La encuadernadora de Oxford Capítulo 18
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Capítulo 18

Me levanté en cuanto el sol asomó tras los chapiteles y convirtió en gris el cielo negro.

Me dolía el cuerpo y la parte de la barbilla, donde el hombre del bombín marrón me había pinchado con la navaja.

Cogí las páginas, las metí dentro de un librito de poesía y lo guardé en la cartera.

La chifla que había llevado en ella en mi anterior viaje a la ciudad seguía allí, así que la cogí y la guardé en el bolsillo de la capa.

Había salido antes de que mi padre despertara y llegué al taller del señor Caxton antes de que él lo hiciera.

Le dejé una nota diciéndole que estaba enferma y que, por favor, no viniera a visitarme, que no quería contagiarlo, dado que era mayor y, por lo tanto, frágil.

Oxford aún dormía mientras lo recorría en dirección a la casa de Harry, que estaba en la calle Botley.

Llamé hasta que me abrió, cosa que hizo mientras se ponía una camisa y con los ojos hinchados por el sueño.

–¿Lily? ¿Qué haces aquí?

–Necesito que me guardes esto –le dije al tiempo que le tendía el librito de poesía en el que había metido las páginas.

Lo cogió. Parpadeó.

–¿Qué… qué está pasando?

–No puedo contártelo todo ahora, no tengo tiempo, pero ¿recuerdas el libro del que te hablé, el que tenía dentro la carta de amor?

Asintió.

–Bueno, pues la historia va más allá de lo que creía y hay otras personas que buscan otros libros. En ese hay unos papeles.

Se le pasó el sueño de golpe.

–Me estás asustando. Dime qué pasa. Puedo ayudarte.

–Ahora no, pero pronto, te lo prometo. Necesito que confíes en mí y que escondas el librito que acabo de darte.

–Pero, Lily… –Y me cogió del brazo.

–Por favor, Harry…, tú confía en mí.

Harry vio la dureza de mi mirada y el miedo que me recorría. Tenía que ir a Londres y dar con el otro libro y eso era lo único en lo que podía pensar.

–Vale, lo esconderé.

El alivio me hizo sonreír.

–Gracias. –Me puse de puntillas y le di un beso en la mejilla.

Harry olía a algodón cálido y deseé echarle los brazos al cuello y quedarme allí para siempre, hundirme en él y olvidarme de todo lo demás.

Sin embargo, me aparté de él y lo dejé en la puerta de su casa, medio vestido y confundido.

Fui presurosa a la estación, compré un billete y esperé.

Había alguna que otra persona más en el andén, todas ellas bien pertrechadas para el frío y con aspecto somnoliento.

En cuanto llegó el tren, subí. Estaba vacío.

El jefe de estación paseaba por el andén, dándole vueltas al silbato con una mano y frotándose los ojos con la otra.

Me senté cerca de la puerta del vagón y me pegué a la pared.

Desde allí podría ver a todo el que subiera o anduviera por la estación.

Esperamos un rato, pero a mí me pareció una vida.

Me moví en el asiento y estiré el cuello para ver la parte más alejada del andén.

Vi a un hombre con bombín llegar a la estación.

Me encogí contra la pared, pero, cuando volví a mirar, me di cuenta de que no se trataba de la misma persona.

El hombre consultó su reloj de bolsillo y luego el de la estación, tras lo que subió al tren, pero lejos de mí.

Este se puso en marcha y volví a hundirme en mi asiento, respirando hondo por primera vez desde la noche anterior. No había visto subir al tren al hombre del bombín marrón y, al menos, durante un tiempo, tampoco lo haría nadie más. Estaba a salvo. Las páginas también.

El hecho de que apenas hubiera dormido durante la noche me pasó factura y los ojos empezaron a cerrárseme con ayuda del traqueteo del tren, que me mecía.

Me desperté de golpe al oír un silbato cuando el tren se detuvo en la estación de Paddington.

El vagón estaba casi lleno y a mi lado había una mujer con las mejillas sonrosadas. Se sobresaltó debido a la manera en que me desperté y a punto estuvo de caérsele al suelo la prenda de punto que tejía.

–¡Dios bendito! –exclamó mientras se esforzaba por recuperar el ovillo.

–¿Hemos llegado?

La mujer me sonrió y sus mejillas se convirtieron en unas cerezas redondas y brillantes.

–Sí, querida. Estaba usted muy cansada. Ha hecho todo tipo de ruidos mientras dormía, igual que mis hijos cuando eran pequeños.

Me sentí avergonzada y al sentimiento lo acompañó un calor que me subía por la cara.

–Lo siento mucho.

Hizo un gesto con la mano como para restarle importancia.

–No, no, si ha sido de lo más entretenido. Hablaba usted de libros. –La mujer soltó una risita nerviosa y guardó la labor de punto en una cartera grande.

Me puse derecha y me atusé el pelo.

–Espero que no le importe que me haya sentado a su lado –siguió diciendo la mujer con aire maternal–. A los carteristas les encantan los pasajeros que se quedan dormidos.

Revisé mis bolsillos y la cartera, buscando también la chifla. Estaba todo.

–Gracias. Ha sido un gesto muy amable por su parte.

La mujer se levantó para recoger sus cosas.

–Siempre les digo a mis hijos que la amabilidad es la mejor herencia. Adiós, querida. Espero que encuentre usted el libro que está buscando.

Me quedé mirándola mientras avanzaba despacio por el pasillo y bajaba del vagón.

Aún tuvo que pasar un momento más para que la niebla que me aturdía se pasase y mi cerebro supiera qué hacer.

El reloj dio las diez justo cuando salía de Paddington.

Se oían campanas tanto en la estación como en las iglesias cercanas.

El señor Caxton ya habría encontrado mi nota.

Me preguntaba si estaría enfadado conmigo o si estaría preocupado.

Me lo imaginé pequeño y solo en el taller y noté que el corazón se me inundaba de un sentimiento de culpa.

Cogí un ómnibus desde Paddington a la ciudad y fui al pasaje Cecil.

Aquel era un lugar diferente a la luz del día; la estrecha calle era un hervidero de comercio.

Las librerías tenían su material en la calle para atraer a los curiosos y muchos rebuscaban entre las ofertas.

No pude evitar mirar en una de las cajas que había fuera de Watkins.

Estaba llena de volúmenes baratos de temática esotérica o de literatura barata.

Fue entonces, mientras miraba aquella caja, cuando un nombre me llamó la atención: Abel Bell.

Sentí que se me tensaba el pecho. No podía ser tan fácil…

, pero solo tardé un instante en darme cuenta de que, en efecto, no lo era.

La encuadernación y el tamaño del libro eran diferentes.

Lo cogí. La muerte del amor , decía el lomo en letras doradas.

Se trataba de un volumen pequeño encuadernado con tela roja.

Estaba desgastado y ajado por los bordes.

Los editores eran los mismos que en los otros libros: Montague y Cliff, de Mánchester.

El libro se publicó en 1889 y era una primera edición.

Hacía doce años. El autor podía seguir con vida y saber quién había comprado y reencuadernado seis de sus libros.

Comprobé la contracubierta en busca de los puntos, pero allí no había nada ni parecía que lo hubiera debajo de las guardas; estaban como habían salido de fábrica. Dejé el libro en la caja.

Seguí directa hasta la librería de Grieves y me quedé fuera un momento, medio escondida en la entrada, y miré por el escaparate.

No quería entrar, no quería volver a ver a Grieves y darle la oportunidad de que me echase, porque yo a quien quería ver era a Charlie.

Me quedé mirando un rato. Grieves ayudaba a un cliente y en todo momento me pareció que tenía mala cara.

Dijo algo por encima del hombro y, un instante después, apareció Charlie.

El joven tenía esa actitud tranquila, con una amplia sonrisa para el cliente mientras le tendía un volumen grueso. El cliente lo miró y asintió, tras lo que le estrechó la mano a Grieves. Procedieron con la compra, el dinero cambió de manos y Charlie lo acompañó hasta la puerta, donde yo esperaba.

El hombre se marchó y Charlie me vio de inmediato y me puso aquella sonrisa suya de medio lado. Era tan guapo como lo recordaba. Aunque solo habían pasado unas semanas, me sentía como si hubiera transcurrido media vida.

Charlie levantó un dedo, como diciéndome que esperara un momento, volvió al interior de la librería y le dijo algo a Grieves.

Supuse que le estaba preguntando si podía hacer un descanso o diciéndole que se iba a comer.

Grieves no objetó; sencillamente, le hizo un gesto con la mano, como quien aparta una mosca que lo molesta.

Charlie desapareció en la parte de atrás, pero enseguida volvió a aparecer con una chaqueta y una bufanda y salió a la calle.

Antes de hablarle, le pedí que nos apartáramos unos pasos de la tienda para que Grieves no nos viera.

–¡Vaya, vaya! –me dijo con esa constante sonrisa suya a la que, a pesar de quererlo, no me salía corresponderle–. Menuda sorpresa. Me alegro de verte.

–Yo también me alegro –le dije, y se lo decía de verdad.

Era fácil estar con él, a su lado, y recordé la noche que habíamos pasado juntos: el tacto de su piel, el calor y, de pronto, la sensación de culpabilidad se apoderó de mí y vi a Harry.

No me arrepentía del tiempo que había pasado con Charlie, pero aquella situación había dejado de ser sencilla.

Aunque eso no quiere decir que no me sintiera tentada.

Nos detuvimos al final del pasaje Cecil.

–Te doy un penique por tus pensamientos –me dijo, y me di cuenta de que llevaba callada un buen rato.

–Necesito tu ayuda. Siento mucho tener que hacerlo, pero es que no puedo pedírselo a nadie más.

Se puso serio.

–¿Es por lo de los libros?

Asentí.

–Y yo que pensaba que habías venido a verme –bromeó, aunque me quedó claro que estaba ligeramente dolido; se notaba en su tono de voz.

Le cogí la mano.

–Y así es. Quería haber venido antes, pero no he podido y entonces…

Un grupo de viandantes nos obligaron a meternos en un portal.

–¿Qué?

–¿Recuerdas al hombre que me robó la cartera?

Asintió.