Capítulo 13 #2
Antes de que consiguiera convencerme de lo contrario, me levanté de la cama y me senté al escritorio y saqué el Devoción del cajón.
Lo analicé un rato, estudiando la encuadernación, intentando entender al encuadernador: FFG.
No obstante, aquella era tan sencilla, tan simple, los materiales tan comunes y carentes de imaginación, que no se podía sacar ninguna información de ellos.
Puede que se tratase de un aprendiz como yo, pero que todavía estuviera aprendiendo y que no pudiera firmar su trabajo, por lo que decidía ocultar su nombre por debajo del doblez.
Yo debería haber hecho lo mismo en mis libros.
Abrí la cubierta y pasé la punta de los dedos por los bordes rojos.
Fue en ese momento cuando me percaté de que la elección de colores de aquel libro resultaba del todo incongruente.
Guardas de color rojo sangre y cuero de color púrpura oscuro.
Sin el hollín y las zonas quemadas del otro libro, la combinación resultaba terrible en este volumen.
Saqué la chifla de la cartera…, pero hice una pausa.
En el caso del libro quemado, había sido fácil porque la cola estaba quebradiza y levantada, pero hacer palanca en este caso iba a ser harina de otro costal.
Fuera lo que fuera que había debajo, llegaba hasta el borde del cuero y me arriesgaba a cortarlo.
Estaba con la chifla preparada, pero no sabía qué hacer.
Me temblaban las manos. La indecisión, sin embargo, no me duró mucho tiempo.
La necesidad de saber era mucho mayor que el miedo a estropear lo que hubiera debajo y enseguida llevé la chifla al borde de la guarda.
La cola, como en el Granuja , estaba aplicada de manera irregular y algunas partes de la guarda saltaron como si ni siquiera estuvieran encoladas; con otras, en cambio…
, me pareció que estaba serrando la rama de un roble.
Tuve que ser muy meticulosa y hacerlo muy despacio, y para cuando conseguí liberar ambos bordes me dolían mucho los ojos.
No obstante, la recompensa a mi esfuerzo fue grande e inesperada.
Se me encogió el corazón y no me atrevía a respirar.
Había albergado la esperanza de que hubiera una carta, una misiva entre los amantes condenados, pero escondidas en la encuadernación había páginas cubiertas de una letra manuscrita pequeña e increíblemente clara.
No estaban pegadas al cartón, y, con manos temblorosas, las liberé de su escondite.
Las páginas eran de papel de biblia, tan finas y delicadas que casi se podía ver a través de ellas.
Las extendí en mi escritorio. Eran cinco en total, escritas solo por una cara porque era muy probable que el papel se hubiera rasgado en caso de haber intentado escribir por ambas.
Estaban ordenadas con números romanos en la esquina inferior izquierda:
IV… V… VI… VII… VIII…
La primera página estaba numerada como la cuarta.
Eso significaba que había más páginas en algún lugar.
Me recorrió un escalofrío. Las dejé a un lado porque me sentía tan emocionada que me daba la sensación de que no iba a poder leerlas con atención, por lo que fui a la contracubierta y me centré en despegar también aquella guarda.
Después de otra hora entera y agotadora, había conseguido despegar uno de los bordes largos, pero en aquella parte no había nada.
Me recosté, desanimada; aunque en el Granuja solo había encontrado la carta, estaba segura de que en este libro habría más secretos.
Enseguida encontré la marca del encuadernador, FFG, en el mismo sitio en el que estaba en el Granuja , y entonces recordé la marca sutil, prácticamente invisible, que el señor Caxton había descubierto en la esquina superior del interior de la cubierta.
Aumenté la luz de la lámpara y la acerqué.
Sin una lupa era difícil ver gran cosa, pero incliné el libro hacia uno y otro lado hasta que la luz captó la marca.
Cinco puntos dispuestos como si se tratara de un seis, aunque no como estaban en el anterior; a diferencia de en aquel, era otro de los puntos el que faltaba.
* *
*
* *
En el Granuja no estaba el primer punto; aquí, faltaba el tercero.
Me recosté una vez más. ¿Querría decir eso que este era el tercer libro de seis?
El señor Grieves había encontrado tres, pero había dejado de buscar tras la muerte de su amigo.
¿Habría sido una muerte misteriosa? Luego había querido deshacerse de ellos.
Puede que fuera él quien había intentado quemarlos, o al menos el primero…
, pero, para un amante de los libros, destruir un ejemplar es como destruir tu propia alma.
Puede que hubiera sido Grieves el que arrojó el Granuja a las llamas, pero también el que lo había salvado en el último instante.
