La encuadernadora de Oxford Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Yo lo sabía bien. Pensé en el hombre del bombín marrón, lo vi allí, destruyendo mi hogar mientras yo intentaba rechazar una propuesta de matrimonio. No me salían las palabras. Los únicos pensamientos que aparecían en mi cabeza iban a lomos del odio y del horror.

–¡Padre!

No obtuve respuesta. Noté como si la vista se me desenfocara, pero dejé de apoyarme en la pared y avancé como pude, trastabillando, entre los libros, entre aquellos ejemplares destrozados, hasta la oficina.

La puerta estaba cerrada. La estancia, más oscura que nunca.

Cogí con fuerza el picaporte y lo giré, pero la puerta no se abría. Había algo pesado apoyado contra ella.

–Harry, ven, ayúdame.

Harry apoyó el hombro en la puerta y empujó y la movió apenas unos centímetros primero, luego un poco más y, por fin, abrió un hueco suficiente para que me colara dentro.

La oficina estaba en la más absoluta oscuridad y olía a tabaco y a menta. Mi padre no fumaba y nunca le había visto tocar siquiera nada que oliera a menta.

–¿Padre? –pregunté a la oscuridad. Me latía con tanta fuerza el corazón que tenía la sensación de que podía oírlo.

Él siempre tenía una vela en una balda a la derecha de la puerta y estiré la mano para buscarla, pero mi pie se golpeó con algo que había en el suelo, junto al quicio. Noté el suelo y como una tela, como un pantalón y una pierna… No se movía.

Palmeé la balda, di con la vela y la encendí y algo de luz iluminó la estancia. Enseguida vi a mi padre tirado detrás de la puerta.

–¡Harry!

Todo lo que sucedió a continuación es un recuerdo borroso…

Me agaché junto a él y lo aparté de la puerta y enseguida Harry estaba a mi lado y me hablaba, pero su voz era como un eco en mi cabeza.

Hablaba de policía, de hospitales…, pero yo no entendía nada de lo que decía.

Pegué la cabeza al pecho de mi padre y, por debajo de la carrera desbocada de mi corazón, oí el débil tamborileo del suyo.

Estaba vivo.

–¡Está vivo! –exclamé y, de repente, vi que Harry se ponía de pie, salía de la oficina y lo oí correr hasta la calle, que seguía en silencio.

Atraje a mi padre hacia mí. No tenía heridas, no le habían pegado, o, al menos, no veía yo sangre ni heridas de navaja. ¿Habría sido esto un intento de robo que había salido mal? Miré la caja de caudales. Estaba cerrada.

Algo blanco llamó mi atención. En el escritorio había una hoja de papel doblada con mi nombre escrito en ella. Estaba dispuesta de manera que fuera imposible que no la viera.

Dejé a mi padre con cuidado en el suelo y me acerqué al escritorio de rodillas. Cogí la hoja de papel. Me temblaban las manos. Aquella no era la caligrafía de mi padre, sino la de un desconocido.

Me sequé unas lágrimas que ni me había dado cuenta de que había derramado y abrí la nota. Entre el batiburrillo de palabras cuatro llamaron mi atención:

Han rechazado su petición .

Me llevé la mano a la boca. La ira y el miedo formaron una tormenta agónica en mi interior. Yo era la responsable de aquello. Yo y solo yo.

Hice una bola con la nota y con ella aún en el puño me acerqué de nuevo a mi padre. Puse mi frente contra la suya y sujeté su rostro con mis manos.

–Lo siento. Lo siento. –Se lo dije cien veces, pero ni así era suficiente.

Sentí su respiración, débil y sibilante, en la mejilla. Me parecía que no estaba consciente… y era por mi culpa.

De repente noté unas manos en los hombros, unas manos que me levantaban, y enseguida me encontré entre los brazos de Harry.

Alguien encendió las lámparas. Llegaron personas que comprobaron el estado de mi padre y lo cogieron.

Un hombre –había muchos– entró en la oficina y se quedó con todo el aire que había en ella cuando habló.

Vestía uniforme de policía. Me sentaron en la silla de mi padre.

Se había apoderado de mí tal mareo que creí que nunca dejaría de sentirme así…

y tampoco sabía si quería dejar de hacerlo.

Era como si mis sentidos no funcionaran, pero todo lo que me rodeaba fuera crudo y furibundo.

