Capítulo 19 #2
El hombre desapareció tras una cortina en la parte trasera de la estancia. Charlie echó un vistazo general a aquellos libros que eran tesoros y silbó por lo bajo.
–Uno solo de estos le arreglaría la vida a una persona para siempre. ¡Fíjate en esas piedras!
–Ni se te ocurra.
Fui poco a poco hasta el otro lado de la tienda.
Al otro lado de una arcada estaba el taller, en el que había mesas muy grandes cubiertas de pieles y telas y guardas.
Había dos hombres trabajando allí, uno de ellos en un marco, cosiendo las signaturas de forma metódica, con maestría.
Verlo trabajar era hipnótico, pues hacía que el movimiento pareciera sencillo, sin duda, por los años de práctica.
El otro hombre estaba sentado en la otra punta, con la cabeza gacha, encargándose de unos elementos decorativos del lomo de una cubierta de cuero marroquí teñida de borgoña.
Trabajaba rápido y parecía que ni siquiera tocara el cuero, pero me fijé en los músculos de los brazos, en cómo se tensaban mientras presionaba la herramienta describiendo una curva por el lomo.
En otro lado se oía el ruido de unos martilleos sobre papel prensado y di por hecho que había otra estancia –o varias– donde se llevaban a cabo las etapas menos llamativas del proceso de encuadernación.
El señor Chand regresó con el libro y lo dejó en el mostrador como haría un vendedor experimentado. Allí estaba, la sencilla encuadernación púrpura que parecía tan fuera de lugar en un sitio como aquel. Hasta daba la impresión de que hiciera que el encuadernador se sintiera incómodo.
–¿Puedo? –le pregunté.
El hombre asintió y cogí el libro.
Pasé la mano por el cuero. Aquel volumen estaba en unas condiciones bastante buenas, aunque había marcas de agua en la portada y tenía más moho en los bordes de las páginas que el Devoción . Charlie se asomó por encima de mi hombro para verlo.
Lo abrí por la primera página un poco teatralmente, pero lo que quería en realidad era comprobar las guardas. Le di la vuelta al libro, pasé a la contracubierta y, dado que ahora sabía exactamente dónde mirar, enseguida encontré los puntos. Se me aceleró el corazón.
– Jano en el ballet –leí en alto–. Este no lo tengo. ¡Qué suerte! ¿Qué pide por él?
Chand cogió el libro e hizo como si estuviera valorando cuánto pesaba.
–Por desgracia, no puedo vendérselo.
Su frase fue como si me echaran por la cabeza un cubo de agua helada.
–Que no puede… ¿Por qué?
–Si bien siento compasión por lo que me ha contado de su padre, ya le he dicho que a mi esposa le encanta este autor y me ha pedido que le guarde cualquiera de sus obras si alguna cae en mis manos.
Nunca había visto este título entre los del listado de los editores de Bell, así que debo guardarlo hasta que mi esposa lo vea.
–Por favor, señor. Le pagaré bien por él.
A mi padre le queda poco tiempo de vida y no creo que lo haya leído.
La emoción que le supondrá…, me resulta imposible describírselo.
Estoy dispuesta incluso a enviárselo de vuelta cuando él fallezca, de manera que su esposa acabará teniéndolo de todas formas.
Me pareció que el señor Chand estaba genuinamente compungido. Miró el libro, miró a Charlie y volvió a mirarme. Yo tenía el gesto desencajado. Se mordió el labio. Luego suspiró y, por fin, dijo:
–Lo siento mucho, de verdad, pero no puedo vendérselo. Buscaré otro ejemplar para usted y, si lo encuentro, se lo dejaré a buen precio.
Mis esperanzas se derrumbaron a mi alrededor. Tenía el libro al alcance de la mano y, a un tiempo, estaba tan lejos…
–Lo comprendo –dije entre dientes, aunque no podía aceptarlo; no quería.
–No sé, a tu padre podría gustarle un Dickens –dijo Charlie de repente, su voz convertida en trueno por detrás de mí. Me giré para mirarlo y me guiñó el ojo–. Antes he visto un precioso Barnaby Rudge por ahí. ¿Podría enseñármelo, señor?
El señor Chand, contento de tener una excusa para alejarse de mí –no me cabe duda–, dejó el Bell en el mostrador y siguió a Charlie hasta el fondo de la tienda, donde tenía los libros más comunes.
Me quedé mirando el volumen que tenía delante y sentí que la incomodidad crecía en mi interior. ¿Cómo iba a encontrar otros libros que darle al hombre del bombín marrón? ¿Qué sería capaz de hacernos a mi padre y a mí aquel hombre si no tenía nada para él cuando regresara?
Miré al señor Chand. Estaba inclinado para alcanzar un libro que guardaba en una de las baldas más bajas. Charlie me miró y señaló con la cabeza hacia el mostrador. Al libro. Al libro que tenía justo delante.
–Estaba convencido de que lo había visto aquí –dijo el joven sin dejar de mirarme y mientras el señor Chand empezaba a sacar otro libro.
Los gestos de Charlie se volvieron frenéticos. Musitaba una palabra: «Cógelo».
–Y ¿tiene algún libro de aventuras que pudiera gustarle a un caballero mayor?
–No soy una librería de esas. Aquí solo hay encuadernaciones de gran calidad, señor –le respondió el señor Chand, que se estaba impacientando.
Me quedaban apenas unos instantes.
Cogí el Bell como si estuviera admirándolo, lo guardé en la cartera ¡y en tres pasos estaba en la puerta… y de inmediato en la calle!
Empecé a caminar a paso ligero, con el corazón latiéndome en el pecho con fuerza y un momento después oí:
–¡Eh! ¡Oiga, señorita, deténgase!
