La encuadernadora de Oxford Capítulo 15
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Capítulo 15

Bajé del cabriolé emocionadísima en la calle Pond, en Hampstead, y enseguida vi ante mí el taller del Gremio de Mujeres Encuadernadoras.

El edificio estaba en una esquina y su gran presencia llamaba la atención.

La planta baja era todo ventanales cubiertos con papel o pintura blancos para evitar el brillo excesivo del sol y la puerta apenas se veía de no ser por una placa de latón que había a un lado.

Llamé a la campanita y esperé, casi temblando por la agitación que me provocaba que estuviera a punto de conocer el gremio.

La puerta la abrió un hombre que vestía un traje caro con un pañuelo púrpura de seda en el bolsillo.

El hombre estaba empezando a quedarse calvo, pero el poco pelo que le quedaba tanto en la parte superior como a los lados era curiosamente voluminoso, lo que le daba a su cabeza la forma picuda de un tricornio –algo que, no obstante, no era tan cómico como cabría pensar–.

En su cara destacaban unos anteojos redondos y una amplia sonrisa.

–La señorita Delaney, ¿verdad? –preguntó al tiempo que me tendía la mano–. Soy Frank Karslake. Es un placer conocerla. ¡Bienvenida! Pase, por favor.

Le estreché la mano y lo seguí al interior del taller.

El hombre me preguntó por el viaje, por mi salud y por la del señor Caxton y me comentó la emoción que le había supuesto recibir la carta de mi maestro. Mientras hablábamos, yo no podía dejar de admirar el taller.

Allí había una decena de mujeres trabajando en mesas anchas y largas.

Todos los aparatos y herramientas de nuestro taller estaban allí multiplicados por diez.

Cada mujer estaba inclinada sobre un libro, con el pelo recogido en un moño como el mío.

Trabajaban las cubiertas y los pedacitos de pan de oro descartados caían al suelo como copos de nieve.

En la pared del fondo había una fila de estanterías llena hasta los topes de libros acabados y los que no cabían estaban apilados en el suelo.

Era como la línea de producción de una fábrica, porque no podía ser que cada una de ellas se dedicara a un libro…

¡o no quedarían clientes para los demás encuadernadores!

Me preguntaba cómo haría el señor Karslake para vender todos aquellos volúmenes.

–Esta es la sala de acabados, donde terminamos los libros –me explicó él antes de hacerme pasar a otra sala, más grande y más luminosa, pero también llena de mujeres (aunque había algún que otro hombre)– y esta es la sala de montaje.

Las mujeres estaban sentadas en bancos, con retales y herramientas diseminadas en la mesa, además de grandes piezas de cuero marroquí y cuero de ternero; y, encima de todo aquello, cubiertas desnudas y cuadernillos listos para su encuadernación.

Trabajaban metódicamente, con botes de cola a mano para encolar el cuero, disponiendo las cubiertas en su sitio y maniobrando con la plegadera de huesos a tal velocidad que parecía que estuvieran bailando.

Al fondo de la estancia había una prensa de percusión en la que prensaban decenas de libros.

Era una máquina enorme, de mi misma altura.

Había una mujer en la barra, dando la vuelta y reposicionando libros para que quedaran adecuadamente prensados.

–Veo que está admirando usted nuestra prensa –me dijo el señor Karslake–. Es una W. O. Hickok. Pedí que me la enviaran desde Pensilvania ¡y bien cara que me ha salido!, pero puede prensar cien títulos de una tacada.

–Es una maravilla.

La mujer que estaba en la barra se fijó en mí y le sonreí, pero ella no me devolvió la sonrisa.

Llevaba un guardapolvo de color gris oscuro y parecía cansada.

De hecho, me daba la sensación de que todas las mujeres de aquella estancia tuvieran los ojos hundidos.

Sus movimientos eran de verdaderas expertas, qué duda cabe, pero parecía una experiencia adquirida con la mera rutina, carente por completo de pasión.

Aquello me dio mala sensación. Avanzamos a continuación a otra estancia.

–Esto es el estudio, que es donde las aprendices reciben la instrucción.

Allí había al menos veinte mujeres, todas ellas sentadas en dos bancos largos, unas enfrente de las otras, como en un colegio.

Tenían una serie de herramientas de acabado ante ellas y aprendían para qué servía cada una de ellas.

La instructora era una joven que hablaba con paciencia, aunque explicaba muy rápido el nombre de las mismas y ellas tenían que escribir a toda prisa en su bloc de notas si querían seguirle el ritmo.

–Constance –dijo el señor Karslake, y supe que se dirigía a su hija–, esta es la señorita Delaney, que trabaja de encuadernadora con John Caxton en Oxford. ¿Recuerdas la fotografía que te enseñé? Señorita Delaney, esta es Constance, mi hija mayor. Ella es quien dirige el taller.

