Capítulo 28 #2
Fane empujó las puertas y estas se abrieron con un suspiro fuerte.
Daban a un espacio amplio, aunque no se parecía a ninguna biblioteca que hubiera visto.
Había libros en las paredes, algunos protegidos con cristal.
Una de las secciones estaba cerrada con…
cadenas. Sentí que se me hacía un nudo en el estómago.
En el centro de la habitación había una tarima cuadrada de dos escalones de altura y en la que cabría una decena de personas.
A cada uno de los cuatro lados de la tarima había candelabros altos con decenas de velas.
En las esquinas traseras de la tarima había dos estatuas de caballos encabritados, a mi entender, de tamaño natural.
Una alfombra de color rojo sangre iba desde las puertas hasta la tarima y enseguida me pareció que aquello tenía que ser un altar.
–Esta…
–No se alarme, Lilian. Esta estancia no es sino un lugar de encuentro para personas que pensamos de manera similar. A veces nos disfrazamos, pero solo para pasárnoslo bien, porque nuestros tratos son puramente académicos.
Me obligué a sonreír y lo seguí al interior de la estancia.
Casi siempre, cuando entraba en una biblioteca, se apoderaba de mí una sensación de calma, dado que los libros eran lo que más me confortaba; sin embargo, aquella biblioteca estaba consiguiendo lo contrario y tenía ganas de echar a correr.
En aquella estancia había una energía extraña, como una electricidad en el aire, como si se acercara una tormenta.
Sentí otro escalofrío y este tampoco tenía nada que ver con el frío.
La imagen de las puertas me había asustado, pero, si no quería que eso se convirtiera en mi futuro, tenía que concentrarme.
–Esta es la Colección Burford –comenté–. He leído al respecto.
–Y ¿qué ha leído?
–Que tiene usted la única copia conocida de la primera impresión del Malleus Maleficarum y una primera edición del Formicarius de Nider.
Fane hizo un gesto con la mano como si se mostrase disgustado.
–Los libros de mi padre. El hombre estaba obsesionado con las brujas. Me pregunto si pensaba que podría invocar al diablo para que lo salvara de sus malas inversiones. Yo estoy más interesado en las delicias terrenales.
Me llevó a una de las estanterías y sacó un volumen fino.
–El I Modi . La edición de Veneziano –me dijo como si diera por descontado que debía conocer el libro.
Era antiguo, del siglo XVI , encuadernado con una piel pálida. Lo abrí y me sentí agredida por aquellos grabados tan gráficos del coito. Me puse colorada y lo cerré. Fane me lo cogió de las manos y lo dejó en su sitio.
Me dio la sensación de que le satisfacía haberme violentado y empezó a recorrer las baldas y a mencionar otros títulos:
–Tengo una primera edición de Fanny Hill , la traducción de 1683 de Venus en el claustro , cuatro ediciones diferentes del Decamerón y una copia preciosa del Satiricón .
Está incompleta, sí, dado que es romana y estuvo perdida, pero es fascinante, con ese hombre impotente y su catamita… ¿Ha oído hablar del libro?
A medida que su emoción aumentaba, también aumentaba mi incomodidad. No es que yo fuera una puritana, pero aquello ponía a prueba incluso mis límites.
–Siento mostrarme impaciente, señor, pero ¿y el Bell?
Fane entornó los ojos. Era la primera vez que veía que se molestara. A un coleccionista no hay nada que le guste más que enseñar su colección.
–Permítame un momento más, que no es habitual que entre otro bibliófilo en mi santuario.
Fane cruzó la estancia, subió una escalera hasta una balda alta y pasó el dedo por varios lomos antes de dar con el que estaba buscando. Sacó el volumen, bajó de la escalera y vino de nuevo hasta donde estaba yo.
Me lo tendió y se mantuvo a la espera.
Estaba encuadernado en cuero marroquí de color granate con unos motivos decorativos dorados y sencillos y tenía bandas en el lomo.
–Nathaniel Hawthorne –leí–. La letra escarlata .
–¿Lo conoce?
–Lo he leído, sí, pero no entiendo…
Me cogió el libro y abrió la contracubierta.
–Esta es una edición más nueva. De los años sesenta. Giró el libro hacia mí señalando la esquina inferior de la cubierta.
–Mire.
Movió el libro para que le diera mejor la luz y lo vi. Eran las iniciales del encuadernador, encerradas en una caja ¡e idénticas a las de los libros de Bell!
–Es el mismo encuadernador… –comenté.
–Cuando me las mencionó usted anoche, las iniciales me sonaron, pero había bebido bastante vino ya y no me acordaba bien.
Ahora, en cambio, a la fría luz del día, sí.
Mi padre se valió de este encuadernador para varios de sus libros.
Los hay a decenas en esta biblioteca. Mi padre decía que le gustaba el «estilo sutil», algo que yo aborrezco, ¡qué duda cabe!
–Y ¿sabe de quién se trata?
–Yo diría que se llamaba Felix… –Fane frunció el ceño, como pensativo–. Grouch o Gauch. ¡Sí, Gauch! Eso es. –Se le iluminó la mirada al recordar el nombre completo–: Felix Fidelius Gauch. Mi padre y él eran amigos, o tan amigo como puede ser uno de un comerciante, claro.
