La encuadernadora de Oxford Capítulo 23
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Capítulo 23

Mi mundo se relajó. La amenaza se había reducido por el momento y me daba la sensación de que la salud de mi padre mejoraba ahora que compartía la carga.

El señor Caxton recuperó su actitud jovial y traviesa y yo empecé, tras varios días sin inconvenientes, a relajarme.

Estaba convencida de que la persona que estuviera buscando los Bell tendría el suficiente interés en ellos como para pagarle una suma considerable a quien se los consiguiera.

Puede que pretendiera regatear, que era la razón por la que había pedido yo mucho más de lo que necesitaba.

Así, con el corazón más ligero, me reuní para cenar con Harry en el Bear.

No obstante, no era tonta y me cercioré de que nadie estuviera pendiente de nosotros cuando le pregunté acerca de las páginas que le había dado.

–Están a salvo. Las he guardado en…

–¡No me lo digas! Tan solo quiero saber que lo están.

Me miró preocupado.

–¿Estás metida en algún lío?

–Sí… –Me cogió la mano por encima de la mesa–. Pero espero salir de él dentro de poco.

–¡Tú sí que sabes preocupar a una persona!

Sonreí.

–No, no te preocupes por mí.

–Ya…, pero no puedo evitarlo –dijo después de un momento–. He hablado con tu padre.

–Oh. –Se me había olvidado su deseo de cortejarme como un caballero.

–Me dijo que no era con él con quien tenía que hablar de ti y que antes de que él te dijera qué tenías que hacer veríamos pasar una vaca volando.

Me reí.

–Sí, me creo que dijera algo así.

–Interpreté que aprobaba que lo hiciera…

De pronto, me pareció que Harry estaba nervioso.

–Y he cambiado de empleo.

–Ah, ¿sí?

–Ahora estoy en la prensa de la universidad. De momento me encargaré de colocar los tipos, pero pretendo llegar a impresor. Pagan mejor que en la taberna y el horario es bueno. Empiezo el lunes.

–¡Harry, eso es maravilloso! –exclamé mientras le apretaba la mano.

Nos soltamos cuando llegó la comida y Harry se quedó callado después de que el camarero se fuera.

–¿Qué sucede? –le pregunté al ver que empezaba a juguetear con el tenedor en el plato en vez de comer.

–Lo he hecho por ti. Lo del trabajo. Ahora tengo mayor porvenir… y en algo relacionado con los libros. Tú adoras los libros. Quería conocer tu mundo un poco mejor antes de…, ya sabes.

No sabía cómo tomármelo. De repente me sentí como mareada ante lo que imaginaba que estaba a punto de decir Harry…, porque no tenía claro que estuviera preparada para oírlo.

–¿Has hecho eso por mí?

Se puso serio.

–Pretendo casarme contigo, Lily.

Sentí que me quedaba sin aire y de pronto empecé a boquear.

–¿Lo dices en serio?

Esta vez me cogió ambas manos. Su fuerza y su ternura me parecieron un ancla.

–No soy idiota. Sé que estás metida en algo peligroso. Aunque, claro…, ¡por los siete infiernos!, raro es que no lo estés…, y voy a ayudarte cuanto pueda hasta que todo haya acabado. Y es que, para mí…, nunca ha habido nadie más que tú, Lily.

Yo no podía decir lo mismo y, por un instante, me vi en la habitación de Charlie, encima de la librería de Grieves, en su cama, sudorosa y rodeada por él.

Quería contárselo a Harry, debería habérselo dicho ya…

, pero no podía. No me había arrepentido de mis actos hasta entonces, pero en aquel momento la vergüenza se apoderó de mí.

–No te merezco –le dije.

–¡Eso es verdad!

Me reí por lo bajo, pero enseguida me quedé callada.

–No es la primera vez que estamos en este punto –le dije–, a un tris de que me lo propongas.

–Esta vez es diferente.

–¿Por qué?

–No tenemos diecisiete años. Ya no somos unos idiotas descerebrados.

–¡Habla por ti!

Intenté sonreír, pero recordé cómo se enfadó cuando le dije, hacía tantos años ya, que no podía casarme con él… porque no lo amaba…, con la intención de hacerle el daño suficiente para que pensara que no era buena prenda para él…; cuando hice lo impensable para demostrárselo.

Y podría hacerlo de nuevo. Bastaba con contarle lo de Charlie. Eso le rompería el corazón…, pero yo no soportaría ver que el amor de sus ojos se convertía en odio una vez más.

–Te amo, Lily. Siempre te he amado.

Me llevé una de sus manos a la mejilla.

–Y yo a ti.

–Pues cásate conmigo.

Cerré los ojos para escudarme de aquellas palabras y sentí las lágrimas.

–Harry…

–¿Qué te lo impide?

–Que… que tengo miedo de volver a hacerte daño. Tengo miedo de que el diablo que tengo en el hombro vuelva a ganar y vaya a hacerte sufrir.

–No soy débil.

Noté que se me enrojecían las orejas y una decena de pensamientos y recuerdos se agolparon en mi cabeza.

Vi pasar por delante de mí en un abrir y cerrar de ojos aquel día terrible en el que teníamos diecisiete años.

