La encuadernadora de Oxford Capítulo 16
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Capítulo 16

El tren tuvo que detenerse a las afueras de High Wycombe durante un tiempo porque el viento había tirado la rama de un árbol sobre las vías. Yo había cogido un librito de poesía para leer en el camino, pero pensaba en otras cosas y no era capaz de concentrarme en las palabras.

A lo largo de aquellas últimas semanas, la historia de aquellos jóvenes amantes no se me había ido de la cabeza por mucho que había intentado olvidarla.

El abrupto final de aquellas páginas, el lugar donde habían decidido volver a verse…

No dejaba de darle vueltas. Porque ¿se vieron de nuevo?

Y ¿habría sido igual de romántico y peligroso como sugerían aquellas páginas?

No paraba de moverme en el asiento, pero me obligué a no pensar en aquello.

Lo había dejado atrás. Sabía lo que sabía y con eso iba a tener que conformarme.

Si, por algún milagro, alguno de aquellos libros volvía a caer en mis manos, no le prestaría la menor atención.

Aquella era mi decisión y la promesa que le había hecho al señor Caxton.

Por mucho que me doliera, era necesario, así que volví a abrir el libro de poesía y leí hasta que me dolieron los ojos.

Eran las ocho pasadas y el día estaba ya negro como la tinta cuando por fin llegamos a Oxford.

A pesar de lo que me dolía la espalda de llevar tantas horas sentada en el tren, estaba de buen humor.

Me di cuenta de que había cambiado, en cierta manera, y de que ya no era una niña; la Lily salvaje e impetuosa que había desamarrado barcos y robado comida; la estudiosa y obsesiva Lilian después, la que había aprendido a encuadernar para huir de su pasado; y, en parte, la inconformista que se había obsesionado con aquel libro quemado, que se había acostado con un desconocido atractivo y a la que habían robado.

Puede que fuera hora de que apareciera la Lilian asentada. La Lilian calmada.

No sabía quién iba a ser a continuación, pero había algo de mi comportamiento anterior que no dejaba de atosigarme y decidí resolverlo antes de volver a mi vida.

–¿Qué haces aquí?

Me quedé frente a la Taberna Turf y esperé a que saliera. Harry me vio nada más salir y se detuvo; su actitud cambió al instante.

–Quería disculparme.

–Pues adelante.

Nos pusimos a hablar en la estrecha y adoquinada New College, cada uno a un lado.

Bien podría haber habido un océano entre ambos.

No obstante, era yo la que había abierto aquella brecha y a mí me correspondía volver a construir un puente entre nosotros.

Crucé la calle para acercarme a él. Estaba enfadado conmigo.

Harry llevaba un tiempo así, y lo cierto es que no podía culparlo.

–Siento lo de la comida.

–¿Crees que estoy enfadado porque no fuéramos a comer?

–¿No es por eso?

–No soy un niño, Lily. –Negó con la cabeza–. Ni lo entiendes ahora ni lo has entendido nunca. Déjame en paz, ¿vale?

Empezó a alejarse y no pude soportarlo. Corrí hacia él y lo cogí de la mano.

–Espera.

Aquella era la primera vez que nos tocábamos en años y una ola de sentimientos estalló en mí.

La calidez de su piel, la fuerza de sus manos, los callos y las cicatrices…

Conocía sus manos como las mías. Se la cogí entre las mías y le pasé los dedos por las líneas de la palma.

Me llevé aquella mano a la cara y la presioné contra mi mejilla.

Su pulso se aceleró y se acercó a mí. Hasta ese momento no me había percatado de lo mucho que echaba de menos que me tocara.

Entonces retiró la mano.

–Lily, esto…, ¿qué estás haciendo?

–Lo siento, Harry.

Suspiró y apretó los labios.

–Nunca seré capaz de entenderte.

–Ni yo misma me entiendo, pero… –Y volví a cogerle la mano. Esta vez no la apartó y dejó que entrelazara mis dedos en los suyos–. Tengo muchísima hambre. ¿Te apetece que vayamos a cenar?

Movió la cabeza de lado a lado.

–Maldita seas, Delaney.

Ni veinte minutos después, estábamos sentados a una mesa en The Chequers.

Aquel era otro pub ancestral al final de una callejuela, que era algo que gustaba mucho en Oxford.

