La encuadernadora de Oxford Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

–Removiéndose en la tumba, Henry. –Luego le dio una calada a la pipa y sopló una columna de humo a la neblina que ya pesaba sobre la estancia–.

Recibimos una carta de un coleccionista de libros al que conocíamos y que se había encontrado con un Bell con un título tan emperifollado como los que ha comentado usted.

Algo de cantar…, de nanas… o alguna tontería de esas.

Estaba convencido de que era un Bell perdido que valía cientos de libras y de que le estábamos mintiendo.

–Otro imbécil –dijo Montague antes de volver a mostrarse enfurruñado.

–¿De quién se trataba? –les pregunté.

–Ay, señorita, nosotros no damos el nombre de nuestros clientes.

–¿Ni siquiera el de alguien como él?

Dotty entrecerró los ojos.

–¿Por qué está buscando esos libros? –me preguntó.

–¿La verdad?

La mujer asintió y Montague me miró de refilón.

–Mi padre es librero, ha sufrido el ataque de alguien que los quiere y debo encontrar el resto antes de que vuelva y lo mate.

Otra punzada de culpabilidad por haber dejado tanto sin atención e inacabado en Oxford.

Me pregunté si mi padre se habría despertado ya, si estaría solo, si seguiría inconsciente.

Dejé todas esas preocupaciones a un lado, cerradas en una caja dentro de mi corazón, y me concentré, porque, en ese momento, no había nada más importante que aquellos libros.

–¡Dios mío! –exclamó Dotty, y Montague y ella se miraron.

Me dio la sensación de que a aquellos dos les encantaba lo salaz y lo melodramático…, y no me equivocaba.

–¿Dice que ha sufrido un ataque? –Montague se apoyó en su escritorio.

Asentí.

–Ahora mismo se encuentra en el hospital.

–De vida o muerte –le dijo Dotty a Montague–. Tu padre aprobaría que lo hicieras en este caso.

Aquellos dos hablaban como si la mitad de la conversación tuviera lugar en su cabeza, como personas muy allegadas. Di por hecho que Dotty ya trabajaba allí cuando vivía el padre y que era la tía o algo así de Montague hijo –que hijo podría ser, pero de joven tenía ya bien poco–.

–Fane –dijo Montague.

El apellido me resultaba ligeramente familiar.

–Ambrose Fane –añadió Dotty–. Una persona repelente que, en cualquier caso, le aconsejaría que evitara, señorita.

–Fane…, ¿el de la Colección Burford? –les pregunté.

El señor Caxton también me había dicho que evitara aquella colección, pues contenía obras que se consideraban impropias tanto para damas como para caballeros.

La extraña pareja compartió otra mirada delante de mí.

–El mismo –contestó Montague–. Cuando dejamos de responder a sus cartas, Fane se personó en nuestra oficina con la exigencia de ver nuestro catálogo.

Un idiota de otra de las oficinas del edificio le permitió la entrada y Fane a punto estuvo de tirar nuestra puerta abajo a patadas. Dotty estaba asustadísima.

–No es así como yo lo recuerdo –soltó ella seca, y le dio otra calada a la pipa.

–Y ¿qué les dijo? –les pregunté.

Henry apuró la taza de té.

–Aseguraba que tenía un libro escrito por Bell del que nadie había oído hablar, igual que usted. Quería que le hiciéramos una carta de autentificación que dijera que era real y que valía una fortuna. No se la hicimos, claro está.

–Se marchó jurando que iba a arruinarnos –añadió Dotty–, pero han pasado años ¡y aquí seguimos! No hemos vuelto a saber nada de él.

–Y ¿saben dónde vive?

Otra mirada. Otra pausa.

–No debería ir. No es un buen hombre –dijo Montague cargando de desprecio cada una de las palabras.

–He lidiado con muchos tipos malos a lo largo de la vida y dudo mucho que este vaya a suponerme un problema. –Estaba tan cerca que empezaba a notárseme la impaciencia.

–Vive en Birmingham –comentó Dotty antes de desaparecer nuevamente tras las almenas de papel de su escritorio.

La oí mover documentos un rato, abrir y cerrar cajones.

Cuando asomó de nuevo, tenía una carta abierta en la mano–.

Esta es la última misiva que nos envió. No me siento en absoluto culpable por compartir su contenido con usted. No lloraría si el hombre se colgara.

Cogí la carta y leí el remite.

–¿Cómo es que la han guardado?

–Oh, aquí no somos mucho de tirar –respondió.

–Gracias, esto me sirve de muchísima más ayuda de la que imaginan. Gracias y no les molesto más.

–Eso, que estamos muy ocupados –soltó Montague, y cogió algunos papeles como para que me quedara claro que, en efecto, así era.

Dotty puso los ojos en blanco.

Guardé el Jano en la cartera y me puse de pie, lista para marcharme. Ninguno de los dos hizo ademán siquiera de acompañarme. Cuando llegué a la puerta, se me ocurrió:

–Por cierto: Abel Bell. ¿De quién se trata? –les pregunté.

–He ahí la cuestión –respondió Dotty.

