Capítulo 18 #3
Me quedé observándola por unos instantes, mientras desaparecía en la oscuridad.
Sus pasos entrecortados sobre la piedra dejaron de oírse y, un rato después, la oí subiendo por las escaleras.
Encendí las lámparas que había a cada lado de aquella fila de estanterías y me encontré, de repente, envuelta por un agradable capullo de luz cálida.
Enseguida me puse con mi tarea, porque apenas tenías unas horas y cientos de periódicos en los que buscar.
Comprobé las etiquetas de las cajas. Cada una estaba signada con un rango de meses de un año en concreto.
Estando aquella zona tan organizada, la labor me iba a resultar fácil.
Fui mirando, hasta que encontré la caja que contenía los periódicos de abril a junio de 1851.
La Regata de Henley siempre se celebraba a finales de junio.
Siendo de Oxford, era imposible escapar del furor generalizado los días anteriores a las regatas y de las celebraciones –o la conmiseración– los días posteriores.
Saqué la caja de la estantería, la dejé en el suelo y me acerqué la lámpara.
Dentro había un montón de unos doce periódicos doblados.
Las cabeceras eran claras, brillantes, resaltando The London Looker-On en una tipografía recargada junto con una bonita ilustración de la ciudad por debajo.
Miré las fechas y fui pasándolas hasta que di con un candidato probable: el sábado 21 de junio de 1851.
La regata solía celebrarse a mediados de semana, por lo que se habría informado al respecto el sábado o el domingo.
Tras ojear el periódico a toda prisa, no tardé en encontrar la noticia. Sonreí; no iba a necesitar horas.
«La Regata Real de Henley, una muestra regia en la que Oxford se alza con la victoria», rezaba el titular.
El artículo hablaba de las carreras y de cómo habían competido las universidades de Oxford y Cambridge, con sus colores, los tiempos que había hecho cada uno y los resultados.
Era un reportaje, no había nada de cotilleo, así que fui hojeando el periódico hasta llegar a las páginas de sociedad.
Pero no estaban allí. En su lugar había un corte de arriba abajo. ¡Alguien se las había llevado!
Me puse en cuclillas. Volví a mirar todo el periódico, pero las páginas no estaban.
Busqué en el diario de la semana anterior y los cotilleos seguían allí.
Hablaban de cantantes y músicos que actuaban en la capital, de artistas que exponían sus nuevas obras y de los bailes y fiestas de la temporada, de un duque sin nombre y casado que bailaba con la hija de un político de los Estados Unidos.
De un altercado entre dos caballeros por una bebida derramada.
Poca cosa. Nada escandaloso. Comprobé también la semana después de la celebración de la Regata de Henley y las páginas estaban allí, pero se hablaba más o menos de lo mismo.
Era solo aquella semana la que faltaba, y aquellas páginas en concreto. Ahora bien, ¿quién las habría cortado y por qué… en el archivo de un periódico? Estaba claro que era para deshacerse de la mención a alguien, pero ¿podría ese alguien ser William Heathfield?
No me di cuenta de lo rápido que me latía el corazón. De repente, la estancia me pareció aún más oscura y todo crujido o golpe que llegaba de arriba me parecía alguien que andaba por detrás de mí.
–Concéntrate, Lilian –me dije a mí misma en voz alta. Mi voz llenó el espacio, que ya no me parecía tan grande–. Tiene que haber algo más.
Seguí con mi tarea, leyendo las páginas de cotilleos de cada periódico de la temporada.
Bailes, ceremonias, muestras teatrales, bodas, pedidas de mano, las regatas, las carreras…
En un número de finales de julio se hablaba de un gran baile, el acontecimiento de la temporada, que tendría lugar la semana siguiente.
Sin embargo, las páginas de sociedad de los siguiente siete días… ¡también estaban cortadas!
Y lo mismo las de otro periódico, en septiembre….
Aquello no podía ser ni una coincidencia ni un accidente.
Esas páginas, que bien podrían haber hablado de un acontecimiento o de una persona, habían sido eliminadas deliberadamente para que no quedase registro de ellas.
De hecho, estaban bien cortadas, con una cuchilla o algo similar.
No obstante, me costaba creer que un joven caballero, por mucho que fuera uno sin posibles y, por tanto, una pareja inadecuada para una dama, hubiera provocado una reacción así.
¿Qué habría hecho? Recordé la frase de la carta: «Ojalá no lo hubieras matado, pero me alegro de que esté muerto».
¿¡A quién habría matado para que alguien quisiera borrar toda prueba de su existencia!?
El tiempo parecía que avanzara diferente allí abajo y no tenía claro cuánto me quedaba.
Empecé a desesperarme. Di con la caja de la temporada anterior y ojeé ejemplares en busca de alguna mención a William Heathfield con la esperanza de que quienquiera que hubiera cortado las páginas no hubiera caído en buscar antes de su coqueteo con la dama.
Un periódico tras otro… y nada. Ni una sola mención ni de él ni de su familia.
En el año siguiente, 1852, había otro par de páginas cortadas tanto en marzo como en mayo.
El pánico se apoderó de mí. Pasaba hojas a toda velocidad.
Los dedos empezaban a ennegrecérseme por la tinta.
Estaba rodeada de periódicos, de hojas sueltas…
, un desorden que tardaría horas en arreglar.
Una mano me cogió por el hombro.
Pegué un salto. Grité. Se me salió el corazón del pecho. Era él, el hombre del bombín marrón. Había vuelto a encontrarme y ahí estaba el brillo plateado. La navaja.
–¡Señorita!
La recepcionista, sobresaltada por mi reacción, miraba aterrorizada, con los ojos como platos, el desorden que había provocado.
Recuperé el aliento.
–Lo sien…
–He llamado dos veces. Tiene que irse ya, es casi la una.
–Oh… –dije mientras la estancia pasaba de ser una mazmorra en sombras a un sótano normal y corriente, y me percataba de que la persona que tenía delante no era ningún demonio conjurado por mi pensamiento, sino una mujer molesta que se había arriesgado por ayudarme.
Noté que el corazón dejaba de latirme tan rápido y asentí.
–Lo siento, no sabía qué hora era y no he oído las llamadas, se lo aseguro.
Me tendió la mano para ayudarme a levantarme y, mientras lo hacía, una manta de periódicos se me cayó de encima y se desparramó por el suelo.
–¡Pero mire lo que ha hecho! –me gritó–. ¡La que ha liado! Espero que, al menos, haya descubierto algo digno de mención.
–Pues… no he descubierto nada… –A la mujer se le oscureció la expresión–. Excepto que alguien ha cortado las páginas relacionadas con el tema.
La recepcionista tiraba de mí, pero al oír aquello se detuvo.
–¿¡Cortado!?
Cogí uno de los diarios y se lo enseñé. La mujer pasó un dedo por el corte.
–¿Sabe quién podría haber hecho esto? –le pregunté–. ¿O cuándo?
Negó despacio con la cabeza.
–Estos periódicos tienen cincuenta años… y no sé cómo ha podido suceder. Podría preguntarlo, pero…
La miré esperanzada.
–¿Haría eso por mí?
–¡Este está siendo el día más emocionante que he vivido en años! Dígame su nombre y dónde dar con usted y a ver qué descubro.
No podía creer que hubiera tenido tanta suerte con aquella mujer. Saqué un pedazo de papel de la cartera y escribí mi nombre y la dirección del taller de encuadernación del señor Caxton. También escribí otro nombre.
–Este es el caballero a quien estoy buscando.
–¿William Heathfield? –Y arrugó el ceño–. No he oído hablar de ningún Heathfield.
–Yo diría que esa era la intención de quienquiera que haya cortado estas páginas.
–¡Qué misterio! –La recepcionista respiró hondo y se quedó un rato mirando el nombre. Y de pronto se dio cuenta–: ¡He de volver a la recepción, el editor jefe llegará de un momento a otro y si no me ve en mi puesto…!
Seguí sus pasos rápidos por entre estanterías y pilas de periódicos.
A medida que nos acercábamos a las escaleras, el ruido de las oficinas empezó a penetrar en el silencio y, según subíamos, se convirtió en estruendo.
Al salir me quedé apabullada, pues acababa de dejar una cueva para meterme en un completo pandemonio.
Los jovencitos seguían corriendo de un lado para otro con las manos llenas de papeles, con lápices en la oreja; y las mecanógrafas producían un tamborileo constante al teclear.
La mujer –aún no sabía su nombre– me apremió por entre aquel caos hasta la recepción.
Me dio la sensación de que nadie reparaba en mi presencia.
La mujer se sentó en su puesto y justo en ese momento se abrió la puerta principal y entró un hombre imponente de unos setenta años, con un bigote retorcido y un traje de manufactura impecable.
–Buenos días, señor Darrington –le dijo la recepcionista con una sonrisa reluciente. La mujer estaba sonrojada por nuestra carrera, pero me dio la impresión de que el hombre ni se fijaba ni le importaba.
De hecho, ni se detuvo. Se limitó a echarme una mirada tan penetrante que quise hacerme pequeña. A la recepcionista le echó la misma mirada y ni siquiera le devolvió el saludo.
En cuanto el hombre cruzó la puerta de las oficinas, el sitio se quedó en el más completo silencio. Las mecanógrafas bajaron el ritmo –aunque no pararon– y ya no oía ni los pasos alocados de jóvenes corriendo, ni los ladridos de los editores.
La recepcionista relajó los hombros y soltó un largo suspiro.
–Gracias por su ayuda –le dije–. Soy tan maleducada que ni siquiera le he preguntado cómo se llama. Aunque lo sabré si me escribe.
–Evelyn –me dijo–. A ver qué descubro, pero tiene que irse, de verdad.
Salí del periódico y caía una llovizna invernal. Me subí la chaqueta hasta las orejas. Las preguntas se me agolpaban en la cabeza mientras me dirigía al Café Madeira con la esperanza de que la búsqueda de Charlie hubiera sido más fructífera.