Me imaginé contándole lo de Charlie y viendo cómo su mundo se derrumbaba.

Sentí la punta de la navaja en la barbilla, en el estómago…

, y la imaginé clavada en el pecho de Harry.

Era demasiado para mí. Demasiado… y demasiado rápido.

Todo se calmó de repente en mi interior y se me formó un pensamiento claro.

–Hay cosas que tienes que saber sobre mí.

Cosas que he hecho… –dije despacio– y te las voy a contar, te lo prometo, pero después de que este tema de los libros haya terminado.

Si aún quieres casarte conmigo entonces, cuando hayas oído lo que tengo que contarte, me casaré contigo.

Si dejas de querer hacerlo… –se me quebró la voz–, no te culparé.

–No puedes decir nada que vaya a hacer que deje de sentir lo que siento por ti.

–En su día creías lo mismo… y mira cómo acabamos.

Me sostuvo la mirada. Me daba la sensación de que casi podía leer sus pensamientos: ¿qué habría hecho? ¿Quería oírlo? ¿Cuánto tiempo me llevaría lo de los libros? ¿Merecía la pena?

Esperaba que me presionara, que intentara sacarme la verdad antes de que estuviese preparada para confesársela por mí misma, como hizo en su día…, pero se limitó a cogerme de la mano y a decir:

–Esperaré. –Acto seguido sonrió, cogió el cuchillo y el tenedor y me dijo–: Venga, deja de mirarme embobada y come.

Poco a poco, empecé a relajarme y me di cuenta de que Harry no iba a irse a ningún lado; al menos, no todavía y con eso me valía.

Harry me acompañó a casa, y me sentía ligera y pesada a la vez.

Como si fuera una pluma de hierro cayendo…

y no supiera quién acabaría cogiéndome. O si quería que alguien lo hiciera.

La idea del matrimonio se me pasaba una y otra vez por la cabeza mientras caminábamos, charlando de esto y de aquello.

Por lo que recordaba de mi madre, se trataba de una mujer cansada, pero en general feliz, que había soñado con llegar más lejos en la vida.

Renunció a su posición como ama de llaves en una buena casa, con un buen sueldo, para apoyar los sueños de mi padre en la librería.

Luego llegué yo y aquello fue como tirar la llave del candado de su jaula de oro.

Yo quería libertad, capacidad de elegir.

Quería llevar el taller de encuadernación, ser mi propia jefa…

, y mi noción del matrimonio no permitía que todo eso sucediera…

, pero conocía a Harry y cabía la posibilidad de que el matrimonio con él sí me lo permitiera.

Ahora bien, ¿cómo acabaría siendo la cosa?

¿Esperaría de mí que fuera una esposa que estuviera pendiente de él o me aceptaría tal y como soy?

Busqué entre los pocos recuerdos que tenía de mis padres juntos…

Yo tenía diez años cuando mi madre murió y los años anteriores eran una mezcolanza de escenas diversas que me resultaba imposible datar.

En cualquier caso, sabía que habían sido felices.

Se habían amado. Recordaba verlos bailar en la librería después de cerrar.

Recordaba las risas de ella. Me imaginé haciendo lo mismo con Harry… , aunque la escena se veía borrosa.

La calle Victor se hallaba en silencio, casi como si contuviera el aliento. La luz de las farolas dejaba en sombras el centro de la calle e imaginé al hombre del bombín marrón escondido entre ellas, esperándome, y me agarré con fuerza a Harry y no le impedí que me acompañara justo hasta la puerta.

Él me cogió la mano con más fuerza y no tardé en darme cuenta del porqué.

La puerta de la librería estaba entornada…

Todos los pensamientos sobre proposiciones, todas las conversaciones de la noche, desaparecieron de golpe.

Harry y yo nos miramos y nos acercamos un poco más.

El cristal de la puerta estaba roto y lo que quedaba de él era una telaraña de grietas.

Harry empujó la puerta, que se abrió acompañada de un chirrido tétrico.

Miré hacia el interior por detrás de Harry y vi la librería hecha un caos.

El suelo estaba cubierto de libros…, habían tirado una balda… No había luces.

–Quédate aquí –me dijo Harry mientras entraba.

Pero no le hice caso. No podía. Mi padre estaba allí dentro, en algún lado, y la librería y la parte de arriba estaban sumidos en un silencio que me daba miedo.

La luz de las farolas proyectaba un resplandor amarillento a través de los escaparates.

Harry se abrió camino por entre la alfombra de libros, dando los pasos muy despacio, escuchando.

Yo lo seguí, ignorando una y otra vez sus peticiones de que me detuviera.

Estaba todo desordenado. La estancia principal estaba llena de libros y páginas arrancadas y tiradas por el suelo.

Había montones de libros, de papel, todo ello destrozado, sin nada que se pudiera hacer…

Habían roto las encuadernaciones de muchos ejemplares hasta el punto de resultar irreparables.

Tenía ante mí, desmembrados, libros que habían sobrevivido décadas… , y que ahora no eran sino pedazos.

Me apoyé en la pared. Harry estaba a mi lado.

–Dios mío… –murmuró–. ¿Quién habrá hecho esto?