La encuadernadora de Oxford Capítulo 29 #2
58%

Capítulo 29 #2

Lo último lo comentaste mirándome a los ojos. Yo era el reto para ti. Y tú también lo eras para mí. Escribir estas líneas, revivir nuestros momentos, me da esperanzas después de haber pasado tanto tiempo lejos de ti .

Tu mano jugueteó con la mía. La levantaste para besarla .

«Voy a pedirle su consentimiento a su padre» .

«Primero tendrá que pedírmelo a mí, granuja» .

«Y ¿qué respondería si se lo pidiera?» .

La pregunta me pilló por sorpresa, dado que llevaba tanto tiempo evitando responder a la cuestión del matrimonio que incluso había sacado esa noción de mi corazón.

No obstante, tú eras un joven con una carrera por delante y un apellido que, si bien no venía con título ni con una gran mansión, era acompañado por el respeto que me tenías…

y puede que incluso el amor que sentías por mí. ¿Me negaría mi padre algo así?

Ay…, qué clara tengo ahora la respuesta .

«Respondería que tendría que descubrirlo usted por sí mismo. Mi padre no es una persona fácil, pero espero que vea mi felicidad y que la anteponga a sus intereses» .

El primer sonrojo del amor había convertido la verdad de mi vida en un sueño imposible .

«Pues vayamos a verlo» .

Vimos que Daisy nos buscaba. Estábamos embobados y la pobre se preocupó. No la culpo. Si nos pillaban, sería un escándalo. En ese momento, sin embargo, me daba igual. Lo único que quería era estar contigo .

Dimos con mi padre en el jardín del Red Lion. Estabas nervioso y tenías las mejillas coloradas. Te apartaste el pelo de la frente y te pusiste bien la chaqueta y el cuello .

El hombre te devolvió el saludo educadamente pero sin interés hasta que se fijó en que yo estaba a tu lado .

«¿Qué sucede?», te preguntó .

«Señor, me llamo William Heathfield. Mi familia tiene una mansión en Cornualles y se dedica al negocio de los barcos y anteriormente a la minería. Soy un caballero de ciertos posibles, he conocido a su hija y me gustaría pedirle su permiso» .

«Permiso, ¿para qué?» .

«Para casarme con ella, señor» .

Mi padre se echó a reír y la multitud de viejos que lo acompañaba rio con él .

«Márchese, muchacho», te dijo .

«Padre, por favor…, yo querría casarme con él» .

Entonces se le torció el gesto y supe lo que se venía .

«Tú no tienes la capacidad para tomar esa decisión, hija.

–Y volvió a dirigirse a ti–. Joven, aplaudo su ambición, pero los Heathfield son una familia a la que poco le queda ya y que está en lo más bajo de la sociedad.

Conocí a su padre y enseguida me di cuenta de que no tenía cabeza para los negocios y de que le gustaban mucho la ginebra y las prostitutas.

No pienso permitir que mi hija adopte ese apellido» .

«Señor Malcolm –probaste–, soy caballero y las insensateces de mi padre no las he cometido yo. Le pido que reconsidere su postura» .

Mi padre te dio la espalda y le hizo una seña a alguien .

Sentí que se me paraba el corazón cuando aparecieron Julian y dos de sus lacayos.

Mi padre se internó entre la multitud, contento con cómo había resuelto el asunto.

Quise salir detrás de él, implorarle que te hiciera caso, pero Julian me cogió por el brazo y tiró de mí.

Luego te miró de arriba abajo sin ocultar su desprecio .

«Ya has oído a tu padre, prima, aléjate de esta basura», comentó .

«Suéltame». Intenté soltarme, pero me sujetaba con demasiada fuerza .

«Le ha dicho que la suelte». Te acercaste a él y me pareciste tan alto…, tan fuerte …

Julian tenía mal carácter, te empujó y vi cómo te contenías. Deseabas darle unos buenos puñetazos…, pero no lo hiciste. La multitud se apartó, sorprendida .

Julian volvió a empujarte. Te provocó. No recuerdo los comentarios crueles que hizo sobre ti, aunque sí criticó tu posición, el corte de tu chaqueta, nuestra familiaridad.

Entonces te pegó un puñetazo y empezó a sangrarte la nariz.

Los lamebotas que lo acompañaban se echaron a reír.

La gente empezó a hablar. Seguro que aquello aparecía en las páginas de sociedad del fin de semana .

Julian me alejó de ti .

«¡Vamos!», me dijo .

