Capítulo 22
Por la mañana, temprano, el taller de encuadernación estaba frío.
Había helado y la escarcha había crujido bajo mis pies todo el camino.
Como había llegado antes que el señor Caxton, empecé a encender los fuegos.
Me dolían las manos de frío. La preocupación apenas me había dejado dormir y, en los momentos en que el sueño me había vencido, tuve pesadillas crueles.
Yo era la joven de las páginas y me veía en su cama, embarazada; veía cómo su padre se acercaba con aire violento, cómo me arrodillaba y cogía en mi regazo la cabeza de su enamorado mientras la rabia se extendía por todo mi cuerpo como una plaga.
Y de pronto volvía a ser yo misma, de pie frente al hombre del bombín marrón, que llevaba la navaja en la mano…
y me sentía como si estuviera esperando a que me la clavara…
Estaba tan ensimismada en aquellos pensamientos que no oí abrirse la puerta ni al señor Caxton entrar.
–Veo que vuelve a estar en la tierra de los vivos –me dijo.
Sus palabras me sorprendieron y se me cayó de las manos la leña para la estufa.
–Sí –fue mi única respuesta; me puse a recoger la leña, la dejé sobre las llamas que ya empezaban y cerré la puerta de la estufa.
El señor Caxton se quitó la cartera y colgó la capa.
–¿Está usted mejor?
–Mucho mejor, gracias.
Fui a mi mesa de trabajo y encontré en ella un montón de cartas.
Me puse a ver de qué se trataban, dado que al señor Caxton no le gustaba nada que se amontonase el correo.
Luego me ocupé con un paquete que estaba envuelto en papel marrón.
Se trataba de las páginas sin coser de un nuevo libro, uno recién salido de la imprenta.
De hecho, el papel aún olía a la máquina que lo había impreso.
Sentí que me relajaba mientras lo examinaba.
Papel y tinta junto con el proceso de encuadernación, un mundo que conocía bien y que amaba y en el que podía perderme, lejos de las preocupaciones que me asediaban.
Se trataba de una nueva impresión de Jude el oscuro , de Hardy, un título popular, en especial en Oxford; de hecho, no era la primera vez que encuadernaba un ejemplar.
Este era para un profesor de Inglés de la universidad, uno de los viejos amigos del señor Caxton, y sabía que, si quería que mi maestro me disculpara por mi ausencia del día anterior, iba a tener que hacer un trabajo impecable.
Cogí un bloque de cera de abeja y una bobina de lino y empecé a encerar el hilo para que no se deshilachara durante la costura.
Puse los cuadernillos –lo que llamamos signaturas– juntos y los pinché con un punzón.
Luego cogí el bastidor de costura, dispuse en él las primeras signaturas y empecé a coser.
De pronto sentí un silencio en el taller y levanté la vista. El señor Caxton me estaba mirando.
–¿Qué sucede? –le pregunté.
Un gesto raro, como de tristeza, se apoderó de él y apartó la vista.
–Tiene usted hollín en la cara.
–¿¡Qué!? –Empecé a frotármela y el señor Caxton se echó a reír y me di cuenta de que me había tomado el pelo–. Un día me cansaré de sus bromas.
–Pero no será hoy, querida.
Aún estaba presente esa tristeza en su voz y me dio la sensación de que me la traspasaba. Lo sabía, no me cabía duda. Sabía que le había mentido. Me había ofrecido cuanto tenía y yo se lo había agradecido con mentiras y distracción.
Dejé la aguja y me acerqué a su mesa de trabajo. El hombre estaba leyendo una carta y no dejó de hacerlo a pesar de que me encontrara delante de él.
–Estoy muy ocupado, señorita Delaney. ¿Es que no ve que estoy leyendo la correspondencia?
–Eso no es sino una circular de Whiteley’s.
Tosió y miró el papel de refilón.
–En efecto, eso es justo lo que es. ¿Qué quiere?
–Explicarme.
Su actitud jovial se tornó seria de inmediato y dejó la circular sobre la mesa.
Acerqué una silla, me senté y me tomé un momento para ordenar mis pensamientos.
No podía hablar del libro quemado y de lo que contenía, ni de mis escapadas a Londres, del robo, de la amenaza que pesaba sobre mi cabeza…
El señor Caxton me había pedido que lo dejara y yo le había asegurado que así lo haría…
y bastante molesta estaba ya por haber roto mi promesa.
–Soy un anciano y poco debe de faltarme para expirar –empezó a decir gentilmente el señor Caxton–, así que, por favor, le agradecería que se diera un poco de prisa.
Respiré hondo y empecé con la otra verdad que pendía sobre mí como una espada de Damocles.
–Mi padre no está bien…, de hecho, no creo que llegue a final de año.
–Ay, querida, cuánto lo siento.
