Capítulo 27
La casa de Ambrose Fane estaba rodeada de un alto muro coronado con pinchos de hierro negro y la entrada era una alta verja de hierro.
Había una segunda entrada, por detrás, una puerta de servicio de madera firmemente cerrada.
Tuve que dar unas cuantas vueltas al muro antes de encontrar arrestos suficientes para llamar, pero es que el viaje en cabriolé desde la estación me había dejado casi sin dinero, puesto que el cochero me había hecho dar un enorme rodeo y me había hecho pagar por el «privilegio», amenazándome incluso con llamar a la policía si no le abonaba el viaje.
Me quedaba para el billete de vuelta a casa en tren y unos pocos peniques para comer…
, pero no tenía dinero suficiente para alojarme en una casa de huéspedes y, así, a las siete en punto llamé a la puerta de Fane.
Dejando de lado lo apropiado y lo inapropiado, estaba convencida de que, en cuanto supiera que tenía uno de aquellos libros de Bell, me dejaría entrar.
En la planta baja de la casa había unas pocas luces, si bien apenas servían para impedir que el edificio tuviera un aspecto lúgubre, tétrico.
De hecho, parecía que estuviera más a oscuras que las demás casas de aquella calle ancha y arbolada, cada una de ellas un reino en sí misma –reinos protegidos por verjas y muros altísimos–.
Resultó que la verja estaba abierta, sin duda, para facilitar la entrada de las visitas.
Di por hecho que el mayordomo la cerraría a partir de cierta hora.
Entré y recorrí el caminito que llevaba hasta la puerta principal.
El jardín, iluminado únicamente por las farolas de la calle y las luces de la casa, parecía bien cuidado y antiguo, si bien también daba la sensación de que estuviera lleno de sombras extrañas.
Los arbustos de boj estaban bien podados, aunque con formas bizarras, y daba la sensación de que representaran una especie de laberinto.
Parecía que el jardín llegara incluso más allá de los muros que contenían la propiedad, pero supuse que no debían de ser sino las sombras, que, engañosas, me hacían ver lo que no era.
Sea como fuere, no tenía ninguna intención de salirme del caminito para comprobarlo.
Una vez en la puerta llamé a la campana y la oí sonar en el interior de la casa.
La abrió un hombre de mejillas enrojecidas que andaría por los cuarenta. Entonces sucedió algo sorprendente: se me quedó mirando un momento y, sin mediar palabra, sin anunciarme…, ahogó un suspiro y se hizo a un lado para dejarme pasar.
–¿Y el señor? –le pregunté.
–Está en el salón –dijo el hombre (el mayordomo, sin duda) con tono de cansancio.
–En el salón –repetí sorprendida.
Otro largo suspiro y un tono de mayor cansancio si cabe:
–Por aquí.
Aunque no entendía qué estaba sucediendo, seguí al hombre por la casa.
¡Y menuda casa! La puerta principal daba a un gran recibidor de brillante mármol negro.
A los lados del recibidor había estatuas de piedra blanca o de oro que conformaban una avenida y lo animaban a uno a internarse más y más en la mansión.
Candelabros altos y dorados entre las estatuas convertían el recibidor en un lugar esotérico.
Al pasar por su lado me di cuenta de que las estatuas eran de corte clásico.
Había sátiros romanos y criaturas con cuernos retozando entre hombres y mujeres bellos.
Arriba, en los huecos que bordeaban el recibidor, se apreciaban estatuas de dioses romanos y al fondo, donde la escalera abrazaba la casa, se hallaba Júpiter, orgullosamente desnudo.
No hice nada por ocultar mi sonrojo, pero es que la situación en sí me tenía completamente distraída.
El que creía que era el mayordomo me llevó a una estancia, supuse que el salón.
El sitio era igual de grande y ornamentado.
Las paredes estaban forradas de un papel rojo aterciopelado con un patrón negro; del techo colgaba una lámpara de araña y había enormes plantas exóticas que no había visto en la vida por las esquinas y en las mesas.
Más estatuas, más pequeñas estas, pero sobre pedestales altos.
Cajas lacadas de estilo chino. Cortinas de terciopelo rojo.
Se desprendía un olor a incienso y a un humo dulzón como de tabaco que jamás había olido.
Sobre la repisa de la chimenea había un reloj descomunal con su esfera abrazada por dos ninfas pechugonas y en la chimenea ardía con fuerza un buen fuego.
En uno de los varios divanes mullidos se recostaba un hombre elegante con el cuello de la camisa abierto y aspecto de vividor.
La forma en que estaba recostado era rara –dudaba mucho que pudiera estar cómodo– y en una mano sostenía un pequeño volumen que me dio la impresión de que fingía leer, porque lo tenía sujeto boca abajo.
–Su invitada, señor –anunció el mayordomo, y me hizo entrar así, sin más.
El hombre, lánguido, desgarbado, afectando lo que pretendía ser sensualidad en la sonrisa, bajó el libro y me miró. La sonrisa se desvaneció de inmediato.
–No es a ti a quien he pedido… ¡Bentham! ¿¡Quién es…!? –Pero el mayordomo ya se había ido e incluso había cerrado la puerta.
