Capítulo 13 #3
Estaba enfadada por mi confinamiento, tanto físico como intelectual, y me irritaban las limitaciones que mi padre me imponía.
Una noche no pude más. Quería divertirme y ser libre de mi apellido y mis obligaciones y, para eso, tenía que mentir.
Fui a ver a mi padre, pero estaba charlando en el salón con otros hombres de negocios, cerrando un trato, aunque me resultaba imposible captar los detalles .
«¿Padre?», le pregunté desde la puerta, mirando al suelo para que ninguno de los caballeros me considerase una impertinente .
«Ahora no» .
«Pero, padre, me han invitado a un baile y me gustaría asistir» .
«He dicho que ahora no», estaba de espaldas a mí y su voz enseguida se convirtió en un gruñido .
«Tengo entendido que va a asistir el hijo del duque de Arundel» .
Levantó un poco la cabeza, pero no se volvió .
«¿Lo tienes entendido o lo sabes a ciencia cierta, muchacha?» .
Me temblaban las rodillas, pero no dudé:
«Lo sé a ciencia cierta» .
«Pues ve y deja de molestarme» .
Salí a toda prisa del salón para que no le diera tiempo a cambiar de parecer y, acompañada de mi criada Daisy, que iba por detrás de mí –era una muchacha atractiva que aún no conocía el mal carácter de mi padre y, por lo tanto, me tenía más miedo a mí que a él–, subimos al carruaje y fuimos a la casa de un lord y una dama que daban un baile –porque era cierto que me habían invitado–.
El carruaje se detuvo cerca de la casa, pero Daisy y yo no entramos.
En lugar de eso, y haciendo caso omiso de sus quejas y temores, la arrastré al West End.
Yo lo que quería era ver la vida de verdad, oír música de verdad, y, como una mujer de una de esas novelas salaces, envuelta en una capa, fuimos al teatro .
No recuerdo cuál era la obra, si es que realmente fue una obra, pero recuerdo el resto. Fue esta noche la que cambió mi vida y la que me internaría por el sendero que llevaría a mi destrucción. Aun así, no volvería atrás ni por todo el oro del mundo .
Me senté por la parte de atrás y disfruté del espectáculo. El público soltaba ruidosas carcajadas ante aquel humor procaz y los actores eran maravillosamente brillantes y valientes y libres .
En el segundo acto me percaté de que me estabas mirando.
Señalé al escenario para decirte que era allí donde tenías que prestar atención.
Me sonreíste y me hiciste caso; aunque no tardé en pillarte mirándome otra vez.
En aquel teatro lleno de humo y ruido, eras como un faro.
No llevabas barba ni bigote y tenías un aspecto magníficamente juvenil en comparación con los hombres que llevaban cortejándome toda la temporada.
Eras rubio como la luz de calcio y tus ojos azules eran tan relucientes que alcanzaba a verlos desde donde estaba.
Y recuerdo que tenías un libro en la mano .
Mi criada me pilló mirándote, vio la sonrisa en la comisura de mis labios y me tocó en el brazo .
«Señorita, eso no es apropiado», su voz era como el susurro de un ratón y la ignoré .
El asiento que había a mi lado estaba vacío y aprovechaste la oportunidad. ¡Qué impertinencia que un hombre se sentara junto a una mujer sin que lo hubieran invitado!, pero tú ni siquiera esperaste a que lo hiciera .
«¿Está disfrutando del espectáculo?», me preguntaste, elevando la voz para que se te oyera por encima de la orquesta .
«Pues sí, hasta… hasta que un desconocido se ha empeñado en molestarme» .
«¡Qué descarado! –respondiste–. ¿¡Quiere que le diga algo!?» .
Se veía que tenías educación, pero no demasiada. Tu acento era rural, pero te lo habían quitado en Oxford o en Cambridge .
«Me gustaría, sí» .
Mi criada se crispó a mi lado y musitó no sé qué de un escándalo y de mi padre.
El miedo a lo que mi padre fuera a hacer si descubría que había estado allí, hablando con un joven sin que él lo hubiera aprobado, me atormentaba y, al mismo tiempo…
, hacía que tuviera más ganas de disfrutar cada momento .
Señalé con la cabeza el libro que llevabas en las manos y te pregunté:
«¿Acaso el espectáculo no lo entretiene lo suficiente?» .
«No voy a ningún lado sin un libro. –Lo levantaste y me enseñaste la cubierta, en la que aparecía el nombre de un autor que todavía no conocía, pero que pronto adoraría: Abel Bell–. Es mi escritor favorito. He leído cuanto ha escrito y al menos dos veces. Son historias de aventuras y amoríos» .
Me sonreíste tras pronunciar aquella última palabra y me di cuenta de que me sonrojaba .
«Pues no parece que contenga un romance con esa cubierta tan sencilla» .
«Un libro puede contener muchos secretos, mi señora, si uno sabe dónde mirar» .
La obra acabó y te levantaste y me ofreciste la mano. Entre la multitud del público éramos completamente invisibles, excepto para mi criada, que no dejaba de retorcerse las manos .
«Por cierto, soy William Heathfield» .
Asentí tal y como me habían enseñado y, a cambio del tuyo, yo también te di mi nombre.
No había oído hablar de tu familia, pero había algo que me sonaba, aunque era incapaz de traer a la mente de qué se trataba.
Tus cejas, en cambio, se elevaron cuando oíste el mío.
Debería haberte dicho otro, o solo el de pila, pero no caí en la cuenta.
Estaba emocionada por haber salido, por haber escapado por una noche, por estar, por fin, en presencia de un hombre atractivo .
«¿Podría ir a visitarla?», me preguntaste .
«No creo que sea prudente» .
«En ese caso, ¿podríamos quedar en algún otro lado? ¡Podría apartarle unos cuantos moscones!» .
«Es usted persistente para ser un desconocido sin título» .
Te limitabas a sonreír cada vez que te rechazaba. Eras bien consciente de que mis rechazos no eran tal. Ya en aquellos minutos me dejaste claro que me conocías mejor de lo que me conocía mi padre después de tantos años .
Mi criada me tiró de la manga y me dijo:
«Señorita, tenemos que irnos» .
Diste un paso atrás y me hiciste media reverencia con las manos cogidas .
«Nos veremos pronto, bella Julieta» .
Mientras pasaba por tu lado te respondí:
«¿Lo convierte eso a usted en Romeo?» .
«Si así lo desea mi señora…» .
Me impactaste. Nunca me habían hablado de manera tan informal, tan agradable. Todos mis encuentros con hombres habían sido meras transacciones. Entrevistas. Contigo era tan diferente …
«Creo que es usted un granuja, señor, y no ha habido granuja mayor que Romeo» .
Te reíste y yo nunca había hecho reír a un hombre, exceptuando sus risitas educadas mientras hablábamos de asuntos sin importancia .
«Bueno, pues, si no puedo ir a visitarla, ya nos veremos por ahí» .
«¡Señorita!», la criada tiró de mí .
«Lo dudo. Estoy muy ocupada. Este sábado, por ejemplo, he de asistir a la Regata de Henley» .
Moviste la cabeza a uno y otro lado como si no pudieras creértelo y exclamaste:
«¿¡Se puede creer que yo voy a asistir también!?» .
«¡Señorita, insisto en que nos vayamos!», decía Daisy .
«Puede que nos veamos allí –dijiste antes de dirigirte a ella–. Te pido disculpas por haber entretenido a tu señora. ¿Te importa que os acompañe a la puerta?», y me tendiste el brazo .
Me di cuenta de que éramos los únicos que quedábamos en el teatro. Unos muchachos barrían cuanto había tirado el público durante la obra. Te cogí del brazo .
En la puerta del teatro te pusiste un sombrero que estaba estropeado aquí y allá y vi que tenías rasgado el dobladillo del abrigo.
Eras un caballero, no cabía duda, pero no de los adinerados.
Te fijaste en que te miraba y no pusiste ninguna excusa, como esperaba que hicieras.
Eso sí, tu sonrisa dudó, como si estuvieras avergonzado .
«Gracias por salvarme del horrible caballero que se sentaba a mi lado», dije para conseguir que pensáramos en cosas más agradables .
Tu sonrisa volvió .
«Ha sido un placer» .
Te quedaste mirando cómo nos marchábamos.
Yo sentía tu mirada, el calor de tu atención.
Entonces volví a la realidad, porque Daisy me apremiaba para que regresáramos a casa.
Pedí un cabriolé. Me había olvidado de que el cochero de mi padre estaba en la casa señorial del baile y allí se quedaría hasta mucho después de que Daisy y yo hubiéramos vuelto a casa y tendría una historia que contarle a mi padre…
, pero ese era un problema para por la mañana.
Esa noche quería disfrutar de mi atrevimiento, del joven que había conocido y por el que tan atraída me sentía.
Tú, mi granuja, en cuestión de minutos me habías robado el corazón e ibas a quedártelo .
¿Lo recuerdas como yo? ¿Lo poco que nos costaba hablar y lo bien que nos sentíamos? Ojalá hubiera podido embotellar alguno de aquellos momentos y haberlo conservado para siempre. Ahora sería un consuelo…, después de lo que sucedió. Aún huelo tu sangre y siento cómo tus manos temblaban en las mías .
Aunque eso ya no importa. Vivo en el pasado, pero voy a pasar a vivir en recuerdos más agradables .
Los días soleados de nuestra temporada robada. ¡Cómo nos reímos! Por fin llegó el sábado y
¿Y?
Y ahí terminaba la página.
Le di vueltas a las hojas para ver si se me había pasado algo, pero no, eso era todo.
Me recosté en la silla e intenté comprender lo que acababa de leer y por qué lo habrían ocultado.
Al pie de cada página había tres grupos de iniciales: W.
A., H. P. e I. C. Estaban dispuestos en cada página como si se tratase de un contrato o de un documento legal, pero a quién pertenecían dichas iniciales era otro misterio que se añadía a los demás.
Solo tenía un nombre. Uno. William Heathfield, que debía de tener unos veinte años en 1851. Podría seguir con vida.
Aquellas páginas eran parte de un documento mayor, ahora me quedaba claro.
La carta había sido la introducción, una nota para el posible lector, pero ¿y el resto?
Y ¿qué propósito tenía? ¿Por qué habían dividido la historia y la habían escondido en libros?
Me hacía mil y una preguntas, aunque una serie de ideas iban obteniendo claridad en mitad de tanta confusión.
Aquellas páginas eran lo suficientemente importantes como para que alguien quisiera robarme el Granuja .
Se convirtiera en lo que se convirtiera aquella historia, era lo bastante relevante como para que alguien pagara al señor Grieves para dar con los libros que la contenían…
, si dábamos por hecho que el coleccionista conocía la existencia de las páginas y no era, sencillamente, un coleccionista de la obra de Bell.
En cualquier caso, eran lo bastante significativas como para haberlas escondido en la encuadernación de estos libros con la esperanza de que solo la persona indicada las encontrase.
Yo también iba a esconderlas, pero en algún otro lugar.
Pegué la guarda del libro, aunque sin incluir las páginas.
Si alguien investigaba aquel ejemplar de A él con devoción tal , no vería sino un libro más.
Lo dejé en una balda y cogí las páginas de nuevo.
Las leí una vez más y vi en aquella huérfana de madre, se tratara de quien se tratara, un espejo de mí misma: un padre que no se preocupaba por ella, el deseo de que su vida fuera algo más y el latir de un corazón rebelde.
Quería descubrir de quién se trataba y qué había sido de ella, porque cabía la posibilidad de que, si encontraba su camino, su destino, descubriera también los míos.