–Y ¿sabe dónde puedo encontrarlo?
–Diría que ese hombre ya era anciano cuando yo era un bebé.
Seguro que a estas alturas no es sino polvo y huesos.
Ahora bien, si no me equivoco, creo que trabajaba en un taller de encuadernación de Londres que allá por los años treinta y cuarenta tenía todo tipo de clientes carentes de imaginación, pero con los bolsillos llenos.
–Y ¿sabe en cuál?
Negó con la cabeza.
–¿Y su padre? –Empezaba a desesperarme.
–Me temo que también está muerto.
–Pero en sus papeles… cabe la posibilidad de que haya correspondencia.
Había ido demasiado lejos y lo vi en la cara de Fane, que arrugó el ceño.
–El despacho de mi padre ha estado cerrado desde que murió y no pienso entrar en él. –Fane miró una puerta que había en la propia biblioteca, al fondo.
–Y… ¿podría entrar yo?
Se mostró horrorizado.
–Es usted de lo más impertinente, señorita Delaney, ¿no le parece?
–No es la primera vez que me lo dicen…, y cosas peores. Sencillamente…, estoy desesperada. La vida de mi padre y la de otras personas a las que quiero dependen de que encuentre esos libros de Bell.
–Lo cierto es que no sé qué pensar de usted.
–Eso también me lo han dicho.
Hice un esfuerzo por sonreír y Fane se relajó un poco.
–Supongo que querrá ver mi Bell.
–Con todas mis fuerzas.
Lo seguí a otra zona de la biblioteca. Aquel rincón parecía reservado a las obras más modernas.
Los lomos eran más coloridos, la edad no los había desgastado y las rotulaciones de oro resplandecían.
Fui leyendo los títulos a medida que pasaba: novelas de Dickens, Haggard y Twain.
Poesía de Rilke, Whitman y Wilde. Entonces llegamos a una estantería con los Bell.
Allí había veinte –puede que más– volúmenes finos con una encuadernación roja, igual que el que había visto fuera de la librería de Watkins en el pasaje Cecil.
–¡Cuántos…! –murmuré mientras pasaba la mano por los lomos sin darme cuenta de que lo estaba haciendo.
–Pero no los suficientes. Los leía cuando era pequeño. Sé que no pueden considerarse precisamente alimento para la mente, aunque sí son azúcar para el alma.
Al final de la estantería había un volumen algo más grande y encuadernado con ese cuero de color púrpura oscuro que tan familiar me resultaba a estas alturas. Sentí una emoción que me recorría todo el cuerpo y tuve que obligarme a no cogerlo de golpe.
Fane lo sacó y lo tuvo en las manos un momento, como si no quisiera separarse de él.
Al cabo de un rato, me lo entregó y me señaló un escritorio cercano para que me sentara.
Cogiendo el libro como si se tratara de un jarrón resquebrajado que pudiera romperse en cualquier momento, me senté al escritorio e intenté calmar mi respiración acelerada.
Comprobé el libro como había hecho con los demás. Se titulaba Nana para el zarévich y era del año 1851. Por detrás, los puntos:
* *
*
* *
Aquel era el cuarto libro. Ya solo me faltaba dar con el segundo y con el sexto. Sentí casi al alcance de la mano poder salir de aquel embrollo y, además, era evidente que estaba en posesión de la verdad.
Noté que Fane me miraba. Observaba cada uno de mis movimientos y se asomaba por encima de mi hombro cada vez que le daba la sensación de que me veía descubrir algo.
La guarda del interior de la cubierta tenía el borde ligeramente levantado, por lo que era muy probable que hubiera páginas debajo.
No podía empezar a abrir el libro con Fane presente, dado que no le había contado lo de las páginas y el hombre no apartaba la vista del volumen.
El libro estaba en buenas condiciones, pero no tanto como el Jano .
Había bastante moho en la tripa y la unión de la primera página falsa, junto al cierre del lomo, era más visible.
Volví a centrarme en la guarda y pasé el dedo por sus bordes.
Allí no parecía que hubiera zonas más despegadas o bultos de cola, como en los otros.
Me valí de la uña para probar la fuerza con la que estaba pegada.
La esquina del papel se levantó con facilidad y cayeron restos de cola seca.
Estaba segura de que la guarda se separaría con facilidad…
, pero para hacerlo necesitaba que Fane me dejara a solas unos momentos.
–Yo diría que ya tiene lo que quiere –comentó Fane, y bostezó.
No dejaba de buscar soluciones a toda prisa.
¿Cómo podía ingeniármelas para pasar un rato a solas con el libro?
Miré por el escritorio en busca de algo…
, lo que fuera…, que me sirviera y vi los cuernecillos de una estatuilla de latón que representaba un toro.
Tragué saliva y flexioné los dedos de la mano para prepararme.
–Pues sí, gracias –respondí, y él me cogió el libro a toda prisa, lo cerró y volvió a la estantería en la que lo guardaba.