Capítulo 17
–¿Qué libros? –le pregunté con voz temblorosa y cogiendo con fuerza el picaporte.
–No juegue a eso conmigo, señorita. Dígame dónde están y me iré por donde he venido. –Su acento me sorprendió, porque no era ni de la ciudad ni parecía de pueblo, sino que hablaba como alguien educado, casi como un caballero, lo que ocultaba toda posibilidad de adivinar su procedencia por la voz.
–¿Quién es usted? ¿Para quién trabaja? –Puede que lo hiciera para la persona que había contratado a Grieves…
El hombre ignoró mis preguntas, se puso de pie y rodeó despacio el escritorio de mi padre.
–Esos libros no le pertenecen.
–No sé de qué está hablando.
El hombre siguió acercándose. Me aparté unos pasos, pero me cogió del brazo y cerró la puerta de golpe. Yo mantuve la compostura lo mejor que podía, pero ahora estaba atrapada en aquella oficina oscura y sin aire.
–Miéntame otra vez –dijo mientras levantaba la navaja.
–¿Por qué son tan importantes esos libros?
Se encogió de hombros mientras sujetaba la navaja con soltura.
–Digamos que tienen un valor sentimental. Démelos, señorita Delaney, y no volverá a verme en la vida.
Tan de cerca se apreciaba bien lo intricado de sus rasgos.
Los estudié mientras pensaba en la manera de escapar de allí.
Daba la sensación de que anduviera por la treintena, su piel era pálida y tenía una cicatriz en la sien derecha y marcas de viruela en las mejillas, además de que el aliento le olía a menta.
El bombín le escondía el pelo, pero tenía las cejas de color rubio oscuro, casi doradas, y di por hecho que su pelo sería rubio.
Si no hubiera tenido una actitud tan agresiva, puede que hasta me hubiera parecido guapo.
–No los tengo.
Torció los labios.
«¡No puedes darle los libros! –Estaba claro–. No voy a dárselos. No voy a renunciar a ellos».
–Y ¿dónde están?
–Los vendí. En un mercado. A un penique cada uno. No conozco a las personas que los compraron.
El hombre entrecerró los ojos y se me acercó aún más, tanto que nuestras narices estaban a punto de tocarse. Su mirada estaba vacía y me quedaba claro que no iba a tener empacho en utilizar la navaja.
–Miente usted fatal, señorita Delaney.
–Por favor… –El miedo por fin se apoderó de mí y mi defensa se derrumbó–. No los tengo.
–Última oportunidad: vaya a por ellos. Y en silencio, que a su padre no le va a hacer gracia que lo despierten. Debe de estar durmiendo mal últimamente con el peso de esa deuda de miles de libras sobre los hombros.
Que mencionara a mi padre hizo que se me helara la sangre.
Vi entonces las cartas del banco sobre el escritorio.
El hombre se apartó para que yo pudiera abrir la puerta.
Se me pasó por la cabeza echar a correr por el pasillo y salir a la calle pidiéndole ayuda a gritos a Harry o a algún agente de policía que hubiera por la zona, pero, si lo hacía, aquel hombre mataría a mi padre.
Subí las escaleras. El Devoción estaba en la balda y el Granuja estaba envuelto en tela sobre mi escritorio.
Cogí ambos y le pasé la mano por la cubierta al Devoción .
Comprobé la encuadernación: era robusta y estaba bien encolada.
Nadie iba a saber que había abierto las guardas.
Las páginas que había encontrado dentro estaban en el cajón y esperé que el hombre no supiera de su existencia ni las echara de menos.
Bajé las escaleras muy despacio, aterrada ante la idea de despertar a mi padre.
La librería parecía llena de sombras. Las cálidas paredes llenas de estanterías parecían frías y distantes.
Los libros me pesaban muchísimo. No quería separarme de ellos bajo ningún concepto, aunque sabía que, al menos por ahora, sus secretos estaban a salvo.
La sombra del hombre llenaba el cristal de la puerta de la oficina.
Me acerqué. Me latía el corazón tan fuerte que me daba la sensación de que podría incluso despertar a mi padre.
Volví a entrar en la oficina y, de repente, la habitación me pareció diminuta, con aquel desconocido cerniéndose sobre mí…, reclamando su posesión.
