La encuadernadora de Oxford Capítulo 30
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Capítulo 30

Me daba pavor pensar en lo que me esperaba en Oxford; tanto que incluso me demoré en la estación y cogí una ruta más larga para llegar al Radcliffe. No tenía ninguna prisa por saber que mi padre había empeorado, porque cada paso que daba hacia el hospital me convencía de que, en efecto, así sería.

Cuando llegué, me senté en su cama y le cogí la mano mientras una enfermera trajinaba a mi alrededor.

Mi padre tenía las mejillas hundidas y grises y unas ojeras profundas.

Ya no se parecía a él, sino a una copia de barro que hubieran hecho.

Me daba la sensación de que, si le tocaba la mejilla con el dedo, este se hundiría y jamás lograría sacarlo.

La enfermera acabó con sus quehaceres y, cuando se fue, llegó un doctor con bata blanca.

–Me temo que tengo buenas y malas noticias –me dijo con tono tan sereno que me dieron ganas de levantarme y cruzarle la cara.

–Cuénteme las buenas.

–Su padre conserva algunas funciones. Sus pupilas se contraen y las enfermeras dicen que lo han visto parpadear. Además, respira de forma regular. Todo eso son buenos síntomas.

Yo no apartaba la vista de mi padre.

–¿Y las malas?

El doctor suspiró.

–Creemos que ha sufrido una apoplejía y, dado que no puede comer ni beber, tememos que no tardará en deteriorarse.

Sentí que se me contraía el corazón. No concebía un mundo sin mi padre. Ni lo concebía ni quería hacerlo.

–Y ¿no pueden hacer nada al respecto? –Sin dejar de mirar a mi padre, noté que los ojos empezaban a llenárseme de lágrimas, que se agolpaban ansiosas por salir.

El doctor se quedó en silencio y por un momento me pregunté si no se habría marchado. Volví la cabeza y lo miré.

–¿No pueden hacer nada?

–Podríamos probar una cosa…, pero no está exenta de riesgos.

–Siga.

–La cuestión es que hay presión en su cerebro y habría que liberarlo de ella. Para eso tendríamos que hacerle un agujero en el cráneo, lo que permitiría que el cerebro tuviera más espacio.

Me sentí horrorizada.

–¿Una trepanación? ¡Pero eso es una barbarie!

La cara del doctor adoptó una máscara comprensiva que a mí, en cambio, y dado mi estado de desesperación, me pareció condescendencia.

–Es un procedimiento médico moderno –comentó–. Existe riesgo de infección, como con cualquier otra operación, y cierto riesgo de que disminuyan las funciones cerebrales, pero algo más de tres cuartos de los pacientes sometidos a este procedimiento sobreviven y se recuperan.

Me quedé un momento pensando en todo aquello, mirando a mi padre.

Veía cómo los ojos se le movían por debajo de los párpados como si, sencillamente, estuviera soñando y con sacudirlo fuera a ser suficiente para despertarlo; pero no era así.

De hecho, cabía la posibilidad de que no volviera a despertar.

–¿Morirá sin la trepanación?

El doctor respondió con un sencillo asentimiento.

–Y, si funcionase, ¿cabe la posibilidad de que despierte?

–Es posible, sí.

Mi padre tenía que vivir. Aquello era lo único en lo que podía pensar.

–Pues hágalo.

El doctor asintió.

–Lo prepararemos para operarlo por la mañana.

Entonces se marchó y por fin me quedé a solas con él. Me llevé su mano a la mejilla. Tenía la piel fría pero suave. La mano olía a papel viejo y la respiré con fuerza.

–Espero no haberme equivocado –le dije por lo bajo.

En una decena de ocasiones imaginé que abría los ojos. Cada vez que dejaba de mirarlo pensaba que, en cuanto me volviera, habría abierto los ojos y me estaría mirando. No obstante, no fue así. Dormía tan profundamente que nada lo despertaba.

–No puedes morir todavía –le dije al oído–. Aún te necesito.

Una enfermera me tocó el hombro y me dijo con voz suave:

–Han terminado las horas de visita, querida.

Parpadeé para evitar las lágrimas y asentí.

La mujer tenía un rostro agradable y vio lo profundo que era mi dolor.

–Nosotras cuidaremos de él –me dijo.

No pude responder más que con un ahogado:

–Gracias.

Besé a mi padre en la frente, algo que nunca había hecho, y me marché.

Cuando salí del hospital casi no notaba la penetrante lluvia de invierno porque estaba como ida, mareada.

No sabía hacia dónde ir. El agua helada se me colaba en los zapatos y me mordía la piel, lo que me impelió a andar.

Acabé dando con el camino a casa y, cuando entré, me recibió un silencio terrible, profundo.

La librería estaba a oscuras y hacía mucho frío.

No había luz en la oficina ni arriba. Los libros no eran sino objetos sin vida en las paredes, como si hubieran perdido esa capacidad para abrazarme nada más entrar.

