La encuadernadora de Oxford Capítulo 21
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Capítulo 21

volver a nuestra vida por un tiempo. No fue un precio alto que pagar por estar contigo.

Aún faltaban unos meses para mi matrimonio con ese sapo de lord Beauchamp y teníamos mucho que hacer.

Necesitábamos dinero para desaparecer y yo, con la ayuda a regañadientes de Daisy, vendí gran parte de mis joyas y vestidos de temporadas anteriores .

Sigo conservando nuestras cartas, aunque están escondidas, como todo lo que hay entre nosotros.

Mi padre regresó de Francia y la vida en casa recuperó sus ritmos habituales, aunque nuestro secreto me quemaba por dentro.

Él no paraba de hablar de los planes de matrimonio con Beauchamp y de lo propicia que era nuestra unión para sus negocios.

Mi padre esperaba que me sintiera igual de emocionada que él, pero yo sentía una gran desesperación por si acaso nuestro plan no funcionaba y, además, no me quedaba emoción sino para nuestro amor y me pasaba el día soñando despierta con nuestra huida .

Inventé una treta para verte. Una amiga que no existía.

Las cartas que te escribía iban dirigidas a la señorita Lelah Whitfield para evitar que mi padre sospechara.

Le conté que era una chica que había conocido en la escuela de etiqueta, que acababa de regresar de Europa y que quería una acompañante para lo que quedaba de temporada.

No sospechó lo más mínimo. Era como si no cupiera en su cabeza, siquiera, cualquier noción de ti .

Por supuesto, tú lo entendiste. «Lelah Whitfield» era «Will Heathfield».

Nos escribíamos con códigos, hablábamos de amor ocultándolo en anagramas y juegos de palabras.

El ama de llaves no entendía nada de lo que ponía en nuestras cartas, así que enseguida dejó de molestarse en leerlas.

Me enviabas libros, la mayoría de ellos escritos por Abel Bell; los que más te habían gustado cuando eras niño y que seguías guardando.

Cuando los leía, nos imaginaba corriendo aquellas aventuras, saliendo a lo desconocido… , juntos .

Y así comenzó el torbellino de salidas. Con una carabina como «Lelah», mi padre me permitió asistir al teatro, ir a fiestas y a bailes, y cierta libertad, porque él creía que me reunía con una amiga y que, como estaba prometida, ningún hombre se atrevería a molestarme.

Pero todo era mentira. Todas y cada una de nuestras reuniones eran en un lugar diferente del que habíamos escrito, porque aquello no eran sino códigos que solamente tú y yo sabíamos descifrar.

Aquel engaño hacía que cada beso que me robabas me supiera más dulce .

Mi padre me consideraba poco imaginativa, infantil y puede que incluso un poco boba, por lo que ni se molestó en preguntarme sobre mi nueva vida social. En ningún momento llegó a pensar que podría tener capacidad para desafiarlo .

Daisy siguió vendiendo mis joyas y demás, esto y aquello, poca cosa cada vez para no levantar sospechas.

En una ocasión le pedí a mi padre dinero para comprar un vestido nuevo y una gargantilla para destacar en las reuniones sociales y me quitó de en medio tras darme un fajo de billetes.

No tardé en tener una buena suma ahorrada.

En cuestión de unas pocas semanas más tendríamos lo suficiente para huir.

Tú ya estabas mirando barcos que salieran de Liverpool a Nueva York .

Me creía tan lista …

Recuerdo que aquella noche estaba a punto de reunirme contigo para cenar en un restaurante pequeño y discreto y valorar nuestra situación.

Me vestí modestamente, dado que, para mi padre, iba a reunirme con la señorita Lelah para pasar una tarde noche tranquila jugando al bridge y cotilleando, y fui a su estudio para despedirme de él, como acostumbraba a hacer cuando salía de casa.

Llamé a la puerta y me pidió que pasara…

, pero enseguida supe que algo iba mal .

Las lámparas estaban apagadas y la única luz provenía de la chimenea .

«¿Padre?» .

Estaba sentado en su sillón, junto al fuego, con sus rasgos dorados por las llamas, y le daba vueltas a una copa de brandi .

«Pasa. Pasa y cierra la puerta» .

Hice lo que me pedía. Ni se había puesto de pie ni me había mirado. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad te vi, tendido boca abajo delante del escritorio de mi padre. No te movías .

Corrí hasta ti, te di la vuelta y vi la sangre. Tenías la cara hinchada, llena de moretones y cortes. Tu precioso pelo estaba apelmazado por la sangre .

Puse la mano debajo de tu nariz y vi que respirabas, puse la oreja contra tu pecho y oí tu corazón. Latía con fuerza. Seguías conmigo. Oí el crujido que hizo el sillón de mi padre cuando este se levantó y me volví hacia él y te pegué a mi pecho. Me sentía llena de ira .

«¡¿Pero qué has hecho!?» .

Mi padre se alzaba como una torre por encima de nosotros. Su gesto era siniestro. Seguía dándole vueltas a la copa de brandi. Recuerdo su voz con claridad, el miedo que me transmitió su tono …

«Te dije que no volvieras a ver a este muchacho y me has desafiado. ¿De verdad pensabas que iba a permitir que te rebajaras a estar con él?» .

«¿Cómo lo has…?» .

Se acercó a la pared y tocó una campanilla. Te acaricié el pelo. Estabas tan quieto que parecía que durmieras, pero tenías muchas heridas y no quería ni imaginar la de moretones o huesos rotos que tendrías por debajo de la ropa .

Entonces se abrió la puerta lateral y entró Daisy con el tío Silas por detrás.

Al verlo a él me di cuenta de lo en serio que hablaba mi padre.

Silas era una persona abiertamente cruel, igual que su hijo, mientras que mi padre se escondía detrás de sus buenos modales.

Daisy estaba roja de tanto llorar y Silas la sujetaba con fuerza por el brazo .

«Han pillado a Daisy vendiendo una gargantilla que te compré el año pasado –me dijo mi padre–. Al principio pensé que sería una ladrona, sin más, y mi intención era entregarla a la policía…, ¡pero menuda historia me ha contado!» .

Daisy no se atrevía a mirarme. Siempre había sabido que este día llegaría, aunque había rezado por que fuera unas semanas más tarde .

Te estremeciste en mis brazos y te acaricié la única parte de la cara que seguía siendo tuya. Mi corazón se endureció y mis lágrimas se secaron .

«¿Qué quieres de mí?», le pregunté a mi padre .

Silas me miró con desdén y ese tono de Yorkshire que tanto había intentado esconder en las reuniones sociales salió sin más:

«Que hagas lo que se te ha dicho bien claro que tienes que hacer y que no te abras de piernas para un guapito sin blanca» .

Sus palabras me dolieron tanto que esbocé una mueca .

«¿¡Cómo te atreves!? ¡No sabes nada de nosotros!» .

Mi padre me soltó una bofetada que resonó en toda la estancia. No era la primera vez… y no iba a ser la última .

«Cerda impúdica… ¡Muéstrale respeto a tu tío! Eres mercancía, muchacha. Te han comprado y vas a casarte con quien yo te diga. ¿¡Lo has entendido!?» .

«Prefiero morir a casarme con ese hombre» .

Mi padre sonrió. ¿Te lo puedes creer? No obstante, no era porque mis palabras le hubieran hecho gracia. Se arrodilló para estar cara a cara conmigo .

«Tú no vas a morir, pero él sí» .

Se me heló la sangre… Todo en mi interior se congeló .

«No… Ni se te ocurra…» .

«Si vuelves a verte con este muchacho, lo mataré. Como vuelvas a escribirle, lo mataré. Si no te casas con lord Beauchamp como y cuando yo lo diga, lo mataré. ¿Te ha quedado claro?» .

Te apreté contra mí, posiblemente, por última vez .

«Padre, por favor…» .

Mi padre me cogió del brazo y me levantó por la fuerza. Tu cabeza resbaló de mi regazo, se golpeó contra el suelo y volviste a estremecerte e intentaste darte la vuelta .

Silas te cogió por las axilas y soltaste un gruñido de dolor. Estabas vivo y el mundo seguía teniendo luz gracias a ello. No podía permitir que te mataran .

«Haré lo que quieras –le dije a mi padre–, pero, por favor, deja que viva. Si lo matas, me tiraré al Támesis y no tendrás hija que vender» .

«De acuerdo». Mi padre le hizo un gesto con la cabeza a mi tío y este te sacó de allí a rastras. Daisy los siguió y mi padre y yo nos quedamos solos .

Sentía tal ira que me hervía la sangre .

«Cuando mueras, cuando todo lo que has construido me corresponda, bailaré sobre tu tumba», le dije .

«Nada va a corresponderte cuando yo muera» .

Su tono me dejó fría .

«¿Qué?» .

Mi padre fue al escritorio y buscó un papel .

«No se puede confiar en tu juicio y tu virtud está en entredicho. No puedo permitir que heredes mi fortuna» .

Había pasado la vida tolerando a mi padre y sus crueldades porque sabía que su fortuna algún día sería mía …

«Y ¿para quién va a ser, para Silas?» .

«Para un heredero legítimo. Un niño nacido dentro del matrimonio. Tendrás un hijo con lord Beauchamp y será él quien lo herede todo. Él y solamente él» .

Aquello me dejó deshecha .

«¿Y si solo tengo hijas?» .

«Pues lo intentarás una y otra vez. Parirás un hijo aunque tengas que morir en el intento; a mí me da igual» .

«¿Y si no lo consigo? ¿Preferirás ver tu dinero en manos de banqueros y desconocidos en vez de en las de tu propia hija?» .

«En el momento en que decidiste desafiarme, dejaste de ser mi hija» .

No quedaba nada más que decir. Volví a mis aposentos como mareada y, cuando cerré la puerta…

, me desplomé. Tenía el vestido manchado con tu sangre.

Recuerdo lo brillante que era y que esa sangre era lo único que alcanzaba a ver.

Te habían arrancado parte de la vida… por mi culpa.

Sentía que mi vida no era sino una sombra de lo que había sido…

, desaparecidos el amor y la esperanza de un plumazo.

Mi padre había dado contigo, te había hecho muchísimo daño, tanto que no sabía ni si te recuperarías algún día, y nos había arrebatado el futuro así, como si nada.

Lo siento, amor mío. Siento lo que pasó ese día… y lo que pasó después .