Capítulo 20
El siguiente tren para Oxford no salía en varias horas y no quería quedarme allí sentada, sin más, así que caminé hasta que me dolieron los pies y no podía más con los tacones.
Volví a Paddington aún con tiempo de sobra y entré en un salón de té junto a la estación.
Como es natural, el lugar estaba lleno de viajeros, todos ellos con equipaje a su lado, todos contando los minutos para que su tren saliera.
Aunque el sitio estaba abarrotado, encontré una mesa vacía al fondo, cerca de la puerta de la cocina.
Pedí un té y me lo trajeron casi de inmediato. El servicio dejaba que desear. Aquel era un salón de té con clientes sin rostro que iban y venían en una procesión rápida y sin final y lo cierto es que me alegré de que así fuera. Menos posibilidades de que alguien me recordara.
Saqué el libro de la cartera. Jano en el ballet .
El señor Chand había comentado que no había visto nunca este libro en el listado de los editores de Bell.
Me pregunté si pasaría lo mismo con los otros dos libros que había encontrado.
De pronto sentí una oleada de miedo y culpabilidad por lo que el señor Chand pudiera pensar de mí a raíz de lo que le había hecho.
Quería obtener una buena reputación como encuadernadora de volúmenes maravillosos y que estos se vendieran en subastas por cientos de libras, que los coleccionistas dijeran: «Esta es una encuadernación de Delaney» y que vinieran a buscarme como había hecho el doctor Ashburn.
No obstante, sentía que ese futuro iba escapándoseme cada día que pasaba y me veía más y más metida en aquel embrollo de los libros misteriosos.
Podría decirse que había quemado el puente con el señor Chand, un puente que ni siquiera había tendido todavía.
Puede que el hombre desconociera mi nombre, pero mi cara la había visto bien y, si algún día me reconocía, una sola palabra suya respecto a mi robo y a mi engaño desharían años de esfuerzo por alcanzar una buena posición.
Mi vida, que hacía no mucho había sido de lo más tranquila entre las piedras de color amarillo pastel de Oxford, se había vuelto insegura.
Era como caminar por la cuerda floja sobre un pozo lleno de estacas afiladas.
Por un momento deseé no haber olido jamás aquel libro quemado.
Sin embargo, ahora que tenía aquel otro volumen delante, no pude evitar sumergirme aún más en aquel misterio.
Por fuera, Jano en el ballet era igual que el Devoción . La encuadernación era idéntica, las rotulaciones y motivos decorativos eran mínimos y el lomo, sencillo. Desde luego, no era una labor inspiradora ni estaba hecha con cuidado.
Por dentro, la primera página era simple: el título, el autor y el editor, como en los demás libros.
Me di prisa en analizarlo, porque lo que me interesaba eran las páginas que había escondidas en él.
Consulté el reloj que había en la pared; aún faltaba casi una hora para que saliera mi tren.
Miré en la contracubierta, encontré los puntos.
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El quinto libro. El Devoción había sido el tercero y el Granuja , el primero.
Miré por el salón de té para comprobar que nadie se fijaba en mí y saqué la chifla de la cartera.
La sujeté, medio escondida en la mano, y empecé a despegar la guarda delantera.
Puede que fuera por los daños que había sufrido debido al agua o porque ninguno de estos libros tenía la cola aplicada de manera uniforme, pero apenas tardé en despegarla.
En cuanto tuve dos lados abiertos, vi que en el interior había varias páginas blancas.
Era el mismo papel fino, frágil, y la misma caligrafía, densa pero clara. Sentí un escalofrío. De nuevo, al pie de cada página estaban las iniciales W. A., H. P. e I. C, cada una con su estilo. Las páginas también estaban numeradas, empezando por la XV .
A medida que empecé a leer, el barullo del salón de té desapareció.