Capítulo 14
¿Por dónde empezar? Tenía varias vías abiertas por delante y dos intrigas principales.
Los libros en sí mismos eran la primera.
Grieves había encontrado uno más. No sabía adónde lo había enviado, pero sabía de alguien que podría descubrirlo.
Ahora también conocía los editores y podía buscar al autor, pero la editorial estaba en Mánchester.
Ir a ver a Charlie implicaba hacer otro viaje a Londres y dudaba mucho que el señor Caxton me permitiera ir entre semana.
Iba a tener que ser el próximo domingo. La librería estaría cerrada y mi padre absorto en sus cosas.
Rara vez pasábamos el domingo juntos y lo de ir a misa era algo que había quedado en el pasado a raíz de la muerte de mi madre.
Comer juntos tampoco era habitual; de hecho, era más bien una excepción en nuestra rutina.
Lo único que tenía que hacer era asegurarme de no perder el último tren, aunque…
–y noté que me sonrojaba– no me arrepentía de lo que había sucedido aquella noche.
El peligro que suponían el hombre del bombín marrón y el misterioso coleccionista que buscaba los libros –igual que yo–, no me preocupaba…
, aunque puede que debiera haberlo hecho.
A lo largo de la vida solo había sido capaz de concentrarme en una cosa a la vez: una actividad, una persona, una pasión…
, en detrimento de lo demás. Harry decía de mí que era como un perro con un hueso.
Podría estar quemándose la casa, que yo no saldría hasta que considerase que había acabado lo que tenía que hacer.
Eso me convertía en una buena encuadernadora, pero no en una buena amiga.
Ahora estaba concentrada en aquellos libros, en esa joven cuya historia se escondía en ellos… , y nada más me importaba.
Ojalá hubiera sido capaz de dejarlo. Ojalá me hubiera dado cuenta de que la vida, por la que tanto había luchado, se me escapaba entre los dedos.
El señor Caxton no me saludó de la forma habitual. No hizo la broma de siempre que llegaba tarde ni comentó nada sobre mi fin de semana. Estaba concentrado en los dos volúmenes de la Genealogía de Burke.
Cuando pasé junto a su mesa de trabajo, le dejé una bolsita de papel sin decir nada y fui directa a la mía y me centré en mi pila de encuadernaciones inacabadas. No me habló hasta que pasaron unos minutos y el olor a hojaldre de almendra aún caliente pudo con él.
–Los sobornos no van a funcionarle conmigo, señorita Delaney.
La levedad de su tono hizo que sintiera cierto alivio y solo entonces me di cuenta de lo tensa que había sido la situación y de lo triste que me había sentido.
–Ni se me ocurriría sobornarle. Lo he robado.
Se rio y oí cómo rasgaba el papel. Luego, silencio mientras él comía y yo preparaba la plantilla para empezar con las rotulaciones y los motivos decorativos del diseño de la cubierta del Manual de medicina botánica de Norteamérica .
El diseño era más intricado de lo que había hecho nunca, con diferentes profundidades y grados de líneas.
Tendría que tomarme un día para practicar, ya que solo me quedaba hasta finales de semana y no podía permitirme cometer ningún fallo.
Había perdido mucho tiempo, que bien podría haber invertido en aquel libro, pero ya no podía hacer nada a ese respecto.
Intenté no vivir en el pasado, no perder más tiempo pensando en los errores cometidos y lamentándome por ellos; de lo contrario, jamás me levantaría de la cama.
Mi profesión consistía en coger algo viejo y renovarlo, en coger algo roto y arreglarlo.
Daba igual lo que hubiera habido antes de aquellos libros, lo único que importaba era lo que estaba por venir…
, y yo vivía mi vida como un libro que reencuadernas tras cada rotura.
Mientras trazaba el diseño y pensaba en qué herramientas utilizar, una sombra cayó sobre mi mesa de trabajo.
–¿Dónde está El tercer libro ? –me preguntó el señor Caxton.
Sentí que se me encogía el corazón y oí la voz del hombre del bombín marrón gruñendo en la oscuridad…, vi de nuevo aquellos ojos de lobo… y la amenaza que transmitían.
–¿Lilian?
Levanté la vista y vi al señor Caxton delante de mí. Fue como si la luz volviera a entrar por la ventana con un fuerte destello.
–Disculpe, ¿cómo dice?
El señor Caxton frunció el ceño.
– El tercer libro . El Rabelais. El que iba a entregarle el tal Grieves.