Conseguí soltarme y me fui a tu lado. Me cogiste unos instantes y me susurraste al oído:

«Te escribiré» .

Y te marchaste; te marchaste con las manos en alto y la cara manchada de sangre. No dejabas de mirarme y entendí muy bien lo que querías decirme. Entonces desapareciste entre la muchedumbre y empezó la siguiente regata .

El día siguiente fue muy tenso, confuso.

No dejaba de pensar en el instante en que nuestros labios se habían tocado, en el momento en que nuestras manos se habían encontrado, en que incluso hablamos de matrimonio.

Apenas nos habíamos visto, pero tenía la sensación de que te conocía de toda la vida, y viceversa, y, para mí, con eso era suficiente .

No obstante, todo se vino abajo esa noche, cuando mi padre me pidió que fuera .

«He concertado tu enlace –me dijo como si aquello no fuera sino una transacción–. Lord Morton Beauchamp te ha pedido y he aceptado. Te casarás con él en octubre. Viajaremos a su mansión y os casaréis allí para que no tenga que perderse la cacería» .

La cabeza me daba vueltas .

«No pienso desposarme con él. Es viejo y ha tenido tres esposas ya. ¡Es asqueroso! No pienso casarme con él. Amo a William» .

Mi padre ni me miraba. De hecho, ni siquiera había levantado la vista de sus papeles .

«No vas a volver a ver a ese muchacho, ¿me has entendido? Beauchamp es un partido mucho mejor de lo que podrías haber imaginado. Te casarás con él ¡y no se hable más!» .

«¡Padre, por favor!» .

En ese momento levantó la vista y la ira que vi en sus ojos me hizo callar .

Hui a mi habitación, donde lloré hasta que mi cuerpo se quedó vacío de lágrimas .

Tú y yo nos escribíamos todos los días, valiéndonos de Daisy para pasarnos las notas, una Daisy a la que, no obstante, no le parecía bien lo que estábamos haciendo.

En nuestras misivas hablábamos de formas de convencer a mi padre, de mi inminente matrimonio, de cómo hacer para vernos, de nuestra familia, de nuestros sueños, de nuestro amor…

, de nuestra agonía. Incluso te escribí una adivinanza y tú me respondiste con otra .

Tuvo que pasar una semana para que volviéramos a vernos. Me sentía mareada de la emoción .

Esa noche mi padre no venía a cenar, así que me escabullí y dejé una nota en mi dormitorio junto con unas monedas para comprar el silencio de Daisy .

Cogí un cabriolé hasta el teatro en el que nos habíamos conocido y allí nos encontramos .

Me abrazaste… Nunca había sido tan feliz y tan desgraciada al mismo tiempo. No era capaz de recordar la última vez que alguien me había abrazado desde que mi madre murió…, y enseguida me sentí en la gloria .

Nos internamos en las sombras de los edificios, donde nadie nos veía .

«Has venido…», me dijiste sin aire. Llevaste tus manos a mi cara y yo pegué la mejilla a ellas y lloré .

«¿Qué vamos a hacer? Mi padre pretende que me una en matrimonio con un hombre horrible y dudo mucho que vaya a convencerlo de lo contrario» .

«Pero ¿quieres casarte con él?» .

«¡Por supuesto que no! ¡Con quien quiero casarme es contigo! ¿Acaso no te ha quedado claro en mis cartas?» .

Pegaste tu frente a la mía .

«Podríamos fugarnos y casarnos en secreto. Una vez lo hubiéramos hecho, no podrían decirnos nada» .

Me aparté de ti. Me sorprendió la propuesta. ¡Qué escándalo!

«¿Fugarnos?» .

«Podríamos ir a Gretna Green, en Escocia. Estaríamos allí en cuestión de días. ¡Incluso podríamos marcharnos ahora mismo!» .

«¿¡Esta misma noche!?» .

«¿Por qué no?» .

«Estás loco. En cuanto mi padre se enterase, pediría a la policía que te encarcelara… o algo peor» .

Aquello templó tu emoción, dado que ambos sabíamos que era la verdad. Nos quedamos sin decir nada un momento, cada uno en los brazos del otro, y entonces se me ocurrió una idea .

«Mi padre se marchará a Francia en cuestión de una semana. Podríamos irnos entonces. Pasarán días hasta que descubra lo sucedido» .

Sonreíste abiertamente y yo contigo .

«Vale, en una semana» .

«En una semana», te dije, y sentí que temblaba de pies a cabeza .

