La encuadernadora de Oxford Capítulo 19
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Capítulo 19

–¿Dónde has estado? –me preguntó Charlie al verme entrar apurada en el café, con la cara roja.

Era casi la una y media.

–¿Me creerías si te dijera que he estado leyendo?

–Pues tenía que ser una novela muy interesante.

Nos sentamos en una mesa junto a la pared.

El sitio estaba bien iluminado a pesar de lo gris del día, con lámparas encendidas cada pocos metros y espejos en las paredes que reflejaban la luz en todos los rincones.

El suelo era de madera pulida de color nogal con un patrón de parqué y las mesas eran de madera y estaban pintadas de blanco.

El efecto no era el de un antro acogedor típico del West End, sino el de como me imaginaba que deberían ser las cafeterías de París.

En la mesa me esperaba un café. Se había quedado frío, pero me lo bebí de tres tragos notando su amargor mientras me bajaba por la garganta.

Charlie me miraba.

–Y ¿qué has estado leyendo?

–He conseguido acceder al archivo del Looker-On .

Enarcó las cejas.

–Y ¿cómo lo has hecho?

–Porque soy encantadora.

Se rio e intenté sonreír, aunque, con lo que había pasado el día anterior, fue una sonrisa muy fría.

–¿Recuerdas la carta que había en el libro quemado?

–le pregunté, y asintió–. Pues en el otro, en el que me diste, también había páginas escondidas.

En ellas se hablaba de un joven caballero y he ido al periódico a ver si encontraba alguna mención acerca de él en las páginas de sociedad de hace cincuenta años.

–Y ¿has encontrado algo?

–No… –Charlie puso cara de desánimo–, pero porque alguien se ha deshecho de varias páginas de diferentes periódicos tanto de ese año como del siguiente. ¡Las han cortado enteras!

–¿¡De las copias del archivo!?

Asentí.

–Creo que las que han cortado son por él. Por ese caballero. Alguien intenta que no se le recuerde.

Charlie se inclinó hacia delante y me fijé en que movía la lengua por la boca, como si se le hubiera quedado una semilla entre los dientes.

–¿Por qué iban a hacer eso?

–No lo sé, pero fuera lo que fuera que hizo ese joven, tuvo que ser terrible.

De camino a la cafetería había intentado imaginar qué podría haber hecho William Heathfield para provocar una reacción semejante. Había matado a alguien, sí, pero ¿era eso suficiente para querer borrar su nombre de la historia? ¿A quién habría matado?

–¿Has encontrado tú el otro libro de Bell en el registro? –le pregunté al recordar de repente la razón que me había llevado hasta allí.

–Grieves es muy riguroso y guarda un registro de cada ejemplar que entra y sale de su librería, pero este no estaba en el libro de registro habitual, sino en un librito que tiene escondido…, pero que he logrado encontrar. –Charlie se me acercó–. El tercer libro se lo envió a un tal Mohan Chand.

Conocía ese nombre.

–¿Estás seguro?

–¿Has oído hablar de él?

–Es encuadernador –le expliqué mientras empezaba a pensar en él.

Mohan Chand. Al parecer, nuestras órbitas estaban entrelazadas: primero conocí a su esposa en el tren, luego tuve la oportunidad de apreciar uno de sus volúmenes y, ahora, su nombre aparecía en el librito oculto de Grieves.

–Tengo una dirección –me dijo Charlie sonriendo–. ¿Te apetece dar un paseo?

Nos encontrábamos ante un edificio de ladrillo rojo en la calle Rochester, en Westminster.

El edificio de Chand destacaba entre las viviendas vecinas en una calle que ya resultaba impresionante de por sí.

El taller de encuadernación tenía dos ventanales y la parte frontal estaba pintada de un verde oscuro y muy agradable a la vista –el color de las últimas hojas de verano de los robles y de los terciopelos más ricos–.

A un lado tenía una sastrería de caballeros y al otro, una sombrerería.

Un hombre podía comprar un traje y pedir que le encuadernaran su volumen favorito en el mismo viaje.

La concurrencia de la media tarde entraba y salía del taller.

Nunca había visto un sitio así tan concurrido, porque el señor Caxton no aceptaba clientes de paso, solo visitas concertadas que, por lo general, eran de editores que querían hacer un pedido.

Lo corriente era que fuera él quien saliera de visita y también trabajaba por correspondencia. De pronto, me sentí nerviosa.

Charlie me apretó la mano.

–¿Qué es lo peor que podría pasar ahí dentro?

–Podría hacer el ridículo ante un maestro encuadernador.

Se encogió de hombros.

–Seguro que no eres la primera. Venga, vamos, que Grieves me va a desollar.

Dejé que cruzara la calle por delante de mí y que entrara primero en el taller. Nada más hacerlo, sentí una oleada de bienestar. Aquello era lo que mejor conocía, solo que a gran escala.

El lugar estaba tan limpio, brillante, que parecía nuevo e hizo que cobrara conciencia de lo pequeño, polvoriento y oscuro que era el taller del señor Caxton. Este, en cambio, parecía un palacio para encuadernadores.

A primera vista, el taller estaba dividido en dos secciones.

