Capítulo 28
Me desperté y la habitación estaba poco iluminada.
Por entre las cortinas apenas pasaban unos finos rayos de luz.
Notaba los ojos hinchados, pero miré la hora en el reloj.
Eran las diez pasadas. ¡Cuánto había dormido!
Me apresuré, me vestí, me lavé la cara en la jofaina que había a un lado y abrí la puerta.
La chica tímida que me había traído la comida por la noche dormitaba, de pie, junto a una de las estatuas, y me pregunté cuánto tiempo llevaría allí.
La sensación de pánico que me había embargado fue desapareciendo y me aclaré la garganta para despertarla.
La chica se sobresaltó y abrió los ojos como platos.
–Disculpe, señorita. Me he quedado traspuesta.
Su acento era de la zona y resultaba agradable.
–Siento haber dormido hasta tan tarde. No sabía lo cansada que estaba.
Sonrió ligeramente.
–He de llevarla a desayunar.
La seguí por la casa. Resultaba evidente que Fane no quería a gente rondando por sus dominios…, ¿por lo que pudiéramos encontrar en rincones siniestros?
–¿Oyó usted gritos anoche? –le pregunté a la chica.
Me pareció que, de repente, se sentía incómoda.
–No podemos hablar de ello, señorita.
Lo había imaginado. Fane disfrutaba de su privacidad y la discreción de su personal era de importancia extrema. Me pregunté, teniendo en cuenta su reputación, cuántas de las historias que se contaban de él provendrían de sus invitados y cuántas de sus sirvientes.
La chica me llevó a un comedor donde había dos servicios dispuestos. Mi anfitrión no estaba allí y ambos platos estaban limpios, sin tocar.
–El señor no se ha levantado todavía –dijo la chica adelantándose a mi pregunta.
Bentham estaba al lado de una mesa larga cubierta de campanas de plata y boles con fruta cortada. El mayordomo sofocó un bostezo y me saludó con la cabeza.
La chica se balanceó sobre los talones y se marchó.
Yo me quedé allí, sin saber muy bien qué hacer, porque nunca había asistido a un desayuno como aquel y no tenía ni idea de cómo comportarme.
Me llegó el olor salado pero dulzón del beicon y me dolió el estómago.
Fui hasta donde estaba dispuesto uno de los dos servicios preguntándome si sería Bentham quien tenía que servirme, pero no me gustaba pensar así, por lo que me acerqué un paso a la comida…
y luego me alejé otro, porque ¿y si lo consideraban inadecuado?
Bentham se dio cuenta de que estaba confundida e hizo un gesto hacia el bufé y me dijo:
–Por favor, señorita Delaney, sírvase lo que le apetezca.
–Gracias –respondí aliviada, y fui a coger mi plato de la mesa. Bentham asintió.
Amablemente, el hombre levantó la primera campana y vi que debajo estaban las humeantes tiras de beicon.
Me indicó con la cabeza un par de pinzas de plata y llené mi plato un poco más de lo que me parecía adecuado.
La siguiente campana contenía sartas de salchichas grasientas y brillantes.
La siguiente, huevos revueltos tan esponjosos y con tal olor a mantequilla que parecían pepitas de oro.
Y había también arenque ahumado, gachas dulces, riñones que nadaban en salsa, tres tipos de pan, una tabla de quesos, infinitas frutas y una serie de confituras, mermeladas y miel.
Yo acostumbraba a desayunar un potaje y una tostada.
Aquello era puro vicio y, aunque me sentía fuera de lugar, decidí disfrutar de ello, dado que no tenía claro qué podría suceder cuando mi anfitrión despertara.
Volví a la mesa con el plato lleno.
Bentham apareció por detrás de mí mientras me sentaba.
–¿Té o café, señorita?
–Café, por favor.
Bentham fue a por una cafetera alta de plata con un pitorro largo y curvado y la puso delante de mí, junto con una lecherita que contendría leche o nata y un azucarero lleno de azúcar moreno. Acto seguido se apartó, de vuelta al lugar que tenía junto a la mesa, y me dejó desayunar.
Casi había terminado e iba por mi segunda taza de café cuando llegó Fane. Entró como deslizándose, me vio y dio un respingo.
–¡Oh! –exclamó, y se llevó la mano al pecho–. ¡Me había olvidado por completo de usted, señorita Delaney!
–No tengo muy claro qué pensar de eso –le respondí con un pedazo de beicon en la boca.
Se rio y se sentó enfrente de mí. Iba medio desnudo, con un batín de seda de estilo japonés con un diseño de grullas y un bosque de bambú.
Por debajo llevaba una camisa sin atar y unos pantalones cortos bombachos.
Llevaba el pelo suelto y le caía sobre los hombros con una onda pronunciada.
