La encuadernadora de Oxford Capítulo 24
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Capítulo 24

Me senté en la cabecera de la cama de mi padre mientras el médico me hablaba de lo débil que estaba su corazón y de la conmoción que le había supuesto el asalto.

Yo no le prestaba atención. Él aún no había despertado y el doctor no tenía claro cuándo lo haría…

, o si, de hecho, llegaría a hacerlo. Le cogí la mano…

y me pareció pequeña; una mano que siempre me había parecido grande y fuerte.

Sus huesos eran más bien huesecillos, como los de un pájaro, tremendamente frágiles y que bien podrían romperse a poco que los apretases.

Después de hacerme unas preguntas sobre la dieta de mi padre, de cuánto alcohol bebía y sobre qué situaciones podrían inducirle un estado nervioso en la vida, el doctor se marchó.

Estábamos en el ala Frewin, una estancia muy grande con diez camas, cinco a cada lado, y ventanas altas que dejaban entrar la acuosa luz de la mañana.

Fuera llovía con fuerza; dentro, seis de las camas estaban ocupadas por hombres que dormían, cada uno de ellos con una afección diferente.

Había uno con la pierna escayolada hasta la ingle y elevada de tal manera que no parecía que la posición pudiera resultarle cómoda.

Un joven tenía la cabeza y las manos vendadas y parecía estar tan abatido que incluso me planteé ir a sentarme a su lado para animarlo.

Más allá de las camas había unas mesas con ruedas para las comidas y los platos.

La ropa de cama era de un blanco brillante, las ventanas estaban abiertas un pelín para que corriera el aire y la sala tenía un olor dulce y aséptico que supuse que sería por el ácido carbólico.

Nunca antes había estado en un hospital y, que yo supiera, mi padre tampoco. Las camas eran pequeñas y estrechas, y él parecía incluso más pequeño en ella.

–Lo siento, padre –le susurré al oído.

Pensaba que mi frase haría que se estremeciera, que volviera la cabeza y me mirara, que me dijera que no era culpa mía…, pero no lo hizo. Estaba quieto, su respiración era regular aunque superficial.

Le solté la mano y saqué del bolsillo la pelota en la que había convertido la nota. Apenas había visto qué más ponía porque me había concentrado en aquella frase tan terrible: «Han rechazado su petición». En ese momento, sin embargo, a la luz del día, decidí leer el resto.

Han rechazado su petición . Tiene dos semanas para encontrar los libros que faltan .

No había amenaza alguna en aquellas palabras…, muy probablemente porque ya no fuera necesaria.

El hombre del bombín marrón, por orden de quienquiera que lo hubiera contratado, había destrozado mi hogar y asustado a mi padre hasta tal punto que ahora yacía en la cama de un hospital, a caballo entre la vida y la muerte.

Si fuera necesario, me haría algo peor… Conocía la existencia de Harry.

Conocía la existencia del señor Caxton. El hombre del bombín marrón destruiría todo lo que yo tenía si no daba con los libros.

Dos semanas… Dos semanas para encontrar tres libros que no tenía ni la más remota idea de dónde podían estar.

Llevaba la cartera conmigo y la sentí pegada a la pierna. Metí la mano y noté el contorno de las páginas del Jano en el ballet en el forro. Estaban a salvo…, por ahora.

Cogí la mano de mi padre, la levanté y se la besé.

–Volveré pronto.

Me marché del hospital con un peso en el pecho. Avanzaba arrastrando los pies y me dolían profundamente y sin remedio las piernas, la espalda, la cabeza, el corazón.

Cuando llegué al taller de encuadernación, me detuve frente a la puerta e intenté recomponerme lo mejor que pude para enfrentarme al señor Caxton.

Aunque aún era por la mañana, esta ya se hallaba avanzada y no tenía claro si el hombre estaría al tanto de lo que le había sucedido a mi padre.

Giré el picaporte y empujé la puerta, pero no se movió.

Estaba cerrada con llave. Me sentía tan confundida aún por lo de la noche anterior que lo intenté de nuevo…

, e incluso una tercera vez antes de creérmelo.

Llamé a la puerta, pero no respondió nadie. Me acerqué a la ventana, a una esquinita en la que el papel había empezado a despegarse. El taller estaba a oscuras y las luces, apagadas.

El pánico se apoderó de mí. No recordaba ninguna vez en que el señor Caxton no hubiera estado en su mesa de trabajo para las ocho y media, ni tampoco alguna en que se hubiera marchado antes de las seis.

Nunca se había puesto enfermo, nunca había cogido vacaciones, exceptuando algún que otro viernes para ir a Brighton.

¿Habría descubierto el hombre del bombín marrón dónde vivía el señor Caxton?

No, claro que no. Eso no tenía sentido. Con la amenaza velada que me había hecho al hablarme de Harry era más que suficiente para que no me negara a buscar los libros. Pero Harry no era un hombre mayor e indefenso.