No. Me acordé de repente. Me había contado que ya estaba quemado cuando cayó en sus manos.
La pregunta que no se me iba de la cabeza era «por qué». ¿Qué tenían de importante aquellos libros?
Miré las páginas, aquella historia escondida en su interior.
La letra era la misma que la de la carta, aunque más clara.
El señor Caxton siempre decía que la mitad del pasado de un libro estaba en su olor: las colonias y aceites de pelo de dueños anteriores, el olor persistente del vinagre con el que se hubiera limpiado una mancha, el tipo de madera que quemaran para calentarse en la chimenea del taller en el que se hubiera encuadernado, etcétera.
Me acerqué las páginas a la nariz, las olí y, además de la tinta, el papel, el cuero y el cartón, capté un ligero olor a perfume.
Era un suave aroma a naranjas que llevaba décadas en las fibras, preservado por la encuadernación, viajando por el tiempo hasta encontrarme.
Acompañada de ese olor y de la imagen que me hacía de la dama que llevaba ese perfume y que le había escrito la carta a su amor, procedí a leer las páginas.
institutrices, cada una más aburrida y sosa que la anterior.
La mayoría de ellas solo me permitía aprender a bordar y a tocar el piano, pero una, la última, me dejaba leer libros con temas que mi padre consideraba inapropiados para las mujeres: política, derecho, economía…
Aprendí la historia de los fracasos de los hombres y descubrí su arrogancia.
Las Guerras Revolucionarias Francesas. La Burbuja de los mares del Sur.
Los muchos y variados fracasos de lord North.
Leí tantos textos sobre derecho de entre los que mi padre tenía en la biblioteca como para comprender los derechos de hombres y mujeres y darme cuenta de lo dispares que eran.
Devoraba el conocimiento y, entonces, mi institutriz me dio novelas.
Historias de mujeres que eran más fuertes que sus circunstancias, que se elevaban por encima de los de su clase o que los manipulaban para conseguir lo que querían.
Viví en los libros durante los años de mi adolescencia porque –excepto en las cenas importantes en las que me exhibía como su hija diligente y callada– la mayor parte del tiempo mi padre me tenía escondida.
Hasta que cumplí los dieciocho, él no se dio cuenta de que me había convertido en una joven preciosa que controlaba todas las habilidades que se suponía que debía tener una mujer y de que por fin le resultaba de utilidad .
Mi padre era una persona que había ganado su título con dinero e influencia y que se creía mejor que todo aquel que tenía que confiar en la incertidumbre del nacimiento.
Era el nieto de un minero y había ascendido a lord gracias a su propia tenacidad y a su salvajismo, y ahora se sentaba en la Casa.
Era el mecenas de varios miembros del Parlamento y, por lo tanto, tenía bastante control sobre el mismo.
Era, salvo contadas excepciones, uno de los hombres más poderosos del país y se decía de él que hacía con las leyes lo que se le antojaba y que usaba su vasta fortuna para acallar cualquier escándalo.
Para él, yo no era sino una herramienta con la que obtener más poder, siempre y cuando me casara con el hombre indicado.
Al fin y al cabo, para eso me había educado y, debido a la muerte de mi madre hacía tanto tiempo, el hombre había olvidado lo que significaba amar…
, porque yo diría que, aunque a su manera, la había querido .
Cuando cumplí los dieciocho, en la temporada de 1851, me presentó en sociedad: un torbellino de bailes de debutantes y fiestas en casa de las familias más ricas de Londres.
Mi belleza destacaba frente a la de las demás jóvenes –hijas de condes y de duques–, por lo que enseguida me inundaron con peticiones de visitas hombres mucho más mayores que yo.
Mi padre rechazaba a todos menos a los más prometedores, aunque yo diría que tenía a alguien en mente .
«Compórtate bien, hija –me decía–. Haz que crean que eres más interesante de lo que eres» .
Yo asentía .
«Sí, padre» .
Tenía que hablar de forma adecuada, asentir y sonreír a lo que fuera que el caballero en cuestión dijera, mostrarme de acuerdo y reír, pero no muy alto.
No podía dar mi opinión porque para ello debía darme permiso mi futuro esposo.
No podía mostrar ni una pizca de inteligencia más allá de la que se consideraba atractiva en una joven.
Tenía que ser inteligente, pero no inquisitiva; si bien tenía que mostrar interés en los logros de mis pretendientes…
, pero no comprenderlos. Era agotador y, tras un paseo o un té con aquellos hombres, me sentía boba e inútil .