Capítulo 28 #3
En ese mismo instante, mientras Fane me daba la espalda, cogí la estatuilla. Apenas contaba con un instante.
–¡Qué biblioteca tan bonita! –comenté demasiado alto, con un tono muy forzado, pero esperaba que no le llamara la atención–. ¡Y esta estatuilla! ¿Es uno de los toros de Cólquida?
Levanté la mano izquierda y la bajé a toda prisa. Los cuernos apuntados de la estatuilla se me clavaron en la palma y noté un dolor agudo que me recorría el cuerpo.
Contuve un grito y, por un momento, cerré los ojos y vi las estrellas.
–Otra de las rarezas de mi padre –comentó Fane por encima del hombro mientras dejaba el Bell de nuevo en su lugar.
–¡Ay! –grité con los dientes apretados y con la mano latiéndome con fuerza. La cerré para no sangrar tanto, pero sentí cómo el líquido templado y pegajoso empezaba a salir.
Fane se dio la vuelta y abrió los ojos de par en par nada más verme.
–¡¿Pero qué ha sucedido?! –Se acercó a mí a toda prisa e, igual que si tuviera una cuerda atada a la espalda, se apartó en cuanto me vio la mano y la fina línea de sangre que me corría por la palma.
–Estaba admirando la estatua y, sin querer, se me ha caído. He ido a cogerla antes de que cayera al suelo y… y… ¿Podría traerme unas vendas para la mano y un poco de brandi, si es posible, para los nervios?
Fane me miraba la herida tapándose la boca con una mano. Me pareció que estaba a punto de vomitar.
–¿Señor?
El hombre pasó de mirarme la mano a mirarme a mí.
Asintió, como si hablar le supusiera un gran esfuerzo, y se apartó un paso.
Abrí la mano, que me dolía, para ver la extensión de los daños.
Fue entonces cuando oí un golpe sordo y, al levantar la vista, vi que Ambrose Fane estaba tirado en el suelo, desmayado.
Por un momento no me moví porque el desmayo me había pillado por sorpresa, pero tampoco tardé en ponerme manos a la obra.
Me dolía la mano porque la herida era profunda y sentía el latido del corazón en la palma.
La sangre me corría por el brazo y la herida empezaba a picarme.
Sostuve la mano en alto y me moví a toda prisa.
En la cartera encontré un pañuelo y me lo até alrededor de la palma.
También saqué la chifla y me acerqué a la estantería.
Cogí el Bell y volví a toda velocidad al escritorio. No tenía ni idea de cuánto duraría aquel desmayo; podían ser horas, aunque también meros instantes. Lo único que tenía claro era que debía ser rápida.
Me valí del dorso de la mano izquierda para sujetar el libro como podía, torpemente, y deslicé la punta de la chifla por debajo de la guarda de la cubierta. Como había imaginado, cedió enseguida. De hecho, en cuestión de segundos había liberado la parte inferior.
Fane soltó un gruñido. Me quedé helada y dejé de mover la chifla. Notaba el latido del corazón en los oídos y también en la palma.
Pero no se despertó. Sentí que me quedaba sin aliento y volví al libro. Otro medio minuto y el borde vertical estaba también liberado. Saqué las páginas del interior, las doblé sin preindentles más atención y las introduje en el forro de la cartera.
Fue entonces cuando me entró el pánico, porque ¿¡cómo iba a restaurar la cubierta si no tenía cola!
? Miré en los dos cajones del escritorio, pero en ninguno de ellos había nada que me sirviera.
Fane volvió a gruñir. Solo se me ocurría una manera…
Lamí los bordes de la cubierta como si fuera un sobre.
La cola vieja sabía amarga y resultaba granulosa, pero con mi saliva fue suficiente para ablandarla.
Con la mano buena aplasté el papel para pegarlo, cerré el libro y apoyé mi peso en él para fijar la cola.
Me planteé llevármelo. Bien podía meterlo en la cartera y macharme de allí sin más.
Al fin y al cabo, el hombre del bombín marrón quería los libros.
El problema era que Fane sabría de inmediato que era yo la que se lo había robado.
Conocía mi nombre, mi profesión y dónde vivía.
Enviaría a la policía a por mí…, o algo peor, a unos matones que me eindentían esperando cuando llegara a Oxford. No, era mejor no hacer otro enemigo.
Con reticencia, dejé el libro en su sitio, busqué la campanita y, en cuanto la encontré, llamé a Bentham.