Entonces me besaste. ¿Lo recuerdas? Nuestro primer beso de verdad. Estaba tan enamorada de ti…, mi granuja. Y sigo estándolo…, a pesar de todo lo que sucedió después .

Cuando regresé a casa, Daisy estaba en mi habitación, preocupada. Me dio el dinero que le había dejado y me dijo que no aprobaba mi comportamiento. Ahora me siento mal…, pero la amenacé con despedirla sin referencias y enseguida dejó a un lado su buen juicio .

Pasó la semana, mi padre partió y yo preparé la maleta.

De nuevo, amenacé a Daisy con despedirla si le decía algo a alguien y, así, coaccionada, accedió a mantener la boca cerrada.

Para el resto de la casa, me iba unos días a visitar a una tía de Yorkshire.

Solo Daisy sabía que no era verdad, aunque tampoco sabía qué era lo que iba a hacer.

No sabía si su silencio duraría, pero ese día no había nada que me importara más que reunirme contigo .

Nos habíamos escrito para determinar dónde y cuándo quedar valiéndonos de un código parecido al del damero. Mi padre y el ama de llaves leían mis cartas, pero para ellos no eran sino cartas de una revista .

El sitio en el que íbamos a encontrarnos era una adivinanza; la hora, un número que había que calcular…

Y así lo hice. Nos encontramos en la estación de Euston, donde fuimos tomando un tren detrás de otro a lo largo de dos días hasta llegar a Newcastle.

Allí cogimos un tren ligero a Carlisle y, desde allí, un carruaje a Gretna Green .

Te comportaste como un caballero todo el camino.

Nos pasamos el viaje riendo y hablando de cómo sería nuestra vida juntos, de lo que significaría nuestro matrimonio.

Mi padre nunca lo aceptaría; ni la sociedad, si es que mi padre podía evitarlo.

No obstante, aquellas eran preocupaciones para otro día .

Llegamos a Gretna y nos alojamos en una posada.

Al día siguiente estábamos casados frente al yunque; el herrero nos dio su bendición y la esposa del posadero, tan acostumbrada a aquellos espectáculos, nos lanzó pétalos de flores secas.

Nuestros anillos eran sencillas bandas de oro, dado que no necesitábamos joyas para demostrar nuestro amor.

Llevo el anillo colgado alrededor del cuello, escondido junto a mi corazón, igual que tú .

Hasta cierto punto, me duele recordar un día tan bonito…, pues quedó mancillado por lo que sucedió después. No obstante, voy a hacer un esfuerzo por ti y por mí…, por nosotros .

Esa misma noche, legalmente esposo y esposa, bendecidos a ojos de Dios, me llevaste a tu cama .

Lo recuerdas, ¿verdad? No es necesario que hable aquí de ello, evitaré así mis sonrojos y los de mis testigos .

A la mañana siguiente tomamos una decisión: viajaríamos a las Américas. Primero, no obstante, teníamos que dar con el dinero necesario para el pasaje y para crear una familia cuando llegáramos. Tú tenías algo ahorrado de tu paga, pero no era suficiente. Necesitábamos tiempo y eso significaba

Me recosté impresionada. ¡Se habían casado, lo que significaba que el bebé lo habían concebido dentro del matrimonio!

Era un heredero legítimo…, si es que sobrevivía al ataque del padre.

Bajé las páginas y me quedé así un momento, con aquel pensamiento en la cabeza.

¿Viviría el hijo? La joven vivía, o, al menos, había vivido lo suficiente para escribir y ocultar aquella declaración.

Si su hijo era un niño, heredaría la fortuna que el padre quería arrebatarle a la joven.

Se me pasó una idea por la cabeza. Si el bebé había sobrevivido, cabía la posibilidad de que siguiera vivo. Podía buscarlo, darle aquellas páginas, la historia de sus padres, quizá una prueba de una herencia que acaso ni siquiera conociera.

Negué con la cabeza y atraje la atención de un pasajero, que me miró con cara rara.

Eso de entregarle aquellas páginas, aquella historia, al hijo era una idea romántica, aunque era muy probable que resultara toda una quimera.

No obstante, aquello se convirtió en una obsesión y me pareció bien ponerla en práctica; ¡obligatorio incluso!

Pero antes tenía que dar con los otros dos libros.

El sexto podía contener el destino del niño…

, ya fuese este bueno o malo. Hasta cierto punto no quería saberlo, porque estaba convencida de que me rompería el corazón, como había hecho una historia similar en su día.