Capítulo 27 #2
–La satisfacción de saber que es usted quien está en lo cierto y no Montague. Hay una serie de libros de Bell con el título cambiado. Creo que son seis y, de hecho, yo he descubierto tres hasta la fecha.
Fane se inclinó hacia delante y sirvió más vino.
–¿Seis? ¿Está usted segura? Y ¿dónde están?
–Los otros dos me los han quitado.
–¿Se los han quitado?
El hombre estaba tan arrobado como yo en el relato, aunque cabía la posibilidad de que fuera el vino, dado que me había bebido la copa de un trago.
En cualquier caso, de repente me encontré contándole toda la historia.
Ambrose Fane era un hombre libertino que disfrutaba de la libre moral y de las búsquedas sensuales, como es habitual en aquellos que provienen de familias con mucho dinero, pero, desde luego, estaba claro que también era un amante de los libros.
Imaginé que se trataría de un admirador de Oscar Wilde, porque lo afectaba una decadencia al estilo de Dorian Gray, aunque le faltaba carisma.
Si bien le hablé de mi situación, de los libros y del hombre del bombín marrón, de que mi padre estaba en el hospital y de lo que significaban para mí aquellos ejemplares, no mencioné lo que contenían las guardas; eso me lo reservé.
Me fijaba en si se le caía la máscara, en si me revelaba el hombre que había tras ella, pero no sucedió.
Cuando acabé mi historia, apuré el resto del vino de mi copa y él enseguida volvió a llenarla.
–Y por eso estoy aquí y, aunque necesito el libro que tiene usted, no tengo medios para convencerlo de que me lo dé ni medios para comprárselo.
–Ciertamente –dijo mientras se toqueteaba los labios con el dedo índice.
Más vino. Mi cabeza nadaba en un mar plácido y cálido.
El silencio se extendió entre nosotros mientras Fane pensaba en mi historia y, justo cuando el hombre estaba a punto de hablar, llamaron a la puerta.
Me sobresalté y se me cayó el vino sobre la alfombra, pero la mancha se perdió por completo en el patrón.
–¿Sí? –ladró Fane, y la puerta se abrió y entró Bentham, el mayordomo.
–Su… otro invitado está en el pasillo, señor.
Fane echaba chispas por los ojos.
–¡Que espere!
El mayordomo se marchó sin reverencia ni nada. Me dio la sensación de que no aprobaba el estilo de vida de su señor.
–¿Volverá usted mañana? –me preguntó Fane–. Le enseñaré el libro. ¿Dónde se aloja? Le enviaré un carruaje.
De repente me sentí avergonzada.
–No tengo dónde alojarme. Esperaba que pudiéramos concluir nuestra empresa esta misma noche y había pensado en dormir en la estación hasta poder coger el primer tren que salga por la mañana hacia el sur.
Fane puso cara de pavor.
–¡Por Dios, no, no, no! ¡Se queda usted aquí!
–No, no debo… –La idea me resultaba, al mismo tiempo, emocionante y repulsiva.
–Insisto. En esta casa tengo un decena de dormitorios que rara vez se utilizan. Lo único que le pido es que permanezca en su habitación…, oiga lo que oiga. ¿Tiene usted ropa? Me refiero a ropa de noche, claro.
Negué con la cabeza y fruncí los labios.
–Bueno, pues nosotros tenemos de sobra. Bentham la atenderá.
–Se lo agradezco mucho, pero no… –Intenté no pensar en eso que me había dicho de que no saliera de mi habitación…, oyera lo que oyera.
Fane adelantó la mano.
–Puedo ser muchas cosas, señorita, pero nadie podrá acusarme de ser un mal anfitrión. Se queda usted aquí y mañana mismo reanudaremos la conversación.
Asentí, más agradecida de lo que imaginaba, dado que la idea de dormir en un banco de la estación de tren de Birmingham me aterraba. Seguí a Fane a la puerta y me hizo una señal con la mano para que saliera. Él se quedó atrás y se miró en un espejo que había cerca y se adecentó la camisa y el pelo.
Bentham esperaba a una distancia respetable de la puerta del salón, ocupado con una uña.
–Bentham –dijo Fane, y el hombre levantó la vista, pero no se puso recto, como cabría esperar–, la señorita Delaney va a quedarse con nosotros esta noche. Dele de cenar y algo de ropa. Alójela en la habitación Dee. –Fane me cogió la mano y me la besó–. Hasta mañana.
Me obligué a sonreír, dado que la sensación de sus labios sobre mi piel hizo que se me revolviera el estómago.
Bentham me hizo un gesto y dijo:
–Por aquí, señorita.
Fane se quedó atrás moviendo las caderas –el libertino había vuelto–. Seguí al mayordomo hasta el recibidor y vi por el rabillo del ojo a Fane y a su invitado –un hombre vestido con una capa púrpura– desaparecer por el pasillo. Sus risas resonaban en el mármol.
Bentham me precedió por la gran escalera.
La barandilla estaba soportada por una serie de querubines rechonchos y demonios rampantes.
En lo alto, donde se dividía la escalera y se extendía cada una hacia un lado, la estatua de Júpiter aguardaba erecta.
Me quedé un momento mirando la anatomía del dios –ahora que el vino me había quitado la vergüenza–.
Me resultaba increíble que alguien hubiera esculpido una cosa así, pero supuse que siempre se puede conseguir lo que uno quiere cuando se paga el dinero adecuado.
Seguí a Bentham hasta el primer piso, donde había una balconada desde la que se veía todo el recibidor.