Decidí volver a la librería, donde el espectro de la deuda se cernía sobre mí y, junto con la tarea que se me presentaba por delante, sentí un peso que iba a acabar venciéndome.

Había que arreglar la puerta, ordenar los libros y ponerse a determinar qué se podía salvar o reparar y qué no.

Sentía la necesidad de borrar aquel olor a tabaco y a menta de la oficina y de dar con una solución para los acreedores.

Tenía tal peso sobre los hombros que me daba la sensación de que bien podía romperme en pedazos allí mismo.

Cuando me encontraba a unos pasos de la librería, vi que la puerta no estaba como la habíamos dejado Harry y yo la noche anterior…

, sino que era como si en mi hogar hubiera un agujero enorme.

¿Habría vuelto el hombre del bombín marrón?

¿Qué más quería hacerme? La ira se apoderó de mí y superó el sentido común y me acerqué a la puerta con los puños apretados.

Justo antes de que llegara, salió Harry y se puso a comprobar las bisagras. Había sacado la puerta y, por detrás de él, apoyada en una pared, había una nueva.

–¿Harry? –Me sonrió nada más verme–. ¿Qué estás haciendo?

Cuando llegué hasta donde estaba, me dio un beso en la mejilla. Aquel sencillo gesto de intimidad hizo que me sintiera muy reconfortada.

–Reparaciones. ¿Qué tal está tu padre?

–Duerme. Aún no ha despertado… y el doctor no tiene claro si llegará a hacerlo.

–Sí, seguro que despierta.

No me quedaban fuerzas para soportar la compasión que pudiera sentir por mí en caso de que le contara la verdad. El doctor había dicho que cabía la posibilidad de que no despertara…, y lo había dicho con una cara muy seria.

–¿Es la señorita Delaney? –gritó alguien desde dentro–. ¡Pues llega tarde!

El señor Caxton estaba sentado en el suelo de la librería, rodeado de pilas de libros y páginas arrancadas. El alivio que experimenté al verlo fue tan potente que me sentí como si me quedara sin aire.

–He ido al taller, pero estaba cerrado. Me he preocupado –le dije mientras me arrodillaba a su lado–. ¿Qué está haciendo usted aquí? En el taller de encuadernación…

–Eso puede esperar –me dijo, mientras cogía un volumen que apenas tenía daños, comprobaba el estado del lomo y lo ponía en una pila–.

La cotilla de su vecina, la señora Hawes, ha venido a primera hora de la mañana a contarme lo que había sucedido.

Me he acercado y he visto que la puerta estaba abierta y todo este desorden. ¿Qué tal se encuentra su padre?

No pude contestarle y, para el señor Caxton, eso fue respuesta suficiente.

Cogió otro libro. Este tenía la cubierta dañada y colgaba, como si alguien la hubiera arrancado a propósito. El señor Caxton negó con la cabeza, sintiendo una pena genuina por todos aquellos libros rotos.

–Filisteos… –musitó mientras ponía el ejemplar en una pila diferente.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

–Gracias –le dije, pero la palabra se me quedó atravesada en la garganta.

El señor Caxton me cogió la mano con las suyas.

–Su padre se pondrá bien y, cuando regrese del Radcliffe, este lugar ha de estar en perfectas condiciones.

Miré hacia atrás y vi a Harry, con un lápiz detrás de la oreja, colocando la puerta nueva en su sitio. Por su parte, el señor Caxton seguía disponiendo en una u otra pila los libros tirados por el suelo. Yo también me senté y lo hice embargada por una poderosa sensación de gratitud.

Pasamos la siguiente hora adecentando la librería.

Harry acabó de colocar la puerta y entre el señor Caxton y yo limpiamos de libros el suelo.

Había una pila de unos veinte que se podían salvar con un poco de cola y algún que otro arreglillo en la encuadernación, pero había otra decena que iba a ser imposible reparar.

Por suerte, ninguno de ellos tenía un gran valor.

Los demás solo había que volver a colocarlos por orden en las baldas, aunque antes de emprender esa labor, preparé té para los tres.

No me atrevía a entrar en la oficina de mi padre. Me resultaba muy duro recordar verlo allí tirado…, el peso de su cuerpo contra la puerta…, así que nos quedamos en la estancia principal, sentado cada uno en sillas desiguales que había bajado de la sala de arriba.

No me uní a la conversación entre Harry y el señor Caxton acerca de qué era lo que quedaba por hacer y de lo bien que íbamos.

Sentía como si el peso de la culpa fuera a aplastarme contra el suelo.

Se me pasó por la cabeza contarles lo que sucedía, todo, de principio a fin…

, pero eso solo serviría para ponerlos en peligro.

Cuanto menos supieran, más a salvo estarían.