–Señorita Delaney –empezó la voz apagada del policía–. Señorita Delaney, ¿podría explicarme qué ha sucedido?

Pero no me salían las palabras. Aún tenía la nota en el puño.

Miré el lugar en el que había estado tirado mi padre.

¿Cuánto tiempo habría pasado allí? Me pareció que estaba frío.

¿Habría sobrevivido si no hubiéramos llegado?

No podía hablar porque todas estas preguntas, todas las posibilidades que se me presentaban, el susto que sentía…

, todo…, hacía que mi capacidad para responder hubiera desaparecido.

Harry habló por mí, porque él había visto lo mismo que yo, y el policía lo escuchó. Llegó el agente Bolton. Se arrodilló a mi lado y me habló de mi padre, me dijo que lo habían llevado al Hospital Radcliffe, que era fuerte y que se pondría bien; sin embargo, su tono de voz no me convenció.

Por fin, al rato, se marcharon todos y Harry y yo nos quedamos solos.

Me cogió la mano. La besó.

–Lily…

Su voz consiguió llamar mi atención.

–Tengo… tengo que arreglar este desorden.

Es lo único que fui capaz de decir. Había que volver a poner los libros en las estanterías y que arreglarlo todo.

–No es el momento –me dijo Harry con suavidad.

Pero no le hice caso y me puse a ello. Si ordenaba la tienda, sería como si todo aquello no hubiera sucedido.

En la oficina solo había una balda vacía, con los libros tirados por el suelo.

Los puse en su sitio. Harry no hizo ademán siquiera de impedírmelo.

De ordenar era de lo único de lo que me sentía capaz; era para lo único que tenía energía.

Seguía teniendo la nota en la mano y me dolían las articulaciones de apretarla; incluso el papel había empezado a pincharme en la palma.

Lo guardé en el bolsillo porque no sabía si sería capaz de soportar que Harry lo viera, me preguntara por él…

y tuviera que explicarle que todo lo que había pasado allí era culpa mía.

Cuando salí a la librería, y ahora que las lámparas estaban encendidas, vi el alcance real de los daños.

Un tercio de las baldas estaban vacías, como si alguien –y sabía muy bien quién– hubiera tirado los libros barriéndolos con el brazo. Estos formaban montones y había páginas rotas por todos lados, como si hubiera nevado.

Me dejé caer de rodillas y solté un suspiro doloroso.

Empecé a recoger ejemplares, pero… ¿por dónde empezar?

Tanta destrucción de tanta belleza… Habían profanado mi hogar.

Habían castigado a los libros para castigarme a mí.

El odio me quemaba por dentro, un odio como no había experimentado en la vida.

No me explicaba cómo mi cuerpo era capaz de contenerlo.

Harry se arrodilló a mi lado y cogió una página arrancada que tenía en la mano.

–Esta noche no. Mañana nos encargaremos de esto.

Asentí y le permití que me levantara del suelo, que me guiara hasta la calle, hasta el aire libre. Luego fue a cerrar la puerta, pero la cerradura estaba rota, así que tuvo que dejarla abierta.

Harry me llevó a su casa, que estaba en la calle Botley, y despertó a su madre. La mujer, en camisón, me preparó un té dulce y me abrazó como si fuera su hija. Harry me metió en su cama, cogió una manta e hizo ademán de marcharse, pero lo tomé de la mano.

–Quédate. –Ni mi voz me sonaba.

Él se acostó en el suelo, cerré los ojos y vi la cara de mi padre, flaca y gris.

Me daba la sensación de que estaba muerto y de que el hombre del bombín marrón estaba de pie, a su lado, carcajeándose.

También vi a la joven, la de las páginas, confinada y con los brazos estirados, como implorándome ayuda, con el embarazo muy avanzado, mientras su padre tiraba de ella hacia la oscuridad.

Me desperté llorando y Harry estaba allí.

Harry siempre estaba allí… y siempre lo estaría.

Me volví hacia el lado más alejado de la cama y él, en silencio, sin decir una palabra, se tumbó conmigo.

Descansé la cabeza en su pecho y lo abracé.

Su calidez y su vida…; me aferré a ellas como si a mí también fueran a arrastrarme a la oscuridad y él fuera mi única salvación.

Me besó el pelo y noté que el nudo que sentía en el corazón se desataba.

En sus brazos, casta y digna, me quedé dormida.