Evité su mirada e intenté que no me afectara el dolor que se reflejaba en su tono de voz. Si pensaba mucho en ello, en lo que significaba, me echaría a llorar y no sabía si podría parar.
–Pero eso no es lo peor –seguí–. Ha acumulado una deuda de algo más de dos mil libras esterlinas y va a tener que vender la librería y nuestra casa para saldarla. He estado intentando dar con la manera de liberarnos de sus deudas…, que es por lo que he estado tan ausente.
El señor Caxton negó con la cabeza.
–Sabía que la situación era mala…, pero no que lo fuera tanto.
–Lo peor es que no sé a qué se ha debido. No sé por qué ha tenido que pedir unos préstamos así.
El hombre bajó la mirada y se quedó mirándose las manos, como si estuviera decidiendo qué decirme.
–Cuando su madre murió, que Dios la tenga en su gloria, su padre cayó en un lugar muy oscuro.
Empezó a beber y dejó de lado el negocio.
Durante mucho tiempo, casi no vendió ni un libro, aunque seguía comprándolos.
Se obsesionó con dar con volúmenes raros, creyendo que los libros iban a resolver sus problemas.
Mientras el señor Caxton hablaba, la vergüenza que sentía por las similitudes que veía entre mi padre y yo fue aumentando.
–A medida que el problema de la bebida empeoraba, las decisiones que tomaba también lo hacían. Vino a verme para pedirme que le prestara una cantidad, pero me negué. Pretendía que eso le hiciera entrar en razón, aunque, por lo que veo, los bancos no son tan responsables como yo.
Me quedé callada, interiorizando aquella información, el hecho de que el señor Caxton hubiera sabido del declive de mi padre y no me hubiera dicho nada…, pero, claro, ¿quién era yo para juzgar a alguien por guardar un secreto?
–Siento no habérselo contado antes –le dije.
El señor Caxton me cogió la mano.
–Lo mismo digo. Quizá debería haberlo hecho, pero me pareció que los suyos son unos hombros demasiado jóvenes para soportar ese peso.
–Creo que he dado con la manera de salir de esta.
–¿Sí?
–He de vender algo preciado –dije con cautela, y el hombre entrecerró los ojos como siempre hacía cuando era consciente de que había algo que no le estaba diciendo.
–Y ¿qué tiene usted que pueda alcanzar esa suma?
Por un momento me pregunté si estaría pensando que me refería a vender mi cuerpo…
–Un libro, claro está. Varios, de hecho.
Entrecerró los ojos incluso más.
–Entiendo… –A punto estaba de decir algo más cuando, de repente, llamaron con mucha fuerza a la puerta. El señor Caxton miró su reloj–. No es la hora del correo.
Mientras me levantaba, con la llamada resonando aún en mis oídos, sentí que me embargaba el frío.
Abrí la puerta y el señor Caxton preguntó:
–¿Quién es?
En la puerta no había nadie, pero sí un hombre apoyado en un árbol como a unos veinte pasos.
Llevaba un traje marrón elegante y un bombín marrón a juego y me estaba mirando.
Se tocó el sombrero con el dedo para saludarme y sentí que el frío que tenía metido en el cuerpo se intensificaba tremendamente.
Le devolví el saludo con la cabeza y cerré la puerta.
–Nadie. Un crío que habrá querido gastarnos una broma. –Intenté que no me temblara la voz–. Después de tanta seriedad, ¿le apetece un pastel de la cafetería?
–¡Es una gran idea! Traiga varios –me dijo mientras me daba unas monedas.
No era habitual que el señor Caxton me diera dinero para comida o caprichos y sentí como si se estuviera compadeciendo de mí, aunque sabía que no era lo que pretendía.
Cuando salí a la calle, el hombre del bombín marrón seguía esperando.
San Giles estaba concurrida a esa hora con estudiantes, profesores y la gente de Oxford que iba de un lado para otro.
El hombre no parecía fuera de lugar, sino uno más, pero a mí me daba la sensación de que era un rufián sobre el que una gran bandera roja ondeaba a modo de advertencia para todos…
, solo que nadie podía verla, excepto yo.
Sentí que, solo por estar cerca de él, me miraban y me juzgaban.
–Buenos días, señorita Delaney –me dijo a medida que me acercaba–. Espero que se encuentre bien.
Me obligué a responder:
–Lo estaba hasta ahora.
–No voy a tomármelo como algo personal. Y su querido padre, ¿qué tal se encuentra?
–No ha venido usted aquí para hablar de mi padre. Tengo lo que quiere.
La sonrisa lobuna partió su rostro en dos.
–Pues démelo y ambos seguiremos cuanto antes por nuestro camino.
Miré a mi alrededor. Demasiada gente y demasiado cerca. Imaginé al señor Caxton retirando la punta de uno de los papeles de las ventanas de delante y mirándonos. Lo comprobé, pero los papeles seguían bien pegados.