Eché a correr. Mis tacones resonaban sobre el pavimento como disparos de pistola. La gente se detenía a mirarme y me veía obligada a esquivar a unos y a otros y sus «¡Pero bueno…!». Oía pasos como martillazos por detrás de mí. Pasos fuertes sobre el adoquinado.
No quería mirar. No podría soportar volverme y ver al señor Chand y a sus ayudantes persiguiéndome; no podría soportar ver su cara de enfado.
¡Y no quería ni imaginar lo que me sucedería si me atrapaban!
La policía…, la cárcel… Seguí corriendo, aún más rápido, y fui doblando una esquina tras otra hasta que me encontré en una callecita estrecha que apestaba al río.
–¡Espera!
Esta vez no era Chand.
Bajé el ritmo y Charlie me alcanzó, resoplando, con la cara colorada.
–¡Madre mía, cómo corre usted, señorita Delaney!
En el momento en que me detuve, el peso de lo que acababa de hacer cayó sobre mí como una losa. Respiraba con fuerza, pero no era tanto por la carrera.
–¡¿Pero qué he hecho?! –Me sacudí el cabello–. ¡No puedo creer que le haya robado el libro!
Charlie me cogió por los brazos y me volvió hacia él para que lo mirara.
–No le has dicho cómo te llamas. No te conoce de nada. Necesitas ese libro más que él. ¡Que su esposa lea algún otro romance, que hay muchos!
Lo decía tan convencido que me calmé un poco.
–Sí, sí…, tienes razón.
–Dudo mucho que vaya a llamar a la policía por un libro que no vale nada, pero será mejor que nos larguemos de aquí.
Charlie me cogió de la mano y le seguí un poco como mareada hasta que llegamos a la calle del puente Vauxhall.
Charlie paró un cabriolé y en apenas un rato estábamos de vuelta en el West End.
Yo iba mirando cómo la ciudad pasaba a toda prisa por delante de mí, con la cartera en el regazo y las manos sobre la forma del libro que llevaba dentro.
–Antes solía hacer cosas así a menudo –le comenté a Charlie, pero sin que pareciera que me sentía orgullosa de ello–. Pensaba que lo había dejado atrás…
–El pasado tiene una curiosa forma de reaparecer ante nosotros cuando lo necesitamos.
Pensé en Harry y que estaba en un cabriolé con un hombre con el que había compartido cama y me pregunté si seguía siendo Harry el futuro que quería o si, después de todo esto, volvería a desvanecerse en el vasto país de mis errores pasados.
–¿Por qué me ayudas? –le pregunté a Charlie.
El joven me miró desde la ventanilla de su lado como sorprendido por mi pregunta.
Su mirada era amable –si dejabas a un lado el descaro del West End– y, cuando sonreía, me daba la impresión de que aquella sonrisa solo fuera para mí.
¿Sonreía Harry así? Por un momento fui incapaz de recordarlo y la semilla de la culpa empezó a florecer en mi interior.
Se encogió de hombros.
–Será porque soy un caballero, ¿no? El Príncipe Encantador, siempre dispuesto a ayudar a una damisela en apuros.
–Pues me has ayudado a cometer un delito. Te has puesto en peligro por una persona que apenas conoces.
Su sonrisa dudó y creo que, por un instante, vi la verdadera persona que había por detrás de tanta bravuconería.
–No sé…, supongo que me gustas. Así de sencillo. Sé que no soy gran cosa, que no tengo nada que ofrecer, pero no soy malo.
Cuando dijo aquello de «ofrecer», sentí que quería hacerme muy pequeña.
–Yo tampoco tengo nada que ofrecer –dije en voz tan baja que creo que cabe la posibilidad de que no me oyera.
Sentía la confusión en el latido del corazón.
Con cada pulso me venía al pensamiento un nombre diferente: Harry…
, Charlie…, Harry…, Charlie…, y ambos sonaban igual de persistentes.
Charlie me pasó el brazo por los hombros y no me resistí e incluso me pegué a él.
El cabriolé nos mecía, con mi cabeza en su pecho y nuestros dedos entrelazados.
Empecé a sentir el calor de nuevo mientras recordaba aquellas manos en mi cuerpo la noche que pasamos juntos…
, pero eso hizo que me embargara la melancolía y me di cuenta de que no tenía claros mis sentimientos.
Sin embargo, tampoco tenía tiempo para ponerme a pensar en ello, porque el cabriolé se detuvo y nos dejó en Charing Cross, en la entrada del pasaje Cecil.
Charlie tiró de mí hacia la librería.
–Ven, te esconderé arriba.
Pero no me moví.
–No, no puedo.
–Grieves no se enterará, está siempre en su oficina.
–No es eso. Te he puesto en peligro. El hombre del bombín marrón podría venir también a por ti… y nunca me lo perdonaría.
Pero no era exactamente eso. Estaba preocupada, qué duda cabe, ante la posibilidad de que el hombre del bombín marrón encontrara a Charlie…
, pero lo cierto es que lo que me retenía era la confusión que sentía.
El sentimiento de culpa. Si subía con él las escaleras…
, no sabía lo que podía suceder… y no quería arriesgarme.
No quería hacerle eso a Harry. Ni a Charlie.
Ninguno de ellos se merecía solo la mitad de mi amor, pero no tenía claro que fuera a ser capaz de entregarme por entero a alguno de los dos.
–No le tengo miedo –respondió Charlie al tiempo que intentaba esbozar una sonrisa.
Aun así, me solté de su mano.
–Lo siento, Charlie, pero tengo que irme.
Me di la vuelta y me alejé.
–¡Lilian! –me llamó, pero ni yo me volví ni él me persiguió.