Capítulo 26
Tras veinte minutos de caminata por la ciudad, me encontré ante la puerta de Montague y Cliff, editores. Era un edificio común y corriente que nadie habría reconocido de no ser por el número de latón que había junto a la puerta.
Toqué la campana y esperé. Nadie abrió, así que volví a llamar, durante más rato esta vez.
En el interior oí por fin a alguien que bajaba como con hastío unas escaleras y, poco después, la puerta se abrió y ante mí apareció un hombrecillo enfadado que tenía aspecto de roedor.
Este se llevó unos anteojos a la nariz y me miró.
–¿Viene a entregar algo?
–No, señor, vengo a ver al señor Montague o al señor Cliff.
El hombrecillo enarcó las cejas y de inmediato se puso recto y se tiró de los tirantes, que llevaba sobre una camisa de color verde pastel.
–Yo soy Montague. Cliff está muerto.
–Oh, lo siento.
–No se preocupe, era un imbécil.
Esta vez fui yo la que enarcó las cejas, sorprendida por su manera de hablar, pero él no dio señal alguna de que lo considerase inapropiado ni me pareció que fuera a disculparse.
–Bueno, y ¿qué puedo hacer por usted, señorita…?
–Delaney. ¿Puedo pasar?
El hombrecillo parpadeó y miró a su alrededor como sorprendido de que aún nos encontráramos en el umbral.
–Sí, claro, adelante.
Montague me hizo pasar a un vestíbulo estrecho y en penumbra.
A uno y otro lado había dos puertas cerradas y, frente a la puerta principal, una escalera.
En la escalera había pilas de libros y cajas y tuve que esquivar lo uno y lo otro mientras seguía a Montague, que subía las escaleras como si fuera una cabra montesa.
Me sorprendió que el hombrecillo no se rompiera un tobillo o incluso el cuello.
En lo alto de las escaleras, un pasillo se internaba en el edificio y había puertas aquí y allá, cada una de las cuales tenía una placa a un lado con diferentes nombres. Enseguida me di cuenta de que Montague y Cliff no eran sino un pequeño negocio en un nido de negocios similares.
Montague se detuvo frente a una de las puertas.
–De lo que vea usted entre estas paredes no se puede hablar fuera de ellas. No quiero que Pearson se entere de en qué ando metido, ¿me ha entendido?
Asentí, y el excéntrico hombrecillo me dejó pasar.
¡Qué caos! De no ser por la expresión tranquila de mi anfitrión, habría pensado que habían entrado a robar en aquel lugar en dos ocasiones seguidas…
Papeles y libros ocupaban todas las superficies e incluso se amontonaban en pilas temblorosas por el suelo.
Me pareció que había tres escritorios, cada uno de ellos con montañas de hojas mecanografiadas tan altas y dispuestas de tal manera que hacía que las mesas parecieran las almenas de un castillo; debías ponerte de puntillas para ver lo que había al otro lado.
Dos ventanas dejaban entrar una luz aterradora –porque estaban cubiertas de papel amarillo– y el aire viciado, que olía a pipa, resultaba denso.
Había dos puertas, una a cada lado, una cocina y un baño –quizá– y las paredes estaban llenas de estanterías tan abarrotadas de libros que la madera se combaba por su peso.
Desde el interior del capullo que conformaba uno de los escritorios salían volutas de humo y se oía a alguien mecanografiar.
–¡Dotty! –graznó Montague, y una mujer apareció por un lado de las pilas de papeles con una pipa entre los dientes.
–¡Qué! –Era anciana y estaba encorvada, pero sus mejillas eran regordetas y de color rojo. En cuanto me vio, se subió los anteojos por la nariz para verme. Me sonrió–. ¿Una visita?
–Prepara un poco de té.
–No soy tu criada, Henry.
–Pero eres mi secretaria. ¡Vamos, mujer, o te pongo de patitas en la calle!
–No caerá esa breva… –musitó ella.
No tardé en darme cuenta de que era uno de los ladridos amistosos de su jefe.
Dotty se movía despacio, pero me daba la sensación de que lo hacía más para chinchar a Montague que porque no pudiera hacerlo más rápido.
Me recordaron un poco al señor Caxton y a mí y el pensamiento hizo que sintiera un pinchazo de culpabilidad al acordarme de lo que había hecho…
–Siéntese.
Montague me hizo un gesto con la mano hacia su propio escritorio.
Luego cogió una pila de manuscritos de una silla que yo ni siquiera había visto hasta entonces y los dejó caer sin ningún cuidado en una esquina.
La pila se movió a un lado y a otro, acabó por caerse y cubrió el único sitio libre que había en el suelo.
Montague se quedó mirando cómo sucedía, pero no se acercó a arreglar el desaguisado, sino que se limitó a apartar los manuscritos del paso con el pie.
Luego se sentó, aunque no antes de quitar otra pila de manuscritos del escritorio para que pudiéramos vernos.
Tosió, se puso recto y adoptó un aire profesional.
–Y bien, señorita Delaney, ¿en qué puedo ayudarla?
