Capítulo 21 #2
Los días siguientes fueron muy oscuros. No me permitían salir de mis aposentos.
Enfermé, palidecí, no podía dormir. Daisy me traía de comer e intentaba explicarme su traición, pero yo no quería saber nada.
Le gritaba que se marchara en cuanto abría la boca.
En las siguientes semanas caí enferma de algo de lo que no era capaz de salir sola.
Daisy –supuse que por vergüenza– consiguió traerme una nota escrita por ti.
¡Estabas vivo! Te habías recuperado. Saber aquello hizo que mi corazón volviera a tener alas…
, pero no tardó en cortárselas la certeza de que nunca jamás iba a volver a verte.
No te respondí. Era necesario que me olvidaras .
Como mi enfermedad no mejoraba, llamaron al doctor. Mi padre decía que tenía que estar en buen estado para el matrimonio. Aunque a él le daba igual mi salud, lo único que quería era que mi precio de venta no descendiera .
El doctor, a quien conocía desde que era pequeña y que es testigo de esto que escribo, siempre ha sido bueno conmigo y es el único hombre, aparte de ti, que me ha tratado con respeto.
Me hizo unas preguntas acerca de mis síntomas: debilidad, cansancio, vómitos y aversión a ciertas comidas y dolores raros en el estómago.
Me examinó y, cuando terminó, se sentó en la cama y me cogió la mano .
«Querida muchacha, por lo que parece, estás encinta» .
No puedo describir cómo me sentí. La sorpresa que se apoderó de mí.
La pena de que no estuvieras a mi lado para oírlo tú también.
El miedo a lo que iba a hacerme mi padre…
Me llevé la mano al vientre y te sentí allí.
El doctor se quedó un rato. No me preguntó cómo era posible que estuviera embarazada, pero me explicó qué cabía esperar en los próximos meses.
Me dijo que tomara té de jengibre para las náuseas y se marchó.
Me eché a llorar y creo que tardé horas en parar .
Mi padre, a quien el doctor se había visto obligado a contarle lo que me sucedía, no quería hablar conmigo. Decía que nuestro hijo era un bastardo y a mí me llamaba cosas peores. No me permitía recibir visitas y leía todas y cada una de las cartas que me enviaban .
Yo estaba desesperada por verte, por contarte lo de nuestro hijo, que crecía en mi interior…
, así que le pedí a Daisy que te hiciera llegar una nota.
Le dije que, si de verdad quería enmendarse, te la llevaría.
Y te la llevó, pero creo que debió de leerla por el camino, porque, cuando regresó, su conducta era la de una mamá gallina.
Me daba de comer y cuidaba de mí como no lo había hecho nunca. Además…, ¡volvió con una nota tuya!
Tu alegría al recibir noticias mías de poco sirvió para que mi tristeza desapareciera, pero, por un momento, me reconfortó imaginar cómo habría sido nuestra vida juntos, con nuestro hijo y el dinero de mi padre.
Nos pasábamos notas y mi tristeza empezó a desvanecerse…
, si bien era consciente en todo momento del peligro en el que te estaba poniendo .
Se hizo el anuncio de mi inminente matrimonio con lord Beauchamp y la excusa que puso mi padre para justificar mi ausencia del acontecimiento social fue que me encontraba en París, conociendo la ciudad y con la modista que se encargaría de mi vestido de novia .
Pasaron las semanas y mi barriga empezó a crecer, si bien, a nada que me pareciera a mi madre, no sería obvio hasta que estuviera próxima la llegada de nuestro hijo. Tus notas y los castillos que construías en el aire me ayudaban a seguir adelante .
Por desgracia, nada puede mantenerse en secreto para siempre en este mundo y los rumores acerca de mí empezaron a correr e, inevitablemente, llegaron a oídos de lord Beauchamp. El hombre exigió que su doctor me examinara y confirmara o negara mi virtud. Mi padre no podía permitirlo, claro .
Recuerdo que entró en mi habitación preso de la ira. Tenía la cara roja, apestaba a alcohol y llevaba los puños apretados con tantísima fuerza que sus nudillos estaban blancos .
«¡Me has arruinado, puta! –me soltó. Sus palabras estaban cargadas de una rabia que jamás había visto en él–.
¡Beauchamp se ha enterado de tu vergüenza y quiere que su médico te examine!
¡Si se lo permito, sabrá que su futura esposa es una ramera, pero, si me opongo, sospechará que es verdad que lo es!
Ahora bien…, si dejases de llevar dentro ese bastardo… , mis problemas se solucionarían» .
Me pegué a las almohadas y me abracé las rodillas .