En aquella segunda planta había pasillos y puertas, y más estatuas de dioses, de sátiros y de ninfas adornaban las alcobas.
La alfombra era suave y no se hacía nada de ruido al andar.
Aquí y allí había desperdigadas mesitas estrechas y, sobre ellas, estatuas con símbolos esotéricos: un ternero de oro, un uróboro tallado en piedra negra, una pirámide con un ojo en lo alto y, en la mesita que más cerca estaba de la habitación que me habían asignado, una intricada estrella de siete puntas en lo alto de un pedestal.
La estrella tenía runas y símbolos que no era capaz de reconocer, pero me daban escalofríos solo de mirarlos.
Lo oculto y lo carnal iban de la mano en aquella casa y empecé a imaginar rituales de gente enmascarada y bacanales en los que participarían miembros de la alta sociedad.
Frente a la puerta de la habitación en la que iba a dormir sentí un escalofrío al ver un símbolo grabado en la madera y rellenado con oro.
Estaba hecho con líneas sencillas y enseguida me di cuenta de que se trataba de la mónada de John Dee, su glifo místico.
Parecía una figura humana con la cabeza redonda y cuernos.
Aquello me trajo un recuerdo a la cabeza.
Al principio, cuando estaba aprendiendo a encuadernar, había ayudado al señor Caxton a coser un volumen que trataba de las obras de Dee para un estudioso de las artes místicas, y, aunque el señor Caxton no era aficionado al misticismo, sí era admirador de la poesía de Dee y a menudo la leía en alto en el taller, por mucho que yo protestara.
–¿Señorita? –Bentham había abierto la puerta y estaba esperando a que entrara.
–Disculpe –murmuré, y entré.
Me sentía cansada por lo largo que había sido el día y, sin duda, por la intensidad del vino.
Bentham encendió una lámpara.
–Hay camisones en el armario y voy a pedirle a la cocinera que le prepare algo de comer.
–Gracias. Se lo agradezco mucho.
Pero el hombre ya estaba cerrando la puerta antes de que acabara de decirle aquellas palabras.
Una lámpara iluminaba la habitación con un brillo agradable.
Después de la estética del resto de la casa, esperaba que me hicieran dormir en un antro de perversión, pero no había nada raro en aquel dormitorio.
Las paredes estaban cubiertas con uno de los papeles más sencillos de Morris, un patrón precioso de claveles acompañados de florecillas sobre un fondo rojo.
La cama estaba tallada con ornamentación y era de una madera similar al mármol cuyo nombre desconocía y el lacado brillaba a la luz de la lámpara.
El armario y el tocador eran del mismo juego.
En las paredes había cuadros de mujeres pálidas con vestidos caros y coloridos entre los que había palmeritas de tronco arqueado en elaborados tiestos de latón.
Llamaron a mi puerta. Era una chica, que me traía una bandeja con emparedados y fruta. Parecía muy tímida, no se atrevió a mirarme y se marchó tan rápidamente como había venido. Aquello me hizo pensar qué sería lo que acontecía en aquella casa después de que cayera la noche.
No era tarde –posiblemente no fueran más de las ocho– para cuando acabé de cenar.
La calidez de la estancia y del vino fueron haciéndome efecto y, de repente, me sentí lo suficientemente cansada para dormir.
En el armario encontré varios camisones, todos ellos estaban limpios y olían a fresco; un salto de cama de seda y, al fondo, tres batas negras.
Cogí una. Era muy grande, tenía una capucha enorme y mangas largas y di por hecho que se pretendía que cubriera por completo a quien se la pusiera.
Fane me había dicho que permaneciera en la habitación oyera lo que oyera.
Me estremecí y dejé la bata en su sitio a toda prisa.
Con uno de los camisones puesto, me metí en la cama y me sentí de lo más a gusto bajo el edredón. Aquella era, de lejos, la cama más cómoda en la que había dormido y, en cuestión de minutos, el vino, el día y todo lo que le había precedido pudieron conmigo. Se me cerraron los ojos y llegó el sueño.
Me despertaron unos gritos; los gritos de un hombre desde algún punto de la casa.
Me incorporé a toda prisa, corrí a la puerta y la abrí de golpe. El pasillo estaba a oscuras y lleno de sombras desconocidas. No me atreví a poner un pie fuera de la habitación.
Fane había dicho «oyera lo que oyera». Por mucho que ansiara ir a ver de dónde provenían aquellos gritos –porque ¿y si estaban asesinando a mi anfitrión?
–, me obligué a conformarme con escuchar.
Me pareció que los gritos subían y bajaban como si se tratase de una respiración…
y, desde luego, quienquiera que estuviera emitiéndolos no pedía que su tormento acabara; no gritaba que pararan… , solo gritaba.
Dudé en el umbral. ¿Qué estaba pasando? ¿Merecían tanto la pena los libros como para que estuviera viviendo aquello? De nuevo apareció en mi cabeza la imagen de mi padre en la cama del hospital. Ojalá no tuviera que cambiar esa imagen por verlo en un ataúd.
Cerré la puerta despacio, en silencio. El reloj de mesa que había sobre la repisa de la chimenea dio la medianoche y los gritos cesaron.
El silencio se volvió insoportable en mis oídos y, de pronto, oí lo que parecía la risa de un loco recorriendo toda la casa.
Volví a todo correr a la cama y me escondí bajo el edredón.
No volví a oír ningún ruido, pero esta segunda vez ya no conseguí dormirme con tanta facilidad.