La parte delantera tenía vitrinas llenas con los diseños más exquisitos y, por detrás, había estanterías con los volúmenes más comunes.

Un hombre con un buen traje y un bigote negro y frondoso se encontraba detrás de un mostrador de secuoya, hablando con un cliente.

El mostrador tenía un color tan intenso que brillaba como si se tratase de un espejo. Era como si tuviera luz propia.

A mi lado, todo a lo largo de la pared y hasta el final del taller, había armarios con puertas de cristal llenos de encuadernaciones que parecían tesoros.

Libros con joyas incrustadas, plata u oro en cubiertas de madera, gemas pulidas y redondeadas que formaban parte de diseños fastuosos, detalles con cuero y rotulaciones o motivos decorativos hechos con pan de oro como no había visto en la vida.

Algunos de los libros eran muy grandes y tenían telas pintadas o marfil esculpido; otros eran pequeños y sencillos, libros de oraciones encuadernados en reluciente oro con representaciones de santos martilladas en el metal.

Un volumen en particular llamó mi atención.

Estaba solo en un armario sin nada alrededor que lo eclipsara.

El oro de la cubierta lo hacía brillar. Alrededor de los bordes danzaba un marco de vides que se unía con hojas más grandes que no era capaz de identificar, y en el centro había un arco curvo y apuntado que me hizo pensar en las imágenes que había visto de los palacios de la India.

En el arco había tres pavos reales y las plumas de sus colas relumbraban debido a las joyas rojas que tenían incrustadas.

En aquel libro debía de haber al menos un millar de piedras preciosas y me resultaba imposible apartar la vista de él.

– El gran Omar –dijo una voz a mi lado.

Me volví y vi al hombre del mostrador junto a mí con una sonrisa agradable por debajo del bigote.

Así de cerca, me fijé en que, en realidad, su bigote y su pelo –que llevaba aceitados– no eran tan negros porque albergaban ya muchas canas.

Su piel tenía el color marrón del cuero de ternero.

Era más bajito de lo que me había parecido y, entonces, por detrás de él, medio escondida debajo del mostrador, vi una especie de descalzadora.

–Nunca había visto nada así –le dije mientras el hombre admiraba el volumen conmigo.

–Dígame, ¿puedo ayudarles en algo a su amigo y a usted?

Miré por detrás de mí y vi que Charlie estaba examinando los armarios del otro lado de la estancia.

–¿Acaso necesitan nuestros servicios? –preguntó–. O puede que estén buscando una edición especial para hacer un regalo.

El hombre miró rápidamente a Charlie. Ninguno de los dos estábamos vestidos como para andar de compras por Westminster y no culpé al hombre porque se mostrara suspicaz. Charlie adoptó un aire afectado, levantó la barbilla y empezó a mirar como con exigencia. No pude evitar sonreír.

–De hecho –dije, y el hombre volvió a centrar su atención en mí–, estoy buscando al señor Chand. Soy una colega encuadernadora y necesito un volumen en particular.

Al hombre se le alegró la cara.

–¡Yo soy Mohan Chand! Es un placer conocer a una colega. –Me cogió la mano con las suyas–. A ver, hábleme del libro en cuestión.

–Hay un escritor de romances y aventuras que a mi padre le encantaba cuando era joven. Ahora, el pobre está enfermo y me gustaría dar con una serie de libros para que disfrutara de sus últimos años de vida.

La mentira –aunque en parte era verdad– me dolió mucho más de lo que había imaginado y me afloraron las lágrimas. Charlie se me acercó enseguida y me cogió por el codo.

–¿Estás bien? –me preguntó.

Asentí.

El señor Chand se llevó la mano a los labios.

–¿Quiere un vaso de agua? –me preguntó.

–No, muchas gracias. Es solo que esos libros son muy importantes para mí. Mi padre es librero y gracias a sus contactos he descubierto que podría tener usted uno de los que busco.

Chand puso cara de sorpresa.

–¿Y cuál es el título?

–Pues lo desconozco, pero sé el nombre del autor: Abel Bell.

–¡Vaya!, mi esposa también es admiradora de su obra, aunque no entiendo por qué. Supongo que le gustan los romances –comentó, cargando de afecto sus palabras.

Me acordaba de la mujer, de nuestro encuentro en el tren, de su amabilidad y de su curiosidad.

–Y ¿está ella aquí? Porque creo que coincidimos en una ocasión.

–Lleva unas semanas viajando. Es ella quien asiste a las subastas y a las ventas de lotes de familias adineradas por todo el país buscando rarezas para la tienda. Ha estado en Edimburgo toda una semana, ¿puede creérselo? Podrá verla si vuelve usted dentro de unos días.

–Qué pena. En cuanto a las obras de Abel Bell, a mi padre le gustan más las primeras, las de en torno a los años cincuenta.

El señor Chand frunció el ceño y se tamborileó la barbilla con un dedo.

–Pues yo diría que hace poco recibimos un Bell, uno raro, de hecho. Aún no he hablado con mi esposa para ver si es uno de los que quiere, pero supongo que, al menos, puedo dejar que le echen ustedes un vistazo.