Mi padre se acercó a la cama temblando de ira, con los ojos oscuros como los de un diablo. Me agarró
¡No! ¡Aquello no podía acabar allí! Dejé las páginas. Me latía el corazón alocadamente. El ruido del salón de té había disminuido y la mitad de las mesas estaban vacías. Miré el reloj, vi que apenas faltaban unos minutos para que partiera mi tren y sabía que el siguiente tardaría horas en salir.
Cogí a toda prisa el libro, las páginas y la chifla, dejé unas monedas en la mesa por el té y corrí a la estación. Subí al tren un instante antes de que sonara el silbato y enseguida el andén se llenó de vapor.
Encontré un asiento, apretada entre una dama y su perrito y un caballero orondo, y empecé a pensar en lo que había leído en aquellas nuevas páginas.
¿Quién era esa mujer que tanto había sufrido?
Y ¿quién era ese padre tan cruel, capaz de hacer daño a un niño nonato por el bien de sus negocios?
Otros dos nombres habían salido a la luz: «Silas» y «lord Beauchamp».
De los Beauchamp había oído hablar y decidí que debía descubrir si el hombre se había casado en 1851.
El escándalo de un embarazo fuera del matrimonio habría sido la comidilla de la alta sociedad en aquella época. ¿Sería ese el crimen de William Heathfield? ¿La razón por la que alguien –suponía que el padre de la chica– habría cortado las páginas del Looker-On ?
Y quienquiera que estuviera buscando ahora esta declaración no debía de estar haciéndolo por ayudar a la joven.
Yo, sin embargo, sentía la necesidad de protegerla a pesar de que fuera una persona cuyo nombre y cuya vida, más allá de aquellas páginas escondidas, eran un completo misterio para mí.
Cuando mis compañeros de asiento se bajaron del tren, uno en Aylesbury y el otro en Thame, me puse la cartera en el regazo, hice un corte limpio en el forro y metí dentro las páginas.
Con la guarda del libro poco podía hacer hasta que llegara a casa.
El tren entró en la estación de Oxford y los pocos pasajeros que quedábamos bajamos en cuanto se detuvo.
Fui directa a casa. Ya había anochecido.
No iba pendiente de mi alrededor, sino absorta en lo que habría sido de William y de su enamorada y preguntándome cómo iba a dar con los demás libros… y a descubrir el resto de la historia.
Hacía mucho frío, un frío que se te colaba en los huesos, y mi capa de color azul marino apenas me protegía de él a pesar de ser la más cálida que tenía. Me apresuré por la ciudad, en silencio, y, cuando llegué a la calle Walton, oí el eco de pasos por detrás de mí.
El hombre del bombín marrón. ¿Habría estado esperándome en la estación y ahora me seguía?
¿Tenía algún sentido que apretara el paso para dejarlo atrás?
Sabía dónde vivía y, sin duda, también dónde trabajaba.
Podía darle el libro…, pero no había vuelto a pegar la guarda.
¿Se daría cuenta? ¿Le importaría? Estos eran libros antiguos, no era raro que estuvieran dañados.
Si me lo preguntaba, le diría que era así como me lo había encontrado.
Los pasos se acercaban.
Lo cierto es que estaba cansada de sentir miedo… y el desafío de la joven a su padre me dio alas.
Me detuve y me volví:
–Ya basta de…
Me quedé callada. Por detrás de mí había un joven, sorprendido por mi detención repentina.
–Le pido disculpas, señorita.
Me dejó atrás y el muro que acababa de construir para enfrentarme al hombre del bombín marrón se derrumbó.
Me quedé sola en la calle Walton, saliéndome vaho de la boca como en bocanadas rápidas.
Me temblaban las manos. La ira había enmascarado mi miedo, pero ahora este se mostraba en todo su esplendor.
Llegué a casa sin más pasos que me siguieran ni luces de cigarros en la oscuridad. Solo cuando vi la puerta de la librería me di cuenta de lo cansada que estaba, de lo largo que había sido el día…, y esos últimos pasos fueron como escalar una duna.
Eran casi las ocho cuando abrí la puerta con la idea de encontrarme a mi padre solo en la oficina, leyendo o preocupado, pero estaba en la librería con un invitado.
El hombre que lo acompañaba vestía un chaleco llamativo y tenía un bigote demasiado largo para su cara. Me miró, pero no me prestó atención.
–Ah, Lilian…, has vuelto –dijo mi padre, que no parecía que se alegrara; de hecho, parecía avergonzado, como si le hubiera pillado haciendo algo que no debía.
–Hola, padre, ¿me presentas?
Mi padre hizo un gesto hacia el hombre, que inclinó la cabeza ligeramente.