Este estaba forrado de madera oscura con grabados de animales exóticos para recordar que en su día había sido una casa de fieras.

Había ambiente, pero no estaba abarrotado ni había mucho ruido, por lo que casi podíamos oír nuestros pensamientos…

, aunque eso no duraría a medida que avanzara la noche.

Le di un trago a mi cerveza de jengibre mientras él tomaba una jarra de cerveza negra y permanecíamos en un silencio que no resultaba incómodo mientras esperábamos a que nos trajeran la comida.

–¿Qué tal tu frente? –me preguntó, rompiendo por fin el estancamiento de ambos.

–Curada por fuera…, aunque el interior sigue estando hecho un desastre.

–¿Qué sucedió realmente?

–Si te lo cuento me vas a reñir y ya me ha reñido bastante mi padre.

Harry se inclinó hacia mí decidido.

–No te reñiré, te lo juro.

Le sostuve la mirada un momento y la verdad es que no quería apartarla por nada del mundo.

Me preguntaba si era posible recuperar un amor de la infancia.

¿Debería un primer amor seguir siendo eso toda la vida o debería convertirse en el último?

Aún no estaba segura de si lo que intentaba era recuperar algo que se había perdido o reavivar un fuego que nunca debería haberse extinguido.

–Me golpeó un hombre. Mientras intentaba robarme. Intentó llevarse la cartera, pero la agarré y no se lo permití…, así que me pegó. Esa es la verdad. –Pero no toda. El resto lo había enterrado, estaba muerto y se enfriaba por momentos.

Harry contrajo la cara sorprendido.

–¡Por Dios, Lily!

Esperaba que me dijera lo boba que había sido al ir sola a Londres, que no había cuidado de mis pertenencias como debería…, pero no dijo nada así. Su sorpresa fue desapareciendo hasta convertirse en preocupación y me cogió la mano.

–Y ¿se llevó algo?

Negué con la cabeza:

–La cubierta de un libro quemado. Creo que cogió lo que pudo y ya.

A punto estuve de contarle que Charlie había salido corriendo detrás del atracador y que había recuperado la cartera, pero me pareció que esa era una puerta que era mejor dejar cerrada.

Harry relajó los hombros.

–Y ¿lo pusiste en conocimiento de la policía?

–Sí. –Le mentí porque no quería que me sermoneara–. Dijeron que poco se podía hacer.

Harry puso los ojos en blanco.

–¿¡Para qué sirven entonces!?

–Bueno, hablemos de otra cosa. El señor Caxton me ha dicho que el día de mañana me quedaré el taller de encuadernación.

Harry enarcó las cejas y esbozó una gran sonrisa.

–¡Eso es maravilloso, Lily! Me alegro por ti.

–¿Lo dices en serio?

Algo se ensombreció en Harry por un momento para ponerse a la altura de mi sentimiento.

–Por supuesto. Te lo mereces.

Era como si estuviéramos bailando el uno alrededor del otro, hablando de lo cotidiano cuando deberíamos estar haciéndolo con el corazón.

Estaba cansada de bailar, de los pasitos, de tener que evitar esto y aquello y de mantenernos todo el rato el uno apartado del otro.

La verdad era que echaba de menos a Harry.

A pesar de lo que había sucedido entre nosotros hacía años ya, mi existencia había carecido de color sin él.

Ahora tenía otra manera de pensar. Le había dado una nueva dirección a mi vida y lo quería a él en ella.

–Harry –empecé buscando las palabras adecuadas y el valor para pronunciarlas–. Harry, yo…

–¡Siento la espera! –exclamó una voz grave y me pusieron delante un plato con chuletas de cordero humeantes. A Harry le pusieron otro, pero con trozos de ternera asada y patatas.

–No se preocupe –le dijo Harry.

El hombre se alzaba como una torre delante de nosotros; llevaba un delantal sucio y tenía la cara enrojecida de estar metido en la cocina. Nos sonrió y nos deseó buen provecho.

Harry cogió los cubiertos y se enfrascó con la ternera.

–¡Llevo de pie desde la mañana y esto es lo primero que como exceptuando un mendrugo de pan!

Empezó a comer: un bocado, dos…, antes de darse cuenta de que yo no comía.

–Perdona, Lily, ¿qué decías?

