La encuadernadora de Oxford Capítulo 25
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Capítulo 25

El tren de la tarde a Mánchester no era precisamente un paseo rápido al norte; se tardaban muchas horas.

El vagón estaba bastante en silencio y tan solo se oía el agradable zumbido de las conversaciones.

Los pasajeros desenvolvían emparedados y abrían botellas de sidra, pero a mí no me apetecía pensar en comer ni en beber.

Intenté concentrarme en lo que tenía por delante en vez de en lo que había dejado atrás.

Aunque quedaba tal desastre tras de mí… Ahora bien, si conseguía salir de esta, dar con los libros, estaba segura de que podría arreglarlo todo cuando volviera.

Y a esa idea me aferré mientras el tren pasaba por bonitos campos rodeados de árboles desnudos y cubiertos por una niebla baja.

No tenía gran cosa con lo que entretenerme, así que volví a leer las páginas que habían estado escondidas en el Jano en el ballet y, una vez más…

, sentí que no podía respirar cuando acabé de leerlas.

Esta segunda lectura sirvió para reafirmarme en que tenía que dar con los libros –como si con la amenaza que acababa de recibir no fuera suficiente… –.

Curiosamente, Jano en el ballet empezaba con un viaje por mar:

Todo empezó en los muelles de Liverpool hace ya unos años, donde yo, un chico de catorce años, y Genny, una chica a la que conocía y admiraba, robamos una pata de cordero.

La cuestión es que no nos fijamos bien y no vimos a los tres jóvenes hermanos que acompañaban a su padre en el puesto del mercado del que robamos el cordero y que nos persiguieron a Genny y a mí por los muelles.

–¡Tira la pata! –le dije a Genny, pero no quiso hacerlo… y después me alegré de que no lo hubiera hecho.

Por fin nos escondimos en la bodega de un barco. Genny respiraba con fuerza y sujetaba la pata de cordero contra el pecho. Oímos a los tres hermanos en cubierta y nos escondimos debajo de unos sacos que había detrás de unos barriles de panceta salada.

Genny y yo acabamos quedándonos dormidos en aquella guarida improvisada y lo siguiente que recuerdo es que un tipo con pinta de duro, un diente de oro y la piel curtida, del color de la nuez, tiraba de nosotros por el cuello de la camisa.

El hombre tenía el pelo grasiento y le caía sobre los ojos y sobre la camisola, que llevaba muy manchada.

Resulta que nos encontrábamos en un barco de piratas…, ¡y qué brutos eran! Gruñendo fieramente y espada en mano, nos llevaron a la cubierta, donde nos esperaba el capitán, un hombre con un largo abrigo azul y un sombrero de ala ancha lleno de plumas.

Y he dicho que me alegré de que Genny hubiera decidido quedarse con la pata de cordero porque, cuando se la ofreció al capitán, este nos perdonó la vida, porque la aceptó ¡diciendo que aquella era su carne preferida!

Y así es como Genny y yo pasamos a formar parte de la tripulación del Destino del Diablo, el barco con peor reputación de la flota pirata.

Dejé el libro un momento. Esperaba que se tratara de un romance: dos amantes, separados, puede que uno con algo que ver con la danza, tal y como sugería el título.

Esta, en cambio, era una historia de aventuras, ¡una historia de piratas!

Puede que el romance fuera entre Genny y el narrador, aunque no alcanzaba a entender cómo era posible que permitieran quedarse en el barco a una mujer en vez de tirarla por la borda cuando por todos era sabido que se consideraba de mal agüero llevar mujeres a bordo.

Supuse que Abel Bell no estaba muy interesado en el realismo.

De una u otra forma, de pronto me di cuenta de que la historia me había enganchado.

Seguí leyendo sus aventuras en el Caribe, en la ciudad de bucaneros de Nassau, el coqueteo entre Genny y un joven miembro de la tripulación.

La historia iba relatando el paso de varios años hasta que, al final, daba un giro brusco y se convertía en una historia de fantasmas en la que el Destino se quedaba atrapado en la zona de calmas ecuatoriales y de entre la niebla salía un barco hundido hacía tiempo y con una tripulación fantasma.

Leí el libro hasta el final, del tirón, y no paré sino para cambiar de tren.

Cuando acabé la última página aún faltaba un ratito para llegar a Mánchester, dado que el tren tenía que detenerse en Wellington para desacoplar un vagón.

El autor no concluía la confesión de Nathaniel ni resolvía la idea de que el joven estuviera contando su historia en una sala llena de hombres, muy posiblemente en un juicio, pero tampoco importaba; la historia era entretenida y ahora entendía por qué William Heathfield había disfrutado con las novelas de Bell.

En cualquier caso, ¿por qué el título no tenía nada que ver con la historia?

Volví a la primera página. Había un título, un autor, unos editores y una fecha, igual que en los demás libros, con la diferencia de que este tenía más moho.

Examiné cada centímetro cuadrado de la página y entonces la vi, junto a la unión con el lomo…

, una línea casi invisible. Incliné el libro para que la luz de las lámparas se reflejara en ella y así la vi más claramente.

La primera página estaba pegada; no era parte de la impresión original.

Lo habían hecho con gran pericia, con la intención de que no se viera, pero, con el paso del tiempo, algo de agua había llegado hasta ese papel, había disuelto la cola y, aunque muy poco, casi imperceptiblemente, había levantado la página extraña.

No recordaba haber visto nada así en el Granuja –probablemente debido a los daños producidos por el fuego– y en el Devoción ni siquiera había mirado –y ahora no tenía el libro y ya no podía comprobarlo–.

La habilidad para pegar la página y esconder tan bien la unión dejaba claro que aquello lo había hecho alguien con talento no solo para la encuadernación.

El señor Chand había dicho que el libro no aparecía en el listado de los editores y empecé a albergar la sospecha de que ninguno de los que había encontrado hasta el momento aparecería.

¿Cabía la posibilidad de que la joven hubiera elegido estos libros, que les hubiera cambiado el título y que hubiera ocultado su historia en ellos para dárselos a William?

Pero ¿por qué? No dejaba de hacerme preguntas y darle vueltas, pero había tantas que la cabeza empezó a dolerme a pesar de no haber encontrado respuesta para ninguna de ellas.

Era casi medianoche cuando el tren llegó a Mánchester. Estaba todo a oscuras, hacía frío y corría un viento gélido por las calles. Di con una casa de huéspedes cerca de la estación y, tras comer una patata asada de un puesto cercano, di por finalizado el día y me acosté a esperar el siguiente.

Después de un desayuno rápido, me dirigí a la ciudad.

Nunca había estado en Mánchester y lo primero que me chocó fue lo ajetreadas que estaban sus calles.

Por todos lados había gente yendo de un lado para otro a paso rápido.

Había muchos carruajes y también carros cargados de bienes de uno u otro tipo; ómnibus tirados por caballos, tan grandes que cabían decenas de personas, y a su lado corrían cabriolés y calesas.

Era una ciudad de líneas austeras donde la pobreza y la industria convivían hombro con hombro con la opulencia.

Al lado de la tranquila Oxford y de Londres –que era una ciudad acostumbrada a su tamaño y población–, parecía que Mánchester fuera a explotar en cualquier momento.

Fui abriéndome camino entre la innumerable multitud hasta llegar a Piccadilly y a la calle del Mercado y me interné por el laberinto de calles que rodeaban la calle del Rey.

Me topé con una intersección en la que un único y valiente policía que estaba en el centro de la calzada intentaba poner algo de orden en el caos provocado por tantos carros y carruajes.

Después de preguntar cómo encontrar alguna librería en un par de ocasiones, acabé llegando a una. Si hay alguien que sepa dónde tiene su oficina un editor, es su cliente más directo.

Cuando entré, sonó una campanilla y una cara amable levantó la vista del mostrador, que estaba al fondo de la librería.

Aquella no era la guarida de un anticuario, con tomos polvorientos, sino una tienda luminosa con títulos recién impresos y producidos en masa.

Había una serie de clientes consultando libros en las baldas y no pude evitar unirme a ellos.

El sitio estaba lleno de títulos nuevos de autores de los que no había oído hablar y de otros más novedosos de escritores de los que sí.

El sitio olía a cuero y a papel, pero sin esas notas amargas a moho que proporcionan los volúmenes antiguos.

Había madera por todos lados y era un lugar agradable.

Respiré hondo. Vi una novela escrita por alguien que se hacía llamar Colette, a secas, dos nuevas junto a algunas de mis favoritas de siempre de Jules Verne y H.

G. Wells, y me alegré de ver Tres hombres en un bote , lo último que había publicado Jerome, encuadernado en un precioso cuero rojo marroquí con un marco pequeño pero elaborado en la esquina superior izquierda con el título del libro y el nombre del autor.

¡Pero…! De pronto me saltó a la vista, en una estantería alta, el apellido «Bell».

Media estantería estaba llena con sus libros, todos ellos volúmenes finos escritos e impresos a toda prisa.

A simple vista, las encuadernaciones estaban hechas en cueros brillantes, pero había uno al final que era más oscuro…

, de un tono púrpura. Lo saqué, y enseguida vi que no era la misma encuadernación.

Se trataba de una serie de relatos cortos que iban, por lo que parecían indicar sus títulos, desde horrores en el East End de Londres hasta historias de amor que transcurrían en el Oeste americano.

La fecha, sin embargo, me dio esperanzas, porque el libro estaba publicado hacía dos años, en 1899.

Era probable que Bell siguiera vivo y que sus editores aún trabajaran con él.

–Ese es muy bueno. –A mi lado, una mujer señaló con la cabeza el ejemplar que tenía en las manos, tras lo que cogió otro de la misma balda–. Este es mi preferido. Es de los primeros de Bell, pero a mí me encanta.

Me enseñó la cubierta: El Destino del Diablo . Lo cogí y comprobé la fecha: 1848, no 1851. Casi todo lo que ponía en la primera página del Jano en el ballet era falso y cabía esperar que sucediera lo mismo con los demás libros.

–¿Qué pensaría si le dijera que este lo leí ayer mismo?

–le comenté a la mujer, que sonrió aún más.

Era bajita, delgada y llevaba un vestido y una chaqueta azules y elegantes; tenía una actitud tan desenfadada que no pude por menos que devolverle la sonrisa.

La mujer denotaba cierto acento local que me agradaba.

–¿Sabe usted algo del autor? –le pregunté.

–De Abel Bell se sabe poquísimo.

–¿A qué se refiere?

Se inclinó hacia mí como si fuera a contarme un secreto:

–El rumor entre sus lectores, que somos muchos, es que vive a las afueras de Mánchester, pero que lleva una existencia de lo más recluida. Envía las páginas a sus editores con un mensajero. Nadie lo ha visto jamás en persona.

–Elsie, deja en paz a la señorita –dijo una voz por detrás. Era una mujer más mayor, que hablaba desde el mostrador con los brazos cruzados.

–¡Ella también lee a Bell! –le dijo emocionada Elsie.

La otra mujer negó con la cabeza y comentó:

–Sí, pero es una clienta y te pido, por favor, que la dejes echar una ojeada tranquila.

Elsie me puso una sonrisita como de disculpa y se apartó de mí.

–¿Es cierto? –les pregunté a ambas–. Me refiero a eso de que nadie conoce a Abel Bell.

Elsie asintió, pero, cuando estaba a punto de hablar, la otra mujer se le adelantó:

–No le gusta la luz de calcio, nada más. No hay nada misterioso en el asunto. Él escribe libros y nosotras los vendemos. Para mí, con saber eso es suficiente.

–¡Pero lleva escribiendo más de sesenta años! –exclamó Elsie–. ¿¡Cómo es posible que nadie lo haya visto en ese tiempo!?

–¡Ni lo sé… –empezó la otra mujer parodiando la emoción de Elsie– ni me importa!

–Ay, Bess, pero qué gruñona eres –soltó Elsie, y acto seguido se volvió hacia mí–: Tengo que irme, pero ha sido un placer conocerla. –Me estrechó la mano y le echó una mirada jovial a Bess, que se despidió de ella con la mano.

La campanilla volvió a sonar cuando Elsie se fue y todo se quedó en silencio. Bess suspiró.

–Discúlpela, señorita, pero es que Elsie… Elsie es Elsie.

–No pasa nada.

–¿Puedo ayudarla en algo?

Dejé El Destino del Diablo en la balda y me acerqué al mostrador.

–Resulta que soy encuadernadora de profesión y mi padre tiene una librería… –dije, y la mujer suavizó un poco su actitud–. Tengo una reunión con Montague y Cliff, pero he perdido la dirección.

Mi vida estaba llena de mentirijillas.

–¿Y ha venido usted aquí?

–Es la primera vez que vengo a la ciudad y lo cierto es que estoy un poco perdida. Pensaba que, de haber alguien que supiera la dirección de estos editores, debería ser un librero. No sabe el alivio que he sentido al ver tantos libros de Bell en la estantería.

–Entiendo. Y ¿dice usted que tiene una reunión con ellos?

–Sí, y albergo la esperanza de conseguir que me encarguen unas cuantas encuadernaciones de calidad.

Razonable. Racional. Mentiras envueltas en verdad. Las mejores. Aunque estaba claro que no debía tomar por tonta a aquella mujer. No obstante, esperaba que mi actitud sincera funcionase.

Se me quedó mirando un momento… y un momento más, tras lo que dijo:

–Me gustan las jóvenes emprendedoras. Tendríamos que ser más. Cuando mi esposo me dejó la librería, todos pensaron que la vendería, pero no solo no lo hice, sino que pasé de tener escasos beneficios a ser la dueña de tres librerías en la ciudad.

–¡Qué maravilla! Siempre me alegro de que se abran librerías, en especial si las llevan mujeres.

Ella asintió, resopló orgullosa y cogió un lápiz y un pedazo de papel, en el que escribió una dirección.

–Esta es la oficina de Montague.

Teniendo en cuenta que no sabía dónde se ubicaba esta, me sonaba a chino por mucho que la leyera. La mujer enseguida se percató de mi confusión y me dibujó un mapa. El sitio no estaba lejos.