Fane murmuró algo y bajó las piernas del diván.
–Lo siento, señorita, pero ha venido usted a la casa equivocada y debe marcharse.
Se levantó para tocar una campanilla que había junto a la chimenea y, de repente, conseguí salir de mi asombro.
–Es usted Ambrose Fane.
–Y usted no es quien he pedido.
–Creo que le va a interesar oír lo que tengo que contarle.
Fane se quedó parado, con la mano estirada hacia la campanilla.
Estaba claro que era un hombre curioso. Más joven de lo que había imaginado, andaría por los treinta y pocos, era delgado con poco o nada que destacar en lo físico.
Estaba bien afeitado –aunque tenía la pinta de que no le crecía la barba ni aunque lo intentara– y tenía el pelo largo y rizado, atado en una coleta con un lazo negro.
Ahora que me fijaba bien, llevaba la camisa medio desabrochada y vestía unos pantalones pasados de moda y medias como las que habría llevado un caballero hacía un siglo.
–Curioso –comentó mientras cruzaba los brazos–. ¿Quién es usted?
–Me llamo Lilian Delaney, soy encuadernadora en Oxford…
–me quedé esperando ver algo en su gesto que delatara que sabía quién era, pero no percibí nada y mi teoría de que se trataba del comprador que estaba detrás de todo lo que me estaba ocurriendo empezó a tambalearse– y tengo en mi poder un libro que creo que puede interesarle.
Enarcó una ceja.
–Oh… Y ¿de qué libro se trata?
–Se lo mostraré con una condición.
Al oírme decir aquello, sonrió.
–Y ¿de qué condición se trata?
–Si yo le enseño el mío, usted me enseña el suyo.
Volvió a elevar una ceja y en sus ojos apareció un brillo lascivo.
–Siento curiosidad.
Volvió al diván y me hizo un gesto para que me sentara en una silla que había enfrente. En la mesa, entre ambos, había un decantador con vino tinto y dos copas. Esperaba que quienquiera que tuviera que venir a visitarlo no fuera a llegar ya y nos interrumpiese.
El hombre tenía cierto aire afeminado y, a pesar de su reputación y de las inusuales circunstancias en las que nos encontrábamos, no me sentía amenazada, si bien sí un poco cohibida al ver que evaluaba mi apariencia.
Fane sirvió vino en ambas copas y me ofreció una de ellas. No me había dado cuenta de que estaba temblando hasta que la cogí. El vino, rico como la mantequilla, me entró con suma facilidad.
–Qué raro me resulta que venga usted a mi casa sin anunciarse y me hable de libros –comentó mientras sorbía el vino, que le coloreó los labios de rojo sangre y, por unos instantes, le dio aspecto de vampiro.
–Le pido disculpas por la intrusión. Me encuentro en una situación… extraña y necesito información…, si bien apenas puedo ofrecer nada a cambio.
–Y ¿cuál es esa información que busca… y cuál es ese volumen que va acompañado de una condición?
Metí la mano en la cartera, saqué el Jano y se lo tendí. El hombre lo cogió con cara de que aquello lo estaba entreteniendo, pero nada más ver el nombre del autor, me miró y vi que el vividor se convertía en el coleccionista.
–Un Bell.
–Un Bell que no debería existir –añadí.
Fane abrió la cubierta con un cuidado casi reverente.
– Jano en el ballet …, pero, no obstante, el texto es la historia de piratas.
Asentí.
– El Destino del Diablo , pero este título no está en el catálogo del editor.
Y mire aquí… –Me moví al borde de la silla y le señalé la esquina inferior del lomo, donde estaba ligeramente levantada la primera página–.
Está pegada. Alguien ha creado este libro a propósito.
El encuadernador utiliza las iniciales FFG, pero no he encontrado ningún encuadernador con dichas iniciales.
–¿Cómo ha hallado el libro?
–Este… –me arriesgué a mostrarme honesta– este lo he robado.
–¡Me sorprende usted, señorita!
–No le creo.
Soltó una risita.
– Touché . Y ¿por qué ha decidido venir a verme a mí?
–Porque usted tiene, o tenía, un Bell similar a este.
–Veo que ha investigado. Entiendo que ha ido a ver a Montague.
Asentí y saqué la carta de la cartera.
–Me ha dado esto. Así es como he dado con usted.
Fane no hizo nada por coger la carta. Se reclinó en el diván, pasó las páginas del libro, examinó el lomo y acarició las cubiertas como se acariciaría a un amante, tan lascivamente que a punto estuve de apartar la mirada, pero no quería perder de vista el libro.
–Ya ha visto el mío, ahora le toca a usted. Quiero examinar su Bell. ¿Aún lo conserva?
–Por supuesto… –Me miró por el rabillo del ojo–. Y ¿eso es todo lo que quiere?
–No exactamente. Quiero quedarme lo que encuentre en él.
El hombre frunció el ceño.
–No pienso desprenderme de él.
–Ni yo del mío, pero me quedaré lo que encuentre en él. ¿Trato hecho?
Fane me sostuvo la mirada un momento, luego se humedeció el labio superior, un labio fino.
–Y ¿qué saco yo de este trato?