La joven –porque no podía tener más de veinte años– me saludó cortésmente inclinando la cabeza.

–Recuerdo la fotografía –dijo–. Un trabajo precioso, señorita Delaney.

–Gracias, señorita Karslake. Y gracias por invitarme a venir.

Las estudiantes habían dejado de tomar notas y nos escuchaban.

Constance y su padre se miraron y él enarcó las cejas.

–Estamos buscando una instructora de acabados, porque Savoldelli ha vuelto a Hampstead –comentó la joven, que parecía que se dirigiera más a su padre que a mí.

La expresión de esta se volvió sombría por unos instantes y di por hecho que se refería a Encuadernaciones Hampstead, que era el taller de encuadernación «tradicional» del señor Karslake y no este experimento.

–En efecto, señorita Delaney, y la cuestión es que su trabajo es de primera categoría –me dijo él.

Me puse colorada ante tal cumplido, dado que aún no me había acostumbrado a aceptarlos.

–El señor Caxton es un maestro excelente –respondí.

–Por aquí –me dijo el señor Karslake, que me llevó a una sala más pequeña que parecía una salita o una oficina.

Tenía preparado el té y me pidió que me sentara en uno de los sillones que había junto a la chimenea.

Me dio la sensación de que el hombre era un gran vendedor, porque hacía que me sintiera importante desde el momento en que entré en el taller de encuadernación.

–Y bueno –empezó a decir mientras se relajaba en el otro sillón–, ¿qué le parece nuestro funcionamiento?

Seguí sonriendo porque no quería parecer desconsiderada, pero tenía en mi interior una mezcla de sensaciones.

–Es maravilloso ver a tantas mujeres encuadernando.

–¡Y son más cada día que pasa! Aceptamos a todas las que tengan talento para el arte, porque ¿qué es la encuadernación sino un arte cotidiano?

Las formamos durante todo un año, primero en la clase que ha visto y después en montaje, donde pasan entre cuatro y cinco meses, momento en que están preparadas para dedicarse a los acabados.

Una vez han completado su formación pueden hacer lo que deseen: abrir su propio taller o seguir trabajando aquí.

Mientras hablaba, y tardó en parar, me fijé en otra pila de libros que teníamos cerca, todos ellos encuadernados con piel de cabra.

El de encima, con detalles de pan de oro, era un volumen titulado Las aventuras de Huon de Burdeos , que tenía un grueso borde floral y una fuente extravagante, con un baño de oro trabajado con pointillé , en vez de ser liso.

Me dolía la mano solo de ver aquel primor de punteado e imaginando el tiempo que había tenido que llevar.

En mi opinión, era un diseño desequilibrado, dado que parecía que contuviera todos los tipos de patrones y técnicas posibles y, además, el título estaba alineado a la izquierda, lo que le daba un aspecto irregular a la cubierta.

–Veo que está admirando usted el Huon –me dijo el señor Karslake, y se inclinó para cogerlo de la pila–. ¿No le parece exquisito? Lo terminó Constance a partir de uno de los diseños de Savoldelli.

Aquello me sorprendió.

–¿Acaso las mujeres no diseñan?

–Por lo general, no. Eso queda para los más experimentados, aunque Constance y las muchachas de Rhiems están empezando a crear sus diseños. Y eso nos lleva directamente a usted.

–¿A mí?

–Su trabajo es precioso y merece que la gente lo vea y lo reconozca. Me gustaría ser su agente, vender sus encuadernaciones. Yo me quedaría una pequeña parte y usted sería una de nuestras encuadernadoras principales.

–Eso es muy halagador, señor Karslake –respondí, porque, en efecto, lo era…, pero es que había algo que me preocupaba–. ¿Le importa? –le pregunté mientras adelantaba la mano para coger el Huon . Quería verlo de cerca.

El hombre me lo tendió y enseguida me di cuenta de que aquella encuadernación carecía de la calidad de los trabajos a los que estaba acostumbrada en el taller del señor Caxton.

Le di la vuelta al libro, lo abrí para examinar las cubiertas y lo dejé colgar.

Sentí lo sueltas que estaban y lo libre que quedaba la bisagra, cuando debería ser más robusta.

Las guardas estaban pegadas, pero con muy poca cola, y era evidente que en un año o menos parte de ellas se despegaría.

De cerca, las rotulaciones y los motivos decorativos, aunque no tenían mal aspecto, fallaban en algunas zonas, como si la preparación para la posterior aplicación del pan de oro no se hubiera dispuesto de forma regular o como si la mezcla no se hubiera hecho bien.

–Constance también ha mencionado el otro motivo por el que le he pedido que venga.