Me dolía muchísimo la mano. Tenía la sensación de que los cuernos del toro me hubieran raspado el hueso o de que me hubieran seccionado algo importante.
El dolor iba en aumento y la sangre ya había empapado el pañuelo.
Cerré la mano con fuerza y volví a levantarla al tiempo que intentaba ignorar el desagradable y constante latido.
Me arrodillé al lado de Fane y dije su nombre:
–Ambrose…
Seguía inconsciente. Lo sacudí por el hombro, pero no logré despertarlo. Lo zarandeé con más fuerza e insistí, solo que más alto:
–¡Ambrose!
Esta vez se movió, la puerta se abrió justo en ese momento y entró Bentham. El mayordomo se dio cuenta de inmediato de lo que había sucedido y puso los ojos en blanco.
–Voy a por las sales –dijo.
Bentham desapareció como visto y no visto y regresó enseguida con un botecito verde con un tapón. Abrió el botecito, lo puso debajo de la nariz de su señor y Fane gruñó de nuevo y parpadeó, pero volvió a cerrar los ojos.
–No pasa nada –me dijo el mayordomo con un tono de voz que me pareció que mostraba afecto por su señor. Señaló mi mano con la cabeza–. Deberíamos echarle un vistazo a eso.
No me opuse.
El mayordomo se pasó uno de los brazos de su insensible señor alrededor del cuello y lo levantó.
–Voy a llevarlo a la cama y después le curaremos la mano, no vaya a ser que vuelva a verla y se desmaye otra vez.
–Gracias.
–Sígame, la llevaré a la cocina.
Hice lo que me pedía y, cuando llegamos allí, me dijo que me sentara a la mesa de los criados. Una mujer con delantal, que deduje que sería la cocinera, levantó la vista de sus tareas –estaba cortando una pata de cordero– y vio a Bentham llevando en brazos a su señor.
–¿Sangre? –le preguntó la cocinera al mayordomo, y yo adelanté la mano para que viera que, en efecto, así era.
–Cúrela, por favor, señora Porter –le pidió Bentham mientras me señalaba con la cabeza y levantaba al señor Fane para sujetarlo mejor.
El delgaducho Ambrose Fane parecía un niño en brazos de su padre, cansado después de pasarse todo el día jugando.
La señora Porter me pidió que me sentara, se lavó las manos y se las secó en el delantal. Llenó un bol con agua de la tetera y le echó una pizca de lo que me pareció que debía de ser sal. A continuación, se sentó enfrente de mí y me cogió la mano.
Respiré hondo mientras la mujer desenvolvía mi vendaje improvisado.
–Esto lo tiraremos al fuego –dijo, y dejó el pañuelo a un lado. Me examinó la mano–. Es una herida fea, pero curará bien.
La cocinera me limpió la sangre en silencio y me agradó que así lo hiciera, porque lo cierto es que no me apetecía hablar.
Yo aún pensaba en mi estratagema, me daba la impresión de que Fane iba a aparecer enfadado por la puerta en cualquier momento, conocedor de lo que había hecho, y de que iba a pedirme las páginas.
Pero no sucedió.
Bentham no tardó en volver y, con tono afectado, como si estuviera recitando las frases de una obra de teatro, me dijo:
–El señor siente mucho eindent indispuesto y no va a poder seguir atendiéndola. Me ha pedido que me asegure de que está usted bien y que le diga que puede hacer uso de su carruaje.
–Por supuesto. Espero que se recupere.
La cocinera soltó una risita y comentó:
–No hay cura para el mal que lo aqueja.
–Señora Pooorter… –dijo Bentham con tono de advertencia.
La mujer me vendó la mano con un trozo de tela limpio y lo ató con fuerza.
–Bueno, señorita, pues ya está.
Me sentía mejor y ya no notaba con tanta fuerza el latido del corazón en la mano.
–Gracias a ambos.
Bentham me escoltó hasta el carruaje, que me esperaba frente a la puerta principal, y le ordenó al cochero, por indicación mía, que me llevara a la estación de tren.
Sentí que me quitaba un gran peso de encima…
, pero otro me cayó enseguida, porque tenía las páginas del libro, pero no el libro.
Oxford ya no era ese hogar seguro del que me había ido.
No tenía trabajo ni tenía pistas de cómo dar con los otros dos libros…
Además, mi padre… No me atrevía a plantearme qué podría haber sido de él.
Me senté en el incómodo asiento del tren y esperé a que partiera. Iba a ser un largo camino a casa y tan solo tenía una cosa con la que entretenerme.