La encuadernadora de Oxford Capítulo 18 #2
32%

Capítulo 18 #2

–Pues ha vuelto a dar conmigo. Anoche vino a mi casa y me amenazó. Tengo que encontrar esos libros o… o no sé lo que me hará.

–¡Dios…! –exclamó Charlie, que, de repente, era como si me mirara de manera distinta, a través de una nueva lente.

Sabía que estaba pálida, que tenía los ojos oscurecidos y que parte de mí, aunque fuera en lo más profundo, aún temblaba.

Se acercó y me abrazó. En un primer momento me resistí, no tenía tiempo para aquello, pero tras un instante en sus brazos, con la cabeza descansando en su hombro, sentí que empezaba a relajarme.

Yo también lo abracé y lo olí. Con aquel hombre al que apenas conocía había compartido algo muy íntimo.

Lo tomé por una especie de granuja, una persona superficial con moral vana, como yo, pero Charlie era más que eso.

Olía a libros, a tabaco, a madera de cedro.

–Y, dime, ¿qué quieres que haga? –me preguntó, y sentí su aliento en el pelo.

Bien podría haberme echado a llorar. Por fin alguien que me ayudaba sin juzgarme.

–Me contaste que, cuando entraste a trabajar para el señor Grieves, este había encontrado tres libros. Yo he tenido dos de ellos, pero he de saber adónde fue el tercero.

Se quedó callado un momento.

–Eso no va a ser fácil. El señor Grieves no habla de ellos y lo envió hace tiempo. No sé si guardará un registro al respecto.

–Por favor…, ¿podrías intentar enterarte? Es que no sé qué otra cosa hacer.

Me besó en el pelo y sentí un escalofrío.

–Voy a intentarlo.

Nos separamos y una pareja rica que pasaba caminando se nos quedó mirando como si le sorprendiera la familiaridad con la que nos tratábamos. Me dio igual. Yo en lo único en lo que pensaba era en el libro y en aquel buen Charlie que estaba dispuesto a ayudarme a encontrarlo.

–Voy a tardar un poco. Grieves se va a comer a mediodía y no vuelve al menos en una hora. Hasta entonces no podré entrar en su oficina. Nos encontraremos en el Madeira, la cafetería de la carretera de San Martin.

Asentí.

–Allí estaré.

Se disponía a irse, pero lo sujeté y le di las gracias:

–Gracias.

Su sonrisa regresó.

–No me las des todavía. –Y se fue, aunque unos pasos más adelante se volvió y me guiñó el ojo.

No es que faltaran tantas horas para que nos reuniéramos, pero la idea de estar sentada en una cafetería, esperándolo, hizo que me sintiera desmoralizada y que me entraran picores.

Tenía que hacer algo. No podía ir a ver a los editores de los libros de Bell porque estaban en Mánchester, pero podía investigar sobre William Heathfield y su enredo con la hija de un lord.

Las oficinas del popular periódico The London Looker-On no estaban lejos, al lado de Covent Garden, y ya me dirigía hacia allí a grandes pasos antes siquiera de que la idea se asentara en mi cabeza.

El periódico era uno de los preferidos del señor Caxton, a quien se lo enviaban semanalmente.

El hombre decía que le gustaba vivir a través de los jóvenes destacados de la capital y mantenerse al día de la moda entre los caballeros como él.

No estaba muy segura de qué quería decir con eso último, dado que nunca lo había visto vestirse con nada que no fuera tweed , pero tampoco cuestionaba sus palabras.

En más de una ocasión había leído chismes de sociedad en aquellas páginas cuando era la hora de la comida y no teníamos nada que hacer.

No me cabía duda de que el archivo del periódico sería vasto.

El pasaje Cecil y Covent Garden eran vecinos, así que no tuve que caminar mucho.

Las oficinas del The London Looker-On se encontraban en un edificio bonito y encalado de la calle Bedford, con ventanas arqueadas custodiando una entrada sencilla y la recepción.

El periódico tenía ochenta años y en vez de mantenerse fiel a sus orígenes había cambiado y se había adaptado al mundo actual y a sus lectores, por lo que era uno de los pocos que sobrevivía.

Llegué a la puerta antes incluso de saber qué iba a decir.

Una mujer no mucho mayor que yo levantó la vista de su máquina de escribir cuando me vio entrar.

Llevaba unos anteojos delicados sobre la nariz y el pelo peinado al estilo pompadour .

Me dedicó una gran sonrisa. La recepción en sí no era gran cosa, con una planta alta de porte regio en una esquina y unas cuantas sillas para las visitas.

–Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?

–Hola –dije, y mi mente se quedó vacía. No sabía qué más decir para convencer a aquella mujer o a su jefe de que me dejaran consultar su archivo.

La recepcionista arrugó ligeramente el ceño mientras me acercaba a su escritorio.

–¿Está usted perdida? ¿Necesita que le indique cómo llegar a algún lado?

–No, gracias. Es que…, esto… –No fui capaz de dar con una mentira con la rapidez suficiente, así que recurrí a la verdad–, me gustaría consultar su archivo.