Tenía los ojos más oscuros, como si no hubiera dormido lo suficiente –y seguro que mucho no había dormido–.
Bostezó y levantó la mano para llamar la atención de Bentham.
El mayordomo le sirvió café y le trajo un plato de fruta. Fane cogió una uva, pero no se la comió.
–Espero que haya dormido usted bien –me dijo, y se me quedó mirando como si pretendiera valorar mi personalidad en función de la respuesta que le diera.
–Así es, de un tirón. Espero que su invitado también haya dormido bien. ¿Va a unirse a nosotros?
Sonrió y me pregunté si no me habría propasado.
–Por la mañana no.
–Gracias por su hospitalidad, señor Fane…
Levantó una mano para callarme.
–No, llámeme Ambrose.
–Pues Ambrose. No quiero parecer desagradecida, pero…
–Pero arde en deseos de ver mi libro.
Fane iba directo al grano y buscaba provocarme, pero no iba a bastar con una mirada lasciva y una elección capciosa del lenguaje para conseguirlo.
–En efecto. He de volver a Oxford para estar con mi padre.
Fane se metió la uva en la boca y, con el café en la mano, se levantó.
–Pues vamos, señorita.
Salió del comedor moviendo ostentosamente los brazos y el pelo y yo me puse de pie a toda prisa y lo seguí.
Me llevó por los anchos pasillos hasta la parte trasera de la casa.
El batín ondeaba por detrás de él. En cada parte de la misma había algo exquisito.
Las paredes estaban empapeladas con diseños brillantes e intricados, había estatuas de todos los tamaños en plintos y pedestales de inspiración romana, y mármol o alabastro blanco o negro por todos lados.
En los candelabros había velas a medio quemar y en todas las superficies se veía algo curioso: una talla en un hueso de ballena, un símbolo de una serpiente alrededor de una mujer, una máscara adornada con la cornamenta de un ciervo, un espejo que parecía que no reflejara nada en absoluto.
La casa estaba abarrotada y resultaba claustrofóbica a pesar de lo enorme que era.
Ambrose Fane había cogido los principios del movimiento estético y los había llevado al más fecundo de los extremos.
–Menuda casa tiene usted.
–Colecciono belleza de todo tipo y no la juzgo por sus formas.
Desde luego, a mí se me escapaba cómo alguien podía encontrar belleza en una mano momificada como la que acabábamos de dejar atrás. Fane me miró y sonrió. Había algo lobuno en sus ojos y, de repente, no tuve tan claro que fuera tan inofensivo como parecía.
Por fin llegamos a una puerta doble. Estábamos en la parte de atrás de la casa, lejos de donde habría dado por hecho que estaría la biblioteca, pero, claro, no parecía que Fane se plegase nunca a las expectativas.
Las puertas estaban adornadas con oro y había una escena detallada martillada en el metal.
Era una representación clásica de las puertas del cielo, con una escalera ascendente, un sol detrás que daba la bienvenida a las almas y san Pedro esperando…
, solo que este san Pedro tenía cuernos y llevaba una espada en vez de la llave de aquellas puertas.
Las almas, volando o flotando, algunas de ellas caminando, gritaban.
Una se arañaba la cara. Otra intentaba tirarse escaleras abajo.
Otra, quieta y de pie, llevaba un… bombín marrón.
Sentí que un escalofrío me recorría la espalda.
Cuando me acerqué para ver mejor la figura, me dio la sensación de que se volvía, me miraba directamente y de que su rostro era el del hombre del bombín marrón.
Aquellos ojos hambrientos. La promesa de la muerte.
Entonces sentí una mano en el hombro y pegué un bote.
–¿Está usted bien, Lilian? –me preguntó Fane con cara de no entender muy bien qué me sucedía.
Respiré hondo y volví a mirar la figura. Solo era un hombre…, sin bombín, sin ojos hambrientos.
–Disculpe.
–¿Qué es lo que ha visto?
Me dio la sensación de que su tono de voz implicaba que no era la primera que veía algo en aquellas puertas.
Negué con la cabeza y respondí:
–No, nada. Nada.
–Son las Puertas Malignas, traídas de una iglesia alemana en la que, supuestamente, se adoraba al mismísimo demonio.
–Son blasfemas…, pero preciosas. –Me obligué a decir aquella última palabra, porque yo, desde luego, no veía la belleza en ellas y en cosas así.
–Están malditas –dijo emocionado–. Se dice que le muestran a cada persona sus miedos y a los más afortunados, su futuro. Oscar me dijo, pocos años antes de que lo arrestaran, que había visto barrotes al otro lado de las puertas.
–Tiene usted unas posesiones muy interesantes, pero lo cierto es que a mí solo me interesa una de ellas.
–Directa al grano. Muy bien. Por aquí.