Capítulo 29
por mucho que me molestara, mi padre me acompañó a Henley. Por lo general, era una criada la que venía conmigo, junto con la tía solterona de mi madre, pero ese día, precisamente, mi padre había decidido acompañarme .
¿Recuerdas el tiempo? El calor era desagradable y, aun así, caían chaparrones tan fuertes que tenían que detener las carreras cuando se abrían las nubes.
Las debutantes, con sus vestidos de encaje y sus inútiles sombrillas, estaban empapadas y los hombres se escondían debajo de sus chaquetas, con lo que parecían topos. Tú dejabas que la lluvia te alcanzase .
«¿Qué daño puede hacer un poco de agua?», me dijiste .
Te busqué desde el momento en que llegamos.
Yo iba del brazo de mi padre mientras caminábamos entre la gente.
Él saludaba a unos con la cabeza y a otros les estrechaba la mano y todos me miraban con admiración, haciéndome una reverencia algunos, saludándome brevemente otros.
A uno o dos los conocía de sus visitas para cortejarme, pero ninguno de ellos me hablaba, solo a mi padre.
Yo no era sino un objeto de valor para él, un objeto que entregaría al mejor postor .
Los hombres iban bien vestidos, como exigía la etiqueta, con levita o traje de lino. Las mujeres, con el tipo de vestido que su edad y su posición requirieran. Mi padre empezó a hablar de negocios y Daisy y yo fuimos a dar un paseo .
«¿Ves a William?», le pregunté .
«No es adecuado, señorita», pero me fijé en que ella también estaba buscándote .
A mí me importaban poco las carreras, pero mi padre era de Oxford y se las tomaba muy en serio.
Yo te buscaba, pero me encontré con mi primo, Julian, al que acompañaba una cohorte de lamebotas.
Julian tenía una mentalidad despiadada y la había tenido desde que éramos niños.
Arrancaba las alas a las moscas y se reía mientras yo lo amonestaba.
Tenía unos rasgos afilados que lo hacían atractivo, pero era evidente que no se valía de ellos sino para ejercer su crueldad.
Daisy había oído un rumor de una de las criadas de casa del tío que decía que Julian se acostaba con chicas de buena posición tras prometerles matrimonio, pero que luego las abandonaba con el corazón destrozado.
A una incluso la había dejado embarazada.
Lo que hacía con la compañía por la que pagaba, no obstante, era, al parecer, mucho peor.
Si él había venido, significaba que mi tío también estaba allí y lo cierto es que no tardé en verlo discutir con mi padre en la otra punta de la pradera .
Desvié a Daisy y la llevé hacia las barcas y las gradas.
¡Fue entonces cuando te vi! Estabas sentado en una de las pocas embarcaciones que seguían amarradas, relajándote como si estuvieras en un diván.
Tenías un libro en el regazo, en una mano un papel y en la otra, un lápiz con el que te tamborileabas los labios.
Cuando estuve lo bastante cerca de ti, leí el lomo del libro, que era otra novela de Abel Bell. Tú todavía no me habías visto .
«¿Está ocupado este sitio?», te pregunté .
Apartaste de golpe los ojos del papel y esbozaste una sonrisa .
«Está reservado para vos, señora mía», respondiste .
Yo también te sonreí y oí un resoplido de Daisy. Guardaste el libro en el bolsillo interior de la chaqueta, junto con el lápiz y el papel, y te pusiste de pie e hiciste una reverencia graciosa .
El río estaba lleno de barcas y sombrillas y los remeros iban corriente abajo por Temple Island. Nosotros estábamos cerca de la línea de meta, en el puente Henley .
«¿Le apetece dar un paseo en barca?», me preguntaste mientras me tendías la mano para ayudarme a subir. A Daisy también le tendiste la mano y ella se sentó en la parte delantera, musitando. Quitaste la amarra y cogiste la pértiga .
El sol brillaba, pero no abrí la sombrilla porque me impediría verte bien.
Yo te miraba mientras tú pilotabas por el agua.
En el río corría una brisa fresquita que hacía que el calor no resultara tan terrible.
Nos deslizamos corriente abajo, hacia el banco de Fawley, donde se celebraban los pícnics y los fotógrafos y los labradores molestaban a los excursionistas.
Las casas flotantes iban a la deriva con el techo y las bordas llenos de espectadores.
Pasamos entre ellos con facilidad gracias a tu diestra mano como pertiguista, tanto que parecía que hubieras nacido en el río .
«¿Ha venido usted solo?», te pregunté .
«He venido solo, sí, pero con la esperanza de encontrar compañía» .
Un rizo de ese pelo rubio tuyo te cayó sobre los ojos y me dieron ganas de levantarme y apartártelo de la cara. Me sonrojé. ¿Te fijaste? Siempre me he preguntado si te fijaste .
«Hábleme de su familia –te pedí–. ¿Por qué no le ha acompañado?» .
Miraste a Daisy y comprobaste que no nos prestaba atención .
«No puedo decir que me quede mucha familia.
Mi padre murió cuando yo era pequeño y mi madre volvió a casarse con un hombre indiferente que poco se ha preocupado por mí.