–Este es el señor Goff. Ya se iba.
Aunque hubiera inclinado la cabeza para saludarme, era como si el hombre no me hubiera visto. Tenía aspecto de vendedor y me daba la sensación de que miraba la librería con cierta falta de respeto.
–Volveremos a hablar. Me interesa. Es un buen espacio –le dijo el señor Goff a mi padre.
Se estrecharon la mano y mi padre lo acompañó a la puerta.
Cuando el visitante se marchó, la actitud animada de mi padre se desvaneció; dejó caer los hombros y, mientras volvía a mi lado, sufrió un fuerte ataque de tos.
Lo cogí por el brazo y lo ayudé a llegar a la oficina.
Se dejó caer en la silla tosiendo todavía, una tos de pecho, profunda, que no daba señales de que fuera a remitir, por lo que me dirigí a la cocina a por un vaso de agua.
Cuando por fin se le calmó la tos, me pareció una persona derrotada, demasiado cansada incluso para levantar la cabeza.
–¿A qué se refería ese hombre con que está interesado? –le pregunté.
–A la librería. –La voz de mi padre era débil y se quebraba como el hielo fino.
–No te entiendo.
–Goff está interesado en comprar el local.
Me quedé sin aire.
–¿¡Vas a vender la casa!?
Abrió un cajón y sacó unas cartas. Cada cosa que hacía le llevaba mucho tiempo y resultaba doloroso presenciarlo. Dejó las cartas en el escritorio. Ya las había visto, eran las del Banco de Londres y del Condado, pero ahora había más.
–¿Tan malo es? –le pregunté mientras cogía una de ellas.
–Mucho.
Sentí que las paredes de mi vida se me venían encima.
–¿Por qué no me lo habías contado?
Resopló y me cogió la carta de las manos.
–No es asunto tuyo. Es mi problema y yo lo solucionaré.
–Pues lo estás haciendo de maravilla. –Me arrepentí de inmediato de haber dicho aquello–. Lo siento. Lo que he dicho no ha estado bien, pero ya no soy una niña. Puedo ayudarte. ¿A cuánto asciende la deuda?
Los ojos de mi padre bailotearon por las cartas y luego por los libros que lo rodeaban.
Era como si tuviera el rostro vacío. No es que antes hubiera sido un hombre robusto, pero siempre había habido en él una energía nacida de la pasión, una energía que lo llevaba en volandas.
La cuestión es que dicha vitalidad había desaparecido, si bien la pasión seguía aferrándose a él, como el olor a humo a las paredes tras un incendio.
–¿A cuánto, padre?
–A algo más de dos mil libras.
Esperé a que se me pasara la sorpresa, dado que la cifra me había golpeado con fuerza y sin piedad, pero a la sorpresa la reemplazó la ira.
Se me ocurrían decenas de preguntas, desde «¿¡Cómo has podido, viejo chocho!
?» a «¿¡En qué te las has gastado!?», pero por fin se me pasó por la cabeza una más útil:
–Y ¿cómo has llegado a esta situación?
–Aún eres una niña, Lilian, y no sabes lo que cuesta mantener un negocio.
¿Ves estos libros? –me preguntó mientras cogía un volumen cualquiera de los que tenía al lado.
Le temblaba la mano–. Pues nadie los quiere.
Al menos, no los míos… desde que tu madre…
–Su voz se apagó y lo dejó caer. Nunca había visto llorar a mi padre hasta ese momento.
Empezó a sollozar y se cubrió la cara con las manos, unas manos arrugadas y retorcidas.
Fui hacia él, me arrodillé a su lado y le cogí la mano.
–Lo siento, Lily… Lo siento. –Siguió llorando.
Le sostuve la mano hasta que se quedó sin lágrimas. Era un hombre derrotado por la vida.
–No le vendas nada a ese hombre. Encontraré la manera de resolver lo de la deuda –le dije.
Mi padre asintió despacio, aunque dudo mucho que me creyera capaz.
Lo obligué a cenar y lo ayudé a acostarse. Yo no tenía nada de sueño, así que pegué la guarda del Jano en el ballet y releí las páginas.
Cuando acabé, consciente de que no podía seguir evitando descansar, me tumbé en la cama con los ojos abiertos en la oscuridad e intenté dar con una solución al problema de mi padre: un trabajo mejor pagado, otro préstamo para cubrir el primero, interminables subastas de nuestro inventario…
Al final, sin embargo, ante mí solo se abría un camino.
Y era uno que no quería recorrer, pero no veía otra opción.
Tenía que esperar a que el hombre del bombín marrón apareciera y rezar para que no me matara antes de que me diera tiempo a hablar.