La recepcionista enarcó las cejas, pero no lo bastante como para alterar su gesto.

–¿Nuestro archivo? No está abierto a visitantes a menos que tengan cita, que ha de pedirse por escrito y con antelación.

Me lo temía. Miré a aquella mujer, su escritorio, en busca de cualquier cosa que pudiera ayudarme, pero no había nada destacable en ella ni en la mesa.

–Lo comprendo –dije–. La cuestión es que soy encuadernadora de profesión –cuando me oyó decir aquello fue como si se relajara, como si ya no me considerara una loca de la calle– y me he topado con una historia tan sorprendente que resulta difícil de creer.

Es una historia de amor y tragedia entre dos jóvenes miembros de la alta sociedad en los años cincuenta.

No logro quitarme de la cabeza dicha historia y había pensado que seguro que en su archivo descubriría la verdad.

La recepcionista abrió los ojos como platos, intrigadísima.

–¿De quiénes se trataba?

–De la hija de un lord rico y poderoso y de un caballero sin posibles. Se enamoraron, pero el relato que conozco solo es una parte y termina abruptamente, después de que quedaran para verse en la Regata de Henley. Ni se imagina cuánto me gustaría saber cómo termina.

–Se supone que no debería dejarla pasar…

Me incliné un poco más hacia ella.

–En su historia hay un asesinato, pero no sé de quién, aunque parece que el joven caballero es el culpable, y he de descubrirlo.

La recepcionista abrió la boca cuando oyó la palabra «asesinato».

–¿Cree usted que mataría al padre de ella?

–No lo sé. Puede que incluso fuera en un duelo.

Ahogó un grito. ¡El romanticismo de los duelos! Un hombre luchando por su honor o por el honor de su dama. Aquello era lo típico de las novelas.

La recepcionista miró la puerta de las oficinas principales para asegurarse de que no venía nadie y se puso de pie.

–Puedo darle un par de horas, pero debe marcharse usted antes de la una en punto, que es cuando llega el editor jefe. Ahora bien, me temo que no todo el archivo está especialmente bien organizado.

Me dieron ganas de abrazarla.

–Gracias, de verdad. –No fui capaz de esconder una sonrisa, por mucho que intentara mantener una apariencia profesional.

Me hizo pasar a las oficinas principales.

El ruido del repiqueteo de las máquinas de escribir me asaltó y me pregunté cómo alguien podía trabajar con aquel alboroto.

Las oficinas estaban llenas de trabajadores.

Jovencitos que, como quien dice, acababan de quitarse los pantalones cortos, se sentaban junto a los receptores de telégrafos; mujeres que tecleaban a una velocidad endiablada y en un despacho con ventana; al fondo, los editores y los escritores estaban sentados alrededor de una mesa cubierta de papeles.

Los jovencitos corrían de un lado para otro de las oficinas desde el telégrafo, pasando los últimos cotilleos de la alta sociedad; los editores les ladraban órdenes y los jovencitos se acercaban a las mecanógrafas, que convertirían las pocas palabras del telegrama en una historia.

Allí nada iba despacio y el movimiento era constante.

Solo de verlo me quedé sin aliento; solo de imaginarme en aquella vida rápida y hambrienta, me ponía nerviosa.

Nadie se fijó en la recepcionista y en mí mientras avanzábamos por el borde de la estancia, dejando atrás el despacho de los editores hasta llegar a un pasillo.

Había puertas a ambos lados: una pequeña cocina, un lavabo, una sala de fotografía, otra con dibujantes de tiras cómicas y, por fin, al final del mismo, la puerta del archivo.

La mujer abrió la puerta, ya que no estaba cerrada con llave, y, juntas, bajamos las escaleras. Cuando llegamos abajo, encendió una lámpara y la sujetó por encima de la cabeza.

La lámpara emitía una luz suave y amarilla que no llegaba muy lejos. Más allá de su halo, de hecho, la sala estaba completamente a oscuras.

–¿Los años cincuenta ha dicho?

–El año 1851, concretamente.

Me llevó por la sala y no tardé en percatarme de sus dimensiones. A ambos lados tenía estanterías altas y llenas de cajas. En el suelo también había muchas, algunas de ellas con montones de periódicos encima. Se respiraba mucho silencio, hacía fresco y olía a papel viejo. Me sentía como en casa.

En la pared, al final de la fila de estanterías por la que íbamos, colgaba una lámpara.

La recepcionista la encendió y la luminaria nos proporcionó la tan deseada luz.

La mujer giró a la izquierda y pasamos por más filas de estanterías hasta que empezó a caminar más despacio, consultó la etiqueta de una de las cajas y se volvió hacia mí. Me entregó una caja de cerillas.

–Hay lámparas al final de la mayoría de las filas. La avisaré a la una menos cuarto y tendrá que marcharse.

–Comprendido. Muchas gracias por su ayuda.

La mujer por fin sonrió.

–Si descubre algo, ¿me lo contará?

–¡Por supuesto!

–¡Qué emocionante! –Tras lo que soltó un suspiro de anhelo y me tendió la lámpara–. ¡Buena suerte!