lo sé… –Me dolía tanto la cara que me costaba hablar. Moví la mandíbula y oí un chasquido horripilante.

–¿Qué es lo que no sabe, señorita Delaney? Porque espero que no pretenda volver a decirme que no sabe dónde están los libros. Dudo mucho que vaya a decirme que los viajes a Mánchester y a Birmingham han sido infructuosos.

Cerré los ojos y me concentré en respirar. O me estaba vigilando o había hecho que otros lo hicieran. Harry me dijo que había estado siguiéndolo a él… Puede que solo hubiera visto en qué trenes subía.

–Parece que está muy enterado… ¿Por qué no los busca usted? –le pregunté mientras me sentaba sobre los talones.

El hombre estiró las manos, con el libro en una de ellas y la navaja en la otra.

–Por desgracia, mis habilidades nada tienen que ver con eso.