–Aquí no.
Fui caminando hacia Gloucester Green, que sabía que estaría más tranquila, dado que no era día de mercado, y el hombre me siguió unos pasos por detrás.
Me detuve en la parte más alejada, junto a los corrales vacíos, y, aunque en la plaza había algunas personas, allí contaba con cierta privacidad.
–Dese prisa, que no tengo todo el día –me dijo.
–He encontrado otro libro… –Extendió la mano–. Pero no lo llevo encima.
–¿Y dónde está?
–Escondido. –Hablé a toda prisa para que el miedo no tuviera tiempo de hacerse conmigo–. Se lo daré a usted y a su empleador por el precio adecuado.
El hombre del bombín marrón enarcó una ceja.
–No está usted en posición de exigir condiciones.
–Usted quiere algo que yo tengo y lo justo sería que pagara por ello.
Se rio, pero era una risa amarga acompañada de un aliento que olía a tabaco.
–Deme el libro, señorita Delaney.
–No.
Una de sus mejillas se retorció y el hombre se acercó a mí. Echó mano al bolsillo. Estaba claro que buscaba la navaja.
–No se lo voy a pedir dos veces.
–El libro está escondido y nadie más que yo sabe dónde se encuentra. Nunca dará con él sin mi ayuda.
Respiró entre dientes.
–Está poniendo usted a prueba mi paciencia.
–Y usted la mía. Pague y se lo daré.
–¿Cuánto?
–Cuatro mil libras esterlinas.
Su gesto se retorció y sacó un poco la navaja del bolsillo para que me quedara claro que eso era lo que llevaba en él. Intenté respirar. Tenía que mantenerme firme un poco más.
–Cuatro mil libras –repitió despacio.
–La mitad ahora y la otra mitad cuando encuentre el resto de los libros para usted.
Hizo como que se lo planteaba.
–¿Y si, en vez de eso, voy a hacerle una visita a su padre? ¿O al jovencito ese tan agradable que trabaja en la Turf?
–Si nos hace daño a mí o a mi familia, tiraré el libro al río. Luego buscaré los demás y los quemaré. Su empleador nunca los conseguirá.
–¿Y si la mato antes de que los encuentre?
Me puso la navaja en el estómago. Cada fibra de mi cuerpo quería salir corriendo, darle lo que me pedía y deshacerme de él. Me temblaba la barbilla y me obligué a que no se me escaparan las lágrimas de miedo que afloraban a mis ojos.
–¿De verdad merece la pena matar por esos libros? –le pregunté.
Me miró con desdén.
–Y ¿merece la pena morir por ellos? –me respondió él.
Por los libros no, pero sí por lo que escondían.
La historia secreta de la joven que no podía vivir la vida como ella quería, que no era libre para amar a quien ella quería.
Dar con esa historia, descubrirla…, ¿valía tanto la pena como para arriesgarse a morir?
Si me hubieran hecho esa pregunta cuando solo había encontrado el libro quemado, me habría reído, pero…
¿ahora? Ahora, esa joven sin nombre era parte de mí y quería saber cómo acababa su historia…
para que tanto ella como yo encontráramos la paz.
De lo contrario, la tortura que me supondría no saber cómo había acabado todo aquello me consumiría.
Me acerqué a él y sentí la punta de la navaja en el estómago.
–Cuatro mil libras esterlinas.
Permanecí así, manteniéndome firme. Noté que la bilis me subía por la garganta y empecé a pensar que iba a matarme allí mismo, en la quietud de la mañana…, pero se echó hacia atrás y la guardó en el bolsillo.
Me quedé sin aire y empecé a ver estrellitas.
–Presentaré su oferta a mi cliente –dijo a regañadientes–. No tardará en darme una respuesta.
Dio otro paso hacia atrás, se tocó el ala del bombín con el dedo para que cualquiera que nos estuviera mirando pensara que aquel era un encuentro amistoso y desapareció tras la primera esquina.
Sentí que se me doblaban las piernas y me apoyé en la pared para evitar caerme. Tan solo había pasado unos minutos en compañía de aquel hombre, pero el cielo se había nublado y estaba empezando a llover.
Me rehíce y respiré hondo para alejar el miedo hasta que dejé de temblar.
Me llevó un tiempo. Cuando volví al taller, el señor Caxton aceptó la danesa de albaricoque y me dijo que a ese paso no iba a valerle el nuevo chaleco y todo volvió a la normalidad.
Cosí el Jude , el señor Caxton se encargó de los dorados de un libro sobre la historia de Roma y el día siguió como cualquier otro.
Sin embargo, el hilo que sujetaba la espada de Damocles sobre mi cabeza empezaba a deshilacharse.