La encuadernadora de Oxford Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

–Este Lord Byron cuesta unas doscientas libras.

Un primer folio de Shakespeare, quinientas.

–No era un primer folio, claro está, pero me la jugué y ellos no me cuestionaron–.

Una primera edición de Milton, seiscientas.

¿No van a apuntarlo? Un Bunyan, un Bacon y un Cervantes.

–Dejé en sus manos un trío de buenos y preciosos volúmenes, aunque carecían de verdadero valor.

Me fui a la otra punta de la oficina–. Dos Defoes: Robinson Crusoe y Moll Flanders , un par a juego, trescientas cincuenta los dos.

Una primera edición de Voltaire, otras quinientas libras esterlinas.

Y este Los viajes de Gulliver de regalo para sus hijos.

–Ese libro se lo lancé–. ¿Con eso les vale?

El más bajito, que había ido llevando la cuenta, miró a su jefe y asintió.

El más alto resopló y se puso recto.

–Apreciamos su cooperación –me dijo.

–Bien, pero váyanse ya.

El hombre volvió a mirarme con desprecio y vi violencia en él, un hombre que, de no haberle permitido el paso, sin duda habría apartado a Harry por la fuerza y se habría llevado cuanto hubiera querido.

Una vez en la puerta principal, el más alto se volvió hacia mí mientras su compañero se esforzaba por cargar con los libros.

–Estos los tasará un agente del banco y los llevarán a subasta. Si el banco consigue fondos suficientes, el asunto quedará zanjado. Si resulta que falta dinero, volveremos a por las llaves.

–¿Y si sacan una suma mayor que la deuda?

–En ese caso, mi compañero y yo obtendremos una bonificación –respondió con brillo en la mirada.

Le cerré la puerta en las narices y respiré hondo.

Harry me esperaba junto a la oficina; fui hasta él y me dejé caer en sus brazos.

Olía a limpio, a jabón dulce y a lilas, un olor que le gustaba mucho a su madre.

Su camisa era suave, la sentía en la mejilla, y noté que Harry me daba un beso en la cabeza.

–No tenías por qué darles tantos libros. –Me hablaba en el pelo.

–Mi padre ha contraído una deuda sustanciosa.

De hecho, debería haberles dado más. Había elegido ediciones de segunda y otras producidas en masa que, como mucho, cubrirían un tercio de la deuda…

, pero no me atrevía a confesárselo a Harry.

Ahora me arrepentía de haberlo hecho, pero ya me encargaría de ese problema otro día.

No sabía cómo iba a saldar la deuda y, al igual que mi padre, lo estaba posponiendo por no enfrentarme a ello.

Me aparté de Harry.

–¿Qué haces aquí? –le pregunté.

Me miró como si le molestara lo contundente de mi pregunta, así que sonreí.

–Es que… no es habitual que me despierte tarde y haya alguien abajo impidiéndoles el paso a unos indeseables.

Se rio por lo bajo.

–Quería ver si habías vuelto. He ido varias veces a ver a tu padre, pero no me dejaban pasar y no me contaban gran cosa.

Mi sonrisa se desvaneció.

–Van a operarle… el cráneo.

–¡Por Dios! Lo siento, Lily. Seguro que lo supera.

–Hablemos de temas más alegres… y desayunemos algo, ¡que me muero de hambre!

Harry preparó un poco de té y dio con algo de pan y mermelada en la despensa. Comimos arriba, en la salita.

–¿Qué tal por Mánchester? –me preguntó mientras masticaba un pedazo de pan.

–Ha sido útil.

–¿Vas a contármelo? Lo de las páginas que me pediste que escondiera.

–Es que es una situación muy difícil. Podría ponerte en peligro.

Dejó el pan y me cogió la mano.

–¿Te acuerdas de lo del canal? ¿De lo del bedel de Christchurch? Si tú estás en peligro, yo también.

Sabía que lo decía de verdad.

–¿Recuerdas que te hablé de una carta que había encontrado en un libro quemado y que te dije que un hombre me había robado en Londres?

Asintió.

–Bueno…, pues eso es solo el principio.

Se lo conté todo, lo de los libros, lo de las páginas que ocultaban, las razones que me habían llevado a actuar tal y como lo había hecho –como lo de presentarle mi renuncia al señor Caxton y dejar solo a mi padre–, y me prestó atención sin dejar de cogerme la mano.

–Así que, como verás, tengo que dar con los libros, o no sé qué me hará el hombre del bombín marrón cuando regrese. A mi padre ya le dio un susto que casi lo mata y no quiero que se acerque a ti.

Harry se quedó callado un momento y me fijé, por lo arrugada que tenía la frente, en que no estaba seguro de si debía decirme aquello en lo que estaba pensando.

–Dime, ¿qué pasa? –le pedí.

–El hombre ese, dices que lleva un bombín marrón, ¿verdad? Y ¿es más o menos así de alto y tiene el pelo claro?

Sentí que se me hacía un nudo en el estómago.

–Sí.

–Ha estado siguiéndome. Lleva unos días haciéndolo.