Juntos tuvieron más hijos y yo me convertí en un desconocido en mi propia casa.
Tengo una paga y una carrera militar por delante» .
«Militar…», comenté, dado que, egoísta de mí, y a pesar de lo mal que tú pudieras estar pasándolo, aquel detalle me dejó descolocada. Al fin y al cabo, que fueras militar te apartaría de mí…, a pesar de que aún no fueras mío .
«Dentro de unos meses he de incorporarme a mi puesto» .
«Pues le felicito», pero por dentro estaba destrozada .
«En realidad, preferiría renunciar. Fue todo un acuerdo de mi padrastro» .
«Puede que encuentre usted una razón para hacerlo. A mí, desde luego, no me gustaría que estuviera usted en la otra punta del mundo» .
Te acuclillaste y tu cara quedó casi a la misma altura que la mía. Tu sonrisa irradiaba calor .
«Y eso, señorita, ¿por qué?» .
«¿Acaso va a obligarme a decirlo? Pensaba que era usted un caballero» .
Pusiste tu mano sobre la mía, que descansaba en la popa .
«Y lo soy» .
«¡Señorita!», gritó Daisy, y en aquel mismo momento las nubes dejaron caer otro chaparrón .
Daisy y yo abrimos la sombrilla, pero de poco sirvió.
En la orilla y entre los barcos de espectadores se abrieron también multitud de paraguas y sombrillas.
Tú dejaste que la lluvia te empapara. El agua oscureció tu pelo rubio y te lo aplastó sobre la frente.
Te refugiaste conmigo. Por debajo de mi sombrilla, bajo el rugido de la lluvia, pasamos apenas un instante en nuestro diminuto mundo .
Estabas a escasos centímetros de mí. Nuestra respiración se acompasó .
Me acerqué a ti, nuestros labios se rozaron y noté como si el sol explotara dentro de mí .
Pero si la lluvia había empezado de improviso, acabó igual de rápido .
Las risas y la vida regresaron y nos sacaron de aquel momento de recogimiento, que se rompió. Todo volvía a ser como hacía unos minutos…, pero también era diferente .
Daisy hizo un sonido para desaprobar lo cerca que estábamos el uno del otro y tú, como eras un caballero, la miraste, asentiste, volviste a ponerte de pie y nos llevaste, como un gran patrón, hasta la orilla .
Cuando llegamos, saltaste del bote y me ayudaste a mí primero y luego a Daisy a desembarcar en la pradera de Fawley .
«¿Damos un paseo?», me preguntaste .
Aún te goteaba agua del pelo y pasé el brazo alrededor del tuyo. Daisy nos seguía…, mi constante e irritante sombra .
Sonó el primer disparo para los botes de remos de diamante, la señal para que empezara la carrera .
«¡Oh, señorita! –dijo Daisy mientras se frotaba las manos–, ¿podemos quedarnos a mirar?» .
Vi que en ella se estaba produciendo un conflicto, pero también vi una oportunidad .
«Por supuesto» .
Me miraste raro .
Debían de haber levantado la bandera roja en la línea de salida, porque, unos momentos después, sonó un segundo disparo para pedir a los espectadores que dejaran sitio para los participantes.
La de los diamantes era una carrera más lenta que la de ochos y cuatros, así que sabía muy bien con qué tiempo contábamos .
Daisy, junto con todas las personas que estaban en la orilla, volvió la atención al río .
Tú también viste la oportunidad en ese momento y me cogiste de la mano. Nos alejamos de la multitud y emprendimos un paseo por la pradera .
«¿Qué estaba haciendo usted cuando lo he visto en el bote? –te pregunté mientras caminábamos–. A lo del lápiz y el papel, me refiero. Parecía que estuviera muy concentrado» .
Sonreíste, sacaste el papel del bolsillo y me lo diste.
Eran unas instrucciones. Creo recordar que decían algo así como: «Las iniciales de los siguientes objetos conforman el nombre de una ciudad y las finales, leídas de abajo arriba, son el nombre del río que la recorre».
Entonces había una serie de pistas y, junto a ellas, la forma de una especie de crucigrama .
«Es un damero doble –respondiste con cierta timidez–. Me encantan los juegos de palabras. Son entretenidos» .
«Pero no lo ha terminado» .
«Estaba bloqueado y me han interrumpido» .
Señalaste una pista y la leí en alto:
«Me ves en la oscuridad, me desvanezco con la luz. ¿Qué soy?» .
En un primer momento pensé que sería la luna, pero no encajaba. Se me ocurrió enseguida:
«¡Las estrellas!», exclamé, y te devolví el papel .
Sacaste el lápiz y rellenaste el damero. Vi que no lo habías resuelto del todo, que aún tenías que descubrir a qué hacían referencia algunas pistas más .
«La solución es “París” y “el Sena”», te dije, y me miraste sorprendido y sonreíste .
«Sí, pero algunas pistas aún están por resolver. Hasta que no las haya resuelto todas, el damero no estará acabado» .
«Aunque sepa la respuesta, ¿sigue queriendo resolver las pistas?» .
Me miraste como si acabara de decir una locura .
«¡Por supuesto! No soy de los que buscan atajos y los retos no me detienen» .