Como si acabara de salir de un sueño, cogí el cuchillo. El acceso de ira que había sentido desapareció.

–Nada que no pueda esperar.

Comimos, bebimos y bromeamos acerca del pasado y de los días que estaban por venir. Mi corazón podía esperar…, entre otras cosas, porque tenía la sensación, un pensamiento tembloroso, de que Harry no iba a querer de mí lo mismo que quería yo de él.

Nos quedamos allí después de comer y bebimos más cerveza hasta que, un poquito borracho, Harry se ofreció a acompañarme a casa.

Esa noche de noviembre no era especialmente fría, a pesar de que las piedras del suelo estaban escarchadas y de que los charcos de la calle empezaban a congelarse.

El cálido fulgor de las farolas convertía el hielo en oro.

Las calles estaban en silencio, vacías, y reíamos mientras las recorríamos. Por fin llegamos a la calle Victor.

Una vez en mi puerta, nos detuvimos. Íbamos cogidos de la mano. Harry me levantó los brazos de forma juguetona y se los pasó por la espalda y trastabillé y caí contra él. Me soltó las manos y me las cogí a su espalda. Él me abrazó… y nos miramos.

–¿Qué estamos haciendo? –susurró.

–¿Qué quieres que hagamos?

Bajó la cabeza, como si no tuviera claras mis intenciones.

–Estamos en mitad de la calle.

–Pero solo estamos nosotros.

Le cogí la cara con las manos y la atraje para besarlo. Sus labios sabían a hogar…, a fuego…, al amor que había tenido en su día pero que había perdido… y que cabía la posibilidad de que ahora recuperase. Por todo eso, me resultaban dulcísimos.

Pero se apartó.

–No quiero que esto suceda estando borrachos.

–Yo no estoy tan borracha –le respondí.

–Lily, si de verdad vamos a intentarlo, quiero hacerlo bien.

Decepcionada porque el calor que había surgido entre nosotros empezaba a enfriarse, asentí. Quería hacer muchas cosas bien a partir de ahora. Además, tampoco había prisa.

–Y ¿cómo se hace bien?

–Pues… –empezó y se puso a buscar la respuesta mirando en derredor–, me gustaría cortejarte como es debido.

Me reí.

–De acuerdo. Adelante.

Harry se mostró sorprendido y fue como si no encontrara las palabras:

–¡Pues claro! ¡Hablaré con tu padre mañana mismo!

–No es mi custodio.

–Lo sé. Nadie más que tú lo será nunca, pero es lo que haría un caballero y quiero ser un caballero para ti.

Sentí un dolor en el pecho al escuchar tal sinceridad. Harry había guardado y cuidado nuestro amor, por mucho que hubiera estado en ruinas durante tantos años. Me acerqué a él y lo besé de nuevo. Él respondió a mi beso y me cogió con más fuerza por la cintura.

Dejé de besarlo y él hizo lo mismo, aunque no estaba muy convencido y me quedó claro que, si yo hubiera insistido, me habría acompañado a mi habitación. Pero no iba a hacerlo, dejaría que el cortejo durara lo que fuera necesario para que nos encontráramos de nuevo.

–Pues buenas noches, Harry.

–Buenas noches, Lily.

Abrí la puerta de la librería y entré. Harry se quedó mirado, sonriéndome, mordiéndose el labio como un colegial enamorado hasta que cerré la puerta.

Una vez se marchó, me apoyé contra ella con ganas de que se me calmara el corazón y para relajarme y que se me bajara el enrojecimiento de las mejillas por si acaso mi padre seguía despierto.

Dejé la cartera y el abrigo y miré en la oficina. Una lámpara ardía levemente, pero no oía los ronquidos ni el rasgueo de la pluma sobre el papel. Mi padre debía de habérsela dejado encendida al irse a la cama. Aturullada aún por lo que había pasado esa noche, entré en la oficina.

No estaba allí, pero había un hombre sentado en su silla.

Me quedé de piedra. Sentí un frío cosquilleante de pies a cabeza. El hombre llevaba un bombín marrón y movía una navaja con destreza a un lado y a otro. Me miró con aquellos ojos lobunos y me sonrió.

–Buenas noches, señorita Delaney. –Su voz era tan fría como sus ojos. Entonces desapareció la sonrisa y me señaló al pecho con la navaja–. Dígame, ¿dónde están los libros?