Me quedé sin aire. Me cogí la cabeza con las manos.

–No te acerques a él, es peligroso. Lo siento, Harry; lo siento mucho.

Él se levantó de la silla, se puso de rodillas delante de mí, me quitó las manos de la cabeza y me dijo:

–No es culpa tuya.

–¡Claro que lo es! ¡Si lo hubiera dejado estar, si le hubiera dado lo que quería, todo esto no habría sucedido!

–Eso no lo sabes. Además, eres Lilian Delaney: tú nunca te rindes.

–Lo hice en una ocasión… –Y le apreté las manos.

Harry suspiró y me abrazó. El pasado aún resultaba crudo para los dos, a pesar de los años que habían transcurrido desde la muchacha que fui…

y lo que hice. Puede que siguiera siendo una persona egoísta que todavía anteponía sus deseos y necesidades a las de los demás, incluso a las de las personas que más quería.

–Por cierto, te ha llegado una carta –comentó Harry, lo que alivió la tensión.

–¿Una carta?

Asintió y se puso de pie.

–Antes de que aparecieran los dos tipos de antes, ha venido el cartero.

Bajó a la librería, supuse que a la oficina, y volvió unos minutos después con tres cartas. Dos estaban dirigidas a mi padre y las dejé a un lado, pero la tercera era para mí. No conocía aquella letra y no había remite.

La abrí y saqué la única hoja que contenía.

Querida señorita Delaney:

Después de su visita al Looker-On , pregunté acerca del joven que me dijo, el tal William Heathfield, y nadie sabía nada de él ni de su familia.

Un conocido de mi madre –un hombre que solía escribir para la Gazette – recordaba un escándalo por aquella época en el que habían estado implicados un joven caballero y la hija de un lord, un escándalo que acabó en un duelo.

Al parecer, ella también ha desaparecido de los archivos y el conocido de mi madre no recordaba su nombre. Siento no poder dispensarle más ayuda.

Suya,

Evelyn

La emoción que me había embargado al leer la primera línea se disipó al leer la última.

Evelyn no podía decirme nada que yo no supiera.

Sentí como si me cayera encima una especie de peso siniestro.

No tenía pistas para dar con los dos últimos libros, desconocía a quién pertenecía aquella declaración, mi carrera había terminado, los hombres del banco iban a volver antes o después a por mi casa y mi padre estaba a un paso de la muerte.

Me puse a pensar en él. Seguramente estuvieran operándolo ya. Puede que incluso hubieran acabado. Puede que hasta estuviera muerto.

–Tengo que ir al Radcliffe –le dije a Harry.

–Te acompaño.

En un primer momento pensé en decirle que no, pero, si me daban malas noticias…, si mi padre no había sobrevivido…, no querría estar sola.

–Gracias.

Me vestí mientras Harry lavaba los platos y las tazas del té y enseguida salimos.

–La operación ha salido tan bien como cabría esperar –me dijo el doctor mientras yo permanecía sentada en la cama–, pero no estaremos seguros hasta que despierte.

–Y ¿cuándo va a despertar?

El doctor frunció los labios y no respondió.

–Lo tenemos con suero, así que albergamos esperanzas.

En el brazo le habían puesto una aguja de la que salía un tubito de goma conectado a una botellita con un líquido transparente.

–Y ¿eso es seguro? –le pregunté al doctor.

–¡Oh, sí, y no solo es seguro, sino que también es efectivo!

No tenía claro si creerle.

Mi padre parecía incluso más pequeño ahora, con la cabeza envuelta en gruesas vendas blancas y con aquel tubo metido en el brazo. De no ser porque respiraba, ni siquiera se movería.

El doctor se marchó y Harry me puso la mano en el hombro.

–Va a salir de esta –me dijo.

–Hola –saludó una voz tremendamente familiar por detrás de nosotros.

Me volví y vi al señor Caxton y… y se me partió el corazón.

–Llega usted tarde… –probé a modo de broma, pero me eché a llorar.

El señor Caxton se me acercó, llevó una mano a mi mejilla y me secó las lágrimas. Luego comprobó el estado en que se encontraba mi padre y miró a Harry con cara de preocupación antes de volver a mirarme a mí.

–Ay, querida, lo siento.

Me llevé una mano a la mejilla.

–Todo está saliendo tan mal…

–La vida es lo que tiene –dijo el hombre.

–No sé qué hacer. La deuda…, los libros…, ¡todo! Es demasiado para mí.

La gente que había en el ala me miraba con cara de pena, pero me daba igual. Me rompía por dentro y, ahora que las grietas habían empezado a abrirse, no era capaz de cerrarlas.

–Lo sé, querida, pero saldrá usted de esta. Tiene que hacerlo por él. Su padre va a necesitarla fuerte, dado que va a estar muy débil.

El señor Caxton me levantó la cabeza para que lo mirara. Le brillaban los ojos por detrás de sus anteojos redondos. Solo había pasado unos días sin verlo, pero de pronto me percaté de lo mucho que lo había echado de menos.

–Al final, todo tiene solución –dijo con un tono de voz amable.