Tenemos una plaza para una profesora y me encantaría que se lo planteara.

Tendría que mudarse usted a Londres, claro está, pero habría una compensación económica y tendría tiempo para trabajar en sus propias encuadernaciones, que yo vendería.

¡Las encuadernaciones artísticas hechas por mujeres están en boga y no damos abasto!

Las pilas de libros y las estanterías abarrotadas no corroboraban sus palabras precisamente. Dejé el Huon en la pila.

–Señor Karslake, no sabe lo mucho que me halaga su oferta. Su gremio es un lugar destacado para mujeres que quieren aprender a encuadernar.

–Lo cierto es que me siento orgulloso de haber dado a tantas mujeres artistas una vocación y una manera de ganar su propio dinero.

Ahora podemos imprimir y publicar y aceptamos encargos editoriales de cualquier tipo por parte de nuestros clientes.

¡Karslake ofrece el servicio completo! Y, por supuesto, incluiría su trabajo en nuestros catálogos, que enseñamos en exposiciones por todo el país.

Noté cierta nota de desesperación en su voz e intenté que mi expresión facial siguiera siendo educada. El hombre continuó:

–Tengo contactos con los grandes libreros de Nueva York. El mundo entero vería su trabajo, señorita Delaney, tal y como se merece.

Me resultaba sencillo comprender lo bien que funcionaría ese discurso con otras personas, tanto halago y ampulosidad…

, pero yo veía lo que había detrás. Veía lo que había por debajo de la cubierta, en el interior de la encuadernación de aquel lugar: mujeres utilizadas como mano de obra barata disfrazada de progreso.

Aquello me recordó el tiempo que había pasado en la prensa de la universidad, siendo una más en una cadena de montaje, sin que me pagaran ni me valoraran como hacían con los hombres.

No me parecía que Karslake fuera una mala persona, solo alguien que, en realidad, sabía poco de encuadernación y que gozaba de una ambición que superaba con creces su talento como negociante.

–Me ha dado usted mucho en lo que pensar –le dije mientras me ponía de pie–, pero ahora me temo que debo despedirme o perderé el tren. Esta reunión ha sido esclarecedora, señor Karslake, y le agradezco la fe que ha depositado en mí. ¿Puedo pensar en su oferta? No tardaré en darle una respuesta.

El hombre también se puso de pie.

–Por supuesto, señorita Delaney, pero no se demore, que estoy entrevistando a otras candidatas y he de cubrir el puesto cuanto antes. En el caso de que no desee enseñar, seguiría siendo un honor para mí ser su agente.

Me acompañó hasta la puerta, a la que llegamos pasando por delante de las cadenas de montaje de mujeres.

Verlas me daba cierta sensación de desesperanza, pero es cierto que la mayoría de ellas parecían contentas, desconocedoras de que se sentaban sobre unos cimientos que se resquebrajaban.

Una vez en la puerta nos dimos la mano y le prometí que me pondría en contacto con él.

Salí a la calle Pond con una sensación extraña en el pecho.

Había pasado los últimos tres años de mi vida soñando con unirme al Gremio de Mujeres Encuadernadoras porque daba por hecho que se trataba de un club de mujeres con talento, espíritus libres que tendrían en común su pasión por la encuadernación.

Había imaginado pasar noches enteras hablando de nuevas técnicas o de nuevas herramientas, o riéndonos de los errores que habíamos cometido en nuestros primeros años.

Sin embargo, me había encontrado con una fábrica, un sitio en el que el trabajo carecía de calidad, en el que cada libro tenía una mano diferente en cada uno de los pasos de su encuadernación.

Aquello me entristeció; sentí que mi sueño se había desvanecido, pero aumentó la sensación de gratitud por lo que me había enseñado el señor Caxton y por cómo se había portado conmigo.

Eso fortaleció aún más en mí el deseo de hacer las cosas como él quería, de conseguir que se sintiera orgulloso de llamarme «socia» en vez de «aprendiz».

No tenía tiempo que perder porque quería coger el tren de la tarde a Oxford.

Aunque sí que pensé un poco en Charlie y me pregunté si él habría pensado algo en mí.

Mi decisión de pasar la noche con él fue imprudente, incluso estúpida, pero ¡Dios mío, qué bien lo pasé!

Me sentí más despierta al mundo de lo que lo había estado en años.

Parte de mí quería volver a verlo, sentir de nuevo aquella vitalidad refulgente, descubrir si nuestro encuentro amoroso había sido tal o si lo único que pretendía yo era olvidar a Harry…

, pero no podía hacerlo. Estaba en una nueva etapa de mi vida, una más calmada, más cierta; y aunque todavía no tenía claro si aquella etapa me gustaba o no, había decidido hacer como que sí.