La mentira que le había contado me abofeteó. Me había olvidado por completo.
–Sí –empecé mientras buscaba qué otra historia contarle–, pero resultó que el volumen estaba tan dañado que no merecía la pena trabajar en él. No sé. Puede que estuviera intentando probarme o engañarme. No me ha parecido un hombre muy decente.
–Qué pena. ¿Y estaba usted tan devastada que fue a tomar algo a una casa pública y perdió el último tren?
A eso no quise responder, por si acaso era capaz de ver mis acciones en mi expresión y oírlas en mis mentiras.
–Yo también fui joven –me dijo, melancólico, algo que siempre le pasaba cuando hablaba de su pasado– y sé lo que se siente cuando uno quiere explorar más allá de los reinos de lo que le conviene.
–No sé a qué se refiere, señor.
Pero claro que lo sabía. Lo sabía muy bien.
–En una ocasión me escapé a Londres y estuve allí tres días con sus tres noches en compañía de un amigo.
Bebimos hasta que nos dolió el estómago y bailamos con jóvenes y bellas dionisias en el Soho.
Mi madre estaba furiosa porque yo tan solo tenía dieciséis años y se suponía que debería estar trabajando en el puesto del mercado.
–No me lo imagino a usted borracho y bailando.
El hombre sonrió y los ojos le chispearon como si estuviera reviviendo aquella situación.
–No siempre fui el caballero digno y de buenos modales que conoce usted. Entiendo el deseo de vivir sin consecuencias, sin pararse a pensar, pero, señorita Delaney, todas las acciones tienen consecuencias.
–Lo comprendo.
Por mucho que respetara y admirara al señor Caxton, aquel consejo paternal estaba empezando a irritarme.
–Si quiere quedarse mi taller de encuadernación algún día, he de confiar en usted.
Abrí los ojos de par en par.
–¿¡Reemplazarlo a usted!?
–Sí, sí, pero no se emocione tanto, que aún no estoy muerto.
De inmediato pasaron ante mí los errores que había cometido.
Comprendí cuánto pesaban. Vi que anteponía el pasado de una persona a mi propio futuro.
A punto había estado de sabotearme y puede que eso fuera lo que había pretendido porque la vida me quedaba muy grande y no estaba preparada para vivirla sin un padre.
–Pero… ¿me dejaría usted todo esto?
–No tengo hijos, ¿a quién iba a dejárselo?
No obstante, ha de demostrarme que tiene interés.
Hace una semana que podría haber acabado el manual del doctor Ashburn.
Sin tantas distracciones, podría haber trabajado también en la reparación de ese Heródoto del siglo XVI que lleva languideciendo ahí desde hace un mes.
Podría haberse encargado del correo y haber visto la carta de Frank Karslake que lleva días esperándola.
El montón de cartas de mi mesa de trabajo había ido aumentando. Lo cogí y busqué en él hasta que encontré una dirigida a mí. La sostuve en las manos como si estuviera sujetando una paloma, preciosa y frágil y que podía salir volando en cualquier momento.
La dejé delante de mí y miré al señor Caxton.
–He de contarle lo que ha sucedido.
El hombre arrugó la frente y trajo una silla.
–Eso parece serio, querida.
–Y me temo que lo es…, pero también lo que me está ofreciendo usted.
El hombre levantó un dedo para que esperara un momento y fue hasta su mesa de trabajo arrastrando los pies. Volvió con la mitad que le quedaba del hojaldre y con una taza de té. Dejó el té en mi mesa de trabajo, le dio un gran mordisco al hojaldre y se llenó el regazo de hojuelas doradas.
–Adelante –me pidió con la boca llena.
Sonreí pensando en que aquel hombre no se parecía a ninguna otra persona que hubiera conocido…, aunque perdí la sonrisa al pensar en lo que estaba a punto de contarle. Me eché el pelo hacia atrás para dejarle ver el corte que tenía en la frente.
–La semana pasada me golpearon en Londres. Fue un hombre que intentó robarme.
El señor Caxton dejó de masticar.
–¡Por Dios! No debería haberla enviado allí.
Negué con la cabeza.
–He estado una decena de veces en Londres y nunca me había pasado nada malo; ni siquiera me habían soltado un improperio. Esto… esto sucedió por el libro quemado. Ya vio usted la carta…, bueno, pues parece que hay mucha más leña de la que arde.
Le conté mis dos viajes a Londres punto por punto, exceptuando mi encuentro amoroso con Charlie.