Ver cómo estaba la oficina me daba ganas de reír, pero me contuve.
–He venido a por información.
Montague cerró los ojos y su voz adoptó un tono monocorde:
–No acepto poesía ni teatro. Tan solo publico las mejores novelas y no pago nada a modo de adelanto.
Recibirá usted regalías una vez al año, pero solo una vez haya cubierto yo los costes de la edición.
Y soy un editor inflexible, señorita Delaney, con lo que quiero dejarle claro que no se me caerán los anillos si considero que he de decirle que hay que mejorar su texto.
Hum. Delaney. No es un apellido que emocione.
Lo cambiaremos. A ver, enséñeme su manuscrito.
Su discurso me dejó sorprendida y me vi obligada a tomarme un momento para recuperarme.
Justo cuando estaba a punto de hablar, Dotty regresó con dos tazas de té, aunque sin tetera, y las dejó en el escritorio sin ceremonias.
Las tazas tenían un cerco marrón alrededor del borde interior y estaban llenas con un líquido de color similar que olía fuerte y dulce, un olor agradable.
–El té –dijo la mujer, y volvió a su escritorio, para desaparecer enseguida tras los montones de papeles.
–Venga, señorita Delaney, dígame, ¿qué ha escrito?
–No es escritora, Henry –comentó Dotty sin reaparecer–, ¿no te das cuenta?
Montague me miró de nuevo, se puso bien las gafas y resopló.
–¿No es usted escritora?
–No, señor, soy encuadernadora y he venido para obtener información sobre Abel Bell.
–¿Es usted una de ellas?
–¿Cómo dice?
El hombrecillo se recostó.
–Una de las seguidoras de Bell. Mujeres obsesionadas con él vienen por aquí, llaman a mi puerta en busca de nuevos libros o porque quieren conocerlo. –Montague le dio un sorbo al té, que aún humeaba, y, de hecho, esbozó una mueca.
–No, señor, le prometo que no es el caso. La cuestión es que ha caído en mis manos un libro. –Saqué el Jano de la cartera y se lo tendí.
–Esta no es nuestra encuadernación.
–Y la primera página también es falsa.
Montague miró el interior y frunció el ceño. Hojeó el libro y al cabo de unos instantes de ponerse a leer una de las páginas dijo:
–Este libro es El Destino del Diablo , señorita. Explíquese.
–He tenido en mis manos otros dos como este. ¿Podría decirme si Bell escribió las novelas Granuja canta en un show y A él con devoción tal ? Tuvo que ser en los años cincuenta o antes.
El hombrecillo resopló.
–Títulos horribles. Yo jamás publicaría algo así, pero por aquel entonces era mi padre quien llevaba la editorial. Puede que lo hiciera él.
Fue hasta una estantería y de la balda de abajo del todo sacó un volumen que parecía un libro de registro.
Montague dejó el enorme libro en el escritorio y lo abrió.
En él había densas líneas manuscritas. Fue pasando páginas hasta que dio con la que andaba buscando.
Arriba del todo estaba el encabezamiento «Bell, Abel» y, por debajo, una lista de títulos.
Fue bajando el dedo por ellos, pasó la página y continuó hasta que llegó al final.
La última decena de títulos parecían más nuevos, como si los hubieran añadido recientemente.
–Ninguno de esos títulos está aquí y nuestros registros son exhaustivos; es una de nuestras señas de identidad.
Miré el caos que me rodeaba y decidí no poner en cuestión lo que acababa de decir Montague.
–Y ¿se le ocurre por qué alguien querría cambiar los títulos de esos libros?
–¡Para cometer fraude, qué duda cabe!
De detrás de las pilas de manuscritos del escritorio de Dotty salió un suspiro.
–No sé qué fraude se puede cometer así –le dije–, teniendo en cuenta que están incluidos el autor y el editor. Sería fácil comprobar su autenticidad.
–Canallas sin escrúpulos que intentan vender un viejo Bell como si fuera nuevo, qué duda cabe.
–Sí, bueno…, y ¿se ha encontrado usted alguno?
Montague soltó un resoplido y le dio otro trago al té. Yo le di un sorbo al mío para no parecer maleducada.
–No, y lo habría quemado de haberlo hecho.
Sentí que se me hundía el corazón.
–¡Ja! –soltó Dotty–. ¡Eres un cochino mentiroso, Henry Montague!
–¡Silencio, bruja!
La mujer se nos apareció por detrás de las montañas de papel.
–Tu padre se retorcería en la tumba si oyera cómo le mientes a la pobre chica.
–¿Se refiere a que han oído hablar de algún otro de estos libros? –les pregunté, intentando ocultar mi ansiedad.
Montague volvió a resoplar, cruzó los brazos y se ausentó de la conversación como un niño mimado.
Dotty se apoyó en el borde del escritorio.
–Debió de ser…, no sé, ¿hace cuánto, Henry? ¿Cinco años? ¿Seis?
El hombre resopló una vez más a modo de respuesta, pero apartó la vista. Ella le lanzó una mirada mordaz e insistió: