La encuadernadora de Oxford Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Odiaba que hubiera mentiras y secretos entre nosotros.

Miré al señor Caxton, que estaba comprobando una edición valiosa de los poemas de Coleridge, y me planteé la vergüenza y la desconfianza que sentiría si supiera la verdad.

Luego miré a Harry, que señalaba la puerta y explicaba que lo más probable era que la otra la hubieran abierto con una palanca.

Mi encuentro amoroso con Charlie me tenía encerrada en una jaula invisible, una jaula que, sin duda, Harry cerraría para siempre cuando se enterara de lo sucedido…

, y antes o después tendría que contárselo.

Aquel, sin embargo, no era el momento. Tampoco quería saber yo las verdades de aquellos dos hombres en ese instante; tenía dos semanas y muy poco por lo que empezar.

Llamaron a la puerta y Harry se levantó a responder. Volvió enseguida con una carta para mi padre y me la tendió.

La abrí y enseguida vi el membrete del Banco de Londres y del Condado. Saqué la carta con la sensación de tener una piedra en el corazón.

Era una exigencia de pago final que vencía a últimos de mes y amenazaban con quedarse con la librería y todo lo que contuviera si la deuda no se saldaba.

El mal juicio de mi padre y su secretismo nos habían llevado a un callejón sin salida y la apuesta tan peligrosa que yo había hecho había fracasado.

En un mes nos habríamos quedado sin hogar.

Cerré los ojos.

Sentí la mano de Harry en el brazo.

–¿Lily?

Se me cayó la carta al suelo, me llevé las manos a la cara y me obligué a no derramar las lágrimas que afloraban a mis ojos, a no romperme allí mismo, porque temía que, como permitiera que se colara en mi interior aquello tan duro que me sucedía, me destruiría para siempre.

Noté que se me enrojecían las orejas y oía como apagadas las voces de los dos hombres que tenía a mi lado.

Dos semanas para dar con los libros…, un mes para dar con el dinero…

o, de lo contrario, perdería mi hogar, mi familia, mi futuro… , todo.

Me obligué a respirar. Oí que alguien recogía la carta y que la dejaba caer de nuevo.

Sentí la mano de Harry en el hombro una vez más.

El señor Caxton se me acercó. Los ignoré a ambos.

No iba a caer derrotada tan fácilmente. Había soportado más de lo que el hombre del bombín marrón y su jefe sabían.

No permitiría que vencieran. La ira reemplazó al miedo.

La determinación apartó la pena a un lado.

Sabía lo que tenía que hacer y, por mucho que me partiera el corazón, no veía otra manera de salir de aquella situación.

Me puse de pie y me volví hacia el señor Caxton. Hablé a toda prisa porque sabía que, como dudara, no haría lo que convenía.

–Señor, sintiéndolo mucho, debo presentar mi dimisión.

–¡Lily! –exclamó Harry, pero yo no dejé de mirar al señor Caxton.

El señor Caxton respiró hondo.

–Lilian, entiendo que este es un momento difícil…

–Se merece usted a alguien que esté completamente comprometido con su trabajo y yo no puedo estarlo ahora mismo, ni puedo garantizarle que vaya a estarlo en un futuro próximo. –Se me quebró la voz–. Lo siento.

Negó con la cabeza:

–Pues no la acepto.

–Ha de hacerlo –insistí–. Si de verdad le importo, me dejará ir y me deseará buena suerte.

El hombre se quedó en silencio, con las mejillas hinchadas y la boca moviéndose como si estuviera valorando qué decir antes de hacerlo. Por fin, se puso bien los anteojos y se calmó.

–Como desee. –Y me dio la espalda. Me costó muchísimo no retirar mis palabras. Él cogió un volumen que tenía la cubierta arrancada–. Voy a arreglar este libro y se lo devolveré. Es un Milton temprano y vale un dinero. Si no le importa, me marcho ya.

Se acercó a coger su sombrero y descolgó su abrigo. Hizo una pausa ante la nueva puerta, como si estuviera a punto de decir algo, pero no lo hizo. Se marchó y yo no podía creer lo que acababa de hacer.

Fui hasta mi silla y me dejé caer en ella.

–Pero ¿por qué has hecho eso? –me preguntó Harry incrédulo– ¡Adoras ese trabajo y lo adoras a él!

–No me quedaba otra.

–No te entiendo.

–Es innecesario que lo entiendas, basta con que confíes en mí.

Lo oí suspirar soltando el aire por la nariz, algo que tanto me irritaba por lo general…, pero que tanto me merecía en aquel momento. No podía explicarle lo que sucedía; si lo hacía, lo pondría en peligro.

–Confío en ti –me dijo calmado, aunque no me pareció que le hiciera especial ilusión.

Le cogí la mano y tiré de ella. Me incliné hacia él, le puse la cabeza en el regazo y me envolví con sus brazos. Él se inclinó, me dio un beso en la cabeza y nos quedamos así un rato.

«Díselo», me decía una voz en la cabeza, pero no podría soportar perder a otra de las personas que tantísimo quería.

Decidí contárselo una vez que todo aquel asunto hubiera acabado.

Tenía dos semanas para encontrar tres libros.

Ya había localizado el resto…, no podía ser tan difícil encontrar los otros, ¿no?

–Tengo que irme –le dije, pero permanecí en la misma postura un momento más.

–¿Adónde?

–A Mánchester.

–¿Qué? ¿Por qué?

–He de visitar a unos editores.

–No lo entiendo… ¿Tu padre está en el hospital… y tú vas a cruzar medio país para ver a unos editores?

No me gustó nada su tono acusativo. Me aparté de él y me puse de pie.

–¿Es que piensas que iría si tuviera alternativa? ¿Crees que renunciaría a mi carrera si pudiera evitarlo?

–¡Pues no lo sé! –Levantó las manos–. Y no lo sé, Lily, porque no me cuentas nada. Alguien ha entrado en vuestra casa y le ha dado tal susto a tu padre que el pobre ha acabado en el hospital…, pero no veo que estés muy preocupada.

Iracunda, falta de paciencia, le espeté:

–¿Cómo te atreves a valorar cómo me siento?

¿Quieres saber la verdad? Pues la verdad es que la persona que entró anoche aquí me buscaba a mí.

Iba tras la pista de esos libros de los que te hablé y las páginas que contienen.

Las que te pedí que escondieras. Así que, ya ves, todo esto es culpa mía.

Mi padre podría haber muerto…, podría fallecer…

, y es por mi culpa… y voy a tener que vivir con ello el resto de mi vida.

Y dices que no parece que esté preocupada… ¡Vete al infierno!

No me di cuenta de que estaba llorando hasta que Harry se acercó a mí y me secó las lágrimas con el pulgar. Luego me abrazó y no me soltó a pesar de que yo intenté zafarme –si bien no me esforcé mucho–.

–No es culpa tuya –murmuró.

Pero lo era. Todo lo que había pasado.

–Tengo que arreglar este embrollo.

Me soltó y lo miré a los ojos. No se había puesto conmigo como se habría puesto en su día después de que le hubiera hablado de esa manera.

Años atrás nos habríamos gritado el uno al otro amargamente.

Luego habríamos pasado días enfadados y nos habríamos reconciliado con un furioso acto amoroso.

Pero Harry había cambiado; ahora era un caballero, ¿no?

, y su tormenta interior se había convertido en apenas una brisa a pesar de que la mía siguiera siendo fuerte.

Tiré de su cabeza y lo besé. Él me rodeó la cintura con los brazos, me levantó un poco y me obligó a ponerme de puntillas.

Harry sabía a té y a esa dulzura particular que había en él.

Lo quería en aquel momento más de lo que había querido nada ni a nadie en muchísimo tiempo.

Su beso era tan fiero como el mío y sentí su fuerza, su amabilidad, la manera en que había cambiado desde que éramos chavales.

La confusión que sentía por el futuro…, la dualidad entre Charlie y él…

, empezó a aclararse. En ese momento, me quedaba con Harry.

Me dispuse a guiarlo hacia las escaleras, hacia una cama y unas horas de olvido, pero, tan solo después de unos pasos, se detuvo y tiró de mí.

–No. Ahora no. Así no.

Me resultó evidente que le dolía estar diciendo aquello tanto como me dolía a mí oírlo.

De pronto, me sentí avergonzada. ¿Quién era yo, tan dispuesta a llevar a un hombre a mi cama? ¿Tan dispuesta a acostarme con un hombre al que apenas conocía? Me llevé la mano a la boca y asentí. Me aparté de él.

–Tengo que irme.

–Lily, espera.

–No, tengo que irme. A Mánchester. Para arreglar todo esto.

–Te acompaño.

–No –respondí tan bruscamente que fue como si lo abofeteara–. Lo siento, pero debo ir sola… ¿Cuidarás de mi padre? No quiero que se despierte y se encuentre rodeado de extraños.

Harry asintió.

–Y mantén esas páginas a salvo, por favor.

–Descuida.

Fui a la oficina…, pero me quedé frente a la puerta un momento. Respiré hondo y entré. Sin mirar al sitio en el que había encontrado a mi padre, fui al escritorio y saqué la caja de madera.

–¿Te vas ahora mismo? –me preguntó Harry desde la puerta.

–No me queda otra.

De la caja cogí el poco dinero que había para el pasaje de tren y volví a dejarla en su sitio. Salí de la oficina, dejé a Harry allí y subí al piso de arriba a lavarme las lágrimas, la cara… y a adecentarme el pelo.

Cuando bajé, Harry estaba con los libros, poniendo en las baldas los volúmenes que no habían sufrido daños.

–Ya lo haré yo cuando vuelva –le dije.

–No me cuesta nada. Toma –sacó una llave del bolsillo y señaló con ella la puerta de entrada–: no quiero que tengas que romper la cerradura cuando vuelvas.

Guardé la llave en la cartera y me puse una bufanda.

–Gracias.

Me sonrió, pero no abiertamente. El calor que nos había provocado el beso aún se notaba entre nosotros y a punto estuve de volver a besarlo.

–Estaré de vuelta en uno o dos días.

–Adiós, Lily –dijo con un tono de voz tristón que me hizo pensar, de repente, que aquella bien podía ser la última vez que lo viera.

Me tragué el miedo e intenté sonreír. Luego salí a la calle, hacía fresco y lloviznaba, y me apresuré para llegar a la estación.