Le entregué ambos volúmenes. Desenvolvió el Granuja , lo comprobó y volvió a envolverlo. Abrió la cubierta del Devoción y, por un instante, se me detuvo el corazón. «Lo sabe. Va a descubrir que faltan las páginas», pero se limitó a cerrarlo y a sujetar ambos volúmenes con una de sus grandes manos.
–¿Dónde están los demás? –me preguntó.
La respuesta me sorprendió.
–No tengo más.
–Y hace un momento ni siquiera tenía estos. ¿Dónde están?
–No tengo más, se lo juro. –Di un paso atrás y me topé con las baldas.
El hombre dejó los libros en el escritorio y sacó la navaja del bolsillo.
–Me está mintiendo de nuevo.
Se me acercó y me puso la punta de la navaja en la barbilla. El metal frío pinchó mi piel.
–Démelos.
Mi voz se convirtió en apenas un susurro:
–No tengo ninguno más y no sé dónde están los demás.
–Pues será mejor que los encuentre –apretó la navaja. Noté que me hacía sangre y ahogué un chillido–; de lo contrario, la próxima vez que venga nuestra conversación no será tan educada.
Me tuvo así unos instantes. Se me clavaban las baldas en la espalda. El hombre fue presionando con la navaja hacia arriba hasta que no pude estirar más el cuello. Lo tenía tan cerca que llegaba a olerle el aliento y me dieron arcadas.
Por fin retiró el arma. Volví a respirar y noté que me flaqueaban las rodillas. Me agarré a los estantes para no caerme.
El hombre cogió los libros y se tocó el bombín como despidiéndose.
–Hasta la próxima.
Esperé a que se hubiera ido, hasta que oí cómo se cerraba la puerta principal, y entonces corrí hacia ella, la cerré con llave, puse la cadena y bajé la persiana.
Me apoyé de espaldas contra la puerta con el corazón al galope.
Me llevé la mano al pecho, cerré los ojos y me obligué a respirar hondo una y otra vez.
Me daba la sensación de que la librería respiraba conmigo y de que las paredes se relajaban también.
Los libros habían recuperado su calidez y las baldas, su fuerza.
El terror me abandonó y sentí que mi cuerpo volvía a ser mío.
Me rehíce y me toqué la barbilla. Cuando retiré el dedo, vi que había una gota de sangre en él.
Me miré la blusa y vi que también estaba manchada de gotitas sangre.
–Solo es sangre –me dije en alto, como si llenando la librería con mi voz fuera a hacerla mía de nuevo.
Comprobé que la puerta estuviera cerrada aunque fuera consciente de que acababa de hacerlo.
Apagué la lámpara de la oficina de mi padre.
Aún apestaba a aquel hombre y temí que ya no fuera a irse nunca aquel olor.
Luego subí las escaleras y comprobé que mi padre estuviera bien.
Dormía profundamente, sin saber que había habido un desconocido en su casa… y que me había amenazado.
Cerré la puerta de mi habitación incluso con el pestillo.
Comprobé que el de la ventana también estuviera echado y que no pudiera abrirse.
Miré la calle Victor, pensando que probablemente el hombre del bombín marrón estaría vigilándome, pero la calle estaba vacía.
La ventana se hallaba ribeteada de nieve, pero no me atreví a encender la chimenea.
Tanto las ganas de lucha como el miedo me abandonaron de repente y empezaron a temblarme las manos.
De debajo de varios papeles y libros que tenía en el cajón saqué las páginas del Devoción .
Seguían allí. Estaban a salvo y aún eran mías.
Las doblé con cuidado, las metí debajo de la almohada y mantuve la mano sobre ellas.
Cerré los ojos, pero, nada más hacerlo, la cara del hombre del bombín marrón me vino a la cabeza y los abrí de golpe.
Esa noche no iba a poder dormir…, si es que volvía a ser capaz de hacerlo alguna vez en la vida.
Tenía que encontrar los libros y entregárselos, trabajase para quien trabajase.
No tenía ni idea de dónde había más, pero sabía a quién preguntárselo.
Tenía que ir a Londres, a ver a Charlie…
para pedirle un favor. No obstante, hasta dentro de una semana no podría ir… y no podía esperar tanto tiempo.