Subí las escaleras y me quedé en la puerta del dormitorio de mi padre, como si así fuera a escucharlo.

Una vez en mi habitación, encendí una lámpara, me quité la ropa –que estaba empapada– y me tumbé en la cama.

El sueño no venía. La casa estaba demasiado silenciosa.

Demasiado vacía. Cada segundo que pasé tumbada hizo que mi corazón se tensara aún más…

, hasta que llegó un punto en que sentí que tenía que moverme.

Saqué las páginas y el Jano de la cartera y las dejé sobre el escritorio. La historia estaba casi completa, aunque me daba la sensación de que había mucha más tela que cortar en lo acontecido entre aquellos dos jóvenes amantes de lo que allí estaba escrito.

No obstante, pensar en ello, en el siguiente libro, en el hombre del bombín marrón, en la oscuridad que me rodeaba…, hizo que me sintiera superada y que me costara respirar.

Bajé a la librería a toda prisa en camisón y con una vela en la mano y en la oficina de mi padre encontré una botella de whisky por la mitad.

Me senté en su silla, a la tenue luz de la vela, y empecé a beber.

No me detuve hasta que la botella estuvo vacía y su contenido acalló los pensamientos nefandos que me acosaban.

Solo entonces, completamente atontada, fui capaz de dormir.

Me desperté porque oí ruidos abajo. El reloj señalaba que eran más de las once y, en cuanto me moví, sentí un dolor –como pinchazos– en la cabeza. El dormitorio daba vueltas y yo con él y, abajo, los ruidos iban a más.

Trastabillé al levantarme de la cama y, una vez en pie, con la sangre fluyendo de la manera en que debería, sentí que también el mundo volvía a ser como debería. Parpadeé para evitar los puntos blancos que veía y me puse una bata, me la até y bajé a la librería.

Enseguida vi a Harry en la puerta, pero dentro, con los brazos plantados firmemente uno a cada lado del quicio. Por detrás de él había dos hombres vestidos con tweed marrón.

–¿Harry, qué sucede?

Él se volvió para mirarme.

Uno de los hombres intentó entrar en la librería, pero Harry se mostró firme.

–Estos hombres están intentando robarte –me respondió por encima del hombro.

–¿Es usted la señorita Delaney? –me preguntó uno de ellos, el más alto, que también era el más mayor, con un tono de voz brusco e impaciente.

–¿Y es usted un matón sin modales? –repliqué, y su amigo dejó de empujar a Harry al oírme.

El más alto resopló y el otro dio un paso atrás. Harry relajó los hombros un momento, pero no bajó los brazos.

–¿Es usted la señorita Delaney? –preguntó el más alto con un tono de voz más civilizado. Tenía acento de pueblo, brusco.

–Así es.

Se puso más recto.

–Somos representantes del Banco de Londres y del Condado.

Sentí que se me caía el mundo encima. Como no respondí, el hombre prosiguió:

–Hemos venido a cobrar una deuda, señorita Delaney. Exigimos el pago inmediato o tendremos que llevarnos bienes por valor equivalente.

–Harry, déjalos entrar –le pedí, porque acababa de tener una idea. Miré al más alto–. Aquí hay libros por valor de más del doble de la deuda de mi padre. Los pueden buscar y llevárselos.

Hablé con más desprecio del que debería porque estaba respondiendo al gesto del hombre más alto, que tenía la cara coriácea y agrietada. El más bajito levantó la vista para mirar a su compañero –que posiblemente era el jefe– a la espera de que este le hiciera algún gesto para entrar.

Cuando por fin lo hicieron, aquellos dos hombres llenaron la pequeña librería con su desagradable presencia, como si las propias paredes quisieran que se marcharan de allí.

Harry se quedó a mi lado y se apoyó, con los brazos cruzados, en una de las estanterías.

Los dos hombres iban de acá para allá, perdidos, sacando ejemplares, mirándome como si yo fuera a darles la pista de cuáles podían llevarse, y volvían a dejarlos en su sitio.

–Mire, señorita, nosotros solo hacemos nuestro trabajo –dijo el más alto mientras el otro iba pasando la mano por todos los lomos a medida que iba de un lado para otro.

–Pues su trabajo es aberrante –le solté.

–Puede ser, pero da de comer a mis hijos. Piénselo, si nos ayuda usted, nos marcharemos antes. O podemos ir a por un carro y llevarnos todos los libros para que los valoren y, si no cubren la deuda, el banco se quedará con el edificio.

Intenté que no se me notara el miedo ante lo que acababa de decir. Me quedaban ya tan pocas cosas que dudaba mucho que fuera a soportar perder también mi hogar.

–De acuerdo.

–Lily… –me susurró Harry–, no lo hagas.

Le puse una mano en una de las suyas.

–No me queda otra.

Fui a la oficina y los agentes del banco me siguieron de cerca. Allí era donde mi padre guardaba los libros valiosos, pero no todos valían lo que yo iba a decirles.

Saqué varios de las estanterías y se los entregué uno a uno.