Le hablé de Grieves y del coleccionista que andaba detrás de aquellos libros, del robo de la carta, le enseñé lo que había encontrado en el Devoción –la historia de la dama y el caballero de baja estofa–, le expliqué que alguien estaba dispuesto a llegar muy lejos para conseguir aquellos libros y que, por lo visto, había seis volúmenes, posiblemente cada uno de ellos con una parte de la historia.
Me escuchó, como hacía siempre, y, mientras hablaba, su té se quedó frío y el último bocado de su hojaldre se quedó sobre la bolsita de papel.
Cuando por fin acabé, permaneció callado un rato. Entonces, estiró la mano, cogió lo que quedaba del hojaldre y se lo comió.
–He de confesar que pensaba que esa carta no era más que papel reutilizado, pero, al parecer, no es así.
–Se lo cuento porque voy a dejarlo estar.
Voy a olvidarme de ello y a mirar al futuro.
–Cogí la carta de Karslake–. Voy a centrarme en esto y en esto.
–Señalé el taller con la cabeza–. No quiero tener más secretos con usted y no quiero que piense mal de mí por seguir un rastro de migas que no es sino una tontería.
–¿Va a dejar de buscar esos libros?
Asentí porque estaba convencida de ello. Ya me habían costado mucho y, ahora, con la oferta del señor Caxton, con la de posibilidades que se abrían ante mí, con la deuda de mi padre convertida en un espectro en mi cabeza, tenía demasiado que perder.
–¿Va a olvidarse del misterio de esa muchacha y su amante?
Asentí de nuevo y añadí:
–Es una locura.
El señor Caxton soltó una risa.
–Todos tenemos algo de locos en nuestro interior, querida, pero solo los afortunados son capaces de sacarle partido.
Sonreí.
–¿Lo he decepcionado?
El hombre se levantó negando con la cabeza.
–Si supiera usted lo que me tentó a mí cuando era joven y me alejó de mis quehaceres, diría que soy el mayor hipócrita que ha conocido.
He aprendido de mis locuras y espero llegar a transmitirle cierta sabiduría, de forma que evite usted cometer los mismos errores que yo…
Aunque, al parecer, no me necesita porque ya ha llegado a la conclusión adecuada.
Tiene muchísimo talento, señorita Delaney. Concéntrese en eso.
–Lo haré.
–¿Se acabaron los libros quemados y las historias de amor secretas?
–Se acabaron.
Sentí que una profunda tristeza se apoderaba de mí porque no iba a seguir el camino hasta el final, aunque también sentí alivio. Se habían terminado las mentiras, los secretos… y el miedo al hombre del bombín marrón.
Y, como ya no tenía distracciones, en pocos días acabé el Manual de medicina botánica de Norteamérica .
Encuaderné el volumen en cuero marroquí verde con un patrón dorado y simétrico de celidonias.
El oro brillaba a la luz de la lámpara como si tuviera su propio sol y el verde era profundo como el del bosque en verano.
Era el mejor trabajo que había producido en la vida y el señor Caxton estaba tan satisfecho que pidió que lo fotografiaran.
Lo empaqueté y se lo envié al doctor Ashburn con tres días de adelanto.
Entretanto, la carta de Frank Karslake, director del Gremio de Mujeres Encuadernadoras, resultó ser una invitación para visitar su taller de encuadernación en Hampstead y pedirme muestras de mi trabajo.
Por insistencia del señor Caxton, le escribí aceptando su invitación y adjunté la fotografía del Manual de medicina botánica de Norteamérica .
Pasaron los días y, a medida que el invierno iba mordiendo más y más fuerte la ciudad, me concentré en la encuadernación.
Estaba feliz. O, si no feliz exactamente, contenta.
O puede que estuviera resignada. Aquellos libros seguían acuciándome.
Aunque no quisiera, la historia de los amantes volvía a mi pensamiento una y otra vez, pero yo me mantenía ocupada.
Me quedaba en el taller hasta pasadas las nueve cada noche, trabajaba aún más en la librería los fines de semana y observaba cómo mi padre iba encerrándose más y más en sí mismo…
y en la botella. No sabía nada de Harry, pero pensaba en él y me preguntaba si seguiría habiendo brasas entre ambos, unas brasas que pudiera reavivar.
El señor Caxton volvía a tenerme en buena estima y nuestra relación amistosa regresó. Mi esperanza era que durara.