–¡Sabía que era usted una de sus seguidoras! –exclamó Montague mientras se ponía de pie–. ¡Pues las personas merecen cierta privacidad!

Dotty hizo un gesto de desesperación al oír a Montague.

–¡Cállate, viejo chocho!

Sonreí.

–Si quisiera ponerme en contacto con él, ¿le harían llegar ustedes una carta?

–Lo haremos por su padre –respondió Dotty–. Ahora bien, no le prometo que vaya a recibir respuesta.

–Se lo agradezco. –Y me marché de la oficina.

No me había dado cuenta de lo cargado que estaba el ambiente allí dentro hasta que salí al pasillo, ni de lo lúgubre que era el edificio hasta que salí a la calle, parpadeando y aferrando la carta.

Volví a la estación de tren, aunque me perdí en dos ocasiones.

En un momento dado fui consciente de que estaba disfrutando del paseo.

La gente de Mánchester me había ayudado más de lo que esperaba y, de pronto, sentía cierta afinidad con la ciudad.

Decidí volver, para visitarla con calma, una vez que las circunstancias lo permitieran.

Tuve que esperar varias horas a que saliera un tren para Birmingham. De hecho, para cuando subí, era ya media tarde. Le pregunté al revisor cuánto duraba el viaje y me sentí descorazonada cuando me dijo que, en un buen día y con el viento a favor, más o menos tres horas y media.

–Pero es muy probable que tardemos cuatro –acabó diciendo, y se fue.

No llegaría hasta la noche ni tenía claro que me quedase dinero suficiente para pagar un alojamiento.

Me senté e intenté hacer a un lado los problemas que me acuciaban: lo de mi padre, lo del señor Caxton, lo de Harry…

, la incógnita de qué sería de mí al día siguiente…

La extraña pareja formada por Montague y Dotty me había advertido acerca del tal Fane, igual que el señor Caxton, y la valentía que había demostrado mientras estaba en la oficina de esos dos no había sido sino una fachada que, ahora que estaba sola, se había derrumbado por completo; una valentía a la que estaba reemplazando un frío puro y gélido.

El tren salió dando sacudidas de la estación de Mánchester y enseguida me di cuenta de que no tenía nada con lo que entretenerme.

No me apetecía leer de nuevo el Jano , así que me puse con la carta de Fane.

La misiva estaba llena de banalidades y amenazas y estaba escrita con un estilo ampuloso y estúpido.

Me pregunté si la persona que la redactó estaría cuerda.

Era una caligrafía enmarañada que marcaba el papel, escrita furiosamente con tinta negra y carente de la más mínima cortesía:

¡Montague, charlatán! Voy a encargarme de manchar su nombre de costa a costa.

Veré cómo usted y la arpía esa con la que trabaja se estrellan contra las rocas de su propia arrogancia.

Pienso conseguir lo que quiero, señor, y usted llorará cada vez que oiga mi nombre: Ambrose Fane, y vea que no es nadie a mi lado.

Ya puede usted postrarse ante mí y arrepentirse.

Prepáreme la autentificación del libro y olvidaré sus pecados, dado que soy una persona caritativa.

Mientras leía aquellas frases se me ocurrió una idea aterradora: Fane bien podía ser quien estuviera empleando al hombre del bombín marrón.

Era evidente que tenía una obsesión, que tenía mal carácter y que tenía dinero.

La Colección Burford era famosa por tratarse de una de las más valiosas del país, aunque no era una colección muy estimada, ya que los libros eran de naturaleza escabrosa y carnal, e incluso algunos volúmenes se consideraban terriblemente blasfemos.

Corría el rumor de que tenía un ejemplar de 1494 del Malleus Maleficarum de Koberger, la edición que Kramer había hecho del famoso y horripilante manual para cazar brujas.

Algunos incluso afirmaban que Fane tenía el libro en su mesita de noche.

A pocas personas fuera de ciertos círculos se les permitía la entrada a la colección, pero la reputación que Fane tenía de coleccionista sin escrúpulos llegaba muy lejos.

Me sentía pequeña, allí sentada, en el tren, y lo único que quería era irme a casa.

Quería huir de todo aquello y regresar a las tranquilas y seguras paredes de piedra caliza de Oxford.

Pero, claro…, ni eran seguras ni volverían a serlo hasta que aquel tema estuviera zanjado.

¿Sería esto lo que había sentido Grieves cuando buscaba los libros?

Charlie me contó que el comprador había hecho daño a un ser querido del librero.

En ese momento pensé que no habría sido sino una coincidencia o que Grieves era demasiado dramático.

Ahora, en cambio, tenía claro que el librero debía de haber sufrido.

Yo también estaba a punto de perder a un ser querido por culpa de aquellos libros; incluso cabía la posibilidad de que ya hubiera ocurrido y de que me esperasen muy malas noticias cuando regresara a casa.

Cerré los ojos y me obligué a dejar de pensar así.

Todo seguía como lo había dejado. Todo iba a salir bien.

Encontraría los libros, descubriría cuál había sido el destino de la joven y todo este asunto terminaría.

Si Fane estaba tan obsesionado con aquellos libros, que se los quedase…

, pero la